2007-08-23

Carlos María Domínguez relata en Ésta es la noche, capítulo XII de La vida de Juan Carlos Onetti, que amigos y relaciones promovían en distintos países el envío de telegramas reclamando la libertad de Onetti, mientras el escritor, en el Cilindro, un estadio de básquetbol utilizado como lugar de detención, languidecía negándose a comer. «Jorge Luis Borges se cercioró de que no era comunista y firmó uno de aquellos pedidos».
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»Una amiga consiguió una entrevista con el ministro del Interior, Linares Brum, para pedirle que lo trasladaran a un hospital. Tal como había combinado con [otro amigo personal, el escritor y abogado] Martínez Moreno, se encargó de explicitar el bochorno internacional que podría significar para el gobierno el hecho de que Onetti se les muriera en la cárcel. El jerarca respondió que la única alternativa de sacarlo del Cilindro era llevarlo al hospital militar, pero buscando una alternativa menos fatal ella insistió en la posibilidad de trasladarlo a un sanatorio privado.
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»La internación en el Etchepare significó el inicio de un período de recuperación alentado por la visita de numerosos amigos.
[…]
»Pocos días después llegó Mercedes Rein [jurado del concurso de Marcha], cuyos parientes, enterados de los beneficios otorgados a Onetti, consiguieron realizar un trámite con similar éxito.
[…]
»Un día Mercedes vio a Onetti entrar en su cuarto arrastrando las chancletas, agachadito, tan flaco, con aquel mal aspecto y una cara terrible. "¿Qué pasa?, le digo. Realmente estaba asustada. De pronto se irguió, echó la cabeza hacia atrás, esgrimió una sonrisa mordiéndose el labio superior y comenzó a dar unos pasitos de baile. Me miró con esos ojos tremendos, saltones, y me dijo: "Aquí estamos todos muy mal de la cabeza".
Con el paso de los días Onetti se mostraba más animado y activo, propenso a la broma y la sonrisa, atendido alternativamente por Dolly y por una amiga que lo visitaba con frecuencia. Comenzó a pasear con Mercedes por el jardín y a mostrarse más expansivo. Por entonces estaba obsesionado con El Quijote y especialmente con el capítulo veinte y el episodio de los batanes. Por rara coincidencia, un día Mercedes entró a su habitación y hojeando la edición de El Quijote abrió el libro en aquel capítulo, lo que despertó la admiración de Onetti y la necesidad de conversar sobre el episodio en que el caballero de la Mancha y su escudero Sancho, andando sedientos en mitad de la noche, escuchan ruidos de agua y enseguida unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote. Los miedos de Sancho consiguieron detener a su compañero hasta la madrugada, con toda clase de artimañas. Don Quijote desvivía por lanzarse a una nueva aventura. Cuando llegaron al lugar descubrieron que los terrores de la noche provenían de unas máquinas hidráulicas de madera, utilizadas para golpear y enfurtir paños, llamadas batanes, lo que provocó la hilaridad de Sancho y el enojo de Don Quijote. Onetti hablaba con obsesión de aquel capítulo en el que Cervantes ironiza sobre los enormes fantasmas que levantan hasta las cosas más nimias, las diferentes actitudes frente al peligro y la propiedad o mezquindad de vivir apartado de sus caminos. El capítulo veinte es el capítulo que vivimos en Uruguay, le dijo a Mercedes. Años después ―recuerda [Mercedes] Rein― me mandó un libro que hacía referencia al capítulo veinte. Nunca me explicó qué encontraba allí. Cuando en la clínica yo le preguntaba se limitaba a contestar: "porque es así". A él no le gusta racionalizar. Él no habla de literatura. Si me hablaba de Sancho no lo hacía en términos literarios. Cuando le pregunté por qué le interesaba tanto El Quijote me dijo: porque me da lástima Sancho, pobre…»

Suelto Onetti, el agregado cultural de la embajada española en Montevideo le gestionó una invitación para participar en un simposio del Instituto de Cultura Hispánica sobre El barroco en la arquitectura y luego una beca que le permitió permanecer en Madrid mientras Félix Grande, director de los Cuadernos Hispanoamericanos, y Luis Rosales le buscaban el Premio Cervantes que recibiría en 1980.
Desde Madrid, el 25 de abril de 1979 escribió al director de Marcha.

Querido Quijano

Muchos quilómetros me separan de esa guarida de pornógrafos, pero lo cierto es que cuando me llegó el primer rumor, inexacto, de que MARCHA iba a reaparecer, un estremecimiento se me impuso de nuca a talones.

Me vi en alguna mañana de viernes del 39-40, cuadrado en posición de firmes, viéndote y escuchando tus críticas inevitables. Cada semana, página por página ―aunque hubiéramos hecho un número de TIMES con automatización y el resto― los reproches se reproducían mientras señalabas treinta y una páginas del recién nacido.

Nunca supe por qué te salteabas la del editorial con sus cifras. Recuerdo haberme tropezado un viernes fatal con Alfredo Mario Ferreiro que llevaba MARCHA horizontal sobre las palmas de las manos, como una bandeja. Y respondía a las inevitables preguntas:

―Es que tengo miedo que se me caigan los numeritos de Quijano.

Luego se aposentaron los decires y supe que yo no iba a tener culpa ninguna. Lo que se proyectaba publicar era los CUADERNOS, ámbito con el que nunca tuve nada que ver a causa de sus especializaciones y lo breve de mi radio cultural.

Esperemos, espero, que alguna vez CUADERNOS descienda lo bastante en su temática ―no demasiado― para que considere oportuno incluir alguna página mía.

Entretanto, mi admiración y asombro por el hecho inesperado de que luego de cuatro años Rocinante vuelva al camino jineteado por el mismo Quijano de las broncas y las anticipaciones.

Un abrazo

Periquito el Aguador


3 comentarios:

gaab dijo...

Que historia triste tenemos en ese sur. En este, casi me olvido, porque los vínculos son con otros mundos, pero cuando estaba en España, las referencias a las dictaduras latinoamericanas eran mucho más frecuentes. mi mejor amiga, exiliada en madrid porque buscaban a su padre, no me dejaba olvidar. Desde hace 5 años esa historia se me desdibuja, volviendo a mi cuando ordeno libros en casa de la editorial contrapunto, o veo alguna película argentina. Aca tienen otras vergüenzas y otros crímenes, pero no son míos.

Ayer leí lo de Cortazar, quizás mi escritor favorito, a quién devoré a finales de la dictadura, por el año 80, creo, y volví a leer muchos años después en Madrid (que fue cuando realmente lo disfruté).

Esta amiga mía, tenía una foto de cortazar dedicada por él, porque su padre lo conocía. Siempre le envidié la foto. Aunque no el exilio.

gaab dijo...

lei los libros, vi tu foto, y decidí hacer lo del perfil. Abri y cerré el fichero setenta veces, agregando, cambiando, que se yo. no puedo decidir, ni siquiera me acuerdo cuales son mis favoritos! lo mismo con las peliculas, o la música. Me acuerdo de uno, y me trae otros tantos, como si los tuviera almacenados por categorías misteriosas en mi cerebro, todos juntitos, esperando que me acuerdo de tan solo uno. Archivos de memoria.
Tu foto... me alegro que la hayas puesto. Le quita morbo (!) pero es más agradable que la persona que uno lee tenga cara. Yo, si fuera escritora, pondría la foto de mis manos.

silv dijo...

Alucinante lo que contás de Onetti y el Quijote. Trabajé mucho estos días y no me queda materia gris para comentar, sobretodo que leí el Quijote y a Onetti hace siglos, demás esta decir que los libros están en Buenos Aires.

Mientras, peleo con mis molinos; los posibles, los reales, los fantasticos...