Nada fácil aterrizar.
Recién cuando llegué a Ouvroir usé la tecla de PgDn, mientras tanto seguí cayendo a lo Tony.
Nadie por las calles, nadie en la playa. Me dejé crecer un poco la barba y el pelo. Aprendí a arrojar besitos, a aplaudir y a tirarme pedos. Una fiesta nocturna, la verdad.
Encontré a un alma sentada en el pasto con los ojos cerrados, en medio de una especie de granja, llena de patos y de caballos. El alma tenía las plantas de los pies juntas, la espalda derecha y las manos por encima de las rodillas. Aplaudí desde unos tres metros, aproximadamente. Otra vez más, desde dos metros. Siguió en trance.
Eché a volar.
Pasé rozando unos edificios y me embrollé, porque a medida que cambiaba de dirección, la hora del día oscilaba entre la noche y la mañana. Choqué y caí con el método time tunnel; es decir, primero en remolino y por último a pique.
A nivel del mar era noche. Anduve a pie por unas calles bien iluminadas, hasta que vi a mitad de cuadra otro avatar y me acerqué para poner a prueba alguna estrategia de conversación. Puede usted llamarme Ismael, dije. Whenever I find myself growing grim abouth the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul, recité. Call me Ishmael, insistí. Me percaté que el avatar tenía la cabeza gacha, como si el power le hubiera bajado. Imaginé a mi propio avatar en off. Horrible visión.
Qué descuido, abandonar así al homúnculo.
Seguí por ahí, con esas aciagas imágenes en mi cabeza. En eso estaba, cuando las tinieblas se disolvieron maravillosamente al toparme con una joven que vestía una lencería muy sexy y hervía en corazones rosados. Los corazones brotaban de su cuerpo, o de su lencería rosada, no sabía yo bien, pero eran rosadísimos. Le arrojé besitos.
Corazones.
Sos alguien o sólo una caldera de corazones.
Dije y me arrepentí.
Rosadísimos siguieron brotando, como por un surtidor. Muda la chica muy sexy. Sonó un timbrazo. Dejé todo y fui a ver. Era Ricardo Velázquez, vecino del tercero L, que cumple ochenta y seis a fines de julio. Quería mostrarme que había conseguido el repuesto para la lamparita de la heladera. Fui tranquilamente hasta lo de Ricardo, seguro que al volver encontraría al surtidor rosadísimo en el mismo lugar. Pero no, no.
Dime que ves, susurraba el mensaje.
Postrero y único. Me sentí un legítimo homúnculito.
Ingresé a un teatro, con bronca.
En primera fila había dos.
Nada.
Lancé unos pedos y salí.
Surqué durante unos segundos el cielo estrellado, pero otra vez lo mismo, se hizo de día y me llevé por delante un techo de tejas.
Ya no daba más. Quedé incomunicado, encerrado en un altillo de dos por uno. Y para colmo a dos aguas. No tenía escapatoria, no había agujero. Second Life parecía reconstruirse luego de mis colisiones.
No cabía yo ahí adentro.
Desesperadamente empecé a desplegar menús, leí «Reportar abusos». Mi mente se esperanzó inútilmente en la llegada de una ninfa voladora, que tomara el asunto por las astas, o al menos el techo a dos aguas y lo arrancara de cuajo.
Urgido de aire, desplegué las herramientas y, sin reflexionar demasiado, hice click en «Teletransportación».
Se abrió una cascada de ventanas, que ofrecían visitas a zoológicos, casinos, sambódromos, etcétera. Elegí una isla estrellada y en idioma de Oriente; cualquier cosa con tal de abandonar de inmediato el Portal de Bienvenida en español.
Sin bolso de viaje, exclamé: God keep the! A sabiendas de que nadie me oiría.





