Mostrando entradas con la etiqueta flaubert. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta flaubert. Mostrar todas las entradas

2020-10-27

La ballena y el obelisco

Mientras escribía La ballena y el obelisco me preguntaba acerca de lo que recordarán al cabo de sesenta años los chicos y los jóvenes que visitaron Tecnópolis. ¿Qué recuerdos habrá de Tecnópolis en 2075?
A partir de 2016, la megamuestra fue reducida a una especie de escenario itinerante de folclore. Desde julio 2020, en tiempos de COVID 19, el predio original de Villa Marteli fue convertido en centro de internados leves.
¿Qué recuerdos habrá?
Nos acordamos acaso del video mapping que exhibía una ballena sumergida en las aguas del Atlántico Sur al momento de la presentación de los carreras de remos, durante la Ceremonia Inaugural de los JJOO de la Juventud llevada a cabo en el obelisco hace dos años, con acróbatas de Fuerza Bruta remando sobre la pared sur.

2019-06-18

THE WHALE AND THE OBELISK

«La piel mostraba una herida. El arpón de acero también estaba allí, con su asta de madera y su soga. Ernesto entró en la boca, tomado de la mano de su madre. La garganta era iluminada por una bombita. No lo soñé, dijo Ernesto.»


2019-05-28

THE WHALE AND THE OBELISK




2019-05-09

THE WHALE AND THE OBELISK

«A medida que volteaba las páginas, el joven que mi padre tenía en su memoria caminaba en los años cuarenta del siglo pasado por el obelisco. Abriendo unas solapas, la Feria del Libro, emplazada en la avenida entre Cangallo y Bartolomé Mitre, mostraba las vísceras, como los modelos anatómicos de papel maché del Dr. Auzoux al levantarles el tórax. Tirando dócilmente de unas lengüetas, la Feria se transformaba en una Exposición Industrial y de Armamento Militar, o en una de Minería e Industrias Afines. Entremedio de esas exposiciones monumentales, montadas en fechas diferentes, y a la vez efímeras, el libro pop-up proponía buscar a Moby Dick.»



Read on Twitter ...

2019-04-17

THE WHALE AND THE OBELISK


2019-04-03

THE WHALE AND THE OBELISK



2015-08-27

Tú y tus refranes

Merche y Antonio tienen que ir a hablar con la abogada de Luisa. Confían en no tener que ir a juicio. Pero la abogada querrá llegar hasta el final y Antonio intentará convencer a Merche de que no declare en contra de Mauro, ya que si va en contra de su socio, va también en contra de la bodega.


MERCHE. No te pongas así, hombre. ¿Por qué pones esa cara?
ANTONIO. Ya sabes tu muy bien por qué.
MERCHE. Bueno, tenemos que ir. Si quieren hablar.
ANTONIO. A mí no me importa hablar con Luisa, mujer, lo que pasa es que ir al despacho de su abogada a hablar con ella, no me gusta.
MERCHE. Es lo menos que puedo hacer.
ANTONIO. Pero no te das cuenta que somos la parte demandada. ¿Ya me contarás qué pintamos tu y yo allí?
MERCHE. A lo mejor quieren llegar a un acuerdo.
ANTONIO. Mira Merche, si quieren llegar a un acuerdo, que me lo manden por escrito, o que hablen con el abogado de Mauro, y que nos lo comunique, coño. A ver si nos va a pasar como lo del refrán: Que el que da de comer a perro ajeno, se queda sin pan y se queda sin perro.
MERCHE. Tú y tus refranes, anda, vamos.
ANTONIO. Sí, vamos.


En tantos años de mirar Cuéntame estuve muchas veces tentado de hacer un comentario referido a los libros que leen los personajes. Por ejemplo, en este capítulo de la escena entre Merche y Antonio aparece María leyendo La historia sin fin en la cama, y en el capítulo siguiente es Antonio el que después de cenar se encierra en el dormitorio a leer. La novela que lee es La guerra del general Escobar. Cuando llega Merche, le cuenta con ironía: La guerra del general Escobar. No sabes qué interesante. Un hombre que era un Guardia Civil muy religioso, con unas hijas religiosas y con una serie de ideas, bueno, pues por sus convicciones, por lo que había jurado a la República, el 18 de julio evitó el levantamiento militar en Barcelona. Resultado: un desastre Merche, tres años de guerra. Por seguir sus convicciones. No recuerdo otro capítulo en que uno de los personajes explique lo que está leyendo. Los personajes leen en la cama y sólo se ve el título de la tapa.
Otro elemento que aparece seguido son los refranes, como el de dar de comer a perro ajeno. Ahora se me ocurre que las lecturas y los refranes en boca de los personajes responden a la tradición cervantina de la narración.
El caso es que nunca había escuchado el refrán del perro ajeno. El refrán y la novela citada aluden al principal conflicto de esta temporada de Cuéntame: Merche da empleo a Luisa en la bodega, pero la despide cuando la encuentra en las oficinas besándose con Mauro, el otro socio. Después Luisa inicia un juicio por abuso o acoso sexual.




En la escena que dura menos de un minuto del capítulo 286, el refrán en boca de Antonio tiene por intención advertirle a Merche que si dan lugar a la demanda de Luisa, o toman partido por Luisa, se quedarán sin Luisa y sin bodega. El uso corriente de dar pan a perro ajeno impacta con este significado:

Quien obtiene beneficios por interés comúnmente los pierde. Es inútil dedicar atención y consideraciones con fin interesado a quienes conocemos superficial o circunstancialmente y no forman parte de nuestro entorno habitual, pues por lo general no se obtienen beneficios.

El refrán hizo que reparara en la cola del perro de Alcibíades. Léon Gozlan advierte en el último acto de su comedia que si la sociedad habla en modo muy desfavorable de alguien o si acaso lo olvida a pesar de sus virtudes y buenas cualidades, corte pronto éste la cola de su perro.
Mi perro find no encontró «proverbe» en el diccionario de «idées reçues» de Flaubert, pero me trajo esta otra entrada:

ALCIBÍADES. Famoso por la cola del perro. Tipo libertino. Se encontraba a menudo con Aspasia.

Aspasia de Mileto sería de otro capítulo o parte de una historia interminable. Hay frases y refranes para todo; una ruleta rusa, ¿no?

Cuéntame como pasó - Temporada 16 - Capítulo 286
CVC Refranero
Abecedario de dichos y frases hechas

2012-10-02

¿Qué tendrán las reliquias que nos excitan tanto? ¿Acaso creemos que las palabras no son suficientes? ¿Pensamos que los restos de una vida contienen una verdad extra?

El loro de Flaubert está construida sobre la base de preguntas. Por lo menos hasta aproximadamente la mitad.
Al comienzo, el doctor Braithwaite camina a lo largo de la Avenue Gustave Flaubert en busca del museo del escritor. Puedo repetir ahora el trayecto.
A mi izquierda, una joven estira la mano para repartir planillas entre las personas reunidas en la puerta de una auto école; en la vereda opuesta hay una panadería y más allá sigue estando el bar Le Flau­bert; tomados de la mano, una pareja viene en sen­tido contrario al mío; antes de llegar a la esquina con la Rue de Buffon, resaltan los pantalones reflectivos de color naranja de un barrendero negro; una cuadra más ade­lante, donde termina la Avenue Gustave Flaubert, está la verja de la actual Prefectura; en las inmedia­ciones hay una Mercedes de Ambulance Alpha y ninguna Peugeot que lleve el apellido del escritor, pero aparece un mendigo; más allá, do­blando hacia la izquierda por la Rue de Lecat, en la vereda impar se encuentra el Musée Flaubert.
Su mano, medio oculta en la penumbra, tantea los cuatro escalones de la entrada.
—¿Dónde es?
Hago avanzar la Rue de Lecat.
—¿Adónde vas?
Los escalones grises, a causa de mi maniobra, dejan de ser señalados; ahora introduce sus ojos en dos hombres con jeans y una mujer de brazos cruzados que se hallan más adelante, cerca de un teléfono público. Fija en mí sus ojos sin pestañear, pero no respondo.
—¿Querés ver a la niña muerta? —sonríe, invitán­dome. La muerte de Worcester fue una travesura que rastrearon las cámaras por casualidad.
Como si estuviéramos buscando el lugar donde Rouen cobrara más densidad, posa su mano y hace que retro­cedamos. Se queda inmóvil en la cabina de teléfono, mirando ahora a un hombre de indumentaria depor­tiva y a un muchacho que lleva puesta una campera con capucha que le cubre la cabeza; sin embargo, desde otro punto de la calle, situado aproximada­mente a la altura de la entrada del museo, basta asomarme a sus ojos para reconocer que el hombre y el muchacho ya no están en la cabina y en cambio aparecen nuevamente los dos hombres de jeans junto a la mujer de los brazos cruzados. Frente a la Prefectura, en la esquina con la Avenue Gustave Flaubert, ella me reconoce extraviado en la contempla­ción del mendigo que sigue ahí, no está o se aleja de espaldas a nosotros en dirección al museo por la ve­reda par de la Rue de Lecat.
Las letras blancas en el asfalto señalan el carril exclusivo del ómnibus. Sus ojos es­crutan el carril hasta la parada vacía.
—En serio, ¿dónde estamos?
—En Rouen.
De repente, en la parada surgen dos mujeres que conversan.
Lo que despierta interés es lo aleatorio. Supongo que a ella le está sucediendo lo mismo y que las personas capturadas la incitan a moverse sin miramientos por la calle del museo y la avenida. Permanece fija en las caras y, sobre todo, en la única que no está difuminada, la del barrendero negro.
Veo a sus ojos ir y venir tanteando cada uno de los ocultamientos. Ahora los sigo, entre sorprendidos y burlones en su cara comida por la oscuridad, y veo que una vez más se fijan en la cara del barrendero negro, que no está borrada. Se le escapa una exclamación:
—¿Será un experimento?
—Ni siquiera —digo.
—El cuerpo fue borrado entero.
Adivino que se refiere a la niña de Worcester. Tan pronto como los vecinos atisbaron el cuerpo, tumbado boca abajo y con los pies desnudos —el calzado, unos zuecos plásticos de color lila, estaba desparramado abajo del cordón, sobre el asfalto—,  llamaron al Worcester News.  Las alertas telefónicas dejaron en el periódico local constancia de un hecho de violencia en la vereda par de Middle Road, entre Great House Road y Pitmaston Road, que por mínimo que fuera o hubiese sido —habían transcurrido cinco meses desde la publicación de la toma— demandaba ser investigado. A la mañana siguiente, cuando los vecinos despertaron, la niña emergía con una sonrisa de las páginas del periódico. El solerito a cuadros con los colores de la Union Jack resaltaba nítido contra el plano desolado de Middle Road. Ante la inquisitoria periodística, la niña precisó que la escena era del verano anterior y que la había fingido sólo como parte de un juego con otro niño.  Una vez que apareció el artículo en el periódico local, los medios de comunicación se lanzaron a Worcester sin interrupción. Un corresponsal nacional del Telegraph Media Group se dirigió a la madre del compañerito de juegos de la niña para hacer comprobaciones acerca de la impresión que ella hubo de experimentar ante la pavorosa escena. La madre, que pidió al corresponsal no ser identificada, confesó que cuando se enteró de las imágenes salió a dar un vistazo a la vereda y le pareció genial.
—Quizás no le borraron el rostro al negro —digo— porque se trata de un trabajador público.
—Naaa.
Se aleja ahora de Rouen para avistar en Escocia al hombre con cabeza de caballo.
Me comenta que el hombre fue sorprendido por lo menos dos veces con la misma máscara de látex en diferentes zonas de Aberdeen; la primera vez, tieso como un granadero delante de la pared que da al fondo de una casa que se en­cuentra a pocos metros del río Dee; la segunda, en el acceso a un campo de deportes de las afueras de la ciudad, casi a cinco kilómetros al noroeste de la primera, con la mano derecha en el bolsillo del pantalón y en com­pañía de una joven que vestía un uniforme de secundaria.
Atisba la pared como si fuese a traspasar el muro del castillo de un cuento de hadas, donde la princesita duerme junto con sus nodrizas y sirvientes un sueño de cien años. La silueta compuesta de los zapatos, los pantalones oscuros y la polera violeta del hombre de cabeza de caballo es visible. Sin embargo, la máscara, a la manera de las caras de Rouen —excepción hecha de la del barrendero negro— está difuminada. Por el contrario, en el otro sitio, en las afueras de Aberdeen no quedan rastros. El hombre con cabeza de caballo y la estudiante de secundaria no están. Ambos fueron borrados por completo, de la misma manera que ocurrió con la imagen de la niña de Worcester.
—Siempre imaginé a los cuerpos vesubianos más grandes que los nuestros. Pensé que eran preciadas reliquias porque se trataban de calcos de la muerte. Acaso esa proporción se debió, y se debe, a la contemplación con ojos de niño. Quels documents pour l'histoire future.
Ella observa el campo de deportes de Aberdeen como si fuese el límite de una civilización extraña, o algo así.
—Los trayectos hasta el museo, tanto el de la novela de Barnes como el que nosotros acabamos de realizar, y el recorrido hasta dar con el hombre con cabeza de caballo, y también el que nos llevaría a la niña muerta, todos, incluida la barrera de coral, enfrente de Queensland, me dan la impresión de ser una Pompeya en fragmentos.
—Quiero rodar por el mar de corales.
—¿Por qué no? —digo a los ojos expectantes de pulseras.


Olvido las anticipaciones, recuerdo el cuento de Las mil y una noches: El pescador y el genio. Hay una escena con un sultán que iba a buscar una laguna de la que provenían unos peces prodigiosos. Afrontó una llanura desierta, ubicó la laguna y acampó. Después de una larga vuelta exploratoria, al cabo de dos días, se topó con un castillo, cuya puerta de hierro se encontraba abierta. Ingresó y contempló una fuente asombrosa en el centro de un patio. Había pájaros que no podían escapar del patio a causa de una red extendida en lo alto. Llamó su atención que no había nadie. Anduvo por los corredores, observó que los salones estaban revestidos con tapices y muebles magníficos. Pero no encontró a nadie. La escena finalmente termina cuando oyó un gemido humano que provino del otro lado de un tapiz. El sultán lo descorrió y pasó a una imponente habitación, donde estaba un joven echado en una cama. Se acercó y vio que el joven se encontraba petrificado de la mitad del cuerpo hasta los pies.


2012-03-09

¿Importan los libros que los escritores no llegan a escribir? Es fácil olvidarlos, dar por supuesto que la bibliografía apócrifa sólo puede contener ideas malas, proyectos justamente abandonados, embarazosas intuiciones iniciales. No tendría por qué ser así: las ideas iniciales suelen ser las mejores, y menos mal que luego son animosamente rehabilitadas por las terceras ideas tras haber sido estropeadas por las segundas. Además, una idea no siempre acaba siendo abandonada debido a que no ha podido pasar una prueba de calidad. La imaginación no produce de forma anual como los frutales. El escritor tiene que aprovechar todo lo que encuentra: a veces, más cosas de la cuenta; otras, poquita cosa; y otras, nada de nada. Y en los años de superabundancia siempre hay en algún frío y oscuro desván, algún cajón que el escritor visita de vez en cuando; y sí, vaya hombre, mientras él estaba trabajando con tesón en la planta baja, arriba en el desván siguen esas pieles arrugadas, esos avisos de alarma, un repentino hundimiento pardo y el retoñar de los copos de nieve. ¿Qué puede hacer el escritor con todo eso?


Vanna trajo este resto de cerámica de la orilla del mar.
Pero en el tiempo transcurrido, seis años ya, consideré olvidada para siempre la novela en la cual había leído algunas de las inscripciones.
Aquel verano, Vanna y Flor partieron muy temprano desde Cabo Corrientes hasta Playa Grande. Flor quería juntar caracoles que tuvieran un agujerito en el borde de la abertura para luego enhebrarlos y armar pulseras. Una compañera de colegio, le había mostrado a Flor las pulseras que había hecho y le había dicho que el mar durante la noche formaba montañas de caracoles en Playa Grande. Así que para hacer una buena cosecha de esos caracoles era conveniente ir a Playa Grande al amanecer.
Me enteré de los detalles el día que llegué. Por la noche, Flor se quedó con la abuela y antes de cenar visitamos con Vanna el Museo del Mar. Mientras estábamos en el bar del museo, rodeados del oscuro movimiento de los grandes peces del acuario, Vanna me mostró el trozo de cerámica con las inscripciones en inglés. Me contó del madrugón con Flor y que había encontrado esa bella pieza en el vertedero que deja el mar, el mismo de donde Flor recogió dos bolsas de súper, repletas de caracoles. Vanna suponía que podría haber sido parte de la vajilla inglesa de algún transatlántico. Seguramente sería parte de algún plato, pero se me ocurrió que las inscripciones podrían indicar el nombre del barco. De repente, me vino a la mente Bouvard y Pécuchet o, para ser justo, el recuerdo visual de que en la novela de Gustav Flaubert se nombraba ...ON BROS, HANLEY, ...TOKE ON TRENT. Pero los personajes de Flaubert engloban tantos libros, autores, sitios, héroes y despropósitos que esa imagen bien habría podido ser falsa.
Después de aquel verano, la cerámica fue a parar junto a los fragmentos de azulejos blancos que habitualmente recogemos de la playa de escombros de Buenos Aires. También guardamos piezas transparentes, que son pedacitos de vidrio de botellas, y de color de polvo de ladrillo, que no son otra cosa que cachos de ladrillos de demolición, y celestes o verdes, que son fragmentos de vidrio y de azulejos de esos colores. Cinco colecciones de restos y escombros de la ciudad. Piedras pulidas por el Río de la Plata que, de lo contrario, se habrían vuelto granos de arena.
Pero hace pocos días, en otra playa muy diferente a la de seis años atrás, Vanna hizo que yo viera de dónde era que había recordado las inscripciones de la cerámica.
Los médanos ahora nos protegían del viento. Ella devoraba los pasos del escritor Nathan Zuckerman por Nueva York y yo volvía a errar por Rouen y Croisset en compañía del doctor Geoffrey Braithwaite. La interrumpí para leerle un parágrafo —arriba, en bastardilla— que pertenece a Los apócrifos de Flaubert, capítulo de El loro de Flaubert, de Julian Barnes, que en la edición francesa lleva por título: Les oeuvres secrètes de Flaubert.
—¿Qué puede hacer el escritor? —señaló Vanna al fin del parágrafo.
—El doctor Braithwaite opina que ya hay demasiados libros —comenté, y Vanna me pidió que continuara.
Había leído por primera vez El loro de Flaubert hacía más de diez años. La traducción al español, como la edición original en inglés, refiere a esas «obras secretas» como apócrifos de Flaubert, en el sentido de que serían textos atribuidos a Flaubert, pero que nunca habrían pasado de ser esbozos. Se mencionan los cambios o un final diferente para L'Education sentimentale, la conclusión definitiva de Bouvard et Pécuchet, una autobiografía, la traducción del Candide y algunos no-libros, que habrían llevado por título Une nuit de don Juan y La Spirale, así como también una novela de caballería, etcétera. Sin embargo, en la arena de los médanos, tendido boca abajo al lado de Vanna, no recordaba nada de estas páginas.
En la novela, es un médico, el doctor Braithwaite, quien pasa revista de los libros secretos y cita una carta de 1844, en la cual Flaubert expresaba que leyó veinte veces el Candide y que lo tradujo al inglés. El doctor Braithwaite dice que esto no le suena a una tarea para el hogar, sino más bien a un ejercicio de escritura que Flaubert se habría impuesto a sí mismo. Pero observa que a juzgar por el uso errático que Flaubert hacía del inglés en sus cartas, la traducción habría conferido un toque de comedia al sarcasmo característico de Voltaire. A modo de ejemplo del «Gustave’s erratic use of English», el doctor Braithwaite menciona que en unas notas de 1866 sobre los azulejos Minton, tomadas durante una visita al museo de South Kensington, en Londres, Flaubert cambió «Stoke upon Trent» por Stroke upon Trend .
De repente, Vanna interrumpió mi lectura en voz alta.
Fue solamente un instante, pero durante el cual me había quedado pensando en el humor de Julian Barnes, quien a través de su médico-biógrafo, compartía la anécdota de Flaubert en el museo, que asociaba, con intención o no, a aquellos azulejos con algo así como un Infarto de Moda. Vanna, con emoción, dijo:
—Puede ser el sello de la cerámica inglesa: «Stoke upon Trent».
—Pero sí —me eché a reír porque era de las páginas de esta novela sobre Flaubert, y no de Flaubert, de donde yo había recordado las inscripciones.
De vuelta en Buenos Aires, con la nota de Flaubert corregida por Barnes, averiguamos que tanto los azulejos como la cerámica provenían de un importante centro alfarero de Inglaterra que data del siglo XVIII, al punto que se lo conoce desde entonces como the Potteries o las Alfarerías.


Esta región abarcó seis pueblos, cuyos límites se fueron expandiendo, hasta que a comienzos del siglo XX conformaron una ciudad, denominada oficialmente STOKE ON TRENT. Este es el nombre grabado en el trozo de cerámica, aunque le falta la «S» de STOKE.
Los seis pueblos son en la actualidad barrios o vecindarios, pero conservan sus antiguos nombres: Tunstall, Burslem, HANLEY, STOKE UPON TRENT, Fenton y Longton.
La ciudad STOKE ON TRENT se encuentra en el centro de Inglaterra; HANLEY resulta ser el nombre que aparece entre paréntesis en la cerámica encontrada y es el centro de la ciudad; STOKE UPON TRENT es un barrio del sur, donde se hallaba la primera fábrica de los azulejos Minton. De suerte que enhebrando azulejos y cerámicas, a la manera de Flor con sus caracoles, pude hacer una especie de mapa-pulsera. Resta todavía dar con el objeto del que procede la cerámica.

2011-12-09

Acabo de terminar la etapa de soldados de Gerónimo y Miguel. Me basé en la tercera de las cronologías de Flaubert’s Parrot, escrita en primera persona y que empieza en 1842:

Me and my books, in the same apartment: like a gherkin in its vinegar.

Para ayudarme con la cronología simultánea hice un mapa de los tiempos de soldados y cautivos.


El soldado castellano Miguel de Cervantes (nacido en 1547) y el soldado aragonés Gerónimo de Passamonte (nacido en 1553) fueron compañeros de armas desde agosto de 1571 hasta octubre de 1573; durante ocho meses estuvieron encuadrados en el tercio de don Miguel de Moncada, y juntos tomaron parte en la batalla de Lepanto, en la acción de Navarino y en la conquista de Túnez.
Ambos fueron apresados por los turcos y cautivos: Gerónimo de Passamonte de 1574 a 1592, y Miguel de Cervantes de 1575 a 1580, pero sin que entre ellos hubiera entonces ninguna relación, porque el primero navegó como remero forzado por Turquía y el norte de África, y el cautiverio del segundo se redujo a Argel.

Forse altri canterà con miglior plettro.

2009-02-18

El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro.

La frase de Barthes me ha inducido a subir Fragments d'un discours amoureux al ipod.
Miro los índices y me pongo a leer «Los lentes oscuros»; recorrí el museo con lentes para sol, me reí mucho.
Interrogaba las obras sin dar respuesta cabal a nada. Observé cautivado la belleza de unas piernas de bronce [...] el sujeto amoroso se pregunta no si debe declarar al ser amado que lo ama [...], sino en qué medida debe ocultarle las "perturbaciones" (las turbulencias) de su pasión: sus deseos, sus desamparos, en suma, sus excesos (... su furor).

Leo de a saltos el libro al que pertenece la frase-lenguaje-piel. Las figuras surgen en mi cabeza sin ningún orden, puesto que dependen en cada caso de un azar (interior o exterior). [...] el enamorado extrae de la reserva (¿el tesoro?) de figuras, según las necesidades, las exhortaciones o los placeres de su imaginario [...] como un calendario perpetuo, como una enciclopedia de la cultura afectiva […]

Michael Foucault escribió sobre La tentation de saint Antoine, de Gustave Flaubert. Dijo entre otras cosas que la riqueza [de lo fantástico] se halla virtual en el documento. Para soñar no hay que cerrar los ojos, hay que leer.

Iba por el corredor del museo y me frené en el kiosco ante la pintura de un desnudo femenino. Me había parecido la joven del picnic de Édouard Manet (Le déjeuner sur l' herbe / Le bain), es decir, la figura desnuda que en el pabellón de pintura argentina había asociado con un óleo de Sivori. La asociación había ocurrido un rato antes frente a El despertar de la criada. Pero, en el corredor, enseguida pensé: No, no es la mujer del picnic.
Pero días más tarde, me di cuenta de que se trataba de la reproducción de otro Manet: La ninfa sorprendida. El perfil de la figura desnuda me había atraído como un imán, pero al detenerme para verla de cerca pensé que estaba errado. Sin embargo, eran del mismo pintor.
¿Y la modelo? ¿Habrá sido la misma? Quiero volver al museo para ver especialmente la ninfa de Manet. Abajo el rostro plácido de la otra, la del museo D' Orsay.













Flaubert es a la biblioteca lo que Manet al museo. Ellos escriben, pintan en una relación fundamental con lo que fue pintado, escrito o más bien con aquello que en la pintura y la escritura permanece infinitamente abierto.
[…] cada obra literaria pertenece al murmullo indefinido de lo escrito. Flaubert y Manet han hecho existir, en el arte mismo, los libros y las telas.