2007-10-09

Placeres a partir de Playa quemada.
El cuento de las jaulas con los pájaros secos es el mejor cuento argentino de terror desde La gallina degollada. Macabro.
«Tus pájaros te salvan de ser iguales a ellos», le dice un compañero de la Morgue al protagonista del cuento, que había dormido una siestita a un costado del piletón donde se enjuagaban los bobis. Me encanta el niño electrizado de Rompecabezas. El niño reúne las piezas con la potencia de un loco, sin mirar, ubicándolas de memoria en los lugares exactos. La mariposa de cartón en el final. La versión de Nielsen de La intrusa me sigue pareciendo genial después de los años transcurridos desde la publicación en El porteño. Excitante la escena de la prima con uno de los hermanos, bajándole la malla y chupando, ella «pulpo calamar ventosa agua fondo sueño adiós mundo real». Y también son geniales: el codex, las etiquetas, las franjas en que fue dividida la arena en tributo a Borges.

Tengo El país de las últimas cosas, de Auster, que me prestó un vecino. Me la trajo después de ver La invención de la soledad en mi escritorio.
Nada alcanza para romper la monotonía de este Auster. Un solo instante de la lectura en que me pasó algo. La que habla es Anna.
«Cada vez que tomábamos uno de aquellos breves paseos, yo sentía que me enamoraba de él otra vez, en medio de aquella oscuridad, tomados de la mano, recordando cómo había sido todo al principio, en los días del invierno terrible, cuando vivíamos en la biblioteca y mirábamos cada noche a través de la enorme ventana».
No obstante, el libro tiene un aire de apariencia urgente. Pretenciosamente urgente.

Agarré los libros de cuentos de Levrero.
A tientas, como el personaje de El lugar, pasé las páginas de los dos libros buscando el único cuento que recuerdo, y no podía encontrarlo, perdido en la indefinición de los textos, desorientado por una arquitectura demasiado plástica, gomosa quiero decir, y por ello distinta a la de la novela. Distinta a la de la magnífica novela El lugar.
Finalmente lo ubiqué, se llama Los muertos. Es ocurrente, como son ocurrentes todos los demás relatos. Sin embargo, yo recordaba que el comienzo era muy montevideano. Los libros no son descartables, tienen su parte erótica, pero a mí me decepcionó que tuviera solamente eso y los cuentos fueran tan arbitrarios. Caprichosos.
Algunos comienzan a lo Nielsen, sin embargo ningún texto de estos dos libros se le aproxima siquiera. Se llaman Espacios libres y Aguas salobres

Me tocan los siguientes objetos del testamento de Juan José Castelli.
En La revolución es un sueño eterno el testamento de puño y letra de Castelli incluye, entre otras cosas, y habiendo él previamente aclarado que no era dueño de moneda alguna ni de objetos de valor:

Un ejemplar del Quijote, regalo de mi padre
...
Un ídolo asiático, con un pito desmesuradamente largo, regalo de un patriota que conocí en el Alto Perú.
...
Dos pistolas, que pertenecieron a Moreno, de corto alcance, que me regaló su viuda.
...
Diario del año de la peste, de un tal Daniel Defoe, traducido del inglés por Agrelo.
...
Dos cuadernos
Cuatro plumas
Un tintero.


4 comentarios:

Pastora dijo...

En Playa quemada, un visitante se encuentra con el cuerpo esfinge de un ser querido, con un paisaje pompeyano.
Nielsen escribe sobre el instante en que alguien, muerto, se congela en el tiempo. Exhibe los cuerpos cubiertos de ceniza, como los pájaros olvidados en una jaula, disecados con la letra impacable del que narra.
Coincido en que esos cuentos son macabros, perfectos.
Pienso en la frase inicial de tu texto: placeres a partir de Playa quemada.
"El país de las últimas cosas".
"Los muertos" de Mario Levrero.
El testamento de Castelli.
Siento que al leerte, leo a un escritor "que reúne las piezas con la potencia de un loco, sin mirar, ubicándolas de memoria en los lugares exactos."
Un libro que refiere al padre.
Un ídolo del poder, del placer.
El amor.La muerte.
La enfermedad de un año descripta en un diario genial.
Dos cuadernos.
Una pluma.
Un tintero.
Una obsesión tuya que transmuta pensamiento en novela.
Por cierto, leer "Investigaciones en masa", tu novela, es como mirar el agua.Es transparente y a la vez refracta el mundo conocido, y lo fragmenta y lo renueva, lo ilumina, lo hace flamear.

Paulino dijo...

A pedido mío me pasaste hace un par de meses por email los capítulos de la rata, la semana pasada pude encontrarme con el del hospital, impreso. ¡Al final esta resultando una novela por entregas! De cualquier manera celebro, que seamos ya una "multitud" los que tengamos con qué entretenernos mientras esperamos la publicación completa.

silv dijo...

Dos cuadernos
Cuatro plumas
Un tintero.

un haiku literario

gaab de aquí para allá dijo...

Hace unos años, estando en Altea hablaba con unos amigos a la orillita del mar, con el agua a media pierna. Estuvimos ahí un rato largo. El mediterráneo no es como el Atlántico que si te quedás en la orilla terminás revolcado hecho milanesa. Y la marea estaba subiendo. El agua casi en la ingle. Y de repente, algo, mucho más frío y resbaladizo me abrazó la pierna. Era un pulpo. No muy grande, unos 35/40 cm. No me rozó. Me ABRAZÓ.

"pulpo, calamar, ventosa, agua, fondo...". Sensaciones todas, pero excitante nada.

A veces me pregunto si cuando los escritores escriben ponen cosas que les suena bien en la cabeza o lo hacen con conocimiento de causa. Un pulpo enmarañado en la pierna no es gracioso. Para nada!