A raíz del premio AENA o del marketing, mi amiga me recomendó el cuento del hombre sin suerte. Así lo llamó, porque no recordaba el título: Un hombre sin suerte.
No lo tomé como algo personal y le dije que lo leería. Al cabo de unas pocas líneas me di cuenta de que ya lo había hecho, pero ¿qué sentido tiene decírselo? Imagino a Schweblin con la cabeza inclinada, la sonrisita de costado. Conocía a Schweblin desde hacía ya diez años, cuando compré en una mesa de saldos el libro que incluye Matar a un perro.
Animales, niños.
Dos décadas antes, había leído Primer amor, últimos ritos. No era descubrimiento alguno leer Matar a un perro ni Un hombre sin suerte.
Me pregunto qué diría Rulfo de los cuentos de Schweblin. Incluso Roa Bastos, que a mi amiga le gusta.
Cortázar. Pienso ahora en Después del almuerzo.
2026-04-17
No se culpe a nadie
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Escritores: cortázar, mcewan, roa bastos, rulfo, schweblin
2011-05-02
Aura murió el 25 de julio de 2007. Regresé a México para el primer aniversario porque quise estar donde había sucedido, en esa playa de la costa del Pacífico. Ahora, por segunda vez en sólo un año, me encuentro volviendo sin ella a la casa en Brooklyn.
Tres meses antes de su muerte, el 24 de abril, Aura había cumplido los treinta. Nosotros habríamos cumplido dos años de casados, a no ser porque nos faltaron veintiséis días. La madre y el tío de Aura me acusaron de su muerte. No es que yo me considere inocente. En el lugar de Juanita, sé que yo también hubiera querido que me metieran preso. Aunque no por las razones que ella y su hermano dieron.
A partir de ahora, si tenés algo que decirme, escribilo —esto fue lo que Leopoldo, el tío de Aura, me dijo por teléfono cuando asumió la representación de la madre de Aura en el pleito contra mí. No volvimos a hablar desde entonces.
Cada vez que se despedía de su madre, ya fuera en el aeropuerto de la ciudad de México, o solamente al momento de dejar el departamento de su madre por la noche, o aún cuando ellas se despedían después de cenar en un restaurante, su madre levantaba la mano para hacer la señal de la cruz y susurrar un corto rezo a la Virgen de Guadalupe para que protegiera a su hija.
Los axolotl son un tipo de salamandra que nunca metamorfosean más allá del estado larval, algo así como renacuajos que nunca devienen en ranas. Solía haber en abundancia en los lagos de la antigua ciudad de México y eran la comida preferida de los aztecas. Hasta hace poco, se decía que los axolotl vivían en los canales salobres de Xochimilco; en realidad, ellos se encuentran prácticamente extinguidos y en la actualidad sólo sobreviven en acuarios, laboratorios y zoológicos.
Aura amaba un cuento de Julio Cortázar acerca de un hombre que resulta tan hipnotizado por los axolotl en el Jardin des Plantes de París que se convierte en un axolotl. Todos los días, a veces incluso hasta tres veces por día, el hombre anónimo de esta historia visita los aglomerados acuarios del Jardin des Plantes para clavar los ojos en esos extraños animalitos, en sus cuerpos lechosos y traslúcidos, en las delicadas colas de lagartija, en sus rosadas, planas y triangulares caras aztecas, en los minúsculos pies con dedos casi humanos, en la extraña ramita rojiza que brota de sus branquias, en el dorado brillo de sus ojos y en la forma en que ellos casi nunca se mueven; sólo muy de vez en cuando hacen temblar sus branquias o de repente nadan con una sencilla ondulación de sus cuerpos. Parecen tan de otro planeta que el hombre se persuade de que no son justamente animales y de que guardan alguna misteriosa relación con él: en cierta forma están esclavizados mudamente dentro de sus cuerpos y con sus pulsantes ojos de oro están suplicándole que los salve. Un día el hombre está mirando a los axolotl como de costumbre, su cara pegada al vidrio del acuario, pero ahora, en el medio del párrafo, el «yo» se enuncia desde el interior del acuario, mirando la cara del hombre contra el vidrio; así ocurre la transición. El cuento termina con el axolotl anhelando haber tenido éxito en comunicar algo al hombre y haber conseguido tender un puente entre ambas silenciosas soledades. El hombre ya no visita el acuario porque se encuentra en alguna parte, afuera, escribiendo un cuento sobre qué es ser un axolotl.
La primera vez que Aura y yo fuimos juntos a París, unos cinco meses después de que ella se viniera a vivir conmigo, Aura quiso, más que cualquier otra cosa, ir al Jardin des Plantes a ver los axolotl de Cortázar. Ella había estado antes en París, pero había descubierto recientemente el cuento de Cortázar. Se podría pensar que la única razón por la que habíamos volado a París fue para ver los axolotl, aunque en realidad Aura tuvo una entrevista en la Sorbona, porque ella estaba considerando el traspaso desde Columbia. La primera tarde, fuimos al Jardín des Plantes, y pagamos para visitar el pequeño zoológico del siglo diecinueve. En lo alto de la entrada al edificio de los anfibios, o vivarium, había un cartel en francés, con información acerca de los anfibios y las especies en peligro de extinción, el cual exhibía la imagen de un axolotl rojo-dorado que enseñaba su feliz perfil extraterrestre, así como sus brazos y manos, semejantes a los de un mono albino. En el interior, las acuarios de vidrio daban toda la vuelta al recinto y rectangulitos iluminados puestos en la pared indicaban el hábitat correspondiente a cada condición de humedad: musgos, helechos, piedras, ramas de árbol, charcos de agua. Fuimos de un tanque a otro leyendo los letreros: especies varias de salamandras, tritones, ranas, pero no los axolotl. Dimos la vuelta al recinto una vez más, por si acaso nos los hubiéramos salteado. Finalmente, Aura fue hasta el guarda, un hombre de mediana edad con uniforme, y le preguntó dónde estaban los axolotl. Él no sabía nada de los axolotl, pero algo hubo en la expresión de Aura que lo puso a pensar, y le respondió que lo esperara; dejó el recinto y un momento después volvió con una mujer, algo más joven que él, vestida con un delantal gris de laboratorio. Ella y Aura conversaron en voz baja, en francés, por lo que yo no pude comprender qué estaban diciendo, pero la expresión de la mujer era animada y amable. Cuando salimos, Aura se quedó un momento, aturdida y en silencio. Luego me dijo que la mujer recordaba los axolotl y le había dicho que incluso los extrañaba. Pero unos pocos años antes habían sido retirados y estaban en un laboratorio de la Universidad. Aura tenía un sacón oscuro de lana tejida con distintos grises y una bufanda de lana clara. Un mechón de su cabello lacio y negro caía sobre sus marcadas mejillas, las cuales estaban encendidas como si ardieran por el frío, aunque no era un día particularmente frío. Lágrimas, sólo unas pocas, no una inundación, saladas lágrimas tibias se derramaron de los acuosos ojos de Aura y se deslizaron por sus mejillas.
¿Quién llora por algo así?, recuerdo haber pensado. Besé las lágrimas, respirando aquel salobre calor de Aura. Lo que fuera que produjeron los axolotl en Aura, no estando allí, parecía formar parte del mismo misterio que espera ser revelado para el axolotl por aquel hombre escribiendo un cuento en el final de la historia de Cortázar. Siempre quise alcanzar a conocer qué significó aquella ausencia para Aura.
Où sont les axolotls? ella escribió en su notebook. ¿Dónde están?
Fragmento del comienzo de Say her name, Francisco Goldman; Editorial: Grove Press.
Nota de la traducción: la formación del plural de «axolotl» respeta el cuento de Cortázar.
2011-04-22

Estas son nuevas piecitas, desde la diez a la doce: Brasil y Bolívar [4 julio] Aristóbulo del Valle 471 [19 agosto] Defensa 815 [28 octubre]
Los cronopios anteriores
2010-04-22
soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles
CERVANTES: PRIMER QUIJOTE, IX
Estas son nuevas fichas, desde la siete a la nueve: Iriart y Sarmiento Campana [12 marzo] Defensa y Chile [12 agosto / 29 diciembre]
Los cronopios del año pasado
2009-04-22
Paulino, enormísimo cronopio.
Estas son fichas del año pasado, desde la una a la seis: Chacabuco y San Juan [5 marzo] Pueyrredón 1552 [13 marzo] Piedras e Independencia [10 abril] Almirante Brown y Aristóbulo del Valle [3 junio] Perú 458 [8 junio] Montevideo y Lavalle [6 diciembre]
Antipuzzle
A festa acabou
The missing piece
¿Qué es un hrönir?
2007-08-23
¿Pero quién mierda es este Onetti que todo el mundo pide por él?
M. E. Gilio - C. M. Dominguez
«Según las últimas noticias de Montevideo, los directores del semanario Marcha y los escritores Juan Carlos Onetti, Mercedes Rein y Nelson Marra siguen presos por pornógrafos. Más exactamente, el pornógrafo sería Marra, autor de un relato titulado El guardaespaldas, que además se considera agraviante para el cuerpo de policía; sus cómplices, claro está, son los miembros del jurado que le dieron el premio patrocinado por Marcha. Otro integrante del jurado, Jorge Ruffinelli, tuvo la buena suerte de no estar en el Uruguay el día en que los militares que pretenden gobernar ese país metieron en la cárcel a algunas de las más destacadas figuras de la literatura latinoamericana, así como al fundador y director de la revista, Carlos Quijano, y al secretario de redacción Hugo Alfaro.
»La última noticia, más bien divertida, es que el gobierno del Uruguay ha emplazado al New York Times, que había calificado de arbitrario el encarcelamiento de Onetti y sus colegas, a que publique el cuento inculpado, "para que el público norteamericano juzgue las razones que justifican la medida tomada por el Uruguay". Desde luego, sería una excelente cosa que el New York Times recogiera el desafío y publicara el cuento; los lectores norteamericanos, que han pasado por la escuela de Henry Miller y de Norman Mailer, no van a sonrojarse por la eventual 'pornografía' de un relato que, por lo visto, presenta a un guardaespaldas homosexual que termina siendo ejecutado por los tupamaros; como si en Francia los lectores de Jean Genet o de Tony Duvert fueran a sobresaltarse por un tema que incluso comienza a fatigarlos por repetitivo.
»Desde el 11 de febrero, fecha de esta escandalosa serie de detenciones, que, por lo demás, no fue más que un cómodo pretexto para liquidar a la única publicación uruguaya que, contra viento y marea, seguía defendiendo la democracia en el Uruguay, las reacciones internacionales han sido múltiples y elocuentes; elocuentes sobre todo por su total ineficacia frente a la sordera de los jerarcas castrenses uruguayos, para quienes las cartas y los cables firmados por intelectuales de todo el mundo, las asambleas de protesta y las severas apreciaciones de muchos órganos de prensa resbalan como el agua en el plumaje de un pato. Para peor, esa ineficacia es doble, pues no sólo se traduce en indiferencia por parte de quienes violan cínicamente derechos humanos elementales, sino que también se manifiesta del lado de aquellos que deberían multiplicar sus voces para denunciar el atropello. Lo sabemos: un azar insidioso se las arregla casi siempre para que una nueva guerra, un nuevo secuestro o un nuevo atentado sustituyan rápidamente las noticias de actualidad en la primera página de la memoria y de los diarios; sólo los directamente interesados (en irrisoria minoría) se esfuerzan por contrarrestar ese olvido en el que la frivolidad no está del todo ausente. En Europa, por ejemplo, la expulsión de Solzhenitsyn ya ha borrado prácticamente toda huella de lo sucedido hace menos de un mes en Montevideo; desde luego, un escritor como Juan Carlos Onetti es menos famoso aquí que su colega ruso, y pertenece a un pequeño país sin crédito político internacional. Mientras las firmas más célebres del planeta se ocupan del gran escándalo, prácticamente ninguna toma en cuenta el pequeño; sin embargo, no hay grande ni pequeño en este reiterado desprecio del poder ensoberbecido hacia los hombres libres, de las máquinas burocráticas hacia los individuos que se obstinan en pensar por su cuenta. Ya que cablegrafiar a los militares uruguayos es tan inoperante como pegarle a Carlos Monzón, sería tiempo de que encontráramos otras maneras de resistir a una barbarie que en Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay forma un frente común harto más eficaz que nuestros intelectualísimos mensajes.
»Me molesta tener que referirme aquí en particular a Juan Carlos Onetti, uno de los más grandes novelistas latinoamericanos de nuestro tiempo; me molesta por la misma razón que, al colaborar en un dossier noir sobre las atrocidades de la junta militar de Chile, me molestó citar nombres ilustres cuando todo un pueblo está sufriendo un destino parecido. Pero tal es la ley del juego, y si ignoramos los nombres de millares de obreros, de campesinos y pequeños empleados sometidos al terror de las dictaduras latinoamericanas, por lo menos nos cabe nombrarlos simbólicamente al citar a aquellos que se han destacado en algún campo de la creación o del conocimiento. Cuando digo que Juan Carlos Onetti es un motivo de orgullo para nuestro continente y para el Uruguay en particular, estoy diciendo eso y mucho más; estoy acusando a un régimen de violar instituciones y derechos nacidos de largas guerras de independencia y de incontables conflictos internos, lo estoy acusando de humillar a un pueblo generoso y democrático con una estúpida demostración de fuerza bruta y de desprecio. Y si antes afirmé que no sólo éramos ineficaces en nuestras protestas contra la dictadura, sino en nuestra incapacidad de acrecentar la unión de nuestras filas, no lo dije con despecho, sino con humildad y con vergüenza. Pero si hay una vergüenza pasiva e inútil, también hay otra capaz de movilizar incontables fuerzas y recursos para oponerse a la ignominia; la historia está llena de esas explosiones colectivas de la vergüenza. Ojalá todos los que solitariamente se lamentan hoy por lo que sucede en el Uruguay acepten mi certidumbre de que ese sentimiento debe cambiar de signo para convertirse en algo positivo, acepten que tanta vergüenza privada puede llegar a ser, si lo queremos verdaderamente, la mejor arma contra la soberbia y la prepotencia de los que ignoran que su geopolítica está condenada al fracaso en lo que bien podemos llamar el corazón planetario de la humanidad».
Su desgracia durante la dictadura militar tuvo un origen literario. Nunca había tenido suerte con los concursos: por lo general, como participante, salía segundo.
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Escritores: borges, cortázar, domínguez, duvert, genet, mailer, miller, onetti, solzhenitsyn
2007-08-02
Tengo La invención de la soledad apoyado sobre el escritorio, entre la ibook y mi pecho. Y de mi lado izquierdo las notas que apunté durante los días que estuve en Gesell.
Van mis apuntes.
Dibujo una mula patas para arriba (significa muerta) mirando con un solo ojo hacia el río Tajo. Una mano izquierda en Lepanto. La galeta El Sol, en medio de una tormenta, frente a las costas de Cadaqués.
Ubicación del Toboso.
En la misma hoja el itinerario de las tres salidas del Quijote y Sancho.
Acá se sabe todo, dice. Cómo no me enteré.
Le comento que los alguaciles deben venir con los riegos de Elsa, porque posteriormente no llueve. Sucede igual en toda la villa, en los jardines desiertos pero con regadores automáticos.
Lleva puestos un corpiño turquesa y unos jeans, desteñidos o manchados de fábrica, apretadísimos.
Me figuro a mí mismo como al personaje de Soy leyenda, oculto de los vampiros durante la noche. No sé, pero todos los días a las 18:00 horas suena una alarma en Gesell.
Lloro.
No llueve.
Hermoso relato llamado «Correos y telecomunicaciones» Las encomiendas son embadurnadas con alquitrán para asegurarlas. Y adornadas con plumas (imagen de Disney y de Los tres chiflados). Las estampillas se expenden con un globo de obsequio.
Dancing cheek to cheek
Come on, and dance with me
...
bellísima voz y ritmo lento:
blow blow soft winds
my heart is empty
El discreto don Quijote, cuando los examinadores le mencionan que el Turco bajaba con su poderosa armada sobre España, propone armar toda la nación de caballeros andantes. El cura dice que todo en aquello que cree el Quijote no es otra cosa que fábula y mentira. Cuando el señor rapador (así lo llama don Quijote al barbero con ánimo de maltratarlo) le pregunta a don Quijote, socarronamente, sobre el tamaño del gigante Morgante, Cervantes usa por primera vez en su novela la palabra átomo:
En esto de gigantes, respondió don Quijote, hay diferentes opiniones, si los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo…
La reseña de Las mil y una noches, en el vol. 11, texto en espejo con la primera parte de la novela: La invención de la soledad. El padre le narra un cuento a su hijo.
A menudo le narra un cuento de hadas, o de aventuras; pero a veces no es más que un simple salto imaginario. Había una vez, un niño pequeño llamado Daniel, le dice A. a su hijo Daniel. Estas historias, en las que Daniel es el protagonista, son las que más le gustan a Daniel. A. advierte que, en forma similar, cuando se encierra en su habitación a escribir el Libro de la memoria, cuenta su propia historia, si bien escribe A. donde en realidad correspondería escribir «yo». Real e imaginario, cada uno existe gracias al otro: dos espejos enfrentados.
Libro con dos comienzos. La historia empieza al final, escribe Auster antes de nombrar a Scherezade.
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Escritores: auster, bioy casares, camus, cervantes, cortázar, jeanmaire, matheson
2007-05-25
Hoy leímos en el hospital hasta la p. 52.
Durante el capítulo de las uvas, mi mamá expresó: qué lindas, qué lindas.
Luego nos quedamos hablando un rato sobre la imposibilidad argentina de pronunciar juntas las palabras orden y libertad.
Hablamos de la dictadura y de la democracia. También hablamos de la escuela. De los docentes y de los subtes en huelga. De las violentas protestas en la terminal de trenes de Constitución.
Yo le planteé que hay momentos de prosperidad en las sociedades, durante los cuales el orden y la libertad se equilibran bastante. Pensaba en la España actual, aunque recordé la participación de Aznar en Irak y el 11 de marzo. Ahora, pienso en los inmigrantes musulmanes en Europa, cuya presencia pudimos notar in situ, a mediados de los setenta, principalmente en Londres.
Pero, en los momentos de crisis se pierde el equilibrio de esos valores y uno prevalece sobre el otro. El orden sobre la libertad, a prima facie parece ser lo peor. Sin embargo, cuando es la libertad sobre el orden, también resultan difíciles las cosas.
Mi mamá cree que no se trata de una imposibilidad solamente argentina, que en todas partes parece haber problemas con esas palabras. Claro que sería bueno que se llevaran bien la una con la otra.
Estamos de acuerdo.
Además, creo que hay ordenes nuevos así como también libertades nuevas. Y ordenes y libertades viejos. No es simple hablar de cambios en las sociedades, principalmente porque gran parte de sus mecanismos, en especial los económicos, son cíclicos. Y bueno, hablamos un montón de cosas a partir de esas dos palabras que parecen ser enemigas.
A mi mamá le resultó muy simpática Lola en la Plaza Colón. Yo interrumpí la lectura en la oración «Lola y la Plaza Colón», porque me dio vergüenza leer el capítulo hasta el final.
Más adelante mi mamá se asombró de que el personaje haya visto en persona a Cortázar. Exclamó: ¡en persona!
Me dio una emoción grande pronunciar el «todos» de Cortázar después de las cosas que hablamos.
En Crisis n° 51 fue publicado el discurso de Cortázar en Madrid con motivo del V aniversario de la dictadura.
El valor de las palabras.
«Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y por el que en muchas circunstancias les damos nosotros.»
Finalmente, vi la satisfacción en el rostro de mi mamá al escuchar los nombres Lola, Plaza Colón y Cortázar unidos.
Yo voy ahora por la p. 120. Me parecen muy buenos los capítulos sobre Yugoslavia.



