—Por esto me gustan.
Al finalizar el pasaje sobre las endrinas, Pavese escribió que «hay cosas que basta con que existan y se es feliz sabiéndolo.» Aunque no se coman más que dos o tres.
Imagen: rafamaldo
La justicia dictaminó a favor de JD Salinger y prohibió la publicación de 60 years later. [The New York Times]
Estaba leyendo una de ovnis cuando recibí la novedad. Me distraje un rato con algunos de los capítulos últimos de la Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawm. El historiador hace referencia por ahí al «carácter enfermizo de la cultura norteamericana», y a «la predisposición peculiar» de los norteamericanos «para resolver todas las disputas humanas a través de litigios […]» Esto hablaría, según Hobsbawm, de miedos instalados en la sociedad, encarnados de la siguiente manera: «[…] personas que están dispuestas a correr graves riesgos en la práctica […] viajando en coche por una autopista o desplazándose en metro por Nueva York, pueden resistirse a tomar una aspirina porque saben que en algunos casos raros tiene efectos secundarios.» Así, el miedo a morir envenenado manifiesta una indefensión por parte del individuo, que también podría ligarse, aunque amplificada, a la creencia en las invasiones extraterrestres.
Esta aproximación a la cultura norteamericana se enlaza con otras ideas. Los años sesenta marcaron el triunfo de la sociedad de consumo. Y ya en los cincuenta, la lectura dejó de ser «un actividad tan espontánea» como había sido hasta entonces. A fuerza de ser exacto, el sujeto plural de la oración es el conjunto representado por los niños de las clases ricas. Pero, al inicio del siguiente parágrafo, Hobsbawm generaliza, y expresa que las «palabras que dominaban las sociedades de consumo occidentales ya no eran las palabras de los libros sagrados, ni tampoco la de los escritores laicos, sino las marcas de cualquier cosa que pudiera comprarse.»
No obstante, me parece recomendable leer la demanda de JD Salinger, sobre todo lo que respecta a la construcción de la voz de Holden Caulfield; las interpelaciones al lector; el estilo flashback; las digresiones; etcétera. Incluye la sostenida afirmación: «[60 years later] is a rip-off pure and simple».
JD Salinger's suit [Wall Street Journal]
El miércoles diecisiete, la jueza federal que atiende la demanda de JD Salinger, dictó una medida cautelar que prohíbe por diez días la publicación de 60 years later en Estados Unidos.
Veinticuatro horas antes, se conoció el nombre del autor. En medio de una andanada de declaraciones e informes ante la corte de Manhattan, se supo que detrás del seudónimo de JD California se ocultaba un sueco, de treinta y tres años, de nombre Fredrik Colting.
La novela ha sido ya publicada en Inglaterra por la editorial Windupbird y entre los documentos presentados a la corte se incluyó un boceto de la portada para Estados Unidos. En la tapa puede leerse de forma destacada que la novela de Colting resultaría:
Las noticias también dicen que no es una parodia [The sequel is not a parody...] como dando a entender que si lo fuera JD Salinger no habría planteado la demanda. Quiero acotar que me parece interesante este detalle. Porque, tomando el caso Cervantes-Avellaneda, es aceptado que la II parte cervantina sería parodia de la primera, mientras que la II parte avellanediana sería emulación.
Por otro lado, pero al mismo tiempo, existe una vasta corriente de investigación que sostiene que Cervantes imitó páginas del autor oculto bajo el falso nombre de Avellaneda, y que habría conocido la identidad; por esta razón, hasta pudo haberlo parodiado, o satirizado, al incluirlo como personaje. Aunque éste no habría sido el origen de la disputa, parte de la misma pudo haber provenido de esa ofensa de Cervantes.
Viejos pleitos se actualizan con la demanda presentada por JD Salinger en la ciudad de Manhattan, el lunes pasado, contra la novela 60 years later: coming trough the rye.
Firmada bajo el seudónimo de JD California, 60 years later es promocionada como la continuación de The catcher in the rye. Según reza en las noticias de la semana, el protagonista es un hombre de setenta y seis años, llamado Mr. C, que vagabundea por Nueva York después de haber dejado un geriátrico. Esta salida revive la del joven héroe de JD Salinger, Holden Caulfield, tras dejar Pencey, el colegio de clase alta del que era alumno.
La demanda afirma que el derecho a una continuación de El guardián entre el centeno (también traducida: El cazador oculto), así como el uso del personaje Holden Caulfield es patrimonio exclusivo de JD Salinger, quien ha elegido voluntariamente no ejercerlo. La demanda califica sin titubeos de rip-off a la segunda parte de El guardián: «[...] It is a rip-off pure and simple [...]»
Tal vez, esta declaración no forme parte de la demanda formal, y sólo se trate de una expresión ante los medios de prensa, vertida por los representantes o abogados de JD Salinger. El término rip-off se usa coloquialmente para expresar distintas cosas:
rip-off a. & n. (colloq.)
a. (designating or pertaining to) a fraud, swindle, or instance of esp. financial exploitation;
b. (designating or pertaining to) an imitation or plagiarism, esp. one intended to exploit a current public interest.
Oxford Talking Dictionary. Copyright 1998
Pero ¿es la continuación no autorizada de El guardián en el centeno «[…] lisa y llanamente un plagio […]»? ¿Ha habido, acaso, plagio? El miércoles tres, The Independent publicó: «No todos están convencidos de que Salinger pise terreno legal firme.»
Posiblemente el pleito se pierda de vista en el bosque judicial, pero sirva para apuntar algunas cosas.
El derecho de autor aparece en Inglaterra en el siglo XVII y «no para proteger autores sino para reducir la competencia entre editores. El objetivo era reservar para los editores, perpetuamente, el derecho exclusivo de imprimir ciertos libros. La justificación, por supuesto, era que el lenguaje en literatura llevaba la marca que el autor le había impuesto y que por lo tanto era propiedad privada. Con esta mitología florecieron los derechos de autor durante el capitalismo, y establecieron el derecho legal de privatizar cualquier producto cultural, ya sean palabras, imágenes o sonidos.» [J. Ludmer; Radar 7 mayo 2007]
Por otra parte, en el plagio, Borges supo ver la referencia especular de un discurso con otro. También encontró esa misma relación doble, o especular, en el apócrifo, la traducción, la cita y la paráfrasis. Relaciones que producen efectos ficcionales que suelen desatar la ambivalencia alrededor de ciertas zonas que son objeto de la crítica académica, así como también del mercado editorial, especialmente la que tiene que ver con la propiedad de los textos y el nombre de autor.
Como acertadamente apunta Carlos M. A. Gil en su artículo de la revista Cervantes de la C.S.A., «[…] la creencia en la infalibilidad de lo escrito, […] sólo puede ser tratada eficazmente con la aparición de otro libro que destruye dicha creencia.» El autor se refiere a Don Quijote, y no a Miguel de Cervantes. Como dice Foucault respecto de la Primera parte, Don Quijote se habría empeñado en corroborar los libros de caballería. Sin embargo, en la Segunda parte, el personaje postula la falsedad de lo escrito en el libro de Avellaneda, porque no se corresponde a lo real, que es él mismo.
Cuán ilegal resulta la empresa de la publicación de El guardián apócrifo es algo que por el momento no se sabrá. Sin embargo, suena atractiva en el presente la idea de JD Salinger «polemizando sobre si debe relanzar la historia de Caulfield o no.» Aunque más no sea como personaje de otro libro, quiero decir.
Y no en la corte.
3 junio 2009 The sequel
7 mayo 2007 Sobre el plagio
Primavera 1996 El libro de Avellaneda como purgante
Publicado por Gustavo López 3 comentarios
Escritores: avellaneda, borges, california, cervantes, salinger
Mitsu le dice a Jin que, junto con Taka, su hermano menor, proyecta desmontar el almacén para llevarlo a Tokio; pero eso, asegura, no implicará demoler la casona ni los anexos donde ella vive. Se lo promete. Sin embargo, al retirarse, escuchará a Jin murmurar por lo bajo que él no sirve para dueño, ay, no sirve.
Cuando el bisabuelo de los hermanos construyó aquel almacén había ocurrido una rebelión campesina, de la cual se conservan numerosas marcas de sable en las vigas y marcos. Habitualmente, Taka expresa desagrado por el bisabuelo; en cambio, se identifica con el hermano menor del bisabuelo, porque éste habría acaudillado a los campesinos revoltosos. Desde niño, Mitsu ha tenido que enfrentarse a la tendencia de Taka a atribuir al hermano menor del bisabuelo un aura de leyenda. Así como también, ha tenido que diferenciarse de Taka cada vez que éste recuerda a S, su otro hermano, asesinado a golpes en una colonia coreana.
Luego de los reproches de Jin, Mitsu se reunirá en el almacén con su esposa y con Taka. Los tres irán a buscar al templo las cenizas, y las traerán con los anteojos de S.
Mientras conduce el citroën, Taka exclama que recuerda claramente algunas escenas del día que mataron a S. Según Taka, había una hilera de hormigas, llevando cada hormiga «un granito rojo», que entraba por los agujeros de la nariz y salía por los oídos del cadáver. El recuerdo se complementa con imágenes del mundo de sus sueños: «A través de la piel del rostro de S, translúcida como un vidrio ahumado, […] una gota de sangre caía sobre una hormiga y la ahogaba…»
Mitsu critica a Taka sobre la naturaleza de esos recuerdos y lo rebate afirmando que la imagen de S se la ha formado por el recuerdo de ver una rana aplastada y secándose al sol. «La visión de la cabeza machacada y ennegrecida de S y de lo que salía de ella, no es más que una rana aplastada y con las entrañas afuera […]», dice Mitsu.
… y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.
No esperaba la noticia. Tampoco la voz que narra. Ni nadie. Como dice Berti en la página ochenta: «El mar es grande.»
Bueno, nadie es una manera de decir. En verdad, el relato está armado en torno al secreto de Clelia, al misterio que rodea a la pareja. La voz ficcional de Pavese se contruye a partir de las circunstancias de los demás; del tándem Clelia-Doro, principalmente, pero también del resto de amigos. Pero resulta interesante que la respuesta sea del orden del cuerpo, o de la carne. Que Doro, o la propia Clelia, no supiesen tampoco lo que sucedía. Doro busca la juventud durante un día, Clelia nada sola, Doro pinta pero no va pintar más, Clelia admite en un momento estar desesperada (capítulo III), hay bromas acerca de una guerra que no es tal, Guido pone en duda la virilidad de Doro, Clelia dice no tener algo propio (capítulo VI), etcétera.
Quiero decir: la novela asemeja primordialmente instalarse en el chisme, donde la voz que relata trae y lleva cosas de unos y otros. Sin embargo, lee mal. Con la noticia, no hay final de vacaciones, final de temporada, chismes que se diluyen con el verano que termina, último día, despedida; no: queda otro relato.
En las últimas páginas, ese relato inventará un doble, y ese doble será Berti, de la misma manera que antes había hecho de Ginetta un doble de Clelia; es decir, Berti enamorado de Clelia no medirá el ridículo, dirá que necesita ir a Génova a saludar a Clelia, sin embargo, poco antes, se había expresado el dolor del otro, el que relata, porque Doro no le dijo que los acompañe: «Qué crees [...] ¿que se acuerda de ti?» le dirá a Berti, pero es él quien quedó fuera de esa historia, olvidado. Por último lo irritará aquel olivo, que es «quizá [capítulo III] la cosa que mejor recuerdo de todo el verano».
Hay una serie de pasajes espléndidos; esta imagen en el capítulo II: «Bajo la luna nos volvimos todos como el peón de albañil [Ginio], al que las salpicaduras de cal vestían de máscara». También Clelia al sol (p. 34) y Ginetta brillante como un pez (p. 44).
Esta frase: «[...] todos los años son estúpidos. Es una vez pasados cuando se vuelven interesantes». Y esta: «[...] en la playa no se espera a nadie» (p. 39) o esta otra: «[...] a la playa se [viene] para estar en el agua, y no para visitar santuarios». A la luz del final: «[...] costaba creer que todo fuera agua [...] el mar [la playa] me daba la sensación de estar viviendo en una campana de cristal» (p. 39)
Por otra parte, me parece encomiable el equilibrio del relato. Al término de varios capítulos, me quedé pensando, y al cabo de un rato, cuando proseguía la lectura, encontraba mis pensamientos en boca del narrador —con el Quijote me ha pasado igual—.
El capítulo segundo existe en función de ese equilibrio. Porque instala el misterio. Clelia empezará a hablar por Doro, Clelia contestará la correspondencia en lugar de Doro y eso lo hará experimentar cierto malestar. Doro inesperadamente cambiará cuando va a verlo y salen juntos a recorrer la comarca. Se sumará el albañil, cantarán y asustarán a los perros. También Biagio formará parte de esa noche de juerga. De repente, el narrador (p. 17) se descuelga de la juerga nocturna para decir que hizo reír a Clelia cuando le describió las cabriolas que hacía Ginio hablando de Orsolina. A partir de entonces, el relato no podrá prescindir de Clelia, que para la ocasión añade: «Qué chiquillo es Doro. No cambiará nunca.» La novela hubiera sido diferente si explorara solamente el escenario de la playa.
Hay una entidad civil denominada Madres del dolor, que reúne a madres de hijos muertos en accidentes de tránsito o en hechos de violencia urbana. Hace unas horas, ante las cámaras de un programa de televisión —Buscando a Dios— una mujer de esa entidad mostraba la habitación de su hijo muerto, y señalaba que conservaba intactas las cosas que habían sido de su hijo, entretanto enumeraba señales que ella decía que habitualmente recibía del alma de ese hijo.
Fui recién al sitio web de la entidad y me sorprendió encontrarme yo mismo contemplando los rostros de aquellos jóvenes desde la perspectiva del antipuzzle de Nubla. También pasó que emergió de la página del navegador otro sitio: MercadoLibre.
Ciertamente, hay algo de instrucciones de uso o buscando a dios, en el sentido de una totalidad, o busca de completud…
Abro un paréntesis, porque si no después me olvido: hay un disco de Gentle Giant que se llama The missing piece. Un disco genial, tan genial como Interview, Free Hand, etcétera. Y el rock sirve para ablandar las penas.
En verdad, soy un coleccionista de trozos como llama Gaab a Víctor Nubla. Sin embargo, ella decía hace poco más de un año que le gustaba la primera de las fichas encontradas porque era única. Comentaba: «Si hicieras una colección de piezas, como Nubla, pondrías a cada una de las piezas encontradas otra vez en un grupo indefinido. La pieza que logró, con mucho esfuerzo, dar un paso fuera de la nebulosa, sería única por un instante, y luego pasaría a formar parte de otra masa amorfa que llamarías colección.»
Una metáfora que se renueva ahora con la maravillosa imagen de los calcetines de la lavadora. Como los hrönir.
Precisamente era Pastora, hace casi año y medio, quien leía el título de mi novela en clave de antipuzzle —en consecuencia: en clave borgiana—. Luego, trataba mentalmente de calcular dónde encajaría ese título. Pastora me imaginaba escribiendo. E imaginaba que detrás de cada palabra, de cada capítulo, yo ponía un lugar y una fecha. Ella preguntaba «cómo se acomodan los objetos con los que trabaja un escritor. Se encuentran en el mundo. Se guardan en una colección imaginaria.»
Por último, dejó una afirmación, sobre la cual Paulino también reflexionaría: «Un corazón roto puede ser la pieza de un rompecabezas». La muerte rompió mi corazón. Me hundí durante largo tiempo en una tristeza capaz de conjeturar.
Pero desconocida.
Paulino, enormísimo cronopio.
Estas son fichas del año pasado, desde la una a la seis: Chacabuco y San Juan [5 marzo] Pueyrredón 1552 [13 marzo] Piedras e Independencia [10 abril] Almirante Brown y Aristóbulo del Valle [3 junio] Perú 458 [8 junio] Montevideo y Lavalle [6 diciembre]
The missing piece
Antipuzzle
¿Qué es un hrönir?
Ejercicio plástico, fue pintado entre agosto y noviembre de 1933 por David Alfaro Siqueiros en el piso, techo y paredes de un sótano. En 1961, Alvaro visitó el mural junto con su padre Juan Carlos Castagnino y Antonio Berni: «Me causó una impresión muy fuerte, no esperaba encontrarme con esa situación, casi alucinatoria. Al sótano se entraba por la cocina y uno sentía que se sumergía en el mar, las paredes y el techo eran como una campana de cristal sobre la que las criaturas, principalmente figuras femeninas, se aplastaban».
En el documental Los próximos pasos, de Lorena Muñoz, se narra que Siqueiros habría pretendido hacer suya para siempre —encerrar metafóricamente— a su esposa, Blanca Luz Brum, en la cápsula que pintó en el sótano abovedado de la quinta Los Granados, propiedad de Natalio Botana. No se sabe ciertamente si Blanca Luz Brum fue amante de Botana. Pero, una multitud de invitados habría concurrido a la inauguración del mural con ansias no sólo de contemplar el ejercicio poliangular «sino también de espiar a los integrantes del supuesto triángulo».
El documental muestra furtivamente a Pablo Neruda y a Federico García Lorca. La quinta tenía una torre y se cree que ahí Neruda y Blanca tuvieron sexo, mientras que García Lorca hacía de custodio desde la escalera. Botana habría oído los gemidos de los amantes y García Lorca habría resbalado por la escalera cuando intentaba interponerse al ascenso del propietario de la quinta. Neruda habría rememorado la escena en Confieso que he vivido.
Sin embargo, una biografía reciente acerca de la esposa de Siqueiros ubica hechos parecidos dos años después de la conclusión del mural, es decir en 1935. De acuerdo con la biografía, el affaire no habría pasado de una borrachera de Neruda y unos forcejeos con García Lorca, que pretendía apartarlo de Blanca Luz Brum. García Lorca tropezó con una escalinata del jardín y Botana se acercó, atraído por el escándalo, para auxiliarlo.
A pesar de todo, la espelunca de la cocina de Los Granados habría sido fuente de inspiración para los murales de las Galería Pacífico.
Murales realizados por Lino Enea Spilimbergo, Demetrio Urruchúa, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Manuel Colmeiro en la cúpula de las Galerías Pacífico.El aire atrapado
Cuando escribía la parte de arriba, tropecé al buscar nombres para la cápsula de la mesita de luz.
No tengo Werther en español; solamente pude consultar la edición en inglés; pero en dicha novela escrita por Goethe, de acuerdo con Roland Barthes, a la burbuja se la nombra como «miniatura vidriada». Las denominaciones en inglés son abundantes: snowdome, snowglobe, waterglobe, waterball, snowstorm, blizzard, snow scenes, snow shaker, «this shakeup thing with the water and the snow», or just the souvenir clutched by the dying millionaire, in Orson Welles' Citizen Kane, as he remembers his boyhood sledge «Rosebud».
Más tarde me enteré que también a las pistas artificiales de esquí se las designa snowdomes. Con pasmo vi por la televisión el snowdome de Dubailand. Está en el interior de un shopping centre. Un jeque manifestaba para la BBC News: Tener nieve en el desierto es una experiencia incomparable…
Se me ocurre que la vulgar burbuja representa lo irreal por antonomasia. La irrealidad misma, por decirlo de otra manera.
¿Cómo terminar un amor? ¿Cómo terminar una novela? Donde el señalador dice: el fin pertenece a los otros, el libro reseña la incapacidad del «yo» para leer el final de un amor. Dicho final resulta evidente para el entorno: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, etcétera; o sea, resulta legible para cualquiera, menos para el sujeto enamorado.
Patético madre, diría Borges.
E incapacidad de lectura equivaldría a incapacidad de escritura. Si bien este fragmento retrotrae a una entrada del mes de abril de dos mil ocho acerca de «la ficción interrumpida», puede ser que el fracaso del enamorado para avanzar hacia el final de la propia historia amorosa, tenga más relación, ahora al menos, con otro fragmento; aquel que marqué como el niño en la luna. El sujeto enamorado quiere restituir una superficie plana de esa cosa concebida, afirmada, vivida según la eternidad. No obstante, cerrado al juego de ver las grietas de esa cosa, concibe todo final como algo siniestro. Soporta mal la broma, dice Roland Barthes.
Soporta mal la muerte.
[…] no puedo yo mismo (sujeto enamorado) construir hasta el fin mi historia de amor […] el fin de esta historia, exactamente igual que mi propia muerte, pertenece a los otros: a ellos corresponde escribir la novela […]
Ayer avancé en la lectura de los fragmentos. Abajo, los tres primeros bookmarks:
Un niño que se tensa
Conviene a mi deseo
Arder es mejor que durar
«En la calma tierna de tus brazos»
Duparc
«Adorable»
Lacan / Proust
Lo intratable
Pelléas / Schelling
Bookmarks siguientes, en orden alfabético:
Dedos de un peluquero
Deseo del ser ausente / presente
El desmoronamiento ha ocurrido ya
El gran sueño claro
El mal lugar es el lugar deslumbrante
Elegir la deriva
Grito de amor
Incendio del sentido
Juego de la silla
La esperma brota de sus ojos
Lo femenino se declara
Lo que el amor desnuda
Mi miedo es "espontáneo"
Pequeño rincón de pereza
Si no olvidara moriría
Te hago aparecer
El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro.
La frase de Barthes me ha inducido a subir Fragments d'un discours amoureux al ipod.
Miro los índices y me pongo a leer «Los lentes oscuros»; recorrí el museo con lentes para sol, me reí mucho.
Interrogaba las obras sin dar respuesta cabal a nada. Observé cautivado la belleza de unas piernas de bronce [...] el sujeto amoroso se pregunta no si debe declarar al ser amado que lo ama [...], sino en qué medida debe ocultarle las "perturbaciones" (las turbulencias) de su pasión: sus deseos, sus desamparos, en suma, sus excesos (... su furor).
Leo de a saltos el libro al que pertenece la frase-lenguaje-piel. Las figuras surgen en mi cabeza sin ningún orden, puesto que dependen en cada caso de un azar (interior o exterior). [...] el enamorado extrae de la reserva (¿el tesoro?) de figuras, según las necesidades, las exhortaciones o los placeres de su imaginario [...] como un calendario perpetuo, como una enciclopedia de la cultura afectiva […]
Michael Foucault escribió sobre La tentation de saint Antoine, de Gustave Flaubert. Dijo entre otras cosas que la riqueza [de lo fantástico] se halla virtual en el documento. Para soñar no hay que cerrar los ojos, hay que leer.
Iba por el corredor del museo y me frené en el kiosco ante la pintura de un desnudo femenino. Me había parecido la joven del picnic de Édouard Manet (Le déjeuner sur l' herbe / Le bain), es decir, la figura desnuda que en el pabellón de pintura argentina había asociado con un óleo de Sivori. La asociación había ocurrido un rato antes frente a El despertar de la criada. Pero, en el corredor, enseguida pensé: No, no es la mujer del picnic.
Pero días más tarde, me di cuenta de que se trataba de la reproducción de otro Manet: La ninfa sorprendida. El perfil de la figura desnuda me había atraído como un imán, pero al detenerme para verla de cerca pensé que estaba errado. Sin embargo, eran del mismo pintor.
¿Y la modelo? ¿Habrá sido la misma? Quiero volver al museo para ver especialmente la ninfa de Manet. Abajo el rostro plácido de la otra, la del museo D' Orsay.
Flaubert es a la biblioteca lo que Manet al museo. Ellos escriben, pintan en una relación fundamental con lo que fue pintado, escrito o más bien con aquello que en la pintura y la escritura permanece infinitamente abierto. […] cada obra literaria pertenece al murmullo indefinido de lo escrito. Flaubert y Manet han hecho existir, en el arte mismo, los libros y las telas.
Tendría que estar contenta y no lo estoy, una pena que no es honda pero es pena quiere anidar en mi pecho. ¿Será la luz mortecina de este crepúsculo de domingo? […]RETRATO DEL NOVELISTA DESCONOCIDO
La improvisación repetida. Rita traiciona otra vez.
Primera Plana (Buenos Aires),
N° 226 (25 de abril de 1967), 66-67
[…] Una nota de Mary McCarthy en Encounter […] lo envió [a Manuel Puig] a las páginas de Ivy Compton-Burnett. «Para mi gran sorpresa… descubrí que mis diálogos de incógnito ya habían sido hechos hace 20 años: y pensar que creía haber inventado algo nuevo», informó [Manuel Puig a Emir Rodríguez Monegal, 11 de abril de 1967] con esquinado humor.
Referencia a lo expresado al tope de la tercera columna, p. 66
[…] Se eligió Diario de Esther: 1947 para la revista porque, como Borrini [corresponsal de Primera Plana en Nueva York] le explicó a Manuel, era el único capítulo «que tu padre podría leer sin ningún problema». […] Como le escribió Manuel a Emir, «supongo que una nota en Primera Plana te pone en órbita enseguida». Pero los extractos del Diario de Esther podían ser entendidos como «demasiado cercanos a lo real», advertía Emir […] Sin el comienzo sentimental ( Domingo 7 Tendría que estar contenta y no lo estoy, una pena que no es honda pero es pena quiere anidar en mi pecho. ¿Será la luz mortecina de este crepúsculo de domingo?) donde como Manuel lo expresó: «al faltar el principio del capítulo (donde yo cargo más las tintas para hacer entrar al lector en el juego) parece que el cursi es el autor y no el personaje». Tal como apareció en Primera Plana el extracto invitaba a lecturas altaneras y erróneas y rechazos hoscos, como [el ácido comentario de Juan Carlos Onetti:] «Sé cómo hablan los personajes de Puig; lo que no sé es cómo escribe».
Referencia a «una aventura del lenguaje (ver páginas 72/73)» en la segunda columna, ocho líneas debajo del subtítulo, p. 66
Manuel Puig y la mujer araña, de Suzanne Jill-Levine.
Seix Barral Los Tres Mundos Biografía
—Desde que era niño, a Takachan le ha dado miedo el cuadro del infierno, ¿verdad Mitsu? —comenta el monje, luego de que Taka se fuera hacia el osario.
Al rato, Taka retorna con las cenizas del hermano S. El mal humor y el abatimiento de Taka antes de dirigirse al osario transmutan en una especie de exaltación. Dice que encontró los anteojos de S junto con las cenizas y le hicieron recordar la cara del hermano asesinado en la colonia coreana.
Este pasaje de los anteojos resulta significativo, porque el capítulo se inicia con la visión de una gorda, que no puede moverse ni dormir bien. El capítulo lleva como título los versos de Edgar Allan Poe, que en la traducción del japonés al español de Miguel Wanderbergh dicen:
No es todo lo que ve y se ve sino
un sueño en un sueño
En compañía de los hermanos se encuentra la esposa de Mitsu. Los tres se suben a un citroën.
Taka maneja el citroën, la esposa de Mitsu ocupa el asiento del acompañante con las cenizas de S en su regazo y Mitsu va en el asiento trasero.
Taka recuerda a S con uniforme militar. Un militar galante, extrovertido y varonil, que cada vez que se cruzaba con alguien del valle, saludaba con un taconazo como un soldado nazi. Mitsu dobla las rodillas y se tumba en el asiento; no hará falta que cierre los ojos para revivir el color de las llamas del cuadro del infierno.
Los rollos narrativos del medioevo japonés abarcaban distintos temas y asuntos. Los del infierno me atrajeron desde que topé con los de los fantasmas hambrientos en el conocido ensayo de William L. Lafleur, en la parte primera de Fragmentos para una historia del cuerpo humano.
Algunos de estos rollos han sido seccionados y las partes de texto se perdieron. Se pueden contemplar las pinturas solamente.
Esto parece ser lo que ocurre en el templo con los protagonistas del El grito silencioso: observan dos secciones pictóricas de un rollo del infierno y comentan sus impresiones acerca de lo que en dichas secciones ven. Abajo podrá verse un detalle de la imagen previa, el jigoku-zōshi que corresponde al primero de los cuatro dominios dentro del Gran Infierno de los Gritos. Tal vez resulte ser el cuadro del espíritu femenino; aquel respecto del cual la mujer de Mitsu dijo:
—Ese demonio que está vuelto de espaldas y parece parte de la roca, ese que se dedica a atormentar con tanto ahínco al espíritu femenino, tiene el cuerpo cubierto de sombras negras […] no se distingue bien si son músculos o cicatrices, pero le dan muy mal aspecto, ¿no creen? En comparación, el espíritu femenino al que le está pegando parece estar en mucho mejor forma física. Incluso se diría que está tan acostumbrado al demonio que ya no le tiene miedo, ¿verdad, Mitsu?
La esposa de Mitsu habría estado observando el cuadro con la punta de su nariz rozando el cuadro, dado que el demonio y el espíritu femenino son, en verdad, unas miniaturas en la superficie que tiene de alto solamente veintiséis centímetros.
De cualquier manera, estas son curiosidades del andamiaje que Kenzaburo Oé arma para poder transitar el viaje en el citroën. Hay hasta acá un sugestivo título, una mujer gorda, unos anteojos, las cenizas de un hermano asesinado, dos cuadros del infierno.
Falta la leyenda, si puede usarse la expresión.
Cotejando lecturas acerca de Giorgio Manganelli encontré que el Infierno podría ser purificador. De inmediato, me vinieron a la cabeza los versos de un libro editado este año: Cartografías, de Silvia López.
vuelo suicida del vencejo
flechazo negro en el aliento
blanquísimo del Diablo
y si en el fondo del abismo
traga males el Infierno
¿ruge empacho de Eternidad?
pero el pájaro resurge
de su ducha fresca
haciendo una verónica
que —estoy segura
me dedica.
Garganta del Diablo,
Cataratas del Iguazú, 15 de agosto de 1996
—En vez de tanto mirar ese cuadro, ¿por qué no nos llevamos ya los restos de S, Mitsu?
La imagen pertenece al jigoku-zōshi, rollo del infierno, y corresponde al segundo de los cuatro dominios dentro del Gran Infierno de los Gritos.También las leyendas tienen su importancia
Los hermanos Mitsu y Taka han retornado a la aldea para vender el almacén del bisabuelo.
Jin ha engordado horriblemente y permanece en un rincón oscuro porque no se puede mover. «Por las noches no duermo bien, y sueño mucho», protesta. ¡No puedo dormir! ¡Sólo tengo sueños tristes, sólo sueño quedarme sin casa!.
Mitsu le dice que van solamente a desmontar el almacén para llevarlo a Tokio, que no hará falta demoler la casona y los anexos donde ella vive.
—Pero van a vender las tierras, ¿no? —prosigue Jin.
—Mientras no se solucione lo de tu vivienda, las tierras, la casona y los anexos se quedarán como están, Jin.
—¿Qué piensan hacer con la tumba familiar?
—No hay por qué tocarla, creo yo —responde Mitsu.
—Las cenizas del señor S están en el templo, ¿recuerda?
Compasivo, Taka comenta a Mitsu acerca de la inutilidad y el pesimismo de Jin, que ha triplicado su peso en los últimos seis años y sigue engordando. Mitsu responde a Jin que irá ese mismo día a recoger las cenizas de S, el hermano muerto a golpes en una colonia coreana, y que quiere ver el cuadro del infierno que hay en el templo.
[...]
Todo lo que vemos o parecemos
no es más que un sueño en un sueño.
[...]
All that we see or seem
Is but a dream within a dream.
Edgar Allan Poe
Los cuadros descriptos en el capítulo de la novela de Kenzaburo Oé, que lleva como título los versos de Edgar Allan Poe, podrían pertenecer al rollo japonés del infierno: 26.1 cm x 240.0 cm, siglo XII, Tokio National Museum.
Hice recientemente descripciones de rollos japoneses; es decir, desplegué las pinturas, o mejor aún, las desenrrollé a lo largo de una novela. Por tal razón, me atraen los cuadros en El grito silencioso: el río de llamas y el espíritu femenino.
En una entrada futura subiré los cuadros de Tokio y haré la prueba de reseñar el prodigio narrativo de Oé en relación al asesinato de S. Este prodigio forma parte del mismo capítulo de los cuadros.
Ahora, y antes de finalizar, quiero comentar que, en relación a los cuadros del infierno, los atormentados dan la impresión de divertirse, de estar acostumbrados al fuego. Y el espíritu femenino, tan curtido, parece ya no tenerle miedo al demonio que la hostiga.
El monje del templo expresa su propia impresión acerca de los cuadros:
Como las almas del infierno llevan verdaderamente una eternidad sufriendo sin cesar, ya deben de haberse acostumbrado, y puede que sólo pretendan hacer ver que sufren para mantener el orden de las cosas. El modo como se calcula la duración del sufrimiento en el infierno es de lo más excéntrico, ¿sabe? Por ejemplo, en este infierno ardiente un día y una noche constan de mil seiscientos años, equivalentes a dieciséis mil años con sus días y sus noches en el mundo de los hombres. ¡Eso sí que es tiempo! Ahora bien, las almas de este infierno tienen que sufrir sin parar los dieciséis mil años, ¿comprende? Hasta el más reticente de los espíritus tiene tiempo para acostumbrarse, ¿no?
El dolor de un poeta...
Eurídice habla que él no podía pasarse sin ella, desde que su salud, que empeoró de repente, obligó a que fuese internada. Habla que él vivía exaltado; no encontraba sus páginas, porque era yo la que las ponía en orden. Cuando se las corregía se sentía tranquilo. Junto a ti sé quien soy, decía después que yo le había limpiado sus papelajos de la mucha grasa y papilla sentimental que tenían.
Ah, cuánto lastre ha acabado en la basura gracias a mí. Estaba orgullosa de que todos y todas lo admiraran y no me importaba que no supieran que era mérito mío.
Hay diferencia entre ser un narciso cauteloso y un hombre verdadero. Un hombre verdadero va por su camino, sin tener miedo de lo que pueda suceder. Desde que estoy aquí, he oído comentar que Orfeo pide ayuda a todo el mundo y no escucha a nadie y pretende que le estén escuchando y le admiren sólo porque… Quién sabe cómo se las arreglará ahora que no le puedo corregir sus versos. Cometo demasiados errores, decía, pero también era por cómodo, así me tocaba hacerlo a mí y mientras tanto él se ponía a leer el periódico o se iba a tomar una cerveza.
Las mujeres que van a oírle cada vez que lee o da una conferencia lo miman, lo manosean, pero ya me gustaría a mí ver si se ponen siquiera a pasar en limpio tanto papelajo ilegible, esa escritura suya de neurótico.
Es estupendo que te ame un neurótico, da seguridad. Sabes que no se le va a pasar, una idea fija resistente a todos los embates de la vida. No creo que me hubiera enamorado tanto si no hubiese sido tan neurótico. Algo sabe Usted ya de eso, de su solicitud para obtener mi permiso de salida, con todos los sellos correspondientes… ¿Cómo? No le oigo, discúlpeme. Es que no le veo, en esta oscuridad.
Pastiche de Así que Usted comprenderá, de Claudio Magris.
Paradojas
Cuando Rey Mono tradujo el poema Verrà la morte e avrà i tuoi occhi, de Cesare Pavese, dije que la lectura del siguiente verso:
un grido taciuto, un silenzio.
me había llevado a otra parte. Al silencio de Dios, en referencia a Auschwitz, en boca insólitamente del actual Papa.
Pensaba sobre el uso de «acallado», o, mejor, el adjetivo callado, en el sentido de: grito no pronunciado / no articulado, cuando leí lo siguiente:
Il Papa ad Auschwitz a mani giunte "Signore, perché hai taciuto? Perché hai potuto tollerare tutto questo?" dice Benedetto XVI, al termine del canto di lutto del Kaddish e l'accensione di un cero. 28-05-06. El diario La Croix, de París, comentó: "Benedicto XVI ha planteado la pregunta que todo el mundo hace, sea o no sea creyente: ¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué calló?"
Una pedagogía del odio
J. L. Borges: Sur número 32, mayo 1937
Las exhibiciones del odio pueden ser más obscenas y denigrantes que las del apetito carnal. Yo desafío a todos los amateurs de estampas eróticas a que me muestren una sola más vil que alguna de las veintidós que componen el libro para niños Trau keinem Fuchs auf gruener Heid und keinem Jud bei seinem Eid, cuya cuarta edición está pululando en Baviera. La primera es de 1936: poco más de un año ha bastado para agotar cincuenta y un mil ejemplares del alarmante opúsculo. Su objeto es inculcar en los niños del tercer Reich la desconfianza y la abominación del judío. Se trata, pues, de un curso de ejercicios de odio. En ese curso colaboran el verso (ya conocemos las virtudes mnemónicas de la rima) y el grabado en colores (ya conocemos la eficacia de las imágenes).
Después de leer Rostros de felicidad se me ocurre que el desconcierto de Sin destino, de Imre Kertész, podría equiparase en algo al desconcierto que produce Wakefield, de Nathaniel Hawthorne. Una tarde Wakefield se despidió de su esposa, con la cual llevaba diez años de casado. Le dijo que a más tardar estaría de vuelta para la cena del viernes, pero, sin razón aparente, se ausentó por veinte años. Sencillamente, como si hubiera faltado una semana, luego de veinte años retornó con una sonrisa y permaneció calmo junto con su esposa hasta el fin de sus días.
Kertész hace lo mismo que Hawthorne. Sin destino relata la historia de un adolescente recluido durante un año en Auschwitz. Pero la estrella de seis puntas, el traslado en el tren, las colas para el examen de aptitud física y las duchas colectivas son un montón de cosas, dice la reseña de Rey Mono, que suceden antes del inevitable retorno a casa.
Sinceramente no tenía previsto hacer el siguiente recorrido: Kertész me llevó a Hawthorne, y Hawthorne a Otras Inquisiciones. De suerte que me asombra encontrar en la conferencia de Borges sobre Hawthorne la parábola que el autor de Wakefield tituló: Earth's Holocaust; entonces, Borges desliza que Schopenhauer comparó la historia con un calidoscopio y que esa misma intuición hizo escribir a Emerson el poema History.
Alrededor de hacer convivir varias voces, Borges concluye:
El pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado. Este pensamiento encaja perfectamente con Kaddish, otro libro de Kertész, en el cual puede leerse el cuestionamiento a la frase que comúnmente alude a la existencia de campos de concentración: «Auschwitz no tiene explicación». Kertész en otra parte de ese libro dice: […] lo verdaderamente irracional y lo que en verdad no tiene explicación no es el mal sino lo contrario: el bien.
Kaddish es un denso rezo. Una plegaria dirigida al hijo no nacido, que podría ser leído como ausencia de destino. Hay una imagen, que quizás mi memoria ha deformado, la imagen de una mujer pelada que viste una bata roja. En el libro está el cuestionamiento a la frase: «Auschwitz no tiene explicación».
La mujer pelada no tiene explicación y los veinte años de Wakefield tampoco. O, usando palabras del narrador de Kaddish: con la vuelta de Wakefield a la casa, su ausencia durante veinte años no existe, o, para ser más preciso, no existió, y, como es lógico, sólo aquello que no existe o no existió carece de explicación. Es famosa la cita de Jorge Luis Borges afirmando que, si Kafka hubiera escrito esa historia, Wakefield no hubiera conseguido, jamás, volver a su casa, y, a continuación, Borges añade que, Hawthorne le permite volver, pero su vuelta no es menos lamentable ni atroz que su larga ausencia.
Para mi sorpresa, encuentro en la conferencia dicha por Borges en 1949 que: […] Un autor puede prevalecer de prejuicios absurdos, pero su obra, si es genuina, si responde a una genuina visión, no podrá ser absurda. Hacia 1916, los novelistas de Inglaterra y de Francia creían (o creían que creían) que todos los alemanes eran demonios; en sus novelas, sin embargo, los presentaban como seres humanos.

A los cuarenta años, Gerónimo de Pasamonte escribió su autobiografía con la pretensión de recibir algún tipo de compensación económica por los servicios prestados al rey contra los turcos. La obra se distribuyó por Madrid en manuscrito en 1593 y no fue editada hasta 1922, cuando Raymond Foulché-Delbosc la publicó en Revue Hispanique.
La escritura de Gerónimo es ágil y vale la pena hacer un esfuerzo para salvar algunos escollos que podría presentar sólo en algunas partes.
Las historias del capítulo cuarenta y siete transcurren en Italia. Jerónimo anda medio paranoico. Es sugestivo el momento en la cual Gerónimo, huyendo de una bruja, se muda, a cambio de una paga de dos reales, a la casa del soldado Jiménez. Pero allí será hostigado por la esposa del soldado, que le confesará que el marido la mataría de una puñalada si él se muda nuevamente, lo cual representaría para ellos la pérdida de los dos reales.
Gatitos, huevos envenenados y gusanos fermentarán un universo que se respira también a través de los cuadros de El Bosco y en ciertas películas contemporáneas de efectos especiales. En fin, historia de desgracias con invenciones infernales, brujas y fantasmas, o, de como aconteció que Gerónimo cayó un día de la sartén a la brasas, si bien, y por fortuna, no hubo de faltarle médico, confesor y ángel de la guardia.
¿Qué hay en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener aquel paradero.
Antes de la partida hacia Barcelona, Sancho Panza y don Quijote creyeron que Altisidora había muerto por el desamor del hidalgo caballero. Otra vez en el palacio, Altisidora resucita. Luego, Sancho aprovechará y preguntará a la resucitada: qué vio en el otro mundo, qué hay en el infierno.
—La verdad que os diga [...] yo no debí de morir del todo, pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no pudiera salir de él, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, […] y lo que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra […] A uno de ellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: «Mirad qué libro es ése». Y el diablo le respondió: «Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas». «Quitádmele de ahí —respondió el otro diablo— y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos.» «¿Tan malo es?, respondió el otro.» «Tan malo —replicó el primero—, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara.» Prosiguieron su juego, peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don Quijote, a quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta visión.
Fui hace unos días hasta las fotos de Ingrid Valencia. Más específicamente al álbum: «La Manzana» en Zapotlán el Grande, Jalisco.
Viendo a Orso Arreola, me acordé de un antiguo reportaje, en el que su padre acompañaba la charla con ademanes amplios, pero resultó que tenía un brazo enyesado, y, entonces, para seguir cómodamente hablando, se desprendió el pañuelo que le sostenía ese brazo. Yo tenía mentalmente la imagen del escritor Juan José Arreola, con su pelo largo y su mano de yeso alzada. Orso se le parece, si bien lleva el pelo corto.
En aquel reportaje de Primer Plano conocí a Arreola... me maravilló que dijese que él escribía por el sonido y que no le daba mucha bolilla al sentido de las frases. Se guiaba por el sonido. Me hizo mucha gracia, también.
Ahora abro el diario Página/12: dos de febrero de mil novecientos noventa y dos. El reportaje es de Tomás Eloy Martínez. Vuelvo a leerlo completo y no puedo dejar de reír. Y tampoco puedo evitar relacionar el último parágrafo con Los espejos velados, el relato de horror de Jorge Luis Borges.
Juan José Arreola cuenta de la siguiente manera, el último de una serie de encuentros similares que mantuvo con Borges:
«En la Jolla, California, nos invitaron a que hiciéramos juntos seis o siete programas de televisión. Los hicimos, pero no los pasaron nunca porque Borges no consiguió decir ni una sola palabra completa. No lo dejé. «Schopen...», empezaba él, y ahí no más yo me echaba un discurso sobre Schopenhauer. «La reali...», decía, y yo explicaba las teorías sobre la realidad desde los presocráticos hasta Wittgenstein. Había ido preparado. Al final, terminé recitando unos poemas de Amado Nervo y de Salvador Novo, y para que él pudiera decir algo le serví una pregunta: «¿Cómo le parecen estos versos, Borges», a lo que él respondió: «Qué melodías las del mundo, Arreola, qué armonías». Y eso fue todo. No lo vi más. Pero a veces, cuando estoy solo, sigo hablándole. En algún lugar del Cosmos, Borges me oye. Sí señor: para su fatalidad, él me oye.»
Repaso del diálogo sostenido con el correr de los meses, a través de e-mails y de comentarios. Presenta a Eneas y a Orfeo como denominador común.
Silvina 15 de enero
13:47
La narración [Tabla de salvación] tiene algo de bajada a los infiernos y Jana sería algo así como una Eurídice.
¿Te acordás de la Eneida? Cuando Eneas baja al Infierno a ver a su padre.
Gustavo 17 de enero
14:46
No me acuerdo que Eneas haya bajado al Infierno, no sé por qué. Orfeo desciende al Infierno para convencer a Hades que retorne a Eurídice a la vida; se me hizo ahora un lío.
15:12
Me acuerdo de la reina Dido. Y también del Leteo, que quiere decir olvido. Que Eneas derrotado quiere hablar con su padre muerto, pero... lo consigue, qué lapsus tremendo. De resultas del encuentro con el padre, Eneas batallará hasta refundar Troya en las tierras de Lacio, o sea, la civilización romana.
Silvina 19 de enero
19:31
Eneas y Orfeo bajaron al Infierno aunque por razones distintas: Eneas por razones políticas (le preguntará a su padre donde fundar Roma) y abandonará a Dido, que luego se suicidará de amor (Dido es un personaje maravilloso). Orfeo bajará por amor a Eurídice.
Silvina 25 de enero
19:47
Estoy leyendo Así que Usted comprenderá del italiano Claudio Magris. La historia de Eurídice y Orfeo contada por ella... Ya sé que ahora estás con Casandra, pero hablamos el otro día de Eurídice con respecto a tu cuento Tabla...
Eurídice 25 de septiembre
12:05
Al leerte [Tengo conmigo unos libros que fueron de Paulino], pensé en Orfeo:
Con su arpa en la mano, tomó la senda de los espíritus de los muertos y descendió a los infiernos.
En su camino, encantó con sortilegios a todos los guardianes y consiguió llegar a la morada del dios Hades, señor del inframundo. Juró que si no conseguía volver a la tierra con Eurídice, permanecería en el mundo de los muertos para siempre.
Los corazones de los dioses se ablandaron con su canto, y cedieron. Dijeron: "Márchate, tu mujer te seguirá. Hay una condición, durante el viaje de vuelta no debes mirar hacia atrás.
A punto de volver a la superficie, lo inquietó el silencio. Se giró para ver si su amada no se había perdido en la espesa niebla. Ella estaba justo detrás de él, aún no había llegado a la superficie.
Hermes, el mensajero, que les había seguido, invisible, la tomó y tiró de ella para devolverla al mundo de los muertos.
Pastora 3 de noviembre
9:34
Eurídice ve almas como figuritas de papel, miradas blancas, equipajes abandonados en el mundo de los muertos.
Objetos cotidianos que no volveremos a usar, cuerpos que se echan a volar con una corriente de aire.
En cambio, Eneas observa a las multitudes que nacerán y Dante al tumulto torturado de las almas.
Son dos infiernos más. Uno en el que puede verse el futuro y otro en el que aplica la justicia universal.
Nota mía de hoy:
Después de la toma de Troya, Eneas dejó atrás a su mujer en la confusión de la huida. Emprendió la fuga tomando a su pequeño hijo de la mano, y con su padre, Anquises, a cuestas.
Virgilio cuenta que Eneas en el mundo de los muertos caminaba con Anquises y vieron una muchedumbre que hacía una larga cola para transmigrar al mundo de los vivos. Anquises le señalará los propios descendientes, es decir, aquellos que harán brillar de nuevo el antiguo esplendor troyano.
Dante y Virgilio enseñaron cómo son las entradas al infierno; hoy esta enseñanza es prácticamente ignorada. Ha sido casi perdida u olvidada.
Have you written the word love when you really meant to write the word tenderness, affection or passion? A raíz de Los espejos velados, le dije a Silvina que me había quedado pensando en una distinción acerca del amor. No hubo amor ni ficción de amor. No hubo nada con Julia, quiso decir Borges. La pura verdad es que esa distinción que Borges hizo entre amor y ficción de amor me pareció espléndida. Y, de repente, se me ocurrió una tercera: pensé en un estado que pasa entre la mujer y el hombre, la ficción de deseo. Y se lo mencioné a Silvina telefónicamente. Por supuesto —y ahora me causa gracia admitirlo—, mi cita de Borges se dio en un contexto que posteriormente Silvina, en un ejercicio de escritura con su profesor de inglés, explicaría mucho mejor de lo que yo ahora podría hacer. A mí me ha fascinado descubrirme en ese ejercicio que ella me envió por e-mail desde Londres, al mismo tiempo que yo hacía en Buenos Aires la entrada anterior, la del narrador infidente, enamorado, no fiable. Abajo el ejercicio, borrador, selva de palabras…
«Few days ago I had a long, or I would said, an endless conversation over the phone with Gustavo, an old friend. He lives in Buenos Aires and we have known each other for more than twenty years. I call him roughly three times a month. Because he is also a writer we have interesting conversations and because he is Argentinean like me, we talk a lot about how we are feeling at the present moment and, because he is a male Argentinean writer, the whole conversation is the game of cat and mouse. But everything happens inside the language.
»A chasing game we play, so easy when the other person is so far away. Which is the correct word to define our feelings? Or should I ask first which our feelings are? Sometimes I think I cannot judge our conversations with the same parameters I do with other men. Because it is not about the two of us, it is all about the language, that beautiful landscape where we get lost while we are playing. »So, if I go back to the question about our feelings. I wouldn’t say we love each other as partners; neither is it tenderness what keeps me calling him. We care for each other but the real thing is that there is something erotic in this game. While Eroticism is a tropical jungle Desire is mountains and valleys.
»How women relate to men, how men relate to women. How human beings desire each other. We talk and we go around circles, all trees are different but they might look the same if you not a monkey.
»And after an hour we always get to the point where I said that for men their desire is the force behind everything; and for women, there is always the idea of a relationship. When we get to this no exit corner we laugh. Generalizations are easy and mostly stupid. But the other day we kept talking beyond this point and we arrived to Idea-land.
»And we realized that sometimes it is not the desire but the Idea of the desire or neither is relationship but the idea of a relationship.
»Wise who knows the difference between the idea and the real thing…
»Even wiser who knows the name of his/her feelings…
»I might prefer the jungle.»
Quizás sea interesante no fiarnos del narrador enamorado. Pienso que enamorar y enamorarse despiertan siempre alguna clase de temor. Cierta clase de locura.
Viene ahora a mi cabeza un escrito breve de Borges. Empieza con una reseña del juicio final. El momento fatal en el cual los artistas serían mandados a animar a sus criaturas o creaciones. Los artistas no conseguirían dotar de vida a sus obras y en consecuencia habrían de ser implacablemente condenados al infierno.
En la infancia había un espejo. A Borges le daba espanto la posibilidad de que su reflejo en el espejo cobrase autonomía de su propia persona. Imprevistamente, Borges afirma: veo en el mundo presente resurgir ese temor.
A continuación, comienza a relatar las salidas con una joven. Caminatas que habían ocurrido un tiempo atrás, tres o cuatro años antes. Era una chica sombría, en cuyas venas corría la sangre de abuelos y bisabuelos federales, así como en sus propias venas corría sangre unitaria. Paseó Borges con ella desde Once hasta el parque Centenario. Pero era, se dice así, una chica con la cual no pasaba nada. Borges espléndidamente dice: «Entre nosotros no hubo amor ni ficción de amor: yo adivinaba en ella una intensidad que era del todo extraña a la erótica, y la temía.»
Sin embargo, hubo temas de conversación. En las primeras salidas se acostumbra relatar algún episodio verdadero o prestado del pasado. Pueril, anota Borges. Al punto, relata: «yo debí contarle una vez el de los espejos y dicté así, en 1928, una alucinación que iba a florecer en 1931. Ahora acabo de saber que se ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve mi reflejo, usurpando el suyo, y tiembla y calla y dice que yo la persigo mágicamente.»
Pero.
Quizás el narrador mienta. No deliberadamente, pero mienta. De suerte que Borges sería un sombrío perseguidor de Julia, la nieta y bisnieta de federales. Unitario y enloquecido. Cebado durante aquellos tres o cuatro años por una ficción de amor, sólo visible en la superficie velada de su relato. Como sucede con la locura paranoica del protagonista de El inquilino, de Polanski. Ficción velada por el yo.
Son perturbadoras las expresiones finales del relato:
«Aciaga servidumbre la de mi cara, la de una de mis caras antiguas. Ese odioso destino de mis facciones tiene que hacerme odioso también, pero ya no me importa.»
La meta era ouvroir y no aquel sim japonés. Es decir: la suerte para la que yo había creado el homúnculo era conocer con qué o para qué había incursionado Chris Marker en Second Life. Por lo tanto, abrí el simulador y tipeé el nuevo destino, lieu de travail.
La silueta de un gato anaranjado y con rayas negras daba vueltas encima de una caja. Y eso era todo, o parecía serlo todo. Troncos tirados, un búho con cara de pocos amigos, cajas apiladas, un camión y una avioneta semienterrados en el médano. En el fondo, cielo y mar.
Anduve a pie.
Podía oír el mar que rompía abajo, en la base del médano o montaña de arena. Era una isla deshabitada. De repente, experimenté ansiedad: había evitado los cursos de entrenamiento en el portal español, y tal vez no fuera el momento para vivir la experiencia Marker. Sin embargo, ahí estaba.
Desde un acantilado veía una ballena. Y en el cielo una estructura blanca, negra y roja, que se perfilaba o construía en tres dimensiones, de acuerdo con mi ubicación en el borde. Me acordé de los habitantes de la colina de La invención de Morel. Podría haberme dejado caer al mar, o saltar y volar hacia ese espejismo edilicio, pero seguí rondando la isla a pie.
En eso, di con una rampa ascendente con forma de caracol. Me aproximé y vi unas latas en la rampa. Estaban estampadas con la cabeza del gato rayado. Miré alrededor y reparé en que me hallaba nuevamente cerca del gato rayado.
El gato era un dibujo troquelado con punto de apoyo en una de sus patas traseras. Extendí mi mano hacia la figura que giraba como un trompo y se me contagió la danza, o, para decirlo de otro modo, el homúnculo que yo era se puso a bailar.
Sin parar.
El baile era un script: un programa o libreto que mi avatar debía interpretar. Cuando las manos del avatar rozaron el gato, se sobreimprimieron funciones en la pantalla, una de las cuales puse en funcionamiento a la manera en que el náufrago de La invención ponía en marcha las bombas de sacar agua: sin entender.
Tenía incorporado un programa de baile pero había «silencio, el ruido solitario del mar […] Temí una invasión de fantasmas, una invasión de policías, menos verosímil.» Supuse que, si me alejaba del gato rayado, el efecto Fred Astaire cesaría. En vano lo intenté; me desplazaba dando pasos de baile. Y no podía volar.
Subí la rampa.
Me empezó a causar gracia mi ascenso danzarín. Por momentos iba muy rápido y la rampa en caracol parecía truncarse. Sin embargo, cuando imaginaba una caída, se alzaba la continuación de la rampa. Yo era un ciempiés en una rama. De pronto, me encontré nuevamente caminando. Velozmente giré, descendí, giré, subí. Me desplazaba a una velocidad mayor que la normal, pero ahora con los brazos al ras del cuerpo. Tropecé con una lata y estuve a punto de caer: apareció un menú. Había un montón de remeras que tenían estampado el gato rayado, no ignoro que para contrarrestar la sorpresa elegí una remera de mangas cortas y de color blanco, haciendo juego con mis calzones. Más tarde supe que el gato era Guillaume-en-Egypte, la mascota de Marker.
Al término de la rampa, mi sensación fue «la admiración placentera y larga: las paredes, el techo, el piso […]»
No todos los seres humanos son comestibles.
Los cuadernos de cocina de La cuisine cannibal traen recetas sorprendentes y algunas totalmente tabúes, como afirma Domingo Pujante González al citar un plato de cada clase: Myope au gratin y Bébé à la brissac.
No hay duda que Roland Topor con La cuisine cannibal termina haciendo apología del cigarrillo: Un sujet fumeur est souvent plus sain, et son goût plus fin, qu'un sujet non fumeur.
La cuisine incluye placas de crónicas policiales.
El buen locador nunca debe fiarse del locatario. El inquilino puede perseguir a toda costa el asentimiento del locador. Pero puede engañarse; el punto de vista de quien narra una historia siempre es limitado. Más todavía si enloquece como una cabra, según parece ocurrir en Le locataire chimérique —novela de Topor dirigida y protagonizada en cine por Roman Polanski: The tenant (1976) —.
La nueva Investigaciones en masa (2008) empieza con un banquete. Presenta una pared y cierta vacilación en la contemplación del banquete. El narrador dice que mira a través de una pared, pero enseguida dice que puede ser que no, que posiblemente observe el banquete por encima de la pared, aunque oblicuamente. Esta mirada sugiere un escenario contenido en una caja de zapatos, pero sin tapa.
Luego de leerla, Norberto Butler me dijo que contrajo el tic del lector ingenuo. Dicho tic lo habría instado a buscar el enganche de los personajes del banquete con los de la historia familiar. La lectura volitiva lo impulsó a conectar, por un lado, a los comensales con el padre, y por otro lado, a la fierecilla que come las migajas del banquete con el hijo. Quedaría bajo ese efecto. La gracia del texto está ahí, me dijo, y el efecto habría sido fuertísimo.
Las escenas de las fierecillas convergen en el niño que escribe con el dedo en la espalda del padre. Pero también ocurre que la forma de leer es todo el tiempo contradicha por la novela. El efecto o tic, según Norberto, es distinto entre la versión del año pasado y la de este dos mil ocho. En la primera, él había identificado un impacto en la mitad de la novela y otro impacto poco antes del final. En la nueva versión, que no incluye la matanza de la rata, Norberto señala que se producen irrupciones como en un sueño.
No existen dos universos paralelos. Tampoco dos planos imbricados, ya que las historias se narran con independencia total. Eso lo fascina, pero al mismo tiempo problematiza su comprensión del texto. Sin embargo, no queda espacio para la queja. Otro lector puede ser que diga: qué carajo tiene que ver una cosa con la otra. Por el contrario, la lectura demanda a Norberto poner palabras a ese efecto. Quedo fascinado y en ascuas a la vez, dice.
Un tic muy extraño.
En la novela aparecen los sombreros de los abuelos, o más exactamente, los sombreros de los dos maridos de la mami, o abuela del narrador. Ni Norberto ni el narrador supieron distinguir claramente a uno del otro, es decir, al abuelo verdadero del que no lo es. Este es el estigma del narrador, que le sucede algo parecido a lo que le sucede al personaje de El Gólem (1915) de Gustav Meyrink.
Durante la escena del parto, cuando el monstruo pretende comerse al recién nacido, Norberto necesitó unir la escena con la historia familiar. Pero nuevamente quedó sin poder hacer la conexión... sumido en el efecto de "violentización" mágica o sobrenatural de las partes intercaladas ahora en el desarrollo de la novela familiar. Quedó en ascuas.
Ahora, y por otra parte, esta segunda versión contiene sentencias y frases más poderosas que la primera versión. Para Norberto, la novela reflexiona todavía más profundamente acerca de la violencia.
Paradójicamente, el nombre gaki le resultó dulce y el iphone intrascendente. Las dos versiones se detienen en la contemplación de distintas clases de muñecos: a] los de bienvenida cuando la vuelta del hospital b] los inconfesables de Isabel Perón c] los de la casa de veraneo (que incluyen a un Cristo) d] los del sector de homicidios del museo. Pero estos muñecos cobraron relieve ahora, en la nueva versión. No se olvida (no puedo olvidarme, dijo) de una expresión poderosísima: carne, mierda, madera. Por otra parte, le pareció que en esta versión hay «más madre» y «menos Vanna».
Para terminar, me ha cautivado atisbar las sombras guardadas en cajas de zapatos desde el punto de vista de Norberto, y hacer la prueba de encender algunos pensamientos con el sombrero de un fantasma. De un otro yo fantasmal.
Hinne-ni —Heme aquí, responde Abraham a Dios— «el resto permanece en la oscuridad.»
«Dios dicta su orden», señala Erich Auerbach, y oímos una enumeración compuesta de «siervos, asnos, madera o cuchillo, y nada más, sin epítetos; [animales que forman la comitiva, herramientas empleadas, etcétera] no tienen otro fin que cumplir la misión que Dios les ha encomendado; lo que son, eran o serán aparte de esto —repite Auerbach— permanece en la oscuridad.»
Dios dice: Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas. «Dios ordena por sí mismo, pero calla sus motivos e intenciones; Abraham permanece silencioso al recibir la orden, y obra como se le manda [...] Tímidamente, Isaac pregunta por el cordero [...] Luego el texto bíblico repite: E iban juntos. Todo queda inexpresado.»
La verosimilitud es un registro ideado para mantener el equilibrio entre imitación e invención. El relato bíblico dota de un destino a los personajes para alcanzar dicho equilibrio o, si se prefiere, para armar el verosímil. Pero un destino no se construye así nomás: la «sagrada ordenación de la vida» resulta expresada dentro de cada personaje del relato a través de un trasfondo de capas y planos diversos. Los textos se configuran complejos, tanto en la imagen del hombre como en «lo que respecta a la realidad de la vida que describen». De tal manera que «los escritores judíos consiguen expresar las capas superpuestas y simultáneas de la conciencia y el conflicto entre ellas.»
La historia de la tentación de Abraham es leyenda, sin embargo el narrador bíblico establecía una relación apasionada y terminante entre relato y verdad. Su armado, afirma Auerbach, tiende «no al realismo, que cuando le conseguía, sólo era un medio y no un fin, sino a la verdad.»
Verdad tiránica.
«El mundo de los relatos bíblicos no se contenta con ser una realidad histórica, sino que pretende ser el único mundo verdadero [...] Cualquier otro escenario, decurso y orden no tienen derecho alguno a presentarse con independencia, y está dicho que todos ellos, la historia de la humanidad en general, han de inscribirse en sus marcos y ocupar un lugar subordinado.» La historia universal desde la creación del mundo (desde Adán) hasta los profetas está lejos de ser una «realidad» contada. Encarna «la doctrina y la promesa,» y precisamente por eso, es oscura y con trasfondo. Como parte del plan divino, todo lo que se llegue a conocer, será posible solamente por medio de una exégesis.
¿Qué es una exégesis?
En marzo comenté que me gusta la palabra patah. Por eso no continuaré más allá de este punto con La cicatriz de Ulises (1942), de Auerbach. Puedo sí adelantar que, en lo que se refiere a la tentación de Abraham, en el texto elohístico del Antiguo Testamento que lee Auerbach, existe particularmente una puesta en foco sobre el armado del verosímil bíblico en tanto que «verdad total» o profetizada.
Pero ahora quiero tomar un desvío, el que conduce a Kafka, pero a través de la huella de Gershom Scholem.
En La autoridad religiosa y la mística (1949), primero de cinco trabajos acerca de la cábala, Scholem diferencia la experiencia profética de la mística.
El profeta recibiría un mensaje divino y lo transmitiría sin vaguedad, duda o equívoco. Una imagen, «no muestra, ni al ser captada ni al sedimentarse» en la memoria del profeta, «rasgos de imprecisión.» El mensaje profético contiene en sí, afirma Scholem, «una pretensión directa de autoridad religiosa.» Por lo tanto, y empleando palabras de Auerbach, mensaje, imagen y autoridad religiosa constituyen una «unidad vertical».
Pero la experiencia mística contrasta «con el nítido contorno de la experiencia profética.» Carece de «contenido positivo»; es decir, no «se deja traducir sencilla y exhaustivamente en imágenes y nociones de clara determinación». Sin embargo, es «en lo informe de su experiencia lo que en el místico se convierte en fuerza propulsora para la comprensión del mundo religioso y los valores que de él se derivan […]» de manera tal que, en los casos extremos, se sitúa, a partir de su omnitendencia innata, más allá de cualquier autoridad religiosa.
«La palabra de Dios tiene que ser infinita, o, en otros términos, la palabra absoluta carece aún de un significado en sí, pero está preñada de él. […] Con ello se expresa el esencial carácter de clave que corresponde a la exégesis mística.»
Y la clave puede incluso perderse.
De repente, aparece una parábola hebrea: la casa con muchas habitaciones, y que delante de cada puerta clausurada se ubica una llave, pero no es la llave que corresponde a la puerta, porque las llaves han sido mezcladas. La difícil, dice Scholem, «y al mismo tiempo importante tarea consiste en encontrar la llave adecuada.» Ahora bien, esta parábola se contrapone a aquella idea de las piezas sueltas que encajarían dentro de la historia universal. O en otras palabras, como dirá Scholem más adelante, la «autoridad ya no constituye el "sentido" unilateral e inconfundible de la comunicación divina, sino que se muestra de una plasticidad infinita.» Y, por otro lado, la parábola está en relación directa a una idea de Scholem acerca de los libros de Franz Kafka. Dichos escritos, «nos presentan los impulsos místicos, por así decir, reducidos a cero, y aun en el grado cero mismo, en el que parecen desaparecer, conservan una infinita eficacia.»
En suma, siguiendo con atención el desvío hacia Scholem y su docto volumen haré la prueba de expresar con sus palabras la situación kafkiana: Kafka «está en posesión de una revelación, pero sabe que ya no cuenta con la clave adecuada, y está buscándola.»
Por eso Scholem dice que el mundo kafkiano está enraizado profundamente con la mística judía o la cábala: revelación como clave de la revelación.
Otro verosímil.
Y como sostendría Walter Benjamin la obra de Kafka es arte, porque provee la llave de un nuevo verosímil.
Tengo conmigo unos libros que fueron de Paulino. Los traje hace una semana y los conservé dos o tres días como estaban, es decir, atados. No es simple ahora encontrarles un lugar en la biblioteca. Están por el momento apilados en un escritorio.
Entre los libros hay uno que le había regalado a mediados de los ochenta, tal vez haya sido el primero y creo que se lo regalé para un cumpleaños: Sexo y traición en Roberto Arlt (1982), de Oscar Masotta. Extrañamente no hay dedicatoria, sin embargo el año pasado charlamos sobre ese libro. Fue el día que fuimos a El rufián melancólico en busca del número 226 de la revista Primera Plana, aquel ejemplar que incluía una entrevista a Manuel Puig. Le pregunté si guardaba el libro de Masotta, porque en las idas y venidas, de un lugar a otro, podía haberlo perdido, como le había pasado con otras cosas. Por ejemplo, con algunas fotografías. Paulino me dijo que no lo había perdido.
Por esos días de enero, él había comprado Los zumitas (1999), de Federico Jeanmaire. Se había puesto a pensar, me acuerdo, acerca de la magia, arte por excelencia de la civilización zumita: Una ilusión, apenas, que ni siquiera puede robarse.
También tengo el último libro que le regalé: Prólogo Anotado (1993), del autor de Los zumitas. Éste sí con dedicatoria que dice: Para Paulino, mi amigo más generoso. 2005-12-…
Horas antes de la segunda operación, planificada para un viernes, pero que se pospuso para el lunes siguiente, le di una ficha de rompecabezas que decía: Suerte, mi mejor amigo. 2008-04-10
Para mí agrado encuentro un libro que Paulino mencionó en "No podía resistirme a conocer quiénes eran...":
Hacía tiempo que no entraba al blog y me sorprendo ya que casualmente estoy leyendo unos cuentos de Melville, El vendedor de pararrayos [...] Melville me genera una especie de ansiedad difícil de explicar, aunque no pase nada siento en ciernes la catástrofe. Que puede ser pequeña pero abrumadora como en Bartleby o descomunal como las adversidades que sufren muchos de sus protagonistas [...]
Publicado el 3 de noviembre de 2007
No sé referir este momento.
Las bibliotecas se incomodan con las donaciones otorgadas con el prerrequisito de ser conservadas separadas del resto. El donante supone que la unión física guarda la memoria del antiguo poseedor. Espectáculo únicamente para los ojos de la persona que lleva y trae los libros. Perteneciente al trasmundo de los mostradores… Me quedo con la parábola de Melville:
[…] Aferré el artefacto [pararrayos], lo partí, lo destruí, lo pisoteé, y, arrastrando fuera de mi casa al caballero del rayo, arrojé detrás de él su retorcido cetro de cobre.
Pero, no obstante el trato que le he dado, no obstante los intentos de disuasión que he practicado entre mis vecinos, el vendedor de pararrayos aún habita esta región; aún viaja en medio de las tormentas para traficar con el terror de los hombres.
Osvaldo Bayer hace recuento de su correspondencia con Osvaldo Soriano:
[...] El 8 de septiembre [de 1977] le comunico a Soriano que la traducción al alemán de su Triste, solitario y final es mala. Le pongo algunos ejemplos.
La palabra sobradora es traducida como audaz, osada, mateo, es decir, el coche de plaza, como mate. Vuelcan, como revuelven. Bebé rozagante como bebé orgulloso. Desprolija es traducida como provisoria; Bonos para el partido como títulos hipotecarios. Las ropas flamantes como las cosas iluminaban. Tuve que empeñarme (es decir pedir dinero) como tuve que esforzarme.
Cuando leyó mi carta, Soriano se enfermó de rabia y escribió una carta cargada de palabrotas (para usar el término borgeano). Dice que va a protestar ante la editorial Suhrkamp, y agrega: «Bueno, creo que me pueden mandar a la mierda, pero que se vayan a la puta que los parió. Les mando una carta respetuosa pero no aguantan ni eso porque son fascistas de primera y realmente nos tratan como si fuéramos indios y ellos Pizarro y Almagro. Cuando el libro salga les voy a mandar una carta con todo.» [...]
Nobody nothing never. 1993.
La traducción de Helen Lane omite la ambivalencia del título original. Es interesante notar que la edición francesa de la novela optó por conservar el título en español.
Nada de nada
Nada de nadar
En la contratapa de Nadie nada nunca, edición de Seix Barral, se imprimió en rojo:
¿Qué discurso da cuenta de la complejidad de lo real?
¿Cuántas versiones de una historia son posibles?
¿Cómo sería El limonero real en inglés: royal o real?
Idéntico problema se ha presentado para el francés. Sí: la traducción de El limonero real en Francia colisionó con el problema del título.
La ambivalencia del español admitía tanto:
Royal de rey
Réel de real
En El concepto de ficción se dice:
[…] El tema formal del libro sería justamente esta imposibilidad de agotar el significante y por lo tanto de la narración, como ocurre por el contrario con la narración clásica. [Entrevista de Gérard de Cortanze a Juan José Saer]
De cara a la complejidad de la traducción al francés: Le citronnier royal / réel, Laure Guille-Bataillon tituló la novela: Los grandes paraísos / Les grands paradis.
[…] J’ai rencontré Juan José Saer, pour la première fois en 1974, lors d’une lecture de poèmes à la librairie Shakespeare and Company, encore hantée par les fantômes de James Joyce et de Sylvia Beach… Il m’offrit un exemplaire du Limonero real, en me disant : «Je n’écris pas pour exhiber mon argentinité.» Nous ne connaissions que peu de chose sur cet Argentin «habité». Il était arrivé en France six ans auparavant et y avait élu domicile. Les Grands Paradis — titre français de El Limonero real — était son septième livre. Le choc fut immédiat et Juan José Saer fit partie, aux côtés de Cesar Vallejo, Alfredo Bryce Echenique et Eduardo Mendoza, des quatre premiers auteurs que je publiai dans la collection "Barroco" aux éditions Flammarion. […]
Par Gérard de Cortanze
—Les Grands paradis (El limonero real, 1974), roman traduit de l'espagnol par Laure Guille-Bataillon. [Paris], Éditions Flammarion « Barroco », 1980, 240 p.
— Nadie nada nunca (Nadie nada nunca, 1979), roman traduit de l'espagnol par Laure Guille-Bataillon. [Paris], Éditions Flammarion, « Barroco », 1982, 262 p.
Publicado por Gustavo López 2 comentarios
Escritores: beach, bryce echenique, joyce, mendoza, saer, shakespeare, vallejo
La inflamación de un nervio del antebrazo derecho me causa dolores reumáticos en dedos, muñeca y codo. Como apenas puedo dormir en una posición fija, amanezco con contracturas del cuello y se me producen nudos en la espalda.
Ahora uso un pack azul de gel para aliviar los dolores del antebrazo. Sé que existe una terapia con láser pero necesito la orden. Creo que iré ahora a la guardia traumatológica para que me la indique. Las pastillas se terminaron y no pienso tomar más; no sé, no puedo pensar claro.
Preso de terribles fiebres reumáticas, que para colmo sufrió desde la adolescencia, William Henry Hudson escribió en la vejez su encantador Far away and long ago. Los recuerdos abarcan desde su infancia en el sur de Buenos Aires hasta el comienzo de las fiebres. Escribir Far away era el paliativo más grande para él.
Leí un capítulo más de Solaris.
Puras teorías.
Vi la película hasta más o menos donde había dicho: no me acordaba del orejudo ni del enano, que creía que eran uno solo. Menos de la mujer del suicida... aquella que anda por la base espacial con una pulsera de cascabeles. En la novela es una mulata enorme.
Esta película siempre depara sorpresas.
Hoy jueves sigo dolorido e incómodo. Tomo solamente una de las pastillas, las que quedan del fin de semana pasado; las otras se acabaron el martes.
Me desperté más aliviado.
Siento dolores pero no tengo puntadas. El lunes por la madrugada fueron una tortura. Me volvieron a despertar intensos puntadas en toda la espalda, la muñeca derecha y los dedos de la misma mano. Ocurrió a eso de las cinco.
Después de maldecir durante un rato, fui a la cocina y me puse a leer Solaris de pie.
El informe Berton, con los jardines de yeso y el bebé de cuatro metros, no es una invención de Tarkovsky, sino que se puede leer en la novela de Lem.
El sueño ganó a los dolores alrededor de las diez y media. Dormí hasta las trece. Me levanté mucho mejor, pero con miedo. No quiero volver a sufrir las puntadas de la tendinitis.
Me cuido ahora de tipear despacio y probaré usar el mouse con la izquierda.
Hoy continuaré la película hasta donde llegué con la novela: primera resucitación de la mujer de Kelvin y conferencia, videófono de por medio, entre Sartorius, Saunt y Kelvin.
Se han, un poco más tarde, puesto de pie y avanzando, con dificultad, en la oscuridad, entre las viejas baterías y las cubiertas podridas, se han ido aproximando al bayo amarillo viendo, con mayor nitidez a medida que se aproximaban, el resplandor apagado que emitía el pelo amarillento del caballo. Elisa lo ha palmeado en el cuello con suavidad, mientras el Gato, manteniéndose a distancia, observaba en voz alta que la inmovilidad total del caballo, semejante a la de un hombre pegado contra la pared de un túnel mientras pasa a su lado una locomotora a toda velocidad, era un signo de miedo y desconfianza. No había parecido moverse, en efecto, ni un solo músculo del caballo, mientras se habían ido aproximando ni durante los minutos en que estuvieron a su lado. Pero cuando se pusieron a caminar de vuelta hacia la casa, entre los yuyos resecos que chasqueaban en la oscuridad, habían comenzado a oír, otra vez, los sacudimientos metálicos de la cola y el ruido de los vasos chocando contra la tierra, como si todo el cuerpo amarillento se hubiese distendido cuando los extraños se alejaban. […]
IX Nadie nada nunca
A propósito de los caballos, la guerra y también de la culpa, el año pasado cité La historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
En Tabasco, Cortés montó una mis en scène con caballos ante los primeros cuarenta caciques vencidos. Los aterrorizó con un caballo alzado por el olor de una yegua. Después del armisticio, Cortés les diría riendo a sus soldados: «Sabéis, señores, que me parece que estos indios temerán mucho a los caballos, y deben de pensar que ellos solos hacen la guerra».
Michael Kohlhaas se dedicaba al comercio de caballos. Camino a Leipzig tuvo que pagar un peaje inesperado e incluso debió dejar dos caballos negros en garantía, ya que no contaba con un pase que le fue exigido y le urgía llegar a tiempo a la feria. Un criado quedó en compañía de los dos caballos negros.
En Dresde, comprobaría que el pase carecía de fundamento legal.
A su regreso, y después de haber vendido todos sus caballos, se anotició de que el criado había sido expulsado. «Con oscuros presentimientos abrió entonces el vendedor las puertas de la cuadra donde estaban sus caballos. Pero su asombro no tuvo límites al ver que en lugar de sus dos animales relucientes y bien alimentados había allí un par de jamelgos esqueléticos y agotados; sus huesos sobresalían de modo tal que podrían haber sido usados como perchas, las crines y el pelo estaban sucios y apelmazados. Constituían una verídica imagen de miseria animal.»
Este es el comienzo de una guerra.
Kohlhaas iniciará una cruzada contra los señores. Formará un ejército, y el propio Martín Lutero deberá intervenir en la guerra, porque el vendedor de caballos masacrará inocentes en busca de la restitución de sus dos caballos negros en las condiciones en que los había dejado.
Vista de primeras páginas
Las cifras: 2.20.31.0. E/e/a/i/u/o. Doble z. Raquel: un anagrama. ¿Quién llega? ¿Quién está por llegar? A mí, pensó Arocena, no me van a engañar.
«Se encabritaban fácil; buscaban de morder a sus jinetes, y rara vez se dejaban montar por extraños. Y la gente parecía no darse cuenta de que la causa de todo eso eran los crímenes y que los caballos olían en el aire que algo se tramaba en la oscuridad contra ellos.
Por eso cuando al cabo de un mes de que no pasara nada la vigilancia aflojó, los únicos que seguían estando a la expectativa y no muy convencidos de que el peligro había pasado, eran los caballos. Cualquiera que se hubiese puesto a observar aunque más no sea un poco a los caballos se hubiese dado cuenta de que los animales sabían que algo se venía preparando. Desde fines de mayo, que era cuando el azulejo del doctor Croce había sido descubierto en la maleza de la isla, comido por los chimangos y las hormigas, los caballos parecían saber en toda la costa un poco más que los hombres. A los percherones de Lázaro los habían matado a mediados de julio. En los dos meses que siguieron, en medio de heladas y temporales, no pasó nada: y la verdad es que no era fácil quedarse al sereno toda la noche vigilando los potreros mientras caían las heladas de julio y agosto, que llenaban el campo de escarcha, o cuando esos temporales de lluvia fina que duraban una semana y durante los cuales el campo y los ríos estaban desiertos y la gente se acurrucaba alrededor de los braseros adentro de los ranchos. Fue a mediados de septiembre, el dieciséis, para ser más exactos, la noche del quince al dieciséis, cuando ya casi no se hablaba más de la cuestión en la costa, que otro caballo, un doradillo, apareció muerto en un campo de Rincón, con un tiro en la cabeza y el cuerpo lleno de tajos.»
Lo real, dice el relato que lleva por título Prólogo, no es el objeto de la representación sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar. De los altos edificios que forman una muralla, diviso el faro próximo a las aguas rectangulares de La muerte y la brújula. Una iglesia y las ruinas de una cárcel. Luego, la corteza de un árbol que ha deglutido con el paso del tiempo un cartel antiguo de parada de colectivo. El registro microscópico de las lecturas también se expande, dice Russel, si uno estudia el mapa de donde vive.
Era raro no tener un yo —ser como un niño pequeño al que han dejado sólo en una casa enorme y que sabía que ahora podía hacer todo lo que quisiera, pero descubría que no quería hacer nada—.
« […] es absolutamente imprescindible la intervención de alguna de las dos llamadas piedras del mal, la kriptonita verde, que lo hace flaquear pero no lo mata, la roja, la única capaz de aniquilarlo, llegadas ambas desde su planeta natal como recordatorios de la vulnerabilidad que el mundo humano, quizá menos exigente, se empeña en hacerle olvidar.»
Sob!

Have fun.
Tan pronto como Mami Xue y Karma Illyar empezaron a menearse y a hacer cabriolas, me dirigí a otra que se hallaba algo separada del grupo. Enseguida su voz de nínfula se insinuó; dijo «form» y después «from». «I'm from Japan».
Su apellido era «Lane», el mismo apellido de la periodista de Superman, un atributo imposible de soslayar para el avatar que yo era, con las aéreas aptitudes recién adquiridas. Me reí como haciendo gárgaras, seguramente por nerviosismo. Había en el apellido una tensión que me provocaba palpitaciones superpoderosas. Sin embargo, la nínfula tenía nombre, Sakurako, y demostraría ser una geisha. Una geisha que me perdonaría todas las torpezas —o casi todas—. Así como ella habló de música, mi cabeza de repente se inundó de flores tarifarias; esto es, mi supermemoria recuperó un conocimiento que hablaba del tiempo medido de una geisha, o, del amor que palpita lo que tarda en consumirse un sahumerio. Hablé de tango, e, increíblemente, hablé de un boliche de tango, emplazado a pocos metros de mi casa. Y Sakurako Lane se figuró mi hogar en Second Life. Claro, ella era del Daily Planet, mientras que yo apenas he escrito alguna crónica en la revista de Página/12. Pero mi geisha conocía el tango.
Lo. Lee. Ta.
«Mi corazón fue como nieve». Yo estaba superconcentrado, a pesar de los avatares danzando a nuestro alrededor, en imaginar el punto desnudo del blanco maquillaje de Sakurako, ese punto en la nuca de toda geisha que resulta ser una letra. Y, además, fantaseaba con la zona de piel alrededor del pelo, que crea la ilusión de una máscara. Suavemente Sakurako Lane expresó: «I see». Claro, qué otra cosa podía expresar una geisha preciosa sobre la Argentina. «I see».
Llevábamos seis minutos de charla; dado que la nínfula me perdonaba todo —o casi—, aproveché y exhibí una entrega total a las antorchas y los ukeleles. Un sim japonés. Arena y estrellas. Me encontraba en una isla llamada «Japan resort». Nada mal, siendo que había coseguido liberarme del encierro en español, por medio de una impredecible teletransportación Time Tunnel. Entonces.
La invité a volar.
Fue una invitación a salir en busca de un común destino en el sim y enterrar para siempre mi pasado argentino. Divina geisha. Lo siento, se excusó educadamente en inglés, no conozco tanto. Yo debería haberle dicho que la llevaba en superandas, que la acunaba en mis superbrazos, pero Sakurako había seguramente contemplado mi arribo al Japan Resort, a la manera de Peter Sellers en La fiesta inolvidable, es decir, derecho al agua.
De esta suerte, me sentía un despreciable pollo mojado, que formulaba «comentarios desesperadamente inconexos en un tono artificial que me daba frío en mis últimos dientes verdaderos» y «que hacía imposible toda conversación ulterior, oh mi pobre niña […]» Tuve una vaga premonición de desastre. Me fui como un gallo asustado.
Glup.
Abajo mis nueve minutos en Second Life con Sakurako. Have fun.
[19:56] Sakurako Lane: Hi
[19:56] Yo: i dont understand many things
[19:56] Sakurako Lane: ok
[19:56] Yo: i am from argentina
[19:57] Sakurako Lane: I see....I'm form japan
[19:57] Sakurako Lane: * from
[19:57] Yo: ok, from jajajjjaj
[19:57] Yo: i dont know how to speak
[19:58] Sakurako Lane: I hear music
[19:59] Yo: do you like tango?
[20:00] Sakurako Lane: tango? yeah
[20:00] Yo: i live near a tango club
[20:00] Sakurako Lane: In SL?
[20:01] Yo: in buenos aires, argentina
[20:01] Sakurako Lane: I see
[20:01] Yo: where are we?
[20:01] Sakurako Lane: Here is a japanese sim called japan resort
[20:02] Yo: ah
[20:02] Yo: and... what can we do
[20:02] Sakurako Lane: here? hmmm...
[20:03] Yo: do you want to show me some place, flying together?
[20:03] Sakurako Lane: here?
[20:03] Yo: if you want
[20:04] Sakurako Lane: sorry I don't know much about here
[20:04] Yo: like me
[20:04] Sakurako Lane: yeah
[20:05] Yo: but do you know something about that group?
[20:05] Sakurako Lane: no... so sorry....
[20:05] Yo: ok, next see you again
[20:05] Sakurako Lane: by the way... you should put on your clothes...
[20:05] Yo: glup
[20:06] Sakurako Lane: see you, have fun!
Hace un mes, cuando contaba los primeros pasos del avatar en la isla estrellada, me vino Peter Sellers a los dedos. Hice una pausa en el minuto cincuenta y cuatro de la primera conversación, es decir antes de que el avatar se dirigiera a Sakurako, instante en el cual, empapado de agua de mar, el avatar se precipitó a pronunciar palabras con visos de aquel berdi nam nam de la película.
No sé si la pausa fue corta o larga, pero fue de sabana africana y leones; ficciones y mentiras pampeanas; el barco y la perla; la visita incomprensible; las coordenadas de un crimen; los rodeos de una novela familiar; la violenta fotografía de una ventana.
Aunque siempre de Peter Sellers.
Porque, mientras el avatar en la ínsula virtual quedó pausado, mis dedos robaron la famosa novela de Jerzy Kosinski de los estantes de la biblioteca de mi padre.
Being There o Desde el jardín.
Y, en relación a hacer una incursión en otro mundo, o realidad, tomé nota de una parte del comienzo del apacible y absorbente libro de Kosinsky, referida al asunto de adoptar un nombre.
El libro cuenta la salida de Chance, y «todo lo que veía fuera de los límites de la casa se asemejaba a lo que había contemplado en la televisión; la única diferencia era que los objetos y las personas eran de un tamaño mayor, aunque los acontecimientos parecían desarrollarse a un ritmo más lento, más simple, pero menos ágil. Tenía la sensación de haberlo visto todo.»
A mitad de la calle y al pasar entremedio de dos autos estacionados, Chance sufrirá un accidente. Una señora esbelta saldrá inmediatamente de uno de los autos.
Chance se lamentaba del dolor en su pierna cuando «levantó los ojos hacia ella. Había visto muchas mujeres parecidas en la televisión.»
Transcribiré un pasaje de diálogo entre la señora y Chance hasta el punto de la adopción del nombre:
—Ninguno, por supuesto.
—Vamos, entonces —decidió la mujer—. Si el médico lo considera necesario, lo llevaremos directamente al hospital.
Chance se apoyó en el brazo que le ofreció la mujer. En el coche, ella se sentó muy próxima a él. El chófer colocó la maleta de Chance en la caja y el vehículo se unió al tránsito matutino.
La mujer se presentó.
—Soy la señora de Benjamin Rand. Mis amigos me llaman EE, las iniciales de mis nombres de pila, Elizabeth Eve.
—EE —repitió Chance con seriedad.
Chance recordó que en situaciones similares los hombres de la televisión acostumbraban presentarse.
—Yo soy Chance —tartamudeó y, por no parecerle esto suficiente, añadió—: el jardinero.
—Chauncey Gardiner —repitió la señora.
Chance se dio cuenta de que había cambiado el nombre. Dio por sentado que, al igual que en la televisión, en adelante debía usar su nuevo nombre.
O a Chauncey Gardiner.
Joyce y una carta a Sylvia Beach, la primera editora del Ulysses.
Hesse y la fotografía de una ventana.
Freud y un libro de Jung.
Gandhi y una nota en un día de silencio, justo antes de su muerte.
Le Corbusier y un manuscrito acerca de la arquitectura moderna.
Trotsky y un diccionario dañado en el primer atentado a su vida.
Between visible and invisible
Lentes de Tomoko Yoneda
Alguien que escribe acerca de sí mismo. Me pregunto cómo hacerlo subrepticiamente. Esto me quedé pensando después de que terminé de leer tu novela inédita: Investigaciones en masa (2007)
¿Cómo hacés vos?, quiero decir.
Porque Proust es el escritor arquetípico del recuerdo. Y tengo que admitir que me perdí un poco en sus libros, a pesar de que solamente cuentan cinco o seis episodios. Con el Ulysess (1922) de Joyce otro tanto. Tu novela es bastante liviana, no resulta de lectura difícil. Me refiero a poder diferenciar la textura de los personajes, que son muchos.
Quizás porque leo con la ayuda de un programa oral, me pasa que, cada vez que voy a retomar, lo hago por la primera línea. Al cabo de unas páginas, interrumpo la escucha y voy el lugar adonde había dejado. Eso hace que recuerde mucho los comienzos de los libros. Y en el tuyo aparece la mami. Una abuela transgresora. Ella no tiene que justificarse en la vida; en cambio su hija se pontifica permanentemente. Y el marido de esta hija también. La abuela atorranta es un personaje muy potente.
Hay una parte en el medio donde me trabé. De repente, la narración me condujo al pasillo de un museo donde había un bebé. Yo venía fuertemente enganchado con la historia familiar: padres, abuelos, tíos y primos... buscaba una conexión. Me pregunté si se trataba del bebé de un familiar, pero no lo era. Se produce un impacto en la novela familiar a partir de la mitad.
Más adelante me pasó con la rata. El tipo no le da bola a su hijo cuando lo pone a vigilar desde arriba de una silla, y la silla se le rompe, y el nene se cae. Al padre solamente le importa la rata. Luego sucede el incendio, que es la muerte.
La esposa del protagonista es Vanna. Pensaba en la expresión: "carne vana" para hablar de cierta superficialidad, que finalmente no es tal.
Puesto en exegeta, me gustaría forzar el enlace entre las partes violentas de la novela con las historias familiares. Las páginas de la novela trasudan abominación de lo familiar. Una cuerda entona y otra desafina.
Explícitamente la novela habla de los libros violentos, pero el texto mismo me hizo pensar en obras de Osvaldo Lamborghini. En El fiord (1969) y El niño proletario (1973). También en William Burroughs y su novela: El festín desnudo (1959). La violencia aparece en estos libros con intensidad, pero, en ocasiones, gratuitamente para la lectura.
En tu novela pude reconocer dos ejes de violencia: el neurótico-familiar y el de la especie humana. Pero todos los espacios de violencia son ficciones. El narrador se ahoga en los escenarios mentales que arma; sólo muestra placer en indagar en las cartas de amor del padre a la madre. Hay formas de violencia sutiles, que pienso que son las ponderables realmente. Cito como ejemplo dos:
1. Las peleas de los mayores en la ruta, o bien, lo que el niño debe obligadamente tener que soportar oír de sus padres en el auto que va al lugar de veraneo.
2. La escritura del niño con el dedo en la espada del padre.
Son ámbitos de sufrimiento colosales.
Me quedaría una pregunta por resolver: ¿Quién es el lector? En primera instancia podría decirse que Vanna. Pero podría ser también el narrador, que es lector de su propia historia.
Un homúnculo más próximo al personaje de El hombre sin atributos, de Robert Musil, que al héroe de la pesadilla de Chesterton: El hombre que fue Jueves. Si bien, en su anárquico andar podría no estar ausente la idea de rebelión, y, creo que, estaría permitido el encuentro con otros impostores.
De esta suerte, el homúnculo sería, como caracterizó Zygmunt Bauman al personaje de Musil, un personaje que carece de atributos propios «en un mundo colmado de señales confusas, con tendencia a cambiar rápidamente y de maneras imprevisibles.»
Cruces. Paradojas.
La paradoja, en su acepción matemática, es un efecto del lenguaje clausurado. De repente, la paradoja surge en el orden matemático y se exhibe como una nueva realidad que imposibilita distinguir entre lo verdadero y lo falso.
Casi una enfermedad del lenguaje.
Los relatos de crímenes hacen uso de la paradoja. El clásico del género es: la víctima en una habitación sin ventanas y cerrada con llave desde adentro. Murders in the Rue Morgue; Le mystère de la chambre jaune; El enigma de la calle Arcos; plantean igual problema con distinta solución.
El punto de partida siempre es el mismo: la irrupción de lo real —la víctima— en el mundo generado por la paradoja —el cuarto cerrado—. Me refiero al cruce, o al problema, tal como es exhibido al lector; es decir, el enigma que luego el detective deberá resolver.
Recientemente, la irrupción de lo real desde Hamamatsu cobró esa forma, o, si se prefiere, hubo un cruce.
Pero no es algo nuevo. Las antiguas fuentes cabalísticas enseñan que la creación de un homúnculo encierra «como toda creación magna» sus enigmas. El albur puede ser el agua o las llamas; sin embargo, eso inquietaría antes al creador que al soñado.
Durante el mes de abril, más exactamente entre el cuatro y el treinta de abril de dos mil ocho, hubo cuarenta visitas a través de Google que buscaban información acerca de un barco.La primera fue hecha desde Chuquicamata, en Chile, y las treinta y nueve restantes desde Vicente López, en Argentina.
La primera búsqueda, era por una imagen, porque exactamente fue: «foto del barco dew of fire». Y las treinta y nueve restantes, solamente: «barco dew of fire».
La visita desde Chile tuvo como destino un comentario de Gaab, que contiene una bellísima combinación de dew y fire. Dichas palabras aparecieron en el contexto de una respuesta de Gaab a Silv en la entrada de agosto de dos mil siete. Transcribo los comentarios completos a continuación:
Nunca percibí a dios. Nunca debo haber tenido una emoción tan grande. Percibo, sí, su ausencia constantemente. ¿Quizás me olvidé?
Silv, creo que tu cita perdida es:
Publicado por gaab de aquí a allá para Lugar de olvido a las 7:56 del 7 de agosto de 2007
Mi perla era lisa, exquisitamente moldeada en cristal.
[...] Mi perla era rocío y fuego, el aterciopelado verde del musgo, la suave pureza de los lirios.
La llegada habría ocurrido por azar, para usar alguna expresión, porque el contexto de las palabras en cuestión habla de una perla, y no habla del barco buscado. Sin embargo, la misma persona habría vuelto treinta y ocho veces más durante el mes de abril repitiendo la búsqueda inicial. Indudablemente, durante sus visitas encontró contenidos de interés, ya que:
1. No se dirigieron ya a la entrada del comentario donde aparecen las palabras.
2. El promedio de lectura fue de 2:36 minutos, apenas inferior al promedio general, que es de tres minutos.
La visita de Chile no fue nada breve, por el contrario fue de 10:51 minutos. Pero fue hecha con otro navegador y no se repitió desde aquel país.
Así que.
Yo me animo a suponer que a partir del treinta de abril, el visitante —o la visitante— de Argentina, ingresaría en forma directa. Quiero pensar que está leyendo ahora...
Pero todo viene a cuento de otra visita, un auténtico enigma. Una visita reciente, que no tuvo nada que ver con la perla o el barco. No. Tuvo que ver con Karma Illyar, o más precisamente, con las palabras claves: «karma illyar». Ocurrió el martes pasado, unos días después de la entrada: [19:54] Yo: alguien habla español... Para hacer la prueba, repetí la búsqueda a través de Google: los nombres, tipeados uno a continuación de otro, condujeron a Lugar de olvido
Google Analytics me dio más información: la visita duró 4:55 minutos y fue realizada desde Hamamatsu, en Japón. Abajo las ventanas correspondientes:
Yo titularía: El rostro de Karma Illyar.
Trataría acerca de alguien que sigue las huellas del avatar de la isla estrellada, aunque también ese alguien podría ser la propia persona que mueve los hilos del avatar, y a quien, como a Silvio le pasó con el unicornio azul, el avatar se le perdió.
¿Es mentira o es ficción? Las fronteras parecen haberse borrado. El juego ha tomado el sesgo de un relato de misterio o cuento policial. Pero es verdad, es japonés y entró por mis ventanas.
Hacer apuntes de cosas que pasaron al avatar en Second Life es material que empieza a funcionar como literatura cuando uno es escritor.
Responder si algo es mentira o ficción, creo que es problemático. Porque ni siquiera es fácil calificar a Domingo Faustino Sarmiento. La forma que encuentra Sarmiento de empujar al lector hacia un territorio desnudo, con algunas colonias alemanas y escocesas, que se exhiben en contraste con la villas nacionales; y a vislumbrar ríos que no son navegados; y a escuchar las confesiones: Yo soy muy propenso a llorar... junto con las ideas que sorpresivamente emergen de esas mismas páginas acerca de la poesía, o, las visiones exageradas del cerebro, o la memoria, del gaucho, por citar algunos ejemplos, es notable.
Por último, Las Nubes, me parece, dialoga con el Facundo. Con la locura del Facundo. Una novela con muchísimo humor. Y leer a Saer es una experiencia estética magnífica.
En el Facundo, Sarmiento habla de los accidentes naturales y declara que la poesía «necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y lo vulgar empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal».
El miércoles pasado recibí por correo electrónico el cuento de Ray Bradbury: The veldt. El correo decía: «Estoy segura que lo conocés […] Second Life tiene un poco de esto.» Yo respondí: «Sí, es genial el cuarto de los niños.»
En inglés sudafricano, el título quiere decir: open grassland; unenclosed country.
El mensaje no llegó como el de Paulino, por debajo de la puerta de mi departamento. Pero es también una definición: el Segundo Mundo tiene algo de ese cuento. Sin embargo, el cuento habla de cuatro paredes de cristal que serían un canal de ideas destructivas.
La sabana africana y sus leones.
El Facundo habla del hombre-mapa que examina el suelo y el horizonte, «y se echa a galopar con la rectitud de un flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo él sabe, y, galopando día y noche, llega al lugar designado.» El «topógrafo» sirve a los ejércitos, dado que conoce «el rumbo por donde se acerca [el enemigo], por medio del movimiento de los avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección.» El libro de Sarmiento describe la práctica de los que atraviesan La Pampa para salvarse de los incendios de pasto. Asegura que hay mil estancias en la mente del gaucho malo. Una mente que puede recordar las señas, las marcas y el color de todos los caballos de La Pampa. Etcéteras que hacen acordar a Las nubes, de Juan José Saer. Para Sarmiento, las mentiras de la imaginación y el mundo ideal, o, lo incomprensible y lo bello, no se contraponen.
Por lo tanto, la tercera definición proviene de la poética sarmientina: el Segundo Mundo es donde empiezan las mentiras de la imaginación.
[19:54] Yo: alguien habla español
[19:54] Mami Xue: 身長わかるの?
[19:54] Yo: i dont undestand
[19:54] Karma Illyar: 容姿編集で
[19:54] Karma Illyar: いちばんはじめにでてくる
[19:54] Karma Illyar: 0〜100が
Encontré el ambiente animado. No había altos edificios; solamente había búngalos, kioscos y mucha gente al aire libre. Era de noche.
Me arrimé a una barra:
Absolut Vodka
Shirnoff
Speed Unlimited
Guiness
Chandon
Cuervo
Vat 69
Había una pista de baile. Salí a caminar.
Bríos un poco fisgones se me despertaron cuando vi a la distancia un avatar. Él estaba afuera del ruido, en medio de la oscuridad y descansaba en una reposera o lona de playa, color cherry —no alcanzaba a ver a la distancia claramente qué, si reposera, manta o colchoneta inflable, pero yo me dirigí caminando hacia donde se encontraba—. Cuando me puse aproximadamente a diez metros, tuve la impresión de que el avatar, junto con la cosa en la que se hallaba recostado, se había elevado un poco. Di cinco o seis pasos más en la dirección del avatar e hice stop. Sí, el avatar, en compañía de su cosa cherry, perecía haberse elevado. Pero no estaba yo seguro. Sin darle nunca la espalda retrocedí algunos pasos. Comprobé que descendía.
Curiosa perspectiva.
Arremetí luego hacia él y vi con estupor que ascendía. Me dio risa el avatar y su alfombra mágica. Si me acercaba, él subía. Si me alejaba, él bajaba. Seguí adelante, y me detuve cuando él quedó a tres metros de altura, más o menos, justo encima de mi cabeza.
Un cosa cherry y rectangular suspendida arriba mío.
Miré en derredor. Noté que las antorchas de la isla se habían apagado o, más exacto, no se veían. Qué broma era ésta.
Me vinieron a la cabeza las crónicas del Fray Jerónimo de Mendieta, donde refiere la leyenda de la Antilia o Isla de las Siete Ciudades, aquel mundo que el propio Cristóbal Colón esperaba encontrar en medio del Océano Atlántico. Convencido de la existencia de la fabulosa Antilia, Mendieta escribió que la isla estaba encantada y desaparecía de la vista de los navegantes cuando se acercaban a ella.
Volví sobre mis pasos. Todo seguía negro, pero la alfombra descendió. Caminé retrocediendo y me di cuenta que me hallaba en el agua. Sumergido con el agua al cuello. Y que la alfombra era una colchoneta. Una colchoneta inflable a la altura de mi visión. Por lo tanto, y consiguientemente, yo había estado caminando por el fondo de las aguas, hasta haber quedado parado a unos tres metros de profundidad, debajo del tranquilo avatar.
Salí a la superficie con los peores ojos abiertos de Hrundi V. Bakshi (Peter Sellers) en The party (1968). Una dolorosa sonrisa, a juego con la musculosa y los calzones.
Sin embargo, afuera esperaría una preciosa conversación con Sakurako, la joven que me vería dejar el agua; salir caminando, todo mojado y me vería preguntar en medio del grupo integrado por Mami Xue y Karma Illyar; así, tan distendidamente, y como quien al pasar dice con una dolorosa sonrisa: ¿Alguien habla español? Una pregunta que en la isla estrellada habrá sonado: berdi nam nam.
De todas maneras, qué habrá Karma Illyar querido decir con «0〜100» a las 19:54 en la barra. ¿Cuánto se tarda en Second Life para acelerar de 0 a 100 km/h? ¡Querés que te enseñe a contar desde cero hasta cien! Me habrá propuesto jugar a un pool con cien bolas, o quizás formar parte de un multitudinario dominó de homúnculos… Por cierto, todo berdi nam nam.
Nada fácil aterrizar.
Recién cuando llegué a Ouvroir usé la tecla de PgDn, mientras tanto seguí cayendo a lo Tony.
El mes pasado conocí el CD Immemory y me enteré que Chris Marker había creado un sitio en Second Life.
Recordé las fantasías que tuve en 1997 —el torino es modelo 1975, de color blanco, y en el tiempo transcurrido desde las Dos notas antiguas recorrió algunos kilómetros, partiendo siempre de Buenos Aires y hasta lugares tan distantes como Salta o Península de Valdés— y me lancé a hacer mi propia experiencia. Quise conocer con qué cosas Chris Marker había hecho pie en la terra nova.
Di algunas vueltas.
Tuve que descargar el programa y bautizar al avatar. Esto último me llevó tiempo. El nombre es arbitrario pero el apellido debe ser elegido de una lista.
Me pregunté por qué. Había Zapatero. Había Ansar, que supuse sería el apodo Aznar, como el apodo que en Argentina recibían Alfonsín: Alfonso o Menem: Méndez… Pero, quién ha publicado la lista de apellidos. Acaso, tiene precio, pregunto.
Luego di con un Google Maps, pero me pareció aventurado aterrizar desde ahí, así que opté por ingresar calmosamente a través de un Portal en español.
Calmosamente es una forma de decir. Emergí a Second life de la misma manera en que lo hacían los doctores Tony y Douglas en la serie The Time Tunnel (1966).
Aparecí en una construcción circular y vidriada, pero con pantallas que explicaban cómo cambiar mi aspecto físico y otras indicaciones. Opté por desconectar la voz y usar textos para comunicarme. Había avatares caminando, me acuerdo particularmente de uno con barba y con tetas. Hice la prueba de volar. Di varias veces mi cabeza contra el vidrio del lucernario hasta que lo rompí o encontré una abertura; no sé exactamente cómo, pero salí.
No se vuela al estilo de Superman, es decir enarbolando el puño, sino con los brazos colgantes a los costados, como se desplazan los pulpos o los calamares en el agua, por describirlo de algún modo. Es posible quedar suspendido. Vi a alguien sobre una plaza. Le pregunté si estaba aprendiendo a volar. Me respondió que estaba observando el orden.
Seguí vuelo y llegué al mar. Anoté las siguientes cosas.
«Estoy en una playita. Jajaja. Llegué volando, quiero decir que me escapé del lugar de bienvenida volando. Volé al lado de unas gaviotas. Ahora pienso meterme en el mar. Pero no sé como desvestirme.»
No supe nadar; caminé, me sumergí hasta quedar cubierto por el agua. Salí caminando.
«Recién me metí, pero está hondo. Acá estoy bien. La orilla repleta de aguavivas. Se oye el mar. Hay un fuego allá a la izquierda, pero me parece que no hay nadie. En la esquina inferior izquierda hay una pelota azul abandonada. No sé patear todavía. Dije hola a una chica que se llamaba Duna, hola me contestó y se fue corriendo.»
Compro cada tanto un ejemplar de las pilas de Péndulos que asoman en la avenida Corrientes. Y no es la primera vez que lo hago. Una decena de veces, por lo menos, compré la extraordinaria novela en librerías de saldos para prestarla.
Nadie la devuelve.
Me refiero al número seis de Péndulo (enero 1982). De cualquier manera, el ejemplar de la revista-libro donde fue publicada la novela de Levrero, parece inagotable. Por alguna propiedad espacial intrínseca se sigue multiplicando.
Refiero acá los encuentros del protagonista con otras personas que hablan un idioma desconocido.
No empieza en la oscuridad de El lugar.
El protagonista se perderá en la lluvia, en una ruta. Más adelante encontrará el pueblo, con una estación de servicio que posee una estufa encendida a leña.
Los tres primeros capítulos se pueden leer haciendo click en el enlace de abajo:
Abanico: revista de letras de la Biblioteca Nacional
Deuxième Monde, un monde meilleur.
Dos notas antiguas.
Ayer por la mañana llamó Paulino. Realmente no lo esperaba.
Me dijo que había pedido el día en el trabajo porque sentía una molestia en la rodilla. El médico debía pasar antes de las cinco de la tarde. Me invitó a tomar unos mates. Le dije que pasaría alrededor de las tres y media y que llevaría unos recortes de diarios para leer.
Nos pusimos a tomar mate y empecé a leer partes de una noticia sobre el hurto de libros de Borges en una biblioteca vecinal de Villa Ballester. Paulino ya había escuchado la noticia. La entrada de los ladrones parecía de ficción. Un tipo fue hacia los estantes —la letra B— y otro con un bolso hacia el mostrador. Quiero todos los libros de Borges. La bibliotecaria solicitó el carnet de socio. El del bolso mostró un revólver. La bibliotecaria no se movió. Mientras apuntaba con el revólver a la bibliotecaria arrojó el bolso al otro. Éste empezó a cargar los libros. Cuando terminó, se dirigió hacia la salida, cubierto por el que estaba armado. Una vez en la calle, no les arrancó el auto. Testigos tomaron la patente y la crónica siguió con la captura de los tipos.
Nos entusiasmamos con Paulino imaginando cosas: La primera letra del nombre fue pronunciada. Quizá estaban emitiendo un mensaje. O, simplemente, preanunciaran nuevos hurtos en otras bibliotecas. Nos divirtieron esos tipos. Paulino y yo experimentamos muchas veces la tentación de robar libros en las bibliotecas. Robaron los libros aunque estuvieran repetidos, exclamó posteriormente el director de la biblioteca.
Otro recorte era sobre un sitio de Internet que emula el mundo real, pero por ahora sólo conformado por una ciudad: París. El artículo muestra imágenes panorámicas y algunos postales de dicha París: Les Champs Élysées, el Museo del Louvre, la rue Rivoli, también el cementerio del Père-Lachaise, etc. —todo en tres dimensiones, como en algunos videojuegos—. Establecida la conexión, el navegante puede empezar a vivir una vida paralela. Los pasos básicos a dar son: elegir rostro y sexo, un nombre y unas vestimentas. A continuación, elegir un lugar dónde vivir. Todas las viviendas son de cuatrocientos metros cuadrados. Pueden ser departamentos o casas. De acuerdo con el artículo del diario, se puede amueblar el hogar como a uno le plazca, colgar cuadros de los pintores que uno desee. La ventana introductoria a Le 2ème Monde dice «La llave es exclusiva y cada uno de los ciberhabitantes tiene derecho a hacer lo que quiera dentro de su casa.” Hay un máximo de cincuenta personas por reunión o fiesta privada—la invitación se envía por e-mail o por debajo de la puerta—. Instalado cómodamente, el ciberciudadano puede abrir la puerta de calle y dar un paseo por el «exterior».
Las citas son del Suplemento de Informática de Clarín del seis de agosto.
Transcribo textuales algunas partes del artículo: el «avatar» —así se denomina al yo virtual— «se moverá por una París idílica. Sin vehículos, donde las calles le pertenecen. El ruido del tránsito, el olor de los escapes: se acabaron.» El Sena no es un obstáculo si uno desea cruzar de una orilla a otra a nado. Es posible que a lo largo de un paseo se encuentren otros avatares. Se puede conversar con ellos y «expresarles sentimientos».
Te imaginás, dije a Paulino, andar por ahí y ver una silueta cruzar por una bocacalle. Entonces correría hasta alcanzarla y me presentaría. Paulino imaginó un juego parecido a la mancha, limitado a un barrio de París, con gente amiga entre la multitud —De hecho el Segundo Mundo permite juegos de rol o búsquedas del tesoro—. Ambos pensamos también en delinquir o ser asesinos. ¿Pero cómo? ¿Cuál es el límite de lo permitido? Matar a alguien en un juego de rol implica un pacto entre los que juegan. Por ejemplo, acordamos entre nosotros dos asesinar a alguien, dije. Cuando la potencial víctima en presencia de un testigo escupe el café que está bebiendo porque lo encuentra salado, de acuerdo con nuestro código significaría que cayó en la trampa y murió envenenado. No me refiero a esto, dije. Sino a eliminar a alguien de ese mundo. ¿Para qué el cementerio? ¿Qué pasa con los que se desconectan?
Le comenté a Paulino reacciones de Vero cuando entrevió mi creciente interés por tener una vida paralela. Le pregunté a Paulino: ¿Vos te enamorarías de un avatar? Me contestó que la probabilidad era muy alta. Sabiendo que Vero es celosa, me dijo que seguramente ella se conectaría a la misma hora que yo lo hiciera y me andaría persiguiendo. Pero necesitarían otra computadora más. Por ahora estás salvado, me consoló.
—Claro. Una posibilidad es que entre ambos, ella y yo, moldeemos un avatar y lo condujéramos un día cada uno.
—Un hijo.
—...
Volvimos a lo permitido y lo prohibido. Existe parlamento representativo, poder judicial, plebiscitos, enlaces con comercios reales cuyos productos se pagan con dinero real. Hay reglas: «Al aceptar las condiciones del contrato, los cibernautas se comprometen ante todo, a no atentar contra la libertad de expresión y a no incitar a otros a la discriminación. Ante una ofensa, los jueces pueden decidir desde la invisibilidad hasta la desconexión temporaria o total del irrespetuoso.» «Cabe la posibilidad de que un grupo tome el poder del París Virtual, porque prácticamente todas las decisiones dependen de cada uno de sus habitantes. La tecnología empleada, la orientación de la investigación —¿investigación? — e incluso la economía del Segundo Mundo estarán permanentemente abiertos al debate.»
Es un simulador de vida.
Paulino imaginó dar conciertos en una placita. Más adelante, con el tiempo podría llegar a presentarse en una sala; con suerte llegar a vivir de eso. Dije que nunca se sabe. Capaz que un desconocido te deja en la latita mucho dinero de su cuenta bancaria. Me gustó hacer algo al aire libre. Fantaseé con disfraces. Animarme a cosas que ya no juego más. Por ejemplo, disfrazarme. Ir un domingo disfrazado a la Plaza Dorrego. Disfrazado. Y vos también, dije. E invitar a otros. Ver si nos descubrimos. O mejor: no descubrirnos. ¿Acaso en la antigüedad, los bailes de disfraces no cumplían esa función? Los romanos hacían orgías en las que cualquiera podía tener sexo con cualquiera, pero al día siguiente todo volvía a la normalidad. Por qué hoy admitiríamos hacerlo solamente en el Segundo Mundo. O en la ficción. De repente, Paulino dijo que le gustaría representar a Jorge Luis Borges. Yo recordé los dos Quijotes que habitan el Quijote. Fahrenheit: gente para mantener vivos a los libros en el Segundo Mundo. Esfinges. Oráculos. Se podría recrear el mundo griego, pensamos a la vez. Pero, inevitablemente, pensamos: ¿Por qué no en este mundo?
Paulino fue hasta la cocina. Otro universo, me dijo. Yo me quedé pensando en los tristes dobles de Batman o de la Pantera Rosa. Al volver de la cocina, Paulino había recordado algo de Borges y lo relató más o menos así:
Un nazi será ejecutado a las 9 a. m..
El sentenciado a muerte imagina las circunstancias del fusilamiento. Procura agotar todas las variaciones. Anticipa infinitamente el proceso. Muere centenares de muertes.
Sabe que el tiempo se precipita hacia el alba. Llegará la hora. Entonces, antes de que la cuádruple descarga lo derribe, consigue detener el tiempo con un gesto ampuloso y expiar, no a modo de justificación, su destino.
Paulino condensó en su narración dos cuentos de Borges. Entre los paralelos que presentan esos cuentos, la concentración se produce a partir de que los protagonistas de esos cuentos son condenados a muerte. El milagro secreto es el cuento donde el universo físico se detiene. En la víspera del fusilamiento, Hladíck le solicita a Dios un año para concluir un obra dramática que había empezado a escribir antes de ser detenido y condenado. Cuando se cumplió el plazo, la concluyó mentalmente. Una gota de lluvia resbaló sobre su mejilla y sintió la descarga sobre su cuerpo. El «gesto ampuloso» fue invención de Paulino. El protagonista es un judío sentenciado por la Gestapo; es decir lo opuesto a un nazi. Paulino lo confundió con el protagonista de Deutsches Requiem —condenado por haber sido subdirector del campo de concentración de Tarnowitz—. El personaje de este cuento, Otto Dietrich zur Linde, explica su vida como una serie heterogénea de actos independientes y casuales. No para ser perdonado o justificarse, sino a modo de expiación. En el relato que construye Paulino a partir de la concentración de esos dos cuentos, el nazi ocupa el lugar del judío. El nazi es el condenado judío de El milagro secreto. Se habían hecho las cinco. El médico no vino.
Le comenté que tenía que salir. Iba a buscar el torino al taller mecánico. ¿Querés acompañarme? le pregunté.
En la ida hacia el taller, en el 126, conversamos sobre el primer párrafo del cuento donde él halló la definición aplicable al Segundo Mundo. Continuamos hablando de ese cuento de espionaje. Me corrigió al rato. Él lo había leído esta mañana. No era un inglés el que iba a matar a un chino. Era precisamente lo opuesto. Bueno, admití que podía haberme equivocado.
—El asesinado tampoco era inglés. Era irlandés.
—¿Sí? —dije, y pasé a explicar los problemas del torino.
Le agradecí que me acompañara porque yo entiendo poco de mecánica y era la primera vez que llevaba el torino a ese taller. Bajamos. A pocos pasos del taller, Paulino dijo sentirse seducido por la idea de habitar un segundo mundo. Llegamos, le dije.
Por debajo de la puerta recibí un sobre.
Posiblemente chamuscada con un encendedor, la hojita del sobre habría sido arrancada de una carpeta de colegio. Incluía, en letras de máquina de escribir, la definición del Le 2ème Monde que Paulino encontró en El jardín de los senderos que se bifurcan.
«¿Quién puede decir de qué carne estoy hecho?» El narrador de La luna e i falò hace esa pregunta al inicio de la novela.
No creo haya respuesta a tal pregunta. Tampoco creo que dicha pregunta guarde relación directa con la confusión a la que se presta, al menos en castellano, la palabra patria.
La pregunta recorre toda la novela.
Pero no se trata de seguir la pregunta a lo largo del río Pavese. Quiero decir que la novela parece escrita para olvidarla.
«En los meses que Rosana fue mi amiga, comprendí que en verdad era bastarda, que las piernas que extendía sobre el lecho eran su única fuerza, que podía tener a sus padres en el Estado productor de grano o quién sabe dónde, pero para ella sólo una cosa contaba: decidirme a volver con ella a la costa y abrir un local italiano con pérgolas de parra —a fancy place, you know— y allí tener ocasión para que alguien la viese y fotografiase difundiéndola luego en un diario editado en colores —only gimme a break, baby— […]
»Era rubia, alta, siempre dispuesta a alisarse las arrugas y arreglarse los cabellos. Quien no la hubiese conocido, viéndola salir con aquel paso de la puerta de la escuela, la habría confundido con una simpática estudiante. Qué enseñaba no lo sé; sus alumnos la saludaban echando al aire la gorra y silbando. En los primeros tiempos, hablándole, yo escondía mis manos y bajaba la voz. Me preguntó enseguida por qué no me hacía americano. Porque no lo soy, balbucí —because I'm a wop—, y ella reía y repetía que eran los dólares y la cabeza lo que hacían a un americano. Which of them do you lack? ¿Cuál de los dos te falta?»
En la página ciento veintitrés hay una inversión, por decirlo de algún modo, de la pregunta del inicio de la novela. Una inversión material a partir de «carne», de la palabra carne, y que escapa a la entidad abstracta de la otra, la palabra patria.
Pienso que hoy la patria es apenas un estandarte para hacer la guerra. Pero a partir de Nineteen Eigthy-Four sabemos que la guerra no está destinada a ser ganada sino a ser continua. Y no sé más al respecto.
La infancia de los Próceres. Daniel Santoro, 2005.
Abajo el comienzo del capítulo G / 4 minutos : 55 segundos / Investigaciones en masa.
Le debe bastante a Un mundo para Julius.
| Investigaciones cap. G ... |
En 1782, el marqués de Sade, que por entonces llevaba once años de cautiverio en la Bastilla, escribió:
Una gran revolución se incuba en el país. Los crímenes de nuestros soberanos, sus crueldades, sus libertinajes y necedades le han cansado. Francia está asqueada del despotismo. Está a la puerta del día en que, airada, romperá sus cadenas.
En 1803, Sade ingresa al manicomio de Charenton, en el bosque de Vincennes. Es el manicomio donde la burguesía y la pequeña aristocracia parisiense recluían a sus parientes locos. Sade hizo buenas migas con el abate François Simonet de Coulmier. Organizaron comedias con los enfermos para el público aristocrático. En 1808, el Médico Jefe de Charenton se queja al Ministro de Policía: «…Este hombre no es un alienado. Su único delirio es el vicio… El señor de Sade tiene libertad de pasear por el parque, y encuentra a menudo allí a enfermos que gozan del mismo privilegio. A uno predica sus teorías repugnantes, al otro presta libros… Se ha cometido el desatino de permitir en el establecimiento un teatro, para que los locos puedan representar comedias, sin reparar que este entretenimiento tan excitante puede ejercer efectos perniciosos sobre sus débiles imaginaciones. El señor de Sade es el director de este teatro. Él elige las piezas, reparte los papeles y dirige los ensayos. Enseña a declamar a actores y a actrices y los forma artísticamente. Asegura que está creando un nuevo arte escénico… No es necesario, a mi entender, demostrar a V. E. lo desagradable de semejante modo de vida y los peligros de toda índole que esto lleva aparejado…»
MINISTERIO DEL INTERIOR
3a División
Oficina de Asistencia, Hospicios, Prisiones y Mendicidad
Copia
Conde del Imperio,
Firmado: MONTALIVET
En 1963, Peter Weiss imagina a los locos de Charenton representando los últimos días de Jean-Paul Marat, dirigidos por Sade, que se interpreta a sí mismo. Peter Brook la dirigió en teatro y en cine. La película es de 1967. Marat-Sade fue un acontecimiento actual en 1968.
El sábado pasado se dio a sala llena en el San Martín Le fond de l'air est rouge (1993) del director de La jetée (1962), Chris Marker.
Le fond es una película concebida a partir de materiales fílmicos del Mayo Francés y del contexto mundial de la época. Admiro La jetée por la calma manipulación de la foto fija y por la única imagen que no tiene intermisión de movimiento, de manera que quise apreciar qué había hecho Chris Marker con aquellos registros de mil novecientos sesenta y ocho.
La soledad vietnamita, el aviador exaltado con las descargas de napalm, la primavera de Praga, las manos ocupadas de Fidel, los devaneos de Fidel entre lo legal y lo político respecto a la invasión de la URSS a Checoslovaquia, las familias japonesas de envenenados con metilmercurio por la empresa petroquímica Chisso que toman el control mayoritario de dicha empresa por medio de la compra de acciones, el funeral de la culpa, el agua del cordón que avanza con la protesta por las calles de París, el suicidio de Tati Allende en La Habana como había hecho su padre en Santiago cuatro años antes, el final con lobos, son algunas instantáneas del período que Marker llama Tercera Guerra Mundial.
En La jetée dicha guerra ya aconteció.
»Mi tesis de trabajo fue que toda memoria de volumen considerable es más estructurada de lo que parece. Que las fotos sacadas aparentemente por azar, las postales elegidas según el humor del momento, a partir de una cierta cantidad comienzan a diseñar un itinerario, una cartografía del país imaginario que se extiende en nuestro interior.
»El arte de la memoria es […] una vieja disciplina caída —¡atajá la porción!— en el olvido, en la medida en que se consuma el divorcio entre la fisiología y la psicología. Ciertos autores antiguos tuvieron una visión más funcional de los giros y de las volteretas de la mente, y uno fue Filippo Gesualdo, que en su Plutosofia (1592) propuso una imagen de la memoria en términos de arborescencia perfectamente lógica, si se puede usar este adjetivo.»
En Todos os nomes y en El Golem hay una escuela.
as cartas hidrográficas e orográficas do ser humano
a canalização do sangue
o trânsito digestivo
a ordenação dos músculos
a comunicação dos nervos
a armação dos ossos
o fole dos pulmões
o labirinto do cérebro
o corte de olho
o enredo dos sexos
«bancos sucios de tinta de arriba abajo»
«cuadernos de cuentas»
«cantos berreantes de chiquillos»
«un chico que suelta una vaquita de San Antonio en clase»
«manuales de lectura con migas aplastadas y olor a cáscara de naranja»
Se acostó, apagó la luz, dejó puesta la segunda almohada, cerró los ojos con fuerza, ven, sueño, ven pero el sueño no venía, por la calle pasó un tranvía, tal vez el último, quién será que no quiere dormir en mí, el cuerpo inquieto, de quién, o lo que no siendo cuerpo en él se inquieta, yo entero, o esta parte de mí que crece, Dios mío, las cosas que pueden ocurrirle a un hombre.
Ella irá temblando hasta la cama, sólo sabe decir, Tengo frío, y él calla, está pensando si debe o no debe besarle la boca.
Pessoa aparece en las calles con la lluvia. Conversa con Ricardo bajo una arcada que los resguarda. Ricardo dice que anda tentado de instalarse, abrir un consultorio en Lisboa, Entonces ya no vuelve a Brasil, por qué, Es difícil responder, no sé siquiera si sabría encontrar una respuesta, digamos que estoy como un insomne que encontró el lugar exacto de la almohada y al fin va a poder quedarse dormido.
Uno es una suma mermada por infinitas restas.
Ocho (8) iconos para el desktop
Usé las piezas en reemplazo de los iconos de algunas carpetas. Y opté por la «c» para que aparezca en la ventana de direcciones, en las pestañas y en marcadores.
Nunca antes había besado la mano de un hombre. Lo hice en una desesperación de ternura.
Vengo entrelazando cosas desde hace meses entre la literatura y la vida. Le contaba a Paulino, felizmente le contaba todo.
Ahora cuento qué hice ayer con dos puñados de las cenizas de Paulino. Los tiré. No los solté, ni los diseminé. Los tiré con violencia. Pero esa violencia es la fuerza de contar todo.
Cuando fue la primera operación y pasé a verlo, abrió los ojos. Inmediatamente extendió una mano y se la besé.
Paulino afirmaba que un amigo es uno mismo pero con otro cuero. Se trata de una afirmación de Atahualpa Yupanqui; muy feliz creo. Uno mismo, pero con otro cuero.
Entonces, pasó que el martes pasado perdí a mi otro cuero.
Hablábamos mucho, y esto es un problema, porque no sé ahora con quién. Seguramente él estaría más o menos como yo ahora.
En marzo le alcancé personalmente la una. Y conversé con él algunas cosas que la missing piece pareció reflejar en los demás. En diciembre de 2007, Paulino escribió algo así: El ojo que ves, no es ojo porque lo ves sino porque te ve.
La visión incompleta. Qué pesada la urnita.
El hijo de Paulino sostenía la urnita destapada, me pareció que sin resolver cómo concluir el asunto de haberla traído hasta la Costanera Sur. Con su consentimiento tomé un puñado de cenizas y lo tiré. Luego otro y lo tiré también. A continuación los otros alivianaron un poco más el peso. Agarraron cenizas y las diseminaban, hasta que por último el hijo de Paulino volcó la urnita, como si tomara la cabeza del padre por la nuca y lavara su pelo. En la Costanera Sur.
Alguien mencionó el desconcierto de Paulino en las últimas horas. Otro aseguró que se dejó morir, que no había querido alimentarse más. Estaba cansado. Yo no sé, ninguno resuelve nada. De repente, asoma el paralelo entre la literatura y la vida. La vida escurre de la boca, mancha las manos…
José
E agora, José?
A festa acabou,
a luz apagou,
o povo sumiu,
a noite esfriou,
e agora, José?
e agora, você?
você que é sem nome,
que zomba dos outros,
você que faz versos, 
que ama, protesta?
e agora, José?
Está sem mulher,
está sem discurso,
está sem carinho,
já não pode beber,
já não pode fumar,
cuspir já não pode,
a noite esfriou,
o dia não veio,
o bonde não veio,
o riso não veio,
não veio a utopia
e tudo acabou
e tudo fugiu
e tudo mofou,
e agora, José?
E agora, José?
Sua doce palavra,
seu instante de febre,
sua gula e jejum,
sua biblioteca,
sua lavra de ouro,
seu terno de vidro,
sua incoerência,
seu ódio —e agora?
Com a chave na mão
quer abrir a porta,
não existe porta;
quer morrer no mar,
mas o mar secou;
quer ir para Minas,
Minas não há mais.
José, e agora?
Se você gritasse,
se você gemesse,
se você tocasse
a valsa vienense,
se você dormisse,
se você cansasse,
se você morresse...
Mas você não morre,
você é duro, José!
Sozinho no escuro
qual bicho-do-mato,
sem teogonia,
sem parede nua
para se encostar,
sem cavalo preto
que fuja a galope,
você marcha, José!
José, para onde?
Libros violentos.
Las palabras engañan, puesto que la palabra violencia comporta a la vez nociones de dolor, incomodidad, cambio y, también, por qué no, fascinación.
No creo que los escritores sean visionarios. Por lo menos no creo que el escritor de Moby Dick lo fuera, y tampoco el del Quijote, y mucho menos el de La vida breve. Libros que amo porque en ellos hay cicatrices de la composición o de la hechura. Y la composición revela que habrían sido imaginados en contra de algo. Incluso en contra de otros libros.
Algunas hojas llevan incrustadas búsquedas de los escritores, aunque, difícilmente, esas hojas, hayan sido imaginadas exactamente como salieron escritas. Pienso en hojas que pueden ponerme en una situación molesta o que me enojan. Son hojas violentas sólo porque los escritores dejaron marcas de las vacilaciones o dificultades que afrontaron al escribirlas.
La noción misma de violencia puede ser inadecuada. Estos libros, a decir verdad, parecen deshechos. Tienen fallas. Pero, en eso, creo, reside el arte de estos libros.
Parecer no terminados.
«No se trata simplemente de fragmentar una historia, sino de impedir que avancen todas las […] historias que comienzan a contarse. Chitarroni las corta con un No, como si la frustración de la ficción, el gesto de pararla en seco o descartarla por inadecuada […] fuera lo único que puede hacerse en el jardín en ruinas de la literatura: seguir produciendo ruinas.» Esta cita es de Beatriz Sarlo y pertenece a la página catorce del número final de la revista Punto de vista —la reseña de Sarlo sobre la novela de Luis Chitarroni está completa en el sitio de La Nación—. Sigo una frase que Sarlo toma de Chitarroni: Si uno llega a completar la biblioteca de otro, muere. Sarlo desarrolla ese enunciado: «Negarse a completar, negarse incluso a las mejores ideas: por ejemplo, inventar una historia sobre "El solterón" de Lugones, cuyo narrador tendría en su poder un libro que perteneció al solterón y pudiera leer sus subrayados.»
Estoy moviendo oraciones y reubicándolas para llegar a la parte que me interesa. Chitarroni en su novela, simplemente anuncia el argumento [historia sobre "El solterón" de Lugones] pero no se concede la oportunidad de continuarlo. Esta afirmación se ejemplificaría: si un autor llega a completar la historia de otro también muere. No se relaciona demasiado conmigo la estrategia constructiva de Chitarroni. Un adefesio escribió por ahí, que seguramente ofrece el atractivo para los amigos de «saber qué hace él cuando no está con nosotros, cuando está solo y piensa y escribe.»
Vuelvo a la página catorce. A continuación, Sarlo expande su afirmación acerca de la ficción interrumpida usando paréntesis, que dicen: si un autor llega a completar la propia historia muere.
Lo dicho en ese paréntesis tiene un potencial infrecuente, que habla no sólo de literatura.
Una civilización en los óvalos, rayas y anotaciones hechas en las páginas. Flechas y subrayados en diferentes colores: verde, rojo, azul, violeta, como rutas miradas desde el aire.
Pesquisas.
Son marcas que un lector envenenado hace en las páginas de un best-seller, un libro multiplicado hasta la náusea. Pero los signos se expanden como metástasis y la lectura se torna pedante, obcecada y apodíctica. Vehemente y moralizante a los ojos de Carlos Tomatis.
Seguí con La vida exagerada.
Insólitamente Martín descubrió que había salido a manifestar durante el Mayo Francés con un contingente de sordomudos. Finalmente, sin la columna de obreros con base en el barrio latino, que Inés y el grupo esperaban, Martín ejercita una crónica piadosa de los movimientos callejeros.
«Apagué la radio, y dije en voz alta que felizmente la radio no había dicho nada sobre el equivocado manifestante peruano Martín Romaña y sus sordomuditos, tras lo cual pensé que, como don Quijote, estaba listo para una nueva salida, tras lo cual me cagué de risa de mí mismo y consideré que, en efecto, debía salir de nuevo, y que efectivamente estaba listo para salir de nuevo. Lo cual hice y explica por qué he redactado estas líneas [...] se me ponen los pelos de punta y empiezan a invadirme, siguiendo la cronología de los hechos, uno por uno los acontecimientos a que dio lugar mi próxima salida, que tuvo un breve retorno, y que después dio conmigo convertido, poquito a poco, en algo así como un estropajo humano.»
Martín volverá a vagabundear por París. En el último y noveno piso que alquila a Madame Labru, recibirá la carta-documento-chau de Inés. A Carlos Salaverry, el filósofo, lo abandonarán su esposa y su hijita, que irán también de barricadas, como Inés.
Carlos no sabe, siquiera, hacerse un plato de fideos. Acudirá a Martín, a que lo auxilie. Muerto de hambre, exagerado. Ambos tan filósofos e inútiles, me sacaron, como dice la novela, de un estado muy blue, blue, blue.
Lenguaje castrense en LA MANZANA DE LAS LUCES [Marcha de la CGT del 30 de marzo de 1982 / Ciencias Morales (2007) Martín Kohan] y en la abortada MARCHA FEDERAL del viernes pasado.
―Señores preceptores: me he visto en la necesidad de apartarlos de sus obligaciones diarias, en mi carácter de Vicerrector del Colegio Nacional de Buenos Aires, y lamento haberlo hecho. Pero no he tenido alternativa. Allí afuera, quiero decir en la calle, se verifica algún desorden en estos momentos. Nada que deba preocuparnos y nada que nos obligue a interrumpir el normal dictado de las clases. Pero hasta tanto las autoridades logren restablecer el orden, lo que se hará a la mayor brevedad, es preciso adoptar algunas medidas de prevención aquí en el colegio. Debo decirles que hemos tenido que cerrar las puertas principales del edificio. Me refiero a las que dan a la calle Bolívar. Por lo tanto, después de cumplir con absoluta normalidad con los horarios y las actividades previstas para hoy, los alumnos dejarán el colegio por la salida de la calle Moreno que el señor Jefe de Preceptores les indicará oportunamente. Es necesario que ustedes den a los alumnos a su cargo la clara indicación de evitar completamente la zona de Plaza de Mayo. Saldrán por la puerta de la calle Moreno, como les he dicho, y deberán tomar de inmediato la Avenida 9 de Julio. Digan a los alumnos que eviten correr por la calle, pero que tampoco detengan su marcha; que no se desvíen y que no se demoren, pero que tampoco corran. Una vez en la Avenida 9 de Julio, deberán tomar cualquier colectivo que los saque de la zona, no importa si no es uno que los lleve hasta sus casas. Tengan presente, señores preceptores, que el adolescente es un ser humano curioso por naturaleza y rebelde por naturaleza. Adviertan a los alumnos que no pueden acercarse a la Plaza de Mayo de ninguna manera, pero tengan cuidado y no vayan a dejarlos intrigados por eso. Lo que tienen que transmitirles no es curiosidad, sino miedo. Háganles saber que es peligroso acercarse a la Plaza de Mayo en estos momentos. Con una salida tranquila pero rápida en el sentido contrario, evitaremos los problemas y no habrá ningún incidente que lamentar.
El señor Vicerrector hace una pausa. Bajo los muros del colegio, densos como su historia, el silencio es total.
―¿Alguien tiene alguna duda?
Nadie tiene ninguna duda. De todos modos, con un gesto que subraya la curva despejada del mentón sin brillo, el señor Vicerrector aguarda una posible consulta. Pero en verdad lo que espera no es que alguien pregunte, sino que nadie pregunte. Y nadie pregunta.
―Ninguna duda entonces. Perfecto. Cumplan con sus instrucciones y que tengan buenas tardes.
De: […] - St George's College mailto: […]@stgeorge.com.ar
Enviado el: Jueves, 27 de Marzo de 2008 9:55
Para: […]
Asunto: FW: Marcha del Campo
Para los que van a Capital mañana, ojo!
Un beso
-----Original Message-----
From: […]@stgeorge.com.ar
Sent: Thursday, March 27, 2008 9:35 AM
To: […]
Subject: Fw: Marcha del Campo
Estimados,
Les reenvío este mail para que tomen conocimiento sobre todo por el traslado de los alumnos .
Muchas Gracias
-----MARCHA FEDERAL DEL CAMPO PLAN ESQUEMÁTICO DE MOVILIZACIÓN A CAPITAL FEDERAL-----
FECHA: VIERNES 28 de MARZO de 2008
Objetivo:
1. Lograr la presencia masiva de productores agropecuarios en el centro del poder "Plaza de Mayo" y que la situación sea el eje central de la información a través de todos los medios de comunicación de todo el país.
2. Generar la sensación pública del poder de los productores rurales quienes se mueven fundamentalmente por la Dignidad del Campo.
3. Demostrar que al gobierno le llegó su límite de atropello, patoterismo y prepotencia a un sector importante de la sociedad.
Medios:
• Movilización de productores de todo el país sobre las grandes rutas nacionales
• Bloqueo de la totalidad de las rutas nacionales y provinciales convergentes a CF
• Difusión permanente sobre todos los medios demostrando el poder del campo sobre el atropello gubernamental
Organización:
• Los grupos denominados como "auto convocados" que responden al accionar de las instituciones del campo en sus diferentes formas según el territorio, bloquean las rutas nacionales y convergentes según detalle en anexo I el día jueves 27 a 18.00 hs.
• Permanecerán el lugar un grupo de 30 productores bloqueando el "centro" y el resto avanzará hacia el PUNTO DE CONVERGENCIA a marcha lenta (30/40 Km/h).
• PUNTOS DE CONVERGENCIA: recibirán a las columnas, se procederá al reaprovisionamiento de combustibles y alimentación y descanso de las diferentes columnas.
• REINICIO DE LA MARCHA TRAMO FINAL A BUE: a partir de la hora indicada según cada caso en el ANEXO II a marcha lenta (40 Km. / h) por la ruta designada. En todos los casos al paso de los peajes, en caso de no ser levantadas las barreras según lo convenido con las empresas, se abonará el peaje a cargo de cada vehículo
• En los PUNTOS DE CONVERGENCIA FINAL según anexo, se hará un alto a fin de tomar contacto con el resto de las coordinaciones de columnas donde se decidirá el destino y forma del tramo final a PLAZA DE MAYO. En este punto de parada se deberá bloquear 100% el transito a CF.
• En caso de ordenarse el acceso final cada columna tendrá un punto de estacionamiento y bloqueo en CF a poca distancia de la Plaza de Mayo según detalle en Anexo III
• La coordinación en Área GBA y CF se hará mediante uso de celulares sobre líneas que se informaran en forma reservada en las últimas 3 hs previendo bloqueo por parte de servicios de inteligencia; se usaran frecuencias alternativas de NEXTEL según detalle RESERVADO que será distribuido personalmente entre los coordinadores.
ANEXO I
Columnas de convergencia sobre CF
RN 12/14: recibe la confluencia de productores de Misiones, Corrientes y Entre Ríos;
PUNTO DE REUNIÓN: Ceibas ER
Estimado 550 vehículos
RN 9, RN 34 y RN 11 y RP 33: recibe la confluencia de productores de Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Santa Fe Norte, Centro y Sur y Oeste de la Prov. de Entre Ríos, Centro y Norte de Córdoba, Tucumán , Salta y Jujuy
PUNTO DE REUNIÓN: Roldan SF
Estimado 1100 vehículos
RN8: recibe la confluencia de productores de San Luis, sur de Córdoba, sur de Santa Fe y Noroeste de Bs.As.
PUNTO DE REUNIÓN: San Antonio de Areco Cruce RP 41 y RN 8
Estimado 1500 vehículos
RN7: recibe la confluencia de productores de Noroeste de Bs.As, sur de Santa fe, Sur de Córdoba, Norte de La Pampa, San Luisa, San Juan y Mendoza
PUNTO DE REUNIÓN: San Andrés de Giles RP 41 y RN 7
Estimado 1000 vehículos
RN5: recibe la confluencia de productores de Oeste de Bs.As, La Pampa, Neuquén
PUNTO DE REUNIÓN: Lujan Acc Oeste y RP 6
Estimado 1600 vehículos
RN 205: recibe la confluencia de productores del centro de la Prov. de Bs.As y sur de La Pampa
PUNTO DE REUNIÓN: Cañuelas RP 6 y RN 205
Estimado 500 vehículos
RN3: recibe la confluencia de productores del cetro y sur de Bs.As, Río Negro, Chubut, Santa Cruz
PUNTO DE REUNIÓN: Cañuelas RN 3 y RP 6 y se suman a columna RN 205
Estimado 800 vehículos
RP 29: recibe la confluencia de productores del centro este de la Prov. de Bs.As y mar y sierras
PUNTO DE REUNIÓN: Brandsen RP 29 y RP 215
Estimado: 800 vehículos
RN 2: recibe la confluencia de productores de la zona atlántica de Necochea al Nor este
PUNTO DE REUNIÓN: Cruce Etcheverry RP 215 y RN 2
Estimado 720 vehículos
RP 36: recibe la confluencia de productores de la zona abasto La Plata, Magdalena, Punta de indio, Partidos de la Costa, Tordillo y Madariaga
PUNTO DE REUNIÓN: Cruce RP 36 y Autovía Mar del Plata
Estimado 200 vehículos
Total estimado de vehículos participantes: 8.770
Total estimado de personas participantes del interior: 25.000
ANEXO II
Marcha y horarios
COLUMNA RN 9, RN 34 y RN 11 y RP 33:
Partirán desde ROLDAN (SF) por periférico Rosario a RN 9.
En Autopista BUE/ROS a nivel curva Zárate Campana se unen a la columna proveniente de la mesopotamia por Puente Zárate Brazo Largo
Partirán para BUE a las 08.00
Deberán cubrir el tramo Zárate – Av. Grl Paz en 4 horas previendo estar en Av. Grl Paz a las 12.00
En empalme Ramal Pilar y Ramal Campana se les une la columna proveniente de RN 8
COLUMNA RN 12/14
Partirán desde Ceibas (ER) por el complejo Zárate Brazo Largo a RN9 Autopista Bs.As/ROS y se unen a COLUMNA RN 9, RN 34 y RN 11 y RP 33 en curva Zárate Campana, partiendo desde allí a las 08.00.
COLUMNA RN8: partirán a las 08.00 desde San Antonio de Areco por RN 8 hasta Pilar, tomando por Ramal Pilar de la Autopista del Sol a BUE uniéndose a las COLUMNAS RN 9 y RN 12/14 en Acceso Norte Panamericana y Grl Paz a las 12.00
COLUMNA RN7: partirán desde San Andrés de Giles a las 09.00 continuando por RN 7, tomando Acceso Oeste a nivel Cortinez Lujan uniéndose con columna RN5 en cruce RP6 y Acc OESTE
COLUMNA RN5: partirán desde Acc Oeste y RP 6 a las 09.00 para llegar a Acc Oeste y Grl Paz a las 12.00
COLUMNA RN 205: partirán conjuntamente con columna RN 3 desde RP 6 y RN 205 por autopista Cañuelas a las 09.00 para llegar a Au. Ricchieri y Grl Paz a las 12.00,
COLUMNA RP 29: partirán desde Brandsen a las 08.30 para sumarse a columna RN 2 en Cruce Etcheverry
COLUMNA RN 2: Partirán conjuntamente con columna RP29 desde Cruce Etcheverry a las 09.00 para continuar por Autovía Mar del Plata y Autopista La Plata /BUE. En Cruce con RP 36 se suma columna RP36. Deberán llegar a Peaje Dock Sud a las 12.00
ANEXO III
Puntos de concentración en CF por columnas se informará posteriormente.
Villa (1996) es la notable novela que omitía extrañamente Ricardo Piglia hasta hace un par de años cuando llamaba la atención acerca de que todavía no había sido ficcionalizado nada a partir del genocidio o del terrorismo de Estado. Luis Gusmán sitúa su personaje más atrás, pero no por esto habría de ser omitido dentro del mismo contexto. Porque el plan sistemático de secuestros, torturas y desapariciones de la dictadura asomaba ya en aquel accionar ilegal de grupos paramilitares comandados desde el Ministerio de Bienestar Social durante el gobierno democrático de María Estela Martínez.
Ahora las lluvias, la amenaza del desabastecimiento de carne y la Pascua compusieron un marco en el que me resultó imposible no imaginar constantemente El matadero, de Esteban Echeverría.
Pero no sé. Quizá se trate de la argentinidad al palo. La guerra gaucha con ipod, falsamente decidida en una placita a pocos metros de los búnkeres de Puerto Madero. Todo tiene que ver con todo, si puede usarse la expresión. Miro una instalación en el lago del Planetario. La maqueta de una casa semihundida en el lago, rodada de gansos que ahí viven, para despertar acá conciencia sobre las inundaciones en el norte del país. Arte solidario del Ministro del presidente de Boca Juniors. Que fue Ministro hasta el 2001 de De la Rúa y asesor de imagen del cien por ciento amoral Sobisch.
Todo bien exagerado.
Publicado por Gustavo López 6 comentarios
Escritores: bryce echenique, echeverría, gusmán, lugones, piglia
Hay una parte de ...and that's me on the left with the beautiful legs, capítulo con Sandra, Carlos, Martín y las barricadas, que me pareció bárbaro. Se empieza a poner bueno cuando Martín da con un pañuelito blanco la orden al grupo de resguardarse en una iglesia de la represión policial. A Sandra le maravilla ese Martín, tan líder.
Y Martín parece haber olvidado por completo que hace instantes encontró a Sandra abrazando a un argentino en la pocilga andina, así denomina Martín a la pieza de Sandra en París. Martín había antes dejado un rato a Sandra para buscar a Carlos y salir a manifestar juntos. Luego Carlos se quedó abajo mientras Martín subió a buscarla. Martín apareció un instante después con Sandra, y un nudo en la garganta, una rabia total, y una incertidumbre espantosa.
Una vez en la calle los tres, Carlos se daría cuenta de que la ninfomanía de Sandra, Sandra Anita María Owens: el nombre completo, estaba haciendo ahora, debido a las citas de Marx en alemán, efecto con él mismo. Así que se aisló de Sandra.
A la salida de la iglesia Carlos verá aparecer abrazados a Sandra y a Martín. Tan líder de masas, Martín.
Pero Sandra no tardará nuevamente en fijarse en Carlos, que irá hundiéndose en la contagiosa euforia de la antorchas. La represión acosará otra vez, pero Carlos se adelantará a todos los manifestantes como si nada de represión a la vista, declamando revolucionara y filosóficamente, y como Robert Mitchum en dirección a Troya, para recoger un adoquín que guardará de recuerdo de aquel famosísimo mayo del sesenta y ocho. Nada más. Gran desilusión de Sandra y alegría de Martín Romaña. Sin embargo, aparecerá el ex-grupo, incluida Inés. Entonces Martín morirá de celos, verá al ex-grupo como si lo hiciese a través de un aleph, es decir, verá quien se acuesta con Inés, quien se acuesta con Sandra. «Vi y vi y vi que no hay nada que hacer, Carlos. Lo mejor era irse a dormir, y que la historia nos juzgue».
MEDEA Inspired by Lars von Trier's TV movie
[…]
¿Por qué ordenas, Creonte, que abandone el país?
CREONTE
Temo —te lo diré sin ambages— que irrogues
a mi hija algún perjuicio que irremediable sea.
Son muchas las razones que a tal temor me inducen:
eres hábil y en toda clase de mal perita
y te afliges privada del lecho de tu esposo.
He oído que amenazas, según hay quien me cuente,
con que vas a hacer algo contra el novio y la novia
y aquel que la entregó. Me guardaré, pues, de ello.
Más vale ahora cargar, mujer, con tu ojeriza
que ablandarme y después gemir desconsolado.
MEDEA
¡Ay, ay! No es la primera vez hoy, Creonte, que mi fama
grandes daños me atrae; me ha ocurrido a menudo.
Ningún hombre que tenga natural sensatez
debe dar a sus hijos muchas habilidades,
pues, amén de ganarse renombre de indolentes,
cosecharán el odio de sus conciudadanos.
Si a los torpes con nuevos saberes te presentas,
parecerás inútil ser, que no inteligente;
y, si te consideran mejor que el que presume
de su varia doctrina, resultarás molesto.
Tal es la situación de que yo participo:
me hace odiosa a los unos el talento y los otros
se enemistan conmigo; y eso que yo muy sabia
no soy. Mas tú me temes, barruntas algo extraño;
pero no es ése el caso, no tiembles ante mí,
Creonte, en nada pienso pecar contra el que manda.
¿Qué mal me has hecho tú? No hiciste sino dar
a quien te pareció tu hija. A mi esposo sí
que le odio, pero tú creo que bien obraste.
Y ahora envidia no tengo de vuestras bienandanzas:
casaos, sed felices, pero dejadme a mí
que en esta tierra habite. Callaré, aun injusticia
padeciendo, pues es más fuerte el que me vence
CREONTE
Suaves, por lo que escucho, son tus palabras, pero
temo que en tu interior medites algún daño
y por eso menor debe ser mi confianza.
Porque más fácil es de hombre o mujer coléricos
guardarse que de aquel que calla y es taimado.
Márchate, pues, cuanto antes, no vengas con discursos;
ello está decidido sin que tengas manera
de vivir con nosotros, porque eres mi enemiga.
MEDEA
Abrazándose a sus rodillas.
¡No, no, por tus rodillas, por la que se ha casado!
CREONTE
Son vanas tus palabras; no me convencerás.
MEDEA
¿Me vas, pues, a expulsar sin atender mis súplicas?
CREONTE
Es que a mi hogar no puedo preferir tu persona.
MEDEA
¡Oh, patria mía, qué recuerdo de ti tengo!
CREONTE
También yo la amo mucho, pero más a mis hijos.
MEDEA
¡Qué gran mal el amor es para los mortales!
CREONTE
Según, supongo yo, como vengan las cosas.
MEDEA
¡No se te oculte, Zeus, quien así me maltrata!
CREONTE
Vete, insensata, ya y evítame disgustos.
MEDEA
Disgustos son los míos; no me faltan por cierto.
CREONTE
Haciendo un gesto a su escolta.
Al punto van a echarte los brazos de mi tropa.
MEDEA
¡Eso no, en modo alguno! Yo te ruego, Creonte...
CREONTE
Paréceme, mujer, que te pones pesada.
MEDEA
Me marcharé; no es eso lo que ahora te suplico.
CREONTE
¿Por qué entonces insistes sin salir del país?
MEDEA
Déjame que me quede tan sólo el día de hoy
para pensar en cómo va a poder ser mi exilio
y a mis hijos recursos buscarles, pues su padre
allegar no se digna ningún medio para ellos.
Compadéceles tú, que también tienes prole;
es natural, por tanto, que propicio les mires.
Por mí no me preocupo si he de estar desterrada,
mas sí lloro por ellos, que en tal trance se ven.
CREONTE
Nada hay en mi carácter que tiránico sea;
el mostrar compasión fue siempre mi desdicha.
Y así ahora, aunque veo, mujer, que me equivoco,
concedo lo que pides; mas te advierto que, si
os ve la luz del dios que ha de llegar mañana
a ti y a tus hijos dentro del país, morirás;
ésta quiero que sea mi sentencia verídica.
Y, si hay aplazamiento, tómate un día solo
y tiempo no tendrás de hacer lo que recelo.
«La provocación es una manera de hacer pensar a la gente».
Extraído del documental de Stig Björkman: Tranceformer — A Portrait of Lars von Trier (1997)
Hasta enero de 2002 había leído únicamente novelas de Antonio Di Benedetto: Zama y El silenciero. Hallé casualmente Mariposas en la Revista Nueva del 4 noviembre del año anterior al pasar por San Martín de los Andes, de camino hacia Villa la Angostura. «Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón».
Yo veía a mi burro mascar margaritas y se me antojaba que esa placidez de vida, esa serenidad de espíritu que le rebasaba los ojos era obra de las cándidas flores. Un día quise comer, como él, una margarita. Tendí la mano y en ese momento se posó en la flor una mariposa tan blanca como ella. Me dije: ¿por qué no también?, y la llevé a los labios. Es preferible, puedo decirlo, verlas en el aire. Tienen un sabor que es tanto de aceite como de hierbas rumiadas. Tal, por lo menos, era el gusto de esa mariposa.
La segunda me dejó sólo un cosquilleo insípido en la garganta, pues se introdujo ella misma, en un vuelo, presumí yo, suicida, en pos de los restos de la amada, la deglutida por mí. La tercera, como la segunda (el segundo, debiera decir, creo yo), aprovechó mi boca abierta, no ya por el sueño de la siesta sobre el pasto, sino por mi modo un tanto estúpido de contemplar el trabajo de las hormigas, las cuales, por fortuna, no vuelan, y las que lo hacen no vuelan alto.
La tercera, estoy persuadido, ha de llevar también propósitos suicidas, como es propio del carácter romántico suponible en una mariposa. Puede calcularse su amor por el segundo y asimismo puede imaginarse sus poderes de seducción, capaces, como lo fueron, de poner olvido respecto de la primera, la única, debo aclarar, sumergida —muerta, además— por mi culpa directa. Puede aceptarse, igualmente, que la intimidad forzosa en mi interior ha de haber facilitado los propósitos de la segunda de mis habitantes.
No puedo comprender, en cambio, por qué la pareja, tan nueva y tan dispuesta a las locas acciones, como bien lo había probado, decidió permanecer adentro, sin que yo le estorbase la salida, con mi boca abierta, a veces involuntariamente, otras en forma deliberada. Pero, en desmedro del estómago pobre y desabrido que me dio la naturaleza, he de declarar que no quisieron vivir en él mucho tiempo. Se trasladaron al corazón, más reducido, quizás, pero con las comodidades de un hogar moderno, por lo que está dividido en cuatro departamentos o habitaciones, si así se prefiere nombrarlos. Esto, desde luego, allanó inconvenientes cuando el matrimonio comenzó a rodearse de párvulos. Allí han vivido, sin que en su condición de inquilinos gratuitos puedan quejarse del dueño de casa, pues de hacerlo pecarían malamente de ingratitud.
Allí estuvieron ellas hasta que las hijas crecieron y, como vosotros comprenderéis, desearon, con su inexperiencia, que hasta a las mariposas pone alas, volar más allá. Más allá era fuera de mi corazón y de mi cuerpo.
Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como véis, no lo son, siendo, puramente, mariposas rojas de mi roja sangre. Sí, en vez de volar, como debieran hacerlo por ser mariposas, caen pesadamente al suelo, como los cuajarones que decís que son, es sólo porque nacieron y se desarrollaron en la obscuridad y, por consiguiente, son ciegas, las pobrecitas.
Segunda edición corregida, 1971; Editorial Fabril.
Me gusta la palabra hebrea patah.
Con patah se inician las lecciones o lecturas del libro del Zóhar. Dice Gershom Scholem, en un docto lugar de su volumen, como puso Borges, que se inician de la manera siguiente: «rabí Ši' món abrió el versículo…»
La escritura se abre, la letra comentada es provista de infinitos sentidos.
Si alguien supiera a qué rompecabezas pertenece la pieza perdida, si se borrara el anonimato, ya no sería nada. En lo vago, indeterminado e inarticulado reside el valor de la pieza. Así como la letra se abre, el nítido contorno de la pieza perdida no se deja traducir, y es este elemento de indeterminación, de ausencia, el que hace patente un interior de infinitas posibilidades.
Más abajo los enlaces que llevan a: «…una gran caja con un puzzle dentro. La abres y sí, hay un puzzle, pero formado por piezas que proceden de otros muchos. Es un puzzle de puzzles. Para mí es un universo. Mientras está cerrada, pienso que todas las piezas se han transformado y encajan entre sí. Cuando la vuelvo a abrir, vuelven a presentar su aspecto original, ninguna encaja con ninguna».
2007-11-30La incursión de la realidad en la ficción, Macleod en la historia de Díaz Grey y Elena, queda desconectada. Seguramente por eso me decepcionó.
Retorno ahora al capítulo once. Pienso que ahí existe un movimiento inverso, aunque semejante, entre Ernesto, Arce, Brausen. Ernesto se viste, de alguna manera, con las ropas de Arce. Es decir, la realidad se adelanta a la ficción que teje Brausen con la intención de aniquilar a la Queca.
En cuanto a Petrus, me acuerdo que Larsen lo entrevista en El astillero (1961).
Arrollador.
En cambio, Macleod y Glaeson me parecen extravagancias.
El último capítulo se llama «El señor Albano». Cuadro marchito en el Dick's. Leí la línea que sigue y pensé que era mejor detener la lectura. Apareció un tal Horacio, Guillermo, quién me corre, dije.
Es anómalamente colosal.
Cuando dejé atrás Boedo, en el rincón del vagón que se desplazaba hacia el parque, leía el capítulo dieciséis, esto es, el anteúltimo capítulo de La vida Breve, que es el anteúltimo de Juntacadáveres.
Ya por los senderos del parque, como resultado de no poder explicar totalmente lo que había leído en el último trayecto desde Boedo, experimenté una locura arrebatada.
—Querés que te la presente —arriesgó Peke— Fuimos compañeras de colegio.
Onetti, que caminaba junto a su tercera esposa, Peke, había quedado impresionado por la gracia que desplegaba una muchacha, cargando por la calle su violín de estudio.
La adolescencia de Dolly parecía demorada en el límite preciso de una dicha a la medida de Onetti, que encontró así, en la calle, a la mujer que habría de acompañarlo el resto de su vida.
Ayer en el subte D terminé el capítulo doce.
Capítulo que demora los hechos que involucran a Ernesto (Arce) y a Brausen. Lo mejor, lo rescatable, es la chica de guantes verdes, cuando dice a Stein y a Brausen: No me aburro [...] los escucho, algo entiendo y pienso en mis cosas.
Dudó Ricardo Reis sobre el vocativo que debía emplear, una carta, en definitiva, es un acto delicadísimo [...] Hay equívocos sentimentales que justamente se iniciaron así [por el vocativo mal empleado].
Por ejemplo, mi querida Marcenda, por qué suya, querida, por qué, es cierto que también podría escribir, mi pequeña Marcenda, o mi cara Marcenda, y lo intentó, pero lo de pequeña le pareció ridículo, y lo de cara aún más, y después de romper algunas hojas se encontró con el simple nombre, por él nos debíamos tratar todos, llamaos los unos a los otros, para eso mismo nos fue dado nombre y lo conservamos. Entonces escribió, Marcenda.
...
Habiendo escrito pocas palabras se detuvo a pensar, luego continuó, dio las noticias, ya fue dicho cómo, componiendo y adecuando, uniendo partes, llenando vacíos, si no dijo la verdad, y mucho menos toda, dijo una verdad, lo que importa por encima de todo es que esta verdad haga felices a quien escribe y a quien lea, que ambos se reconozcan y confirmen en la imagen dada y recibida, imagen ideal, imagen que por otra parte quizá sea la única.
Vi en compañía de Blimunda y Baltasar la corrida de toros. El sacrificio de los animales cubiertos con capotes de explosivos.
Posteriormente aparecieron en la Plaza unas figuras de barro pintadas, pág. 125, que me retrotrajeron a La caverna y también al pasaje de El evangelio en el cual los diablos, por obra de Jesucristo, abandonaron el cuerpo de un loco para, por poco rato, hospedarse en el interior de dos mil cerdos.
Los toros embistieron las figuras y del interior de ellas salieron conejos y palomas, «pocos y pocas sobrevivirán a semejante crueldad». Recordé el sacrificio de las tortolillas. Como dice El evangelio: «un degolladero, un macelo, una carnicería».
Ahora As pequenas memórias.
A eso de los catorce años el descubrimiento de una «mezcla de agua, vinagre y azúcar, la misma que iba a servirme, con la excepción del azúcar, para, en mi Evangelio, matar la última sed de Jesucristo».
Happy Together.
Fui en bicicleta desde Cardales hasta Capilla del Señor, unos quince kilómetros por medio del campo. En el camino de tierra topé con un puente del ferrocarril. Según me contaron más tarde en Capilla, en ese puente se hizo una escena de la versión cinematográfica de Boquitas Pintadas.
Me dieron que pensar.
Ahora creo que podría haber sido otra película. El pibe cabeza, también con Alfredo Alcón y dirigida por Leopoldo Torre Nilsson.
De todos modos miré el pueblo como si se tratara del plató de una película. Compré unas empanadas fritas en un club llamado Honor y Patria, frente a la plaza principal. Me senté en un banco.
Observé dos perros.
Un galgo enfermo y otro, mezcla de no sé qué, que me hacía acordar a Freddy Mercuri. Por la vitalidad. Freddy merodeaba la plaza, meaba todos los árboles y luego se acercaba adonde estaba recostado el galgo. Entonces, le lamía los huevos, o, mejor dicho hacía el intento, porque el galgo se ponía en pie y le mostraba los dientes. Pero Freddy, que era más joven, a pesar de las amenazas, le entraba por atrás con la lengua, hasta que un tarascón del galgo lo alejaba. El galgo, positivamente enfermo, sin embargo no quería morderlo. Freddy se iba y el galgo se echaba nuevamente. Durante la pausa, Freddy meaba, o hacía que meaba. De repente se acercaba, volvía a hundir su hocico en las ancas huesudas del galgo, y recomenzaba la succión curativa, si puede usarse la expresión.
Pese a parecer una cinta imposible los machos terminaron ariscamente juntos.
Partes de Encontrado y memoria de la tapa de otro libro. La tapa de Tombuctú, el nombre de un sitio que es como el Valle de los Huesos de jota. A remote or extremely distant place; from here to Timbuktu; también en la novela de Paul Auster. Adonde el perro semihundido de Goya va a morir.
Tal vez allí Bea esté leyendo. Entre elefantes.
Quién sabe.
El punto es que Cipriano anduvo llorando. La mudanza de la alfarería al Centro dejó de ser solamente una ilusión de su yerno. Se convirtió en realidad.
Llovía.
«No hay nadie más en la aldea, y probablemente en el mundo, con quien dejase a Encontrado, preferiría matarlo. Expectante, moviendo el rabo con lentitud, el animal seguía mirando desde lejos. Cipriano Algor se agachó y lo llamó, Encontrado, ven aquí. Escurriendo agua por todas partes, el perro comenzó sacudiéndose entero, como si sólo decente y presentable estuviese autorizado para acercarse al dueño, después dio una rápida carrera para encontrarse, al instante siguiente, con la cabezorra apoyada en el pecho de Cipriano Algor, con tanta fuerza que parecía querérsele meter adentro. […] Le extrañó que le pusieran la correa, no era habitual cuando viajaban, pero la extrañeza aumentó, se hizo confusión, cuando la dueña y el dueño más joven le pasaron la mano por la cabeza, al mismo tiempo que murmuraban palabras incomprensibles y en las que su propio nombre de Encontrado sonaba de manera inquietante, aunque lo que estaban diciendo no fuera tan malo, Vendremos a verte un día de estos. Un tirón le hizo entender que tenía que seguir al dueño, la situación volvía a aclararse, la furgoneta era para los otros dueños, con éste el paso sería a pie».
Posdata a Tombuctú. Tercera edición, diciembre 1999, Anagrama: en las páginas preliminares dice Perro semidesnudo en vez de «Perro semihundido».
De cara a una pared.
Mientras que los moldes de las seis figuras se secan a las brazas, el alfarero Cipriano sueña que está sentado ahí mismo, adentro del horno, en un banquito que es el banquito que está afuera del horno. El yerno y el encargado de compras del Centro le hablan, No merece la pena que enciendas el horno, Que te sacrifiques, Cerramos la alfarería, Nuestro pedido de figuras de barro acaba de ser cancelado, Cipriano quiere darse vuelta para responderles, pero su cuello no lo deja. No puede moverlo entonces tiene que aguantarse, de cara a una pared, contemplando las sombras que proyectan aquellas voces.
Esa misma noche Encontrado se quedó cuidando la lumbre, sólo cuando las brazas se apagaron del todo, cerró los ojos para dormir.
El peletero tiene problemas, dos al menos.
Cuando los pensamientos de Landa, el peletero, son llevados a la acción la novela pierde interés. Los diálogos con Hueso persiguen la verosimilitud sin alcanzarla, precisamente porque son fabricados como reflejo de un diálogo real. Pero el diálogo real es poco funcional.
Todos hablamos solos.
Será por eso que a mí me atraen personajes a lo Wakefield (Hawthorne), Bartleby (Melville), Jonathan (Süskind) o Don José (Saramago).
La historia de Rosa Comte y el pai Romero, referida por Hueso, consigue solamente sobre el final, si se quiere y por decirlo de algún modo, un poco de tensión realista.
Luego, acción y diálogos, restan mérito a la novela de Luis Gusmán.
Dos veces junio es perfecta hasta el reencuentro con Mesiano, después de la derrota de la selección argentina en Núñez. A partir de ahí la narración combina datos históricos y futbolísticos de la época de la dictadura.
El final.
La novela decae al hacer de su desenlace una historia de apropiación de menores. Es decir, a partir de que el relato subordina la ficción a la historia documentada.
Cosa que no ocurre en absoluto con La flor azteca, de Gustavo Nielsen, donde el protagonista es un colimba, igual que el protagonista de Dos veces junio.
La novela de Martín Kohan construye un personaje jodido para una narración políticamente correcta. Por el contrario, Nielsen arma una narración políticamente incorrecta para mutar a un perverso en un bicho entrañable.
En ambas novelas los discursos oficiales son rotundos. El principal de la novela de Kohan es el encarnado por el doctor Mesiano. Sin embargo, el nombre Mesiano es un apelativo redundante. Una sobra de Kohan.
Es la portera.
Hago de enfermero y de steward; un té, sí, faltaría más. Seguramente mi madre no sabe quién es. La portera pregunta por el médico que vino ayer, mi madre dice que no vino ninguno; bueno, la portera está un poco apagada también.
Yo sonrío, pero hay instantes en que dudo si fue ayer que vino el médico. Me olvido, ayer claro... Por momentos mi capacidad para pensar se nubla.
Ahora la portera y mi madre oyen Casandra.
La empresa del Segundo barco, dirigida por Anquises, padre de Eneas, y por Calcante, respetado adivino de Troya, para ir al rescate de Hesíona, la hermana del rey.
En Troya, sin embargo se rumoreaba que Hesíona no había sido raptada, sino que se había casado con un espartano por su propia voluntad. Pero igualmente el barco se aprestaría a zarpar. Y aquel día el pueblo troyano clamó: Hesíona o muerte.
Troya o muerte.
Eneas y Casandra también gritaron consignas para animar el sueño de los héroes.
El rescate tardaría. Y los troyanos serían empujados gradualmente a un extrañamiento de sí mismos. Cuando el barco volvió se hizo un círculo de silencio en torno a los guerreros. Volvió sin la hermana del rey. Tampoco regresó Calcante, el adivino, «[…] con ese barco comenzó nuestra ruina», dice Casandra.
«El palacio, el lugar que era más mi hogar, se retrajo ante mí, mis queridos patios interiores enmudecieron. Estaba sola con mi razón.
«Un primer ciclo».
Verdad, dice mi madre. Sí, como Malvinas, suelta la portera. Juegos de la memoria, soplo sobre las hojas del libro.
Las mujeres de Micenas se acercan a Casandra.
Tocan el carruaje. Levantan el chal que cubre a Casandra para evaluar su belleza.
«Yo, que quise que Troya sucumbiera».
La madre conoció pronto la altivez de la niña. El padre necesitaría esa altivez. Casandra lo amó más que a nadie. Casandra recuerda estar en el regazo de Príamo, «con la mano en la curva de su hombro (el lugar que más amo en Eneas), que era sumamente vulnerable y por dónde, lo vi yo misma, la lanza del griego lo trapasó».
El olor limpio y severo de un rey asociado con las mercancías, la flota y el dinero. Traicioné a Troya y lo traicioné a él.
Hoy «me han de matar».
«Un hombre que vive cuando todos los hombres mueren, ¿tiene que ser un cobarde?» El hombre es Eneas y la que habla es Casandra.
En voz baja.
«Desde que estuve prisionera en el cesto hablo en voz baja».
Ese es el tono de la novela.
Solamente cuatro páginas para hacer la prueba del dolor. «Lo mismo que un médico, para saber si está muerto, pincha un músculo, así pincho yo la memoria».
Difundir el dolor.
Pero en Micenas nadie habla la lengua de Casandra.
Nadie que no vaya a morir con ella.
«Sí, caballito […] sin hacer caso de mi protesta, metieron en la ciudad el caballo de los griegos […]». La que habla es Casandra. Nombra inmediatamente a Pentesilea, reina de las amazonas que acudió en ayuda de Troya y fue muerta por Aquiles.
En la página 124. «¡Enfrentarse con él con una espada… una mujer! El obligarlo a que la tomara en serio fue el último triunfo de ella. Lucharon largo rato, y todas las amazonas quedaron separadas de Pentesilea. Él la derribó, quiso tomarla prisionera, pero ella le hizo un arañazo con su daga, obligándolo a matarla. Gracias sean dadas a los dioses por ello, aunque no sea por nada más».
Casandra repasa la ruina.
En la página 140: «Y mis troyanos creyeron lo que veían, no lo que sabían. ¡Que los griegos se retirarían! Y dejarían ante las murallas aquel monstruo, que todos los sacerdotes de Atenea, a la que al parecer estaba consagrada aquella cosa, se atrevieron a llamar "caballo". ¿Y por qué tan grande? Cualquiera sabía».
Punza la memoria.
«Quién encontrará otra vez, y cuándo, el lenguaje».
Tres páginas antes del final está escrito:
«Meted el caballo adentro».
Hice la grabación para mí.
Para escuchar rumores, silencios, ramificaciones. Entonces me pareció que podía hacer la prueba de subirla. Luego, con los ecos que la grabación recibió de La ninfa y de Gaab, no supe si estaba soñando o estaba despierto. Como el personaje del cuento.
Tampoco esperaba un correo de Silvina. Me hizo ir hacia atrás con algunas cosas pero también hacia adelante. Ejemplo de lo primero: el pasaje del hundimiento del protagonista existía ya en un relato publicado en el número cuatro de Un lugar de escritura. Voy a copiar un fragmento y más abajo la lectura de mi amiga.
«El barro estaba adherido a la piel de mis brazos y cubría mis manos enteras cobrando la apariencia de prótesis ortopédicas grises, ése era su color y tal mi parálisis. Pensé en Jonás que fue expulsado del interior de una ballena contagiada por un hipo divino luego de permanecer tres días y tres noches en su vientre... bien podía yo aguantar un rato sin moverme a la espera de que alguien me auxiliara. Sin embargo, un intenso ardor, como una mordedura en la zona de los muslos, no me dejaría hacerlo. Salté sin hacer pie ahogándome en una lava negra y fría».
Un Pinocho versión Disney ilustraba en la página 27 mi antiguo relato. El atemorizado muñequito a punto de ser tragado por la ballena monstruosa.
como es un cuento sin terminar y no sabemos dónde caerá la flor más bella del palo borracho... sospecho de posibilidades y fantaseo un poco.
i Se dice que Belgrano está fuera de la iglesia porque era masón.
ii No puedo dejar de hacer la relación con Jonás, aunque él estuvo en una ballena...
iii Me gusta la atmósfera de la ciudad no contada, como si estuviera desierta luego de una catástrofe, aunque hay chicos que juegan en el agua...
iv La empresa de las cloacas parece vana... en el sentido de que hay algo más profundo. La narración tiene algo de bajada a los infiernos y Jana sería algo así como una Eurídice.
v Me gustaron los corazoncitos, que el templo de dios tenga muchas habitaciones, los hipogeos, el valle de los huesos, los diablitos que se te acercan, la lava negra y fría.
vi ¿Te acordás de la Eneida? Cuando Eneas baja al infierno a ver a su padre.
vii El riesgo de trotar por la costa, un borde...
viii Me gusta la escritura, barroca y recargada, muy distinta a tu novela (sí, con ella estoy)
| Investigaciones cap. M [iii]... |
Vuelve al Sabatizar. El protagonista puede ser un ingeniero. Está que apesta. Enredado en ensoñaciones y conjeturas escucha que llega Jana.
Parece que Jana está presente mientras él narra la llegada de ambos a la ciudad; la discordia en las calles; una salida por la mañana a trotar por la costa; la visita al templo de Santo Domingo; los corazoncitos Dorins; el tubo grande o la cañería maestra; el apagón.
«Tranquilito, dice [Jana] y retira el paño de mis ojos, lo embebe en vinagre». La narración es errática.
Mental.
Recargada hasta la mierda.
No tengo ahora idea de cómo seguir el cuento que empecé esta semana en la biblioteca. Necesito hacer la prueba de leerlo en voz alta. Abajo el borrador de Tabla de salvación / 18 minutos : 20 segundos.
| Doce primeras páginas de Tabla... |
Tengo en mi escritorio unas flores de palo borracho que recogí el viernes pasado en la Nueve de julio. Son amarillas como las del Hotel de Inmigrantes. Tienen un color canela en el nacimiento de los pétalos. También corté algunas de color fucsia, con pecas y trazos de color tierra. De esas flores hay muchas en Palermo.
El viernes cuatro fue mi primer día en la uca y no produje demasiado. Estuve de 9:30 a 13:00.
Volví a casa a comer algo y a hacer una siesta. Más tarde pasó Paulino y fuimos a revisar pilas de revistas viejas. Compré Primera Plana 226 (25 abril 1967), ejemplar que yo buscaba a partir de leer la biografía de Suzanne Jill-Levine.
La semana pasada hallé una opinión de Germán García, 28 mayo 2002, acerca de dicha biografía:
«Acabo de leer un libro de una americana, Jill-Levine… ella misma declara su pasión en una página, al mejor estilo de Puig... [risas] ¡Es un libro que Puig no hubiera publicado de sí mismo!»
Luego acompañé unas cuadras a Paulino.
Hasta la Nueve de Julio.
El domingo no insistí. Mucho de aquí para allá con mi valijita para nada. Bueno, más o menos. Puse más vida a mi escritorio. Vivos colores de palo borracho.
«Cómo cuesta despedirse», no se cansa Juan Aparicio de repetir antes del epílogo. Hojeé una edición de La Divina comedia y me tenté con el prólogo de 64 páginas escrito en 1868 por un tal Marques de Molins. La idea de personajes como Juan Aparicio y Gabriela no nació de la nada. Me la pasé discutiendo mentalmente con Marques.
De todas maneras, me senté algunos minutos frente al ventanal de Belgrano. Pareció que se iba a desplomar el cielo pero no llovió.
Refrescó algo, sin embargo.
Siempre soy el primero en llegar y me voy cuatro horas después; 13:30 ó 14:00. Respecto al lunes siete hubo más gente.
Está dando resultados; estoy concentrado en un cuento.
El frasquito es como la esencia de un perfume.
Antes de ser escritor iba de visita a Chacarita. De chico con su abuela. A visitar la tumba de Gardel y a ver al hermano mellizo, que estaba tapado en los nichos. Ahí arriba, tan alto.
Cuando el escritor puso una gota de aquel frasquito el resultado fue formidable. Si no fue tóxico: La música de Frankie o El frasquito mismo.
Otro ejemplo estupendo es El peletero.
Clickear abajo el enlace que a fines de septiembre estaba roto: Nota preliminar y Prólogos del prólogo a un manual de literatura.
Empezar haciendo aquello que me gustaría continuar por el resto de los días de este año.
Escribir.
Palabras más o menos parecidas a las de Borges hace un cuarto de siglo. Borges dijo que empezaría 1983 leyendo. A mí me quedó grabado.
Pero la frase donde aparece dicha mención es rara y pertenece a Brausen: está al pie de la pág. 210: Estuve imaginando un jubiloso Díaz Grey [...] un jovial y decidido Horacio Lagos [...] un ex fugitivo desesperado [...]
En un muerto mundo personal está la Queca.
Del otro lado de la pared.
Yo leía el Quijote, el capítulo III.
No me acuerdo la lectura en sí, solamente la felicidad contagiosa del libro y el número tres.
La encuentro en mi casilla de correo electrónico. Pertenece a la obra hermosa de Carlos Drummond de Andrade.
Pasaje del año
no es el último día del tiempo.
Otros días vendrán
y nuevos muslos
y vientres te comunicarán el calor de la vida.
Besarás bocas, rasgarás papeles,
harás viajes y tantas celebraciones de aniversario,
graduación, promoción, gloria, dulce muerte con sinfonía y coral,
que el tiempo quedará repleto
y no oirás el clamor,
los irreparables aullidos
del lobo, en la soledad.
no es el último día de todo.
Queda siempre una franja de vida
donde se sientan dos hombres.
Un hombre y su contrario,
una mujer y su pie,
un cuerpo y su memoria,
un ojo y su brillo,
una voz y su eco,
y quien sabe si hasta Dios...
Mereciste vivir un año más.
Desearías vivir siempre y agotar la borra de los siglos.
Tu padre murió, tu abuelo también.
En ti mismo mucha cosa ya expiró,
otras acechan la muerte, pero estás vivo.
Una vez más estás vivo,
y con la copa en la mano
esperas amanecer.
El recurso de la danza y del grito,
el recurso de la pelota de colores,
el recurso de Kant y de la poesía,
todos ellos... y ninguno resuelve nada.
El cuerpo gastado se renueva en espuma.
Todos los sentidos alerta funcionan.
La boca está comiendo vida.
La boca está atascada de vida.
La vida escurre de la boca,
mancha las manos, la calzada.
La vida es gorda, oleosa, mortal, subrepticia.
Arrebatador fragmento de Lo-lee-ta.
«Un mediodía de verano, justo al borde de la espesura, donde unas flores de color celestial acompañaban todo el curso de un rizado arroyo de la montaña, encontramos –Lolita y yo– un lugar románticamente aislado, a unos cien pies sobre el paso donde habíamos dejado el automóvil. La pendiente nunca parecía haber sido hollada. Un último pino jadeante se tomaba un merecido descanso en la roca a que había trepado. Una marmota nos silbó y desapareció. Bajo la manta que tendí para Lo crepitaron blandamente unas flores secas. Venus fue y vino. El risco dentado que coronaba el talud y una maraña de arbustos más allá de nosotros parecía protegernos tanto del sol como del hombre. Pero, ay, no advertí una imperceptible huella marginal que serpeaba entre los arbustos y las rocas, a pocos pasos de nosotros.
»Fue entonces cuando estuvimos más cerca que nunca de ser descubiertos; y no es de asombrarse que esa experiencia mitigara para siempre mi sed de amores rurales.
»Recuerdo que la operación estaba terminada, terminada por completo, y Lo lloraba en mis brazos –una saludable tempestad de sollozos después de uno de los accesos de malhumor que se habían hecho tan frecuentes en ella durante ese año, por lo demás admirable–. Yo acababa de retractarme de cierta promesa hecha en un momento de pasión ciega e impaciente, y ella se agitaba y lloraba y pellizcaba mi mano acariciadora, y ya reía feliz, y el horror atroz, increíble, insoportable y, supongo, eterno que ahora conozco sólo era entonces un punto negro en el azul de mi bienaventuranza. Así estábamos ambos, cuando con uno de esos sobresaltos que han acabado por desquiciar mi pobre corazón, encontré la mirada en los ojos fijos, negros, de dos niños extraños y hermosos, un fáunulo y una nínfula, a quienes proclamaba parientes, si no gemelos, el mismo pelo oscuro y lacio y las mismas mejillas sin sangre. Estaban de cuclillas, observándonos, los dos con trajecitos azules, confundidos con las flores de la montaña. Tiré de la manta en un intento desesperado de ocultarnos, y en ese mismo instante, algo que parecía una inmensa pelota a pintas entre el sotobosque, a pocos pasos de nosotros, adquirió un movimiento rotativo y se transformó en la figura de una fornida dama que se incorporaba gradualmente y que con un movimiento rapaz agregó automáticamente a su ramillete un lirio silvestre, escrutándonos por encima del hombro, más allá de sus encantadores niños labrados en piedra azul.
»Ahora que mi conciencia es una confusión absolutamente diferente, sé que soy un hombre valiente, pero en esos días lo ignoraba, y recuerdo que mi propia sangre fría me sorprendió. Con la orden apenas murmurada que damos a un sudoroso animal adiestrado que yace distraídamente (qué loca esperanza, qué odio hace latir el flanco del joven animal, qué negro dardo atraviesa el corazón del domador), hice levantar a Lo y ambos caminamos decorosamente para correr después indecorosamente hacia el automóvil. Tras él estaba estacionada una camioneta rural y un apuesto asirio de barbilla azul de puro negra, un monsieur très bien con camisa de seda y pantalones magenta, sin duda el marido de la corpulenta botánica, fotografiaba gravemente el letrero indicador de la altura del paso. Estaba a más de 10.000 pies, y yo estaba sin aliento. Con un chasquido y una patinada, arrancamos. Lo aún luchaba con sus ropas y me maldecía en un lenguaje que nunca había imaginado al alcance de los niños, y menos aún en sus labios».