2015-12-30

Frágiles muñecas del olvido

Cuando a la gente que quiere ser mejor se le proponen modelos torpes y valores ilegítimos, el ridículo, la parodia instalan su reino. Cuando el ideal es ser fino y el molde es la cursilería, se acaba doblando el dedo meñique para tomar la taza. Pero esto no me causa gracia. No escribí Boquitas pintadas como una parodia, sino como la historia de gentes de la pequeña burguesía que, como primera generación de argentinos, debía inventarse un estilo.



El beso de sus Boquitas pintadas

2015-12-03

Los juegos satánicos


Era una biografía para Editorial Norma. Los periodistas querían dos cosas: incluir la propia palabra del biografiado y persuadirlo de que les permitiera grabar las entrevistas. Para conseguirlo fomentaron su vanidad.
En mayo de 2000, durante uno de los reportajes en una confitería de Lafinur y Libertador, le preguntaron qué les diría a sus compañeros de lucha armada de los años setenta. Él miró el grabador. De repente, empezó a acomodar las palabras, como si se tratara de la redacción de un memorándum de operaciones, y cerró con un protocolar: «Firmado, Rodolfo Galimberti».
«Después aseguró que la alianza con Estados Unidos era el único futuro para la Argentina, y empezó a defender el capitalismo desenfrenado, la teoría económica del derrame, la dolarización. [...] Sacó un arma [...] Poneme el fierro en la cabeza ahora. No estoy borracho, dijo Galimberti. [...]»
El acting siguió con insultos a ex guerilleros que formaban parte de la izquierda argentina: No les crean. No están dispuestos a morirse por lo que dicen. Son unos payasos. Lo juro por los muertos que tenemos. En una revolución verdadera se muere o se triunfa [...] Amartillame un fierro en la cabeza y te voy a decir lo mismo [...] Les muestro las balas de la recámara para que vean...
En una confitería enfrente de los bosques de Palermo, el grabador hizo que Galimberti actúe como un engendro bicéfalo que juega a dudar si hay o no balas en el arma. La biografía habla de la metamorfosis de Galimberti y deja librado a la imaginación del lector quién será capaz de disparar ese gatillo que el propio engendro ha puesto en su cienes bicéfalas.
Días atrás releí Estrella distante, de Roberto Bolaño. La anotación emerge porque la novela, dibujada sobre la premisa de rastrear a Carlos Wieder, un Alfredo Astiz de la fuerza aérea chilena, desemboca en una pieza de teatro con hermanos siameses; es decir, dos hermanos que comparten el mismo cuerpo. Dicha obra termina desplegando un mundo donde el martirio debe «tocar fondo». Wieder podría ser el autor.
La obra se desarrolla en «ciclos» que no escamotean «ninguna variante de la crueldad»: un hermano martiriza al otro, hasta que el martirizado se convierte en martirizador y viceversa. La acción transcurre en la casa de los siameses y en el estacionamiento de un supermercado «en donde se cruzan con otros siameses que exhiben una gama variopinta de cicatrices y costurones.»
Carlos Wieder se hacía llamar Alberto Ruiz-Tagle. Se lo vincula con revistas literarias de escaso tiraje, fotografías de atrocidades y pornografía. Usa distintos seudónimos: Masanobu, Juan Sauer. Es también el autor de un wargame estratégico de 1977 que recrea la Guerra del Pacífico, la contienda que enfrentó a Chile con los aliados Perú y Bolivia entre 1879 y 1883.
De las reglas del wargame de Wieder afloraban un menú de posibilidades mágicas. Por ejemplo, la reencarnación de Jesucristo en Arturo Prat. El juego incluye fotos de Prat, el comandante muerto en el batalla naval de Iquique, que «guardan gran parecido con algunas representaciones de Jesucristo».
Los aficionados al juego no tardaron en comprender las transfiguraciones que el juego permitía, o hacía posible, en la personalidad y el carácter de lo mandos de la guerra, y se preguntaban si «Prat-Jesucristo era una casualidad, un símbolo o una profecía
El apellido, Wieder, en alemán significa «otra vez, de nuevo, por segunda vez, de vuelta». La justificación del héroe de Estrella distante es intentarlo todo. Tocar fondo. Si tiene que ser será, como proponía Galimberti con la ruleta rusa. Por eso la biografía lleva por subtítulo: De Perón a Susana. De montoneros a la CIA.
Ante tal panorama, los pasos de comedia de la confitería podrían continuar años más tarde, horas más tarde, en la narración nocturna de Rosa Ostreech: «Camina a mi lado como un escudero corpulento, o un ogro gigante. [...] Cruzamos la avenida, hacia los bosques de Palermo».
El nombre, Rosa Ostreech, suena a «avestruz rosa» y parece extraído de Los versos satánicos. En la novela de Salman Rushdie, uno de los personajes, Rosa, se topa con un avestruz (ostrich, en inglés) mientras cabalga por su estancia argentina. Perseguido por un grupo de hombres a caballo, el avestruz cae tras ser alcanzado por una boleadora. Un hombre desmonta y, sin dejar de mirar a Rosa, degüella al avestruz.
La heroína de Las teorías salvajes seduce al ogro gigante con introducir la obra, sus escritos, en la facultad de Filosofía. Apunta a la vanidad del «left-handed writer» para tenderle una emboscada «usando todas las mañas y fintas» del ostrich. Rosa dice: «Esos vaivenes son esenciales al plan. Debo provocarlo para que la furia y la fascinación lo dejen absolutamente ciego, y no pueda pensar. Entonces mis pensamientos se derramarán por los huecos sintácticos de lo que se supone que es su voluntad, y no habrá salvación. No podrá escapar.»
El plan retrocede, se detiene, avanza de a ciclos en los bosques de Palermo. Rosa se retira por República de la India con la autoestima baja y el ogro termina esa noche con «algunas marcas rojas, magullones».

Los chicos juegan a la caza del avestruz. Usan bolas de madera liviana en lugar de las de plomo.
William hace de avestruz, corre tan rápido como puede y detrás se le encima una polvareda llena de gritos. Esquiva las boleadoras hasta que una se le enreda en las piernas y lo hace caer. Los otros lo rodean, sacan los cuchillos, le cortan la cabeza. Después se reparten la pechuga y los alones.
Entonces llega el momento de abrirle el buche para obtener una gran moneda de plata, un patacón, y en seguida se arma una pelea por la moneda imaginaria.
La caza recomienza: Wiliam Hudson se levanta, se une a los cazadores, y el chico que lo había boleado pasa a ser el avestruz.

Rosa hace de su propio cuerpo un laboratorio para enlazar al ogro: «El golpe no puede ser vano. Debo trocar su apetito venéreo por un excedente sangriento, lo que está en juego. No basta con obtener su desesperación, su rendición ante mis partes deliciosas. Tengo que lograr que junte la mayor fuerza y bestialidad y me enseñe la forma pura del monstruo del dominio y la destrucción [...]»
El drama acaece en El tigre en medio de los sueños del veterano con la guerra revolucionaria, total y prolongada. El bote flota en medio de un invisible cerco de fuego. Rosa es al Tigre lo que el grabador era a la confitería de Lafinur y Libertador. Sentada, ella lo espía relatar sabotajes, secuestros, encerronas, amenazas. «La conciencia individual se reduce a la vanidad». El left-wing peronist habla de explosivos y de una calibre 45. Sus «ojos cafés dinamita» clavados en Rosa. El ogro «está a punto» y la embestida se produce.

¿Dónde está la fuerza?
¿Se puede justificar a un compañero que canta en la tortura? ¿Y al que no canta, es por un coraje individual? No, no se puede justificar a un compañero que canta. No ha tenido la combatividad suficiente para dar esa batalla con la fuerza que tiene su condición militante, frente a un puñado de miserables que hasta en la misma necesidad de torturar muestran que están perdidos históricamente. Pero tampoco un compañero aguanta por sus virtudes personales, al no cantar está acercando el momento de nuestra victoria.

[Evita montonera. Agosto 1975]

El experimento avanza en el medio de un riacho: Rosa pide con voz muy débil: «¿Y, vas a cantar o no?». Así, como en el juego de Hudson, ella se levanta y el ogro pasa a ser el avestruz. Luego, el veterano, tragicómico e inestable, entona una treintena de consignas y cantitos de los setenta, por este estilo:

A la lata, al latero, las casas peronistas son fortines montoneros.
San José era carpintero y María era modista, y tuvieron un hijito guerrillero y peronista.
¡No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Evita y montoneros!
¿Dónde están, donde están, los faroles, donde están? Están en la sinagoga, leyendo a Carlos Marx.
Rucci, Traviata, moriste como rata.


La derecha peronista respondía: Putos en calzoncillo, los vamos a pasar a degüello y a cuchillo. ¡A la lata, al latero, queremos las cabezas de los jefes montoneros! ¡Rucci, leal, te vamos a vengar!
Próxima a cumplir ochenta y nueve años, Rosa señala un satánico avestruz que huye zigzagueante por las orillas.

Si Monopoly era el juego inspirador de aquel wargame de Estrella distante, los juegos con un toque new age que promueven un sentido ordenado del bien y del mal, conocidos como Moral Games o juegos cristianos, son el punto de partida en Las teorías salvajes para que dos jóvenes nerds, de familias progres o de izquierda, plasmen el videogame Dirty War 1975.
Se trata de una «aventura visual» con misiones u objetivos específicos, tales como: destruir las fuerzas enemigas, capturar armamentos, efectuar operativos exitosos, con el fin de ganar adeptos: «un número junto a una cabecita» en la esquina de la pantalla.
Enseguida, los creadores del juego empezaron a recopilar información de los jugadores. Los datos indicaban que muchos de los usuarios cambiaban alternativamente de bando y que la mayoría de los jugadores que preferían a Susana [huesuda, ágil, ojos negros penetrantes, mujer de prestigio, peronista] y a Mónica [brava, tetona, teñida de rubia, oficial de Policía] eran hombres.
Si bien las fluctuaciones de los jugadores al momento de intercambiar roles no les permitió «arribar a términos concluyentes», supusieron que ciertas características del juego influían en las «afinidades electivas» de cada jugador. Entre otras, la «voz urgente y melodiosa» del padre Carlos Mugica cuando un guerrillero era abatido; o, lo que es igual a decir, que el audio en sí mismo podía inducir muchas «jugadas kamikazes» que afectaban el equilibrio del juego y la fidelidad de las estadísticas.
Los creadores sabían que el videogame era perfectible. Borraron partes por tener «escaso quórum» entre ellos mismos, y, como jugadores que también eran, aprendieron que «a veces valía la pena dejar de participar, dejarse embestir y callar».
En el «clímax final» de Dirty War 1975, dos ideas asaltan la mente de los nerds:
a. La certeza de que a «igual carga moral involucrada —nula— [es] difícil adjudicar perfiles de preferencias».
b. Extraño juego [...] La única jugada ganadora es no jugar.

2015-10-02

La reliquia


Vanna estaba cautivada por la frase y dio por hecho que era del propio Eça. Yo tuve un instante de duda. No sería la primera vez que se atribuye a un escritor la cita de otro. Me figuré el itinerario del supuesto apócrifo: Eça emplea la frase de equis como epígrafe de su novela, la mención se pierde y la frase es atribuida a Eça. Pero mi sospecha comenzó a disiparse cuando leí que estaba cincelada en la estatua de Lisboa.
—El reino literario reproduce al otro —decía el texto de una conferencia chilena sobre «el criollismo» (1954)—; pero no debe copiarlo servilmente, sino estilizarlo, por medio de alusiones transparentes que tengan la consistencia de lo real, la fuerza de lo personal, y el valor genérico de las ideas que interesan a todos.
Punto y aparte, la frase:
—Hay una fórmula que hemos citado a menudo para expresar estas reflexiones: es la frase de Eça de Queiroz, grabada al pie de su estatua en Lisboa, y que sintetiza todo un código estético: «Sobre la vigorosa desnudez de la verdad, el diáfano manto de la fantasía».
Con pequeños cambios, la frase precedía las dos versiones en castellano que teníamos de La reliquia. Sin embargo, no aparecía en la edición portuguesa del proyecto Gutenberg.
Vanna comentó que cuando tenía diez años había estado de tránsito por Lisboa, apenas desde la media mañana hasta la noche. La suite del hotel internacional había corrido por cuenta de Varig, la empresa aérea, y no tenía nada que ver con las habitaciones de hotel en las que durante dos meses se había alojado con su familia. Aquellas otras habitaciones habían sido cuartos para dormir, dijo, donde siempre escaseaban las camas.
Busqué cómo llegar hasta la estatua:
Descendo pela Rua do Alecrim, em direcção ao rio, temos o Largo Barão de Quintela: um pequeno jardim com palmeiras e uma escultura em homenagem a Eça de Queiroz, obra em pedra, inaugurada em 1903, três anos depois da morte do escritor.
Hice al revés, ubiqué la costanera y desde allí, o para ser más preciso desde la rotonda del Duque de Terceira, subí por la Rua. El escaparate publicitario de la rotonda indicaba las 10:48 y 25 grados centígrados —só nós levantamos carros com macacos, decía el aviso de MasterCard.
La angosta Rua do Alecrim cuenta con carriles de tranvía que suben y bajan. Las fachadas de los primeros edificios están pintadas con graffitis. Después del paso a nivel hay, a la derecha, una edificación a estrenar con locales disponibles para lojas & escritórios. Crucé la bocacalle; en la siguiente esquina, a la izquierda, la fábrica de cerámicos y baldosas Sant'Anna, y quedé de cara a las palmeras donde se halla la estatua de Eça.
Me dije que con suerte vería la frase y pregunté a Vanna si en aquel día de tránsito había recorrido la ciudad o si al menos había alcanzado a dar una vuelta. Vanna hacía un find y respondió que la niña en tránsito, que ella había sido, hubo de retrasar el reloj pulsera cuatro horas, sin parar de imaginar que pronto estaría de nuevo en su casa. Aquella niña había dado ya por finalizadas las vacaciones europeas y el vuelo de la noche era una ensoñación que comenzaba en la suite del hotel. Mientras se desnudaba, sus dos hermanas menores, en compañía de los padres, cruzaban el río para ver a Lisboa desde el cristo gigante. Después de la cena, la niña habría de atravesar el océano en el avión de Varig, de manera que estaría muy cerca del Galeão al despertarse. Luego, en un pestañeo, por llamar así a la escala en Carrasco, el avión aterrizaría en Ezeiza.
La plazoleta está rodeada por carros estacionados, muchos de ellos, trompa con trompa, cola con cola, o mejor dicho, sin respeto por la mano de circulación, que es de sentido antihorario. También hay estacionados unos camiones y camionetas rojas. Avancé alrededor y reconocí el cuartel de los bomberos en la esquina noroeste de la Rua das Flores, detrás de Eça.
No, no anduve por Lisboa, observó Vanna. La niña desnuda fue hacia el cuarto de baño, vio de soslayo el perfil de sus tetas en el espejo y abrió el agua para un baño de inmersión. Entra y permanece recostada con los ojos cerrados, la espalda y la cabeza apoyadas en el declive de la bañadera, mientras el agua caliente cae lejos de sus pies. Está así durante un rato. El golpe débil del agua en la superficie se transforma unos centímetros más abajo en el rumor constante de las turbinas del vuelo de esa misma noche y la luz del aplique del espejo, en cierta manera, confiere al cuarto de baño la penumbra de la cabina de pasajeros.
Sumerge toda la cabeza en el agua. Durante unos segundos, el último recuerdo es la imagen en el espejo. Cuando alza la cara, mira con los párpados entornados el vapor que asciende alrededor y eleva el torso para que las tetas salgan a la superficie. Enseguida encuentra los pezones entre los dedos y empieza a tallar círculos jabonosos a su alrededor.
Vuelve a hundirse y alza otra vez la cara. Gira entonces el rostro hacia las esquinas iluminadas del techo y entrevé el despertar de la mañana siguiente en el avión.
Cuando sale de la bañadera, dejando atrás el vapor que empaña el espejo, se ciñe una bata blanca y cruza con los pies desnudos la habitación de los padres en dirección al sol que entra a través del ventanal y brota sobre el cubrecama.
En el balcón, se toma del pasamanos de acero pulido. Pese a la distancia, percibe el agua brillante, la traza del puente y alcanza a ver el cristo, que parece un muñequito del Jack. Las hermanas menores y los padres estarían contemplando el amplio río y el panorama de la capital portuguesa. Lleva las manos a la cintura y desata la bata. Eleva alternativamente los hombros para liberarse de las mangas y deja resbalar la bata hasta el piso. Vive una sensación deliciosa: sola por primera vez en dos meses. Se deja caer en una reposera. El cielo claro y el sol reluciente. Voltea la cabeza para mirar la hora de Buenos Aires en su reloj pulsera.
Su boca está entreabierta y el borde del labio superior se llena de gotitas. Saliva y sudor dimanan de una excitación breve, pero brusca. Pronto la saliva anega su boca y la traga. Seca las gotitas con la punta de la lengua y alisa con las manos la piel a la altura de su vientre, también sudorosa.
De improviso, el peso de la excitación cae o se deja caer en aquellas sosegadas horas que eran las de la tarde. La hace gemir, estremeciendo sus muslos y agitando su cuerpo en un balanceo rítmico. Son ramalazos de locura, de modo que la niña, sin terminar aún de entender, abre la boca y aprieta con sus dedos, varias veces y casi a su pesar, los labios, y el pelo revuelto le cuelga sobre los ojos.
A la noche, cuando el avión de Varig despegaba, la mirada de la niña vagó por la ventanilla. El último recuerdo, tras el cintilar nocturno de la ciudad, fue la suite para ella sola.
Ahora Vanna tomaba el contorno del labio inferior de su boca con la yema de los dedos, plegándolo, y miraba los resultados de su búsqueda.
Yo me acerqué lo más que pude hasta la estatua de Eça y vi unas manchas en las rugosidades de la base que podían ser el nacimiento, la muerte y el apellido completo del escritor. Pero no alcancé a distinguir la frase-epígrafe de La reliquia.
Por un momento, relacioné la falta de la frase con el esfumado de las patentes de los carros y las caras. Sin embargo, me pareció que la inscripción no era legible a causa de la distancia. También noté que se encontraba cubierta de una pátina verde, y deduje que era de bronce, aunque la Guía de Lisboa dijese que la obra estaba hecha en pedra.
Iba a comentar a Vanna estas cosas, pero ella seguía leyendo. Desplazaba el texto con gestos rápidos. Se detuvo. Volvió con el índice a verificar algo y en seguida pronunció:
—[...] no basta grabar el nombre en una piedra, la piedra queda, sí señores, se salvó, pero el nombre, si no se va a leer todos los días, se borra, se olvida, no está aquí.

Catálogo de la biblioteca de Mono de piedra

2015-08-31

Condenadas al olvido

No le temo al olvido, me preocupa llegar a ese lugar y que esté muy concurrido. @ciruelle

Eneas dejó atrás a su mujer en la confusión de la huida.

Me llevó a una colección de partes de diferentes rompecabezas.

Luis von Ahn quiso graficar la idea que tenía del bien.

Pero la película de Fernando Spiner tiene poco del penitente héroe.

Acabo de leer el título de la novela de Ricardo Piglia.

Fue pintado entre agosto y noviembre de 1933 por Siqueiros.

Aunque siempre la vi como arbusto.

Regresé a México para el primer aniversario.

Borges dice que José Hernández no «silencia la realidad».

J. L. Borges: Sur número 32, mayo 1937

Recuesto la cabeza en las diez entradas más leídas —Onetti dice en la cama— haciendo resbalar mis labios agradecidos. Hay dos o tres que están entre mis preferidas. Ya habrá oportunidad de compartir el top ten de esas auténticas condenadas.