2013-12-30

West Island

La impresión de ver el cráneo humano en el islote enfrente del palacio de Buckingham hizo que el hervidero de gritos, voces y risas se apagara. O mejor dicho, la agitación, el chapoteo y las carcajadas no se apagaron; en verdad, llegaban hasta Flor de todas las direcciones, pero de golpe ella dejaría el borde de la pileta para luego cruzar el jardín y alejarse por las calles vecinales.
Entre los plátanos y los falsos paraísos, las líneas incandescentes formaban un encaje enceguecedor. La fronda de los tilos protegía ciertos tramos. Pero expuestas al sol de febrero, como casi no había tilos, y como era mediodía, la una y media, a más tardar, las calles se abrasaban. De la uniformidad de los jardines no venía menos luz. Parecía una fotografía sobreexpuesta, donde el gramillón se arrastraba hasta las zanjas para hundirse y luego reverdecer a ambos lados de las calles, segado, pulcro y lustroso. De lo alto caía un zumbido constante, como el de un motor que trabaja al sol. Las cigarras y un avión en la lejanía; por lo demás, todo estaba en silencio.
En la calle que llevaba hasta las canchas de tenis y torcía justamente al llegar al golf, aparte de algunos autos estacionados sobre la gravilla de los accesos a las propiedades, que se trataba en realidad de una escoria proveniente de la fábrica de tubos establecida en la orilla occidental del Paraná de la Palmas, no había un alma, nada, en todo el trayecto. Flor se detuvo cuando había caminado un kilómetro, o tal vez un poco más. El estrépito de perforaciones en las ramas, de manchas y círculos de sol que se amoldaban a su capelina y a las partes desprotegidas de su piel, la ensordecía. Estaba frente el campo de golf y todavía le quedaba una sombra desde donde mirar el horizonte que la luz cruda volvía blanquecino.
Buscó la sombra, se sentó al pie del árbol y, reclinándose hacia atrás, pensó en el cráneo sin dolor, sólo como una imagen realizada por alguno de los drones que regularmente sobrevuelan St. James Park. Pero, ¿de quién sería? ¿De una mujer? ¿Habría sido asesinada? Trataba de dilucidar la procedencia de un cráneo, en un islote desleído por el cielo blanco y en un tiempo pasado, sobre cuya existencia no se conocía una palabra. Los encargados de procesar el mapeo de los drones no habrían visto el cráneo, porque de lo contrario ya lo hubieran borrado, como hicieron en Worcester con la niña muerta y con el hombre de cabeza de caballo en las afueras de Aberdeen.
Un manto de nubes blancas cubría el St. James en una suerte de mañana amniótica. La primavera palpitaba cerca y Flor podía explorar el parque, eligiendo esto o aquello: un roble, la ardilla que come de la mano de una vieja con la cara difuminada, los sauces, el tronco que hace de subibaja, los fabulosos guijarros incrustados en el arenero, los gorros de polar, las bufandas largas, el destello de los cerezos florecidos, los pelícanos avanzando con los transeúntes sin rostro por la senda que bordea el lago. En un extremo, la Isla de los Patos, en el otro, el islote denominado West Island.
Una transitoria línea de sol caía entre las hojas y las ramas maceradas por el tiempo y las lluvias. El cráneo no había sido fruto de una sugestión, seguía en el suelo de West Island. Alrededor brotaban plantas silvestres; innumerables variedades de musgo llenaban sus huecos. Había también unas botellas de Tanqueray. Mientras hacía zoom y paneaba, rotaba e inclinaba la zona que había acotado del islote, de cuando en cuando se detenía para espiar las ondulaciones y los bancos de arena. Sobre toda la perspectiva pesaba un aire desolador.
Flor permanecía sentada a la turca, aislada bajo la sombra del tilo. A lo lejos, el golf se fundía en una arboleda, después baldíos, basurales y cavas a cielo abierto. En el espacio contiguo, un barrio de calles sin asfaltar y una tierra de nadie con cardales dispersos y cubiertos de polvo. Detrás, un poco más lejos, la Ruta Panamericana que cruza en dirección S-N la llanura relegada a la miseria.