2008-03-29

Villa (1996) es la notable novela que omitía extrañamente Ricardo Piglia hasta hace un par de años cuando llamaba la atención acerca de que todavía no había sido ficcionalizado nada a partir del genocidio o del terrorismo de Estado. Luis Gusmán sitúa su personaje más atrás, pero no por esto habría de ser omitido dentro del mismo contexto. Porque el plan sistemático de secuestros, torturas y desapariciones de la dictadura asomaba ya en aquel accionar ilegal de grupos paramilitares comandados desde el Ministerio de Bienestar Social durante el gobierno democrático de María Estela Martínez.
Ahora las lluvias, la amenaza del desabastecimiento de carne y la Pascua compusieron un marco en el que me resultó imposible no imaginar constantemente El matadero, de Esteban Echeverría.
Pero no sé. Quizá se trate de la argentinidad al palo. La guerra gaucha con ipod, falsamente decidida en una placita a pocos metros de los búnkeres de Puerto Madero. Todo tiene que ver con todo, si puede usarse la expresión. Miro una instalación en el lago del Planetario. La maqueta de una casa semihundida en el lago, rodada de gansos que ahí viven, para despertar acá conciencia sobre las inundaciones en el norte del país. Arte solidario del Ministro del presidente de Boca Juniors. Que fue Ministro hasta el 2001 de De la Rúa y asesor de imagen del cien por ciento amoral Sobisch.
Todo bien exagerado.

2008-03-27

Hay una parte de ...and that's me on the left with the beautiful legs, capítulo con Sandra, Carlos, Martín y las barricadas, que me pareció bárbaro. Se empieza a poner bueno cuando Martín da con un pañuelito blanco la orden al grupo de resguardarse en una iglesia de la represión policial. A Sandra le maravilla ese Martín, tan líder.
Y Martín parece haber olvidado por completo que hace instantes encontró a Sandra abrazando a un argentino en la pocilga andina, así denomina Martín a la pieza de Sandra en París. Martín había antes dejado un rato a Sandra para buscar a Carlos y salir a manifestar juntos. Luego Carlos se quedó abajo mientras Martín subió a buscarla. Martín apareció un instante después con Sandra, y un nudo en la garganta, una rabia total, y una incertidumbre espantosa.
Una vez en la calle los tres, Carlos se daría cuenta de que la ninfomanía de Sandra, Sandra Anita María Owens: el nombre completo, estaba haciendo ahora, debido a las citas de Marx en alemán, efecto con él mismo. Así que se aisló de Sandra.
A la salida de la iglesia Carlos verá aparecer abrazados a Sandra y a Martín. Tan líder de masas, Martín.
Pero Sandra no tardará nuevamente en fijarse en Carlos, que irá hundiéndose en la contagiosa euforia de la antorchas. La represión acosará otra vez, pero Carlos se adelantará a todos los manifestantes como si nada de represión a la vista, declamando revolucionara y filosóficamente, y como Robert Mitchum en dirección a Troya, para recoger un adoquín que guardará de recuerdo de aquel famosísimo mayo del sesenta y ocho. Nada más. Gran desilusión de Sandra y alegría de Martín Romaña. Sin embargo, aparecerá el ex-grupo, incluida Inés. Entonces Martín morirá de celos, verá al ex-grupo como si lo hiciese a través de un aleph, es decir, verá quien se acuesta con Inés, quien se acuesta con Sandra. «Vi y vi y vi que no hay nada que hacer, Carlos. Lo mejor era irse a dormir, y que la historia nos juzgue».

2008-03-20

MEDEA Inspired by Lars von Trier's TV movie



[…]
¿Por qué ordenas, Creonte, que abandone el país?

CREONTE
Temo —te lo diré sin ambages— que irrogues
a mi hija algún perjuicio que irremediable sea.
Son muchas las razones que a tal temor me inducen:
eres hábil y en toda clase de mal perita
y te afliges privada del lecho de tu esposo.
He oído que amenazas, según hay quien me cuente,
con que vas a hacer algo contra el novio y la novia
y aquel que la entregó. Me guardaré, pues, de ello.
Más vale ahora cargar, mujer, con tu ojeriza
que ablandarme y después gemir desconsolado.

MEDEA
¡Ay, ay! No es la primera vez hoy, Creonte, que mi fama
grandes daños me atrae; me ha ocurrido a menudo.
Ningún hombre que tenga natural sensatez
debe dar a sus hijos muchas habilidades,
pues, amén de ganarse renombre de indolentes,
cosecharán el odio de sus conciudadanos.
Si a los torpes con nuevos saberes te presentas,
parecerás inútil ser, que no inteligente;
y, si te consideran mejor que el que presume
de su varia doctrina, resultarás molesto.
Tal es la situación de que yo participo:
me hace odiosa a los unos el talento y los otros
se enemistan conmigo; y eso que yo muy sabia
no soy. Mas tú me temes, barruntas algo extraño;
pero no es ése el caso, no tiembles ante mí,
Creonte, en nada pienso pecar contra el que manda.
¿Qué mal me has hecho tú? No hiciste sino dar
a quien te pareció tu hija. A mi esposo sí
que le odio, pero tú creo que bien obraste.
Y ahora envidia no tengo de vuestras bienandanzas:
casaos, sed felices, pero dejadme a mí
que en esta tierra habite. Callaré, aun injusticia
padeciendo, pues es más fuerte el que me vence

CREONTE
Suaves, por lo que escucho, son tus palabras, pero
temo que en tu interior medites algún daño
y por eso menor debe ser mi confianza.
Porque más fácil es de hombre o mujer coléricos
guardarse que de aquel que calla y es taimado.
Márchate, pues, cuanto antes, no vengas con discursos;
ello está decidido sin que tengas manera
de vivir con nosotros, porque eres mi enemiga.

MEDEA
Abrazándose a sus rodillas.
¡No, no, por tus rodillas, por la que se ha casado!

CREONTE
Son vanas tus palabras; no me convencerás.

MEDEA
¿Me vas, pues, a expulsar sin atender mis súplicas?

CREONTE
Es que a mi hogar no puedo preferir tu persona.

MEDEA
¡Oh, patria mía, qué recuerdo de ti tengo!

CREONTE
También yo la amo mucho, pero más a mis hijos.

MEDEA
¡Qué gran mal el amor es para los mortales!

CREONTE
Según, supongo yo, como vengan las cosas.

MEDEA
¡No se te oculte, Zeus, quien así me maltrata!

CREONTE
Vete, insensata, ya y evítame disgustos.

MEDEA
Disgustos son los míos; no me faltan por cierto.

CREONTE
Haciendo un gesto a su escolta.
Al punto van a echarte los brazos de mi tropa.

MEDEA
¡Eso no, en modo alguno! Yo te ruego, Creonte...

CREONTE
Paréceme, mujer, que te pones pesada.

MEDEA
Me marcharé; no es eso lo que ahora te suplico.

CREONTE
¿Por qué entonces insistes sin salir del país?

MEDEA
Déjame que me quede tan sólo el día de hoy
para pensar en cómo va a poder ser mi exilio
y a mis hijos recursos buscarles, pues su padre
allegar no se digna ningún medio para ellos.
Compadéceles tú, que también tienes prole;
es natural, por tanto, que propicio les mires.
Por mí no me preocupo si he de estar desterrada,
mas sí lloro por ellos, que en tal trance se ven.

CREONTE
Nada hay en mi carácter que tiránico sea;
el mostrar compasión fue siempre mi desdicha.
Y así ahora, aunque veo, mujer, que me equivoco,
concedo lo que pides; mas te advierto que, si
os ve la luz del dios que ha de llegar mañana
a ti y a tus hijos dentro del país, morirás;
ésta quiero que sea mi sentencia verídica.
Y, si hay aplazamiento, tómate un día solo
y tiempo no tendrás de hacer lo que recelo.

«La provocación es una manera de hacer pensar a la gente».
Extraído del documental de Stig Björkman: Tranceformer — A Portrait of Lars von Trier (1997)

2008-03-18

Hasta enero de 2002 había leído únicamente novelas de Antonio Di Benedetto: Zama y El silenciero. Hallé casualmente Mariposas en la Revista Nueva del 4 noviembre del año anterior al pasar por San Martín de los Andes, de camino hacia Villa la Angostura. «Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón».

Dicen que escupo sangre, y que pronto moriré. ¡No! ¡No! Son mariposas, mariposas rojas. Veréis.
Yo veía a mi burro mascar margaritas y se me antojaba que esa placidez de vida, esa serenidad de espíritu que le rebasaba los ojos era obra de las cándidas flores. Un día quise comer, como él, una margarita. Tendí la mano y en ese momento se posó en la flor una mariposa tan blanca como ella. Me dije: ¿por qué no también?, y la llevé a los labios. Es preferible, puedo decirlo, verlas en el aire. Tienen un sabor que es tanto de aceite como de hierbas rumiadas. Tal, por lo menos, era el gusto de esa mariposa.
La segunda me dejó sólo un cosquilleo insípido en la garganta, pues se introdujo ella misma, en un vuelo, presumí yo, suicida, en pos de los restos de la amada, la deglutida por mí. La tercera, como la segunda (el segundo, debiera decir, creo yo), aprovechó mi boca abierta, no ya por el sueño de la siesta sobre el pasto, sino por mi modo un tanto estúpido de contemplar el trabajo de las hormigas, las cuales, por fortuna, no vuelan, y las que lo hacen no vuelan alto.
La tercera, estoy persuadido, ha de llevar también propósitos suicidas, como es propio del carácter romántico suponible en una mariposa. Puede calcularse su amor por el segundo y asimismo puede imaginarse sus poderes de seducción, capaces, como lo fueron, de poner olvido respecto de la primera, la única, debo aclarar, sumergida —muerta, además— por mi culpa directa. Puede aceptarse, igualmente, que la intimidad forzosa en mi interior ha de haber facilitado los propósitos de la segunda de mis habitantes.
No puedo comprender, en cambio, por qué la pareja, tan nueva y tan dispuesta a las locas acciones, como bien lo había probado, decidió permanecer adentro, sin que yo le estorbase la salida, con mi boca abierta, a veces involuntariamente, otras en forma deliberada. Pero, en desmedro del estómago pobre y desabrido que me dio la naturaleza, he de declarar que no quisieron vivir en él mucho tiempo. Se trasladaron al corazón, más reducido, quizás, pero con las comodidades de un hogar moderno, por lo que está dividido en cuatro departamentos o habitaciones, si así se prefiere nombrarlos. Esto, desde luego, allanó inconvenientes cuando el matrimonio comenzó a rodearse de párvulos. Allí han vivido, sin que en su condición de inquilinos gratuitos puedan quejarse del dueño de casa, pues de hacerlo pecarían malamente de ingratitud.
Allí estuvieron ellas hasta que las hijas crecieron y, como vosotros comprenderéis, desearon, con su inexperiencia, que hasta a las mariposas pone alas, volar más allá. Más allá era fuera de mi corazón y de mi cuerpo.
Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como véis, no lo son, siendo, puramente, mariposas rojas de mi roja sangre. Sí, en vez de volar, como debieran hacerlo por ser mariposas, caen pesadamente al suelo, como los cuajarones que decís que son, es sólo porque nacieron y se desarrollaron en la obscuridad y, por consiguiente, son ciegas, las pobrecitas.

Mariposas de Koch / Mundo animal
Segunda edición corregida, 1971; Editorial Fabril.


2008-03-13

Me gusta la palabra hebrea patah.
Con patah se inician las lecciones o lecturas del libro del Zóhar. Dice Gershom Scholem, en un docto lugar de su volumen, como puso Borges, que se inician de la manera siguiente: «rabí Ši' món abrió el versículo…»
La escritura se abre, la letra comentada es provista de infinitos sentidos.
Si alguien supiera a qué rompecabezas pertenece la pieza perdida, si se borrara el anonimato, ya no sería nada. En lo vago, indeterminado e inarticulado reside el valor de la pieza. Así como la letra se abre, el nítido contorno de la pieza perdida no se deja traducir, y es este elemento de indeterminación, de ausencia, el que hace patente un interior de infinitas posibilidades.

2008-03-07

Encontré una.
Chacabuco y Avenida San Juan

Más abajo los enlaces que llevan a: «…una gran caja con un puzzle dentro. La abres y sí, hay un puzzle, pero formado por piezas que proceden de otros muchos. Es un puzzle de puzzles. Para mí es un universo. Mientras está cerrada, pienso que todas las piezas se han transformado y encajan entre sí. Cuando la vuelvo a abrir, vuelven a presentar su aspecto original, ninguna encaja con ninguna».

2007-11-30
Hice un find con el título de mi novela

2007-12-07
Juan José Saer aclara dos cosas

2008-03-04

La incursión de la realidad en la ficción, Macleod en la historia de Díaz Grey y Elena, queda desconectada. Seguramente por eso me decepcionó.
Retorno ahora al capítulo once. Pienso que ahí existe un movimiento inverso, aunque semejante, entre Ernesto, Arce, Brausen. Ernesto se viste, de alguna manera, con las ropas de Arce. Es decir, la realidad se adelanta a la ficción que teje Brausen con la intención de aniquilar a la Queca.
En cuanto a Petrus, me acuerdo que Larsen lo entrevista en El astillero (1961).
Arrollador.
En cambio, Macleod y Glaeson me parecen extravagancias.
El último capítulo se llama «El señor Albano». Cuadro marchito en el Dick's. Leí la línea que sigue y pensé que era mejor detener la lectura. Apareció un tal Horacio, Guillermo, quién me corre, dije.
Es anómalamente colosal.

Ramificaciones de La vida Breve (1950) en Juntacadáveres (1964), que nacieron en mi lectura hoy antes de tomar el subte E hacia el parque, pero no las entendía.
Cuando dejé atrás Boedo, en el rincón del vagón que se desplazaba hacia el parque, leía el capítulo dieciséis, esto es, el anteúltimo capítulo de La vida Breve, que es el anteúltimo de Juntacadáveres.
Ya por los senderos del parque, como resultado de no poder explicar totalmente lo que había leído en el último trayecto desde Boedo, experimenté una locura arrebatada.

—Qué maravilla.
—Querés que te la presente —arriesgó Peke— Fuimos compañeras de colegio.
Onetti, que caminaba junto a su tercera esposa, Peke, había quedado impresionado por la gracia que desplegaba una muchacha, cargando por la calle su violín de estudio.
La adolescencia de Dolly parecía demorada en el límite preciso de una dicha a la medida de Onetti, que encontró así, en la calle, a la mujer que habría de acompañarlo el resto de su vida.

Esta última parte se halla en la página 124 de Construcción de la noche y en Dorothea Mur, personaje de Onetti.


2008-03-01

Ayer en el subte D terminé el capítulo doce.
Capítulo que demora los hechos que involucran a Ernesto (Arce) y a Brausen. Lo mejor, lo rescatable, es la chica de guantes verdes, cuando dice a Stein y a Brausen: No me aburro [...] los escucho, algo entiendo y pienso en mis cosas.