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2020-08-13

Acerca de Momenta Calliphoridae



El lector de este segundo libro de cuentos de Víctor Sampayo podrá permitirse por momentos el abandono al abrigo de la emoción, la nostalgia y el pensamiento; luego llegará a entender que no es en la tierra natal donde ha nacido, sino en un lugar más grande, cósmico.

Nota completa / 10 minutos : 52 segundos /


2018-04-26

Palo y hueso

Ayer celebramos nuestros cumpleaños con Río de las congojas y Cosmos. Antes de que ella naciera, y antes de que yo naciera, Juan José Saer publicó Palo y hueso. Así empieza:

Esto fue contado en un pueblo de la costa. Estábamos de paso, sentados al­rededor de una mesa en la vereda del hotel, y era el final del crepúsculo: era el verano pesado y lento, junto al río hinchándose para reventar en marzo y ane­gar el incesante y cambiante litoral desde Misiones hasta el Plata. Los dos de la ciudad, enloquecidos por los mosquitos, tomábamos vermouth, comiendo que­so y salame, y el dueño del hotel que era también el dueño del cine y de la tien­da más importante del pueblo, y el principal acopiador de pieles de la zona, que había invitado, un hombre muy alto de ojos saltones y húmedos, un gigantón algo flácido y crédulo de treinta y cinco años, habló largamente hasta que fue la noche y pasamos al comedor, y él se olvidó del asunto para dedicarse a hablar de la cosecha del arroz y del aumento de las mercaderías. Así que, mientras los mosquitos zumbaban, y todo el crepúsculo espeso y gradual zumbaba entre los árboles increíbles, entre la grave y cargada vegetación y la arena cambiante y pesada, y los gritos, quejidos y silencios prenocturnos, comenzados a oír poco a poco después de ese momento de la tarde inmóvil en que no hay luz, ni obscuri­dad, ni gritos, ni nada, ni se ve ni se oye nada, supimos cómo el viejo Arce com­pró en doscientos pesos a Rosita Rolan al propio padre de ella, Cándido Rolan, unos años atrás, en la vereda misma del hotel, llevándosela después para su ca­sa. Supimos, asimismo, que el viejo Arce tenía en ese entonces sesenta y siete años, Rosita quince, y el menor de los hijos del viejo, Domingo, que era el último de los diez que había tenido el viejo con dos mujeres que se habían ido del pueblo o muerto, y era el único que quedaba con él en el rancho, tenía diecinueve años. Así que trasmitimos tanto lo escuchado como lo supuesto y lo dedicamos a Milton Roberts.


Palo y hueso (1968). Dirección Nicolás Sarquís


2015-08-31

Condenadas al olvido

No le temo al olvido, me preocupa llegar a ese lugar y que esté muy concurrido. @ciruelle

Eneas dejó atrás a su mujer en la confusión de la huida.

Me llevó a una colección de partes de diferentes rompecabezas.

Luis von Ahn quiso graficar la idea que tenía del bien.

Pero la película de Fernando Spiner tiene poco del penitente héroe.

Acabo de leer el título de la novela de Ricardo Piglia.

Fue pintado entre agosto y noviembre de 1933 por Siqueiros.

Aunque siempre la vi como arbusto.

Regresé a México para el primer aniversario.

Borges dice que José Hernández no «silencia la realidad».

J. L. Borges: Sur número 32, mayo 1937

Recuesto la cabeza en las diez entradas más leídas —Onetti dice en la cama— haciendo resbalar mis labios agradecidos. Hay dos o tres que están entre mis preferidas. Ya habrá oportunidad de compartir el top ten de esas auténticas condenadas.

2014-05-06

Esto no es



El reptil, el ascensor y los fuegos de los miércoles me atrajeron mucho de This is not a film. El interrogatorio del cineasta al portero suplente en el ascensor me resultaba turbador, porque en el guión de la película prohibida, la protagonista se ve cautivada por un joven que resultaría ser un informante.
Acabo de leer que los saltos por encima de las llamas, como el que ejecuta el suplente del portero sobre el final de This is not, se realizan el último miércoles del año iraní, día en que termina el invierno. Los participantes gritan frases que significan la transposición del color de la piel a las llamas y viceversa: la palidez de la propia piel por el rojo del fuego. Así dan los iraníes la bienvenida a la primavera.
Museum Hours me llevó a pensar en un fragmento que leí de Chejfec. La película vendría a ser la escena dramática. Me quedan pocas páginas para terminar la novela. Más adelante de ese fragmento, la narración se estanca un poco, pero sólo hasta que Rose y Félix recorren una zona fabril abandonada. Ahora se perfila la mujer de Félix en las conversaciones, aunque no es tan así.
El libro está todo rayoneado en lápiz, porque lo leo mientras viajo en colectivo. Las líneas son torpes por las vibraciones. Pienso en la experiencia de caminar que plantea el libro, cosa que ya apareció en Glosa, de Saer, pero que en Chejfec se desarrolla de forma distinta. Me hace pensar en una experiencia desacostumbrada. Quiero decir, la experiencia de Rose y Félix para encontrarse y caminar. Se trata de una caminata singular, porque no son una pareja de novios o un matrimonio. Son una mujer y un hombre que salen a caminar juntos una vez por semana.
A diferencia de la «escena dramática» de Museum Hours, las cosas para observar en la ciudad de la novela no resultan como las de Viena. En la película, los ojos del espectador se posan con delicadeza sobre los detalles de un edificio o de los residuos en el suelo. Además cuentan con ese diálogo entablado entre el presente y el pasado, representado éste por el museo y por Brueghel.

Museum View

2013-04-21

Una imagen compuesta de veinticinco fragmentos, no como un rompecabezas sino más bien como una estampa móvil, que va construyéndose o destruyéndose, sucesivamente o a la vez, ante la mirada que percibe, sin hacerlas conscientes o sin comprender del todo, continuas, las modificaciones.

Estas fichas del año pasado, desde la quince a la veinticinco: Chile 965 [16 abril] Bolívar y Juan de Garay [23 mayo] Chacabuco y San Juan [30 mayo] Estados Unidos 794 [13 junio] Chile 319 [17 julio] Piedras 936 [26 julio] Billinghurst y Arenales [30 julio] Tacuarí 742 [4 noviembre] California y Blandengues [10 noviembre] Ayacucho y Corrientes [20 noviembre] Virrey Ceballos 331 [13 diciembre]

Las catorce anteriores

2011-03-21

[…] empecé a pensar cuáles eran las madres que estaban en la literatura argentina y que uno podía recordar […]

[…] Recordaba entonces, por ejemplo, la madre de Silvio Astier en El juguete rabioso, que es una figura fortísima porque siempre que quiere escribir, la madre le dice que hay que trabajar, cada vez que Silvio Astier está leyendo, le dice «no sigas leyendo tenés que buscar un trabajo», y entonces la novela es la fuga de la madre, cómo se escapa de esa especie de orden materna de que hay que salir a ganarse la vida. Después está la madre que aparece en La traición de Rita Hayworth, la novela de Manuel Puig. Toto, el chico que anda por ahí en el colegio y está siempre escapando porque todos le quieren pegar, lo maltratan, tiene a su madre que lo lleva al cine. La madre lo lleva al cine y entonces es la madre la que instala esa mitología que va a acompañar a Puig durante toda su obra, y está muy bien contada esa intimidad con la madre, esas tardes en que van al cine del pueblo a ver películas de Hollywood.
Después está la madre de Tomatis, el personaje de Juan José Saer, que es una especie de madre negativa porque está siempre mirando televisión (que en el mundo de Saer es lo peor que puede pasar). La madre está siempre mirando televisión y lo único que le pasa a la madre es que Tomatis —que es el poeta que anda por ahí— le tapa la pantalla, la única relación que tienen es que Tomatis le tapa a la madre el televisor, y entonces la madre le pide que pase rápido.

A raíz de la presentación de Soy un bravo piloto de la nueva China.

2010-05-27

Aquella tarde de septiembre repasaba una anotación de casi mil palabras y también algunos resaltados que había hecho con luminosos verdes, amarillos y rojos. Había muchos temas de los que esperaba hablar. De repente, y un poco perplejo por la vivacidad de la llamada, hice tap para responder. La primera frase que escuché fue: «no te veo». Por el contrario, yo sostuve: «sí te veo».
—Pues, yo no.
—Yo sí.
Mis dedos iniciaron una travesía de vértigo por los menús hasta que vi mi propia imagen en la pantallita y dije que el problema estaba solucionado.
—No te veo, eh.
—Pero, yo me veo.
Víctor mantenía la más serena impasibilidad en las expresiones de su rostro sin yo encontrar la opción que me tornara visible. Un poco abrumado y, con la intención de ganar tiempo, dije que aún era de día y que entraba el último sol por mi ventana.
Aunque los ajustes indicaban que la comunicación era perfecta, yo no podía mostrarle a Víctor la biblioteca que dirigió Borges, ni tampoco que el sol, aunque cada vez más débil, seguía ardiendo detrás de los vitrales de ese edificio. En los vaivenes de la pantallita, mis ojos vieron de repente la nota y aquel delirio que había yo emprendido a través de los colores.
—¿Quieres que cortemos y yo te marco?
—Bueno, dale.



Carlos Tomatis repite una expresión en Lo imborrable: que me cuelguen si tengo ganas de leer las anotaciones… Pero que me cuelguen más alto o me la corten en rebanadas si me gustaría ahora hacer un análisis literario… Eso pensé, más o menos, pero repentinamente convencido de que la minucia de las anotaciones y el método de los diferentes colores constituían ahora una descabellada apuesta para conversar. Mejor sería… Apareció una figurita sin cabeza y con un signo de interrogación. Es decir, yo era ahora el que no veía, mientras él exclamaba:
—Ah sí, te veo. Es cierto, se ve la luz —sin duda, que la imperfección que reinaba dispuso el terreno para cosas claras y fáciles de comprender. Por lo tanto, así fue dándose la charla del año pasado:
—Bueno, me fascinó cuando la joven de Unos meses habla de ir a hacer del dos. En esa expresión parece estar dibujado un sorete o el perfil simplificado de las nalgas junto con las piernas en el acto de cagar. En una antigua entrada de tu blog había una referencia al estómago o, más exacto, al calor del estómago.
—Hay cositas que yo no sé, supongo que son como los modismos, diferentes entre Argentina y México. Por ejemplo, acá no se usa para nada la cuestión de placard. Después supe que es una especie de closet, un armario empotrado en la pared.
—Está bien. El problema soy yo, porque usé placard como sinónimo de ropero.
—O sea, un ropero común.
—Sí, debería reemplazar placard por ropero porque no me refiero a algo empotrado, ni nada por el estilo. En realidad, es todo lo contrario, porque el mueble se tendría que poder mover, de acuerdo con la manía de mi abuelo. A mí me pasó con las bisagras de la puerta del baño en Unos meses. Permitime que busque…
—El quicio, si mal no recuerdo.
—Para mí es la bisagra.
—Pero no es exactamente lo mismo, eh. Quicio es como el marco o el umbral. Y la bisagra es esta cosa que hace que se abra y se cierra.
—¿Vos te referís a una ranura o abertura?
—Exactamente, a una minúscula abertura en este umbral.
—Es la primera vez que la veo escrita. Conozco las expresiones sacar de quicio, desquiciado y resquicio. Justamente, había entendido que la puerta entreabierta del baño dejaba un resquicio o rendija vertical, y que el protagonista de la historia la aprovechaba para espiar a la joven. De todas maneras, tengo que volver a leer esa parte, pero ya que estamos ahí, te comento que me perdí con la palabra estancia. Para nosotros es el living o la sala de estar.
—Acá le decimos estancia.
—Para nosotros una estancia es el sitio donde se crían vacas.
—No me imaginaba. Es muy curioso.
—Me causaron gracia las ayugas de El ausente. El héroe de este cuento dice que necesita descargarlas. Hay una atmósfera graciosa que rodea todo el andar del personaje… —se oyó un prolongado bramido del otro lado— Pasó un avión.
—Sí, ya sabes que aquí los aviones siempre se llevan frases de conversaciones.
—Me pareció que hay algunas palabras que faltan o quizás son modismos
—Mira, eso es bueno que lo marques, porque luego ya hay cosas que hoy día no veo, eh. De tanto que uno los está releyendo, corrigiendo y etcétera, hay cosas que ya no veo.
—Te comés algunas palabras.
—Ahá, ¿cómo cuál, tienes alguna en la mano?
—Una podría ser …
—Ay, espérame un segundo porque acaba de empezar a llover y tengo que cerrar la ventana.
—Andá.
Víctor tardará menos de un minuto, sin embargo se disculpará:
—Perdón, pero es que si no se me iba a mojar todo el departamento.
—¿Es una tormenta?
—No, pero el agua se estaba metiendo por la ventana.
—Ayer hubo mucho viento acá. Tuve que guardar algunas plantas porque parecían a punto de caer a la calle. Te decía que falta una palabra en: «Aparecía cada que alguien entraba y encendía la luz para aliviarse del sobrepeso de las entrañas.» Falta el «vez». La oración sería: «Aparecía cada vez que alguien […]». También, a continuación, donde dice: «Un día por fin tuve una oportunidad inmejorable para deslizar la mirada por el agujero. Sus padres llegarían hasta la noche […]» yo entiendo que quiere decir: «Sus padres no llegarían hasta la noche […]»
—Es la cuestión de los modismos. Eso se aplica mucho acá, en el habla normal de aquí. Por ejemplo, dices algo así: «Cada que hago eso, pasa esto.» No es necesario poner el «Cada vez que hago eso, pasa esto.»
—Mirá vos…
—Sí, aquí se dice con quien quieras, eh. Se dice sin necesidad de utilizar el vez. Pero es curioso…
—Mucho. ¿Y en el caso de los padres?
—También. Es como con las maneras de hablar. Hace poquito estaba platicando con una amiga que es de España, de Andalucía. Ella vive aquí, ahorita, en México. Y me decía también que ese hasta de «Sus padres llegarían hasta la noche […]» lo siente un poco complicado, porque no significa exactamente lo mismo en España y en México. Entonces, no sé ahí cómo podría hacerle. Yo trato de mantener una cierta habla de aquí, pero raras veces utilizo palabras como demasiado locales. Raras veces. Pero hacerlo de una manera que ni siquiera yo hablo de esa forma, también me resulta más complicado. ¿Me entiendes?
—Si se trata del habla de tu lugar, tenés que conservarlo.
—Hay una parecida que yo encontré en tu novela. Es en el si no. Fíjate, aquí se usa de esta manera: «Si no es esto, pasa cualquier cosa». Ahí, va separado. En cambio, cuando dices: «No es esto, sino esto», ahí va junto. Sin embargo, en tu texto tienes un sino que según yo tendría que ir separado. En: «Estuve tentado a transcribir esas cartas que conservo. En realidad las copié yo mismo. Y mientras lo hice me pareció encontrar, sino una historia, al menos un esbozo de verdad. »
—Se trata de un error. Yo tuve que revisar a lo largo del texto el uso del sino y el si no porque me los confundía. Me acuerdo que el no es tónico en el segundo caso. También tuve que repasar toda la novela para uniformar el uso de quizá o quizás, aunque en Vida interior, de Federico Jeanmaire, se explica que el uso de una u otra forma depende de la siguiente palabra, quiero decir de si la palabra que sigue empieza con una consonante o con una vocal.
—Exacto, ambas variaciones se utilizan.
—Pero yo opté por no alternar.
—Yo estuve buscando en el R.A.E. y resulta que son válidas ambas y no implican una diferencia como sucede con aún y aun, que cambian totalmente el sentido.
—Claro. Y antes de que me olvide, el uso de reverberar, que es ahora aceptado tanto para la luz como para el sonido. En verdad, se trata de una propiedad o fenómeno de la luz. Vos lo usás tanto en relación a unos gritos, como en relación a la luz que emana de un fuego.
—¿Y las sinestesias? En ese sentido yo soy un amante de las sinestesias. De decir que un sonido huele a algo. O que una mirada puede tener cierto sabor. Son modos de hablar, definitivamente. Te digo… hay palabras, ahorita ya no recuerdo alguna otra… Cuando te refieres al final a estos carniceros, creo que en la vista de los cuadros, ¿cómo es la palabra? Una palabra que aquí no se usa, pero para nada. A ver déjame chequear tu texto rápidamente.
—¿Los matarifes?
—No, matarife se llegó a usar en algún momento.
—Se me trabó la cámara aquí. A ver… Bueno no importa, sígueme diciendo cosas mientras yo encuentro esa parte que te digo.
—En el final, cuando me puse a describir la escena del cuadro, me di cuenta de que dicha escena tendría algunos paralelismos con El matadero, de Esteban Echeverría. Sucedió que volví a leer el cuento y crucé los textos. Incorporé palabras del cuento de Echeverría. ¿Transmite eso el final?
—Los cuadros quedan como una especie de alucinación, quizás. Yo de hecho pensaba como que era algo que sólo veía el niño y que en algún momento iba a interactuar en la anécdota del niño. Así como este monstruo que a veces aparece en el armario, o cosas así.
—¿Qué monstruo?
—Bueno, también está como en la imaginería. Depende de la sociedad, pero por ejemplo acá se teme mucho al monstruo del armario.
—Como leyenda.
—Exacto.
—Como leyenda un tanto urbana. De suburbio… Ah, mira, los encontré; son los achuradores. Esa palabra nunca la había escuchado en mi vida.
—La achura es el aprovechamiento de las entrañas de los animales. El achurador es el tipo que destripa a la vaca.
—Sí, después ya lo investigué. Porque esa palabra, tan rara, de dónde salió.
—Che, ¿vos me estás viendo?
—Yo te veo bastante oscuro. Al que no veo es a mí mismo. Ahora no sé qué hacer. Está como trabada mi cámara.
—Seguís sin cabeza. Yo puedo prender la luz si es necesario.
— Huy, la tuya se quedó fija. Sí, ya no te mueves para nada.
—Pero pudimos hablar cosas interesantes.
—Acabamos de ver que tenemos ciertas formas de narrar que tienen que ver con nuestras zonas. Me emocionó bastante la cuestión del intercambio.
—Y nos reímos mucho. Yo puse a hervir unas papas.
—También tengo que cocinar, porque esta vida no da para más, eh. Y al rato volver a salir.
—Entonces, te mando las anotaciones que realicé con tanta minucia.
—OK. Y a ver que sale para la próxima. Pues, cuídate mucho, Gustavo.
—Igualmente, un abrazo.

2010-05-10

En Discusión, Borges dice que José Hernández, con su Martín Fierro, no «silencia la realidad» del gaucho, sino que «se refiere a ella en función del carácter» de su héroe, y, en consecuencia, Hernández no «especifica día y noche, el pelo de los caballos: afectación que en nuestra literatura de ganaderos tiene correlación con la británica de especificar los aparejos, los derroteros y las maniobras, en su literatura del mar, pampa de los ingleses.» Sin embargo, y en el sentido pleno de correspondencia con el «mar de tierra firme» de Las nubes, Borges volverá sobre la idea de la pampa como el mar [de los ingleses]. Por ejemplo, parafraseará a Hudson cuando éste, en Un naturalista en el Plata, cita a Darwin:

At sea, a person’s eye being six feet above the surface of the water, his horizon is two miles and four-fifths distant. In like manner, the more level the plain, the more nearly does the horizon approach within these narrow limits; and this, in my opinion, entirely destroys that grandeur which one would have imagined that a vast level plain would have possessed.

En prosa de Borges, El informe de Brodie:

[...] la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura.

2010-05-01

Leí que la acacia es un árbol, aunque siempre la vi como arbusto porque suele crecer encorvada, y a veces tan encorvada que se termina recostando en los arenales y es imposible reconocer dónde ha echado las raíces. El caso es que cuando Cecilia comunicó su hallazgo del verano, me quedé en suspenso, porque sinceramente no pude vislumbrar la maravillosa asociación que ella hizo entre un cartelito de la casa del fundador de Villa Gesell y la novela de Juan José Saer.


En una de las paredes, Cecilia había observado un «nidito» con la forma de un triángulo. En cada vértice, tres plantines de acacia trinervis, y, en el centro, un plantín que representaba un brote de pino. Ahora, la única luz del cuarto provenía de la pantalla de mi ibook celosa. Cecilia mostraba el dibujo y debajo la explicación siguiente:

Los «niditos» con acacia trinervis
Sistema para proteger los pinos de los vientos.

La acacia trinervis (acacia longifolia) es una planta leguminosa de origen australiano, muy resistente a los vientos marinos, que Carlos Gesell utilizó a partir de 1939 para dar protección a los pequeños pinos.
Las tres acacias que crecen con rapidez, envuelven al pinito y lo protegen de los fuertes vientos.
También le aportan nitrógeno, un nutriente indispensable para el crecimiento de todo árbol, que la acacia —como toda leguminosa— toma del aire y fija en el suelo.
Gracias a los «niditos», los pinos de Villa Gesell pudieron crecer bien. Por eso llamamos a la acacia trinervis: «planta madre de la forestación». Florece en julio-agosto con grandes espigas amarillas.

Las tres acacias, repitió.
Ella había llevado la novela a Villa Gesell; libro que yo había leído hacía tres años, pero yo no recordaba las tres acacias. Así se llamaba la casa de Las nubes, explicó Cecilia.
En efecto, así se llamaba la casa que, a poco tiempo de la apertura «estuvo casi llena» de locos. Reímos despacito, como si Saer o Gesell durmieran en la habitación contigua, y no quisiéramos despertarlos. Si bien el manuscrito, o memoria, que constituye Las nubes, manifiesta que su objeto no es «relatar en detalle la vida en la Casa de Salud, sino» la caravana con cinco locos que lentamente atravesaría el «mar de tierra firme» hacia Las tres acacias, dicha narración, la del viaje, se demorará hasta la página ciento cincuenta y ocho; es decir, hasta transcurridas las dos terceras partes de la extraordinaria novela.
El recuerdo del final —a Cecilia le restaban leer unas pocas páginas, luego hice silencio— no alcanzó a borrar los tiempos de la revolución, el doctor Weiss y míster Dickson, las guerras de independencia, los dedos del joven Prudencio, sor Teresita, las semejanzas entre el cuerpo yaciente de Prudencio Parra y Garay López, la llovizna constante, Verde y Verdecito, el frío, Josesito, el círculo de la inundación que se estrecha hora tras hora, los pájaros, el galope de Osuna hacia el sudoeste, la total disertación del doctor que se apellida Real, el kiosco-almacén y el carromato con las putas, los perros vagabundos, la laguna de forma vagamente aovada. En una palabra, no alcanzó a borrar el resquebrajamiento de la taxonomía supuestamente palmaria entre naturaleza y cultura.

Leímos que a poco tiempo de abrir, en abril de mil ochocientos dos, la casa «estuvo casi llena». El doctor Real relata:

«Un loco pone en peligro una casa de rango desde el techo hasta los cimientos, y hace perder respetabilidad a sus ocupantes, lo que explica que en general se escondan las enfermedades del alma como si fueran males oprobiosos. También allá debe haber muchas familias que no saben qué hacer con sus locos, me dijo un día en Madrid el doctor Weiss, en la época en que esperábamos las autorizaciones de la Corte para abrir nuestra casa en el Virreynato.»

La casa duró catorce años.
Real la describe blanca y apacible, de esta forma:

Se trató de «un vasto edificio de varias alas, de espesas paredes blancas y techo de tejas, en las barrancas que dominan el río.» La única planta del edificio, «consistía en una serie de galerías que encerraban tres patios […] las hileras de cuartos que se abrían hacia los patios cuidados, evocaban el convento, la cofradía, o una rústica Academia […] Vivíamos en comunidad con nuestros locos […] El cuadrado del medio compartía los lados transversales con el cuadrado inferior de la entrada y el cuadrado del fondo: en materia de arquitectura, el doctor [Weiss] era afecto a la geometría. El primero de esos lados transversales del cuadrado del medio era un largo salón que servía de comedor y en uno de cuyos extremos estaba instalada la cocina […] En las galerías laterales opuestas del cuadrado inferior, inmediatamente después de la entrada, él a la izquierda y yo a la derecha, el doctor Weiss y yo teníamos cada uno nuestra habitación, que era al mismo tiempo nuestro lugar de trabajo.» En «una construcción aparte, cercana del río, tan blanca y cuidada como el edificio principal» se encontraba el sitio para baños «fríos o calientes». El corral también estaba «fuera del edificio, más allá de las tres grandes acacias».

2010-04-12

Cecilia escribió que el viernes salía para Villa Gesell y que planeaba llevar Las Nubes. El correo terminaba con la panorámica de una fuerte tormenta sobre Buenos Aires. La vista desde aquí es asombrosa, manifestaba. La avenida Nueve de Julio había ennegrecido de repente y hacía reflexionar a Cecilia sobre el poder de deslumbramiento que aún tiene la naturaleza sobre los habitantes de las ciudades.
Después, perdí una llamada de Cecilia. Sucedió durante el mediodía del viernes, mientras me hallaba guarecido en la entrada de un edificio de la calle Montevideo, casi esquina con Lavalle, sin poder cruzar la correntada de agua que descendía hacia el sur —tres palabras de Víctor daban cuenta de la omnipresencia de los aguaceros; desde la ciudad de México, él abrevió: «rejas de agua»—.
En los días siguientes, Cecilia comunicó un hallazgo en la casa del fundador de la Villa, el cual estaba relacionado con Las tres acacias, el lugar adonde en mil ochocientos dos, de acuerdo con el argumento de la novela de Juan José Saer, el doctor Weiss inauguró una Casa de Salud. Debido a que el pronóstico del tiempo no auguraba días de playa, ella planeaba retornar a la casa del viejo Gesell.
Las nubes registra el miedo de un convoy que se dirige a Las tres acacias, a través de la pampa, o, lo que es igual a decir: el pánico hacia la expulsión del universo. Tal vez por eso, y en aquellos días, me vino a la imaginación la acotación siguiente: Vale la pena hacer notar que los enfermos mentales, cuando poseen cierta educación, tienen casi siempre la tendencia irresistible a expresarse por escrito, intentando disciplinar sus divagaciones en el molde de un tratado filosófico o de una composición literaria. Sería erróneo tomarlos a la ligera, porque esos escritos pueden ser una fuente inapreciable de datos significativos para el hombre de ciencia, que en la palabra escrita tiene a su disposición, al abrigo de la fugacidad del delirio oral y de las acciones fugitivas, una serie de pensamientos disecados, semejantes a los insectos inmovilizados por un alfiler o a la flora seca de un herbario en los que concentra su atención el naturalista.

2010-03-21

Espero que antes de venir a Mar del Sur, leas (y mires) estas notas. Seré breve, no me acostumbro al teclado prestado. No estoy en mi ibook, me parece que no me deja escribir por celos; peor aún, porque sabe del estrecho contacto de mi dedo con la pantallita del ipod.
Lo sabe, estoy seguro.
El caso es que que ella tipea motu proprio una raya tras otra. Se me ocurrió que se trataba de un virus, pero verifiqué que no había ninguno, y, por tanto, pensé que se trataba de un problema del teclado. Como es una laptop, dudo que tenga arreglo. De cualquier forma voy a hacer la prueba y así demostrarle todo lo que la quiero —en un verano pasado, yo iba todas las mañanas a escribir a la uca; Cecilia fue testigo de mi amor: yo llevaba mi nueva ibook a la biblioteca, donde Cecilia estaba haciendo una pasantía, y le pedí a Cecilia que viniera a conocer a mi nuevo amor (lo cuento porque sé que ella lee todo, sé que el problema del teclado no es algo físico, ¡satanás!, no, no, tampoco... celos rabiosos, y ahora ella expulsa mis dedos de sus botones negros).
Pero el tema es Mar del Sur.
Un sitio que amo porque lo conozco desde la infancia. Voy a intercalar algunas imágenes (quedarán para otra ocasión las del mar perlado, por ejemplo, la de los nadadores del muelle en peligro de derrumbe, el carro negro... que salieron todas lindas, se me ocurre que debería tomarle unas fotos a ella, más fotos, como antes, fotos de la época dorada en que escribíamos juntos, qué tristeza).



Mar del Sur está a solo quince minutos de Miramar y vale la pena venir, siempre y cuando sea un día calmo, porque Mar del Sur suele ser ventoso y salvaje.
Respecto a Piedras Negras, ya comenté que no es un sitio especial, quiero decir, no resulta un lugar nunca visto o conocido, lo que pasa es que acá no hay demasiado para hacer y los veraneantes suelen caminar hasta las piedras cuando la marea les permite llegar. Una vez en las piedras, andan curioseando las peceras naturales.
No existe ir en bici, no hay calles.
Sólo por la costa, animándote cuando el mar te ciegue el paso... conviene esperar a que primero pasen otros veraneantes. No son acantilados altos como los de Miramar, pero tampoco son para tomarlos en broma. Hay que alejarse de la playita céntrica unos tres kilómetros hacia el sur, que si la marea te lo permite es hermoso (solamente existen un par de escollos, cabitos o puntas de acantilados). El mar brama mientras caminás a su lado y está como en una especie de hoya... la orilla, viento y cielo. Si mirás para el pueblo, o el campo, observarás la irregular construcción de casas de veraneo, apuntaladas sobre los petisos acantilados.
Hay una frecuencia bastante amplia de colectivos desde Miramar, que parten de la Mitre. El jueves o viernes, a las cuatro de la tarde, vine con Vanna. Teníamos la idea de volver a las nueve, pero no pudimos. Las ráfagas de viento no eran nada hospitalarias, a menos que nos quedáramos en la playita céntrica, a escasos pasos de las ruinas del Hotel: Lo poco en cuenta que la naturaleza tiene nuestros planes


2009-08-14

Dice Raúl Beceyro* que en las películas de Abbas Kiarostami se produce una unión agridulce de materiales documentales con una sofisticada organización narrativa. Y que «nuestro» saber, o lo que creemos saber del momento final, queda suspendido. Es sólo una idea, de la cual me serviré para ilustrar mi lectura de Magic Resort.

De Max me atrajo el humor. Esa zona de la novela tiene momentos que carretean en una dirección 1984 o Naranja Mecánica, pero pura imaginación mía. Todavía no comprendo la inserción de los juegos de suma cero en el «armado» de Max.
Me sentí más a gusto con Lenis porque me llegó la tensión entre la Franja de Gaza y las traducciones, las encuestas, los pufs, las plays, el ping-pong, el psicoanálisis. La pantalla «lejana» resulta sangrienta, dura y hasta sucia. El cuaderno tiene oraciones largas. El primer sitio en el cual experimenté que la novela me tuvo en sus redes fue en la página cincuenta y uno, donde Lenis relata lo del taxi.
Poco más adelante, las referencias que huyen... nuevamente Max. Me gustó el título: Las heridas son fieles. Pero al concluir este segundo Max me quedé pensando en la función «otro». Max se había estructurado en función de Tutor y luego de Dante. Así que Max no puede, tal como declara en la pagina sesenta y tres, arreglárselas solo. El tipo hace planes como también los hace Lenis: se propone rutinas en busca de alcanzar un equilibrio. Empieza a revivir por el lado de Dante, aunque la voz de Dante suene patética, tan patética como la de Marcia durante el paseo por el shopping. Sucedió ya con Lenis y su cuaderno: la narración en Max se refuerza por la vía del diario íntimo. La cita final de Dante, como dije respecto a Lenis y Rush en el instante del taxi, hizo que no consiguiera yo salir de las redes de la novela. Esas palabras de Dante hablan de algo «verdadero y profundo» por detrás de las «fruslerías y lugares comunes». Y yo estaba pensando en las fruslerías y lugares comunes de Marcia; o sea, me encontraba repentinamente con unas palabras que parecían dirigidas a mí. Era la máquina narrativa funcionando a pleno.
Noche y niebla hace honor al contraste entre el cibernauta y la abuela. Pocas páginas más adelante, exactamente en el «vagabundeando» y tras los puntos suspensivos de las palabras de la abuela dirigidas a Rocío, gocé por aquel contraste y enseguida me reí. Me reí de veras en compañía del texto, porque en el renglón siguiente a los puntos suspensivos, me encontré con las «risas» que parecían compartidas y escuchadas por la novela. Es decir, lo mismo que ocurrió cuando lo de Dante: el lector vive cosas que la novela escucha.

El documental propiamente dicho viene dado por Rush, pero no exclusivamente por él. Creo que en Magic Resort los escritos de distinta índole funcionan de manera documental. Inclusive los sueños de Rush. Así como las imágenes de las portadillas y los versos de Eliot.
Me quiero detener un poco en los escritos en cuadernos o diarios. En Noche y niebla no hay otra señal aparte de la bastardilla para indicar que Rocío escribe. Este esquema renueva una fuerza que, más adelante, recuperará su intensidad en La desolación es sutil. Existe esa misma fuerza en los e-mails. Sin embargo, la narración podría haber dado pautas que inscribieran a los textos como correos electrónicos, sin recurrir a los encabezados. Rescato que al final, Rocío exprese que los correos de Max están en función carta.
La crónica de Rush hace bien a la novela. Fue un logro haber insertado ese mensaje de zozobra apocalíptica. Lenis se desdibuja un poco en la historia. Por último, puesto el foco en la bipolaridad de Max, tal vez algo emane de él que hable de Magic Resort como un todo suspendido. Max encuentra algodones en el «hasta que te vea» de Rocío. Un final de desplazamiento, como sucede con los afectos. Un tránsito excéntrico y discontinuo del afecto.


* R. Beceyro hizo en mil novecientos ochenta y ocho una adaptación cinematográfica de Nadie nada nunca.

2008-09-09

Nobody nothing never. 1993.
La traducción de Helen Lane omite la ambivalencia del título original. Es interesante notar que la edición francesa de la novela optó por conservar el título en español.

Nada de nada
Nada de nadar
En la contratapa de Nadie nada nunca, edición de Seix Barral, se imprimió en rojo:
¿Qué discurso da cuenta de la complejidad de lo real?
¿Cuántas versiones de una historia son posibles?

¿Cómo sería El limonero real en inglés: royal o real?
Idéntico problema se ha presentado para el francés. Sí: la traducción de El limonero real en Francia colisionó con el problema del título.
La ambivalencia del español admitía tanto:
Royal de rey
Réel de real

En El concepto de ficción se dice:
[…] El tema formal del libro sería justamente esta imposibilidad de agotar el significante y por lo tanto de la narración, como ocurre por el contrario con la narración clásica. [Entrevista de Gérard de Cortanze a Juan José Saer]
De cara a la complejidad de la traducción al francés: Le citronnier royal / réel, Laure Guille-Bataillon tituló la novela: Los grandes paraísos / Les grands paradis.

[…] J’ai rencontré Juan José Saer, pour la première fois en 1974, lors d’une lecture de poèmes à la librairie Shakespeare and Company, encore hantée par les fantômes de James Joyce et de Sylvia Beach… Il m’offrit un exemplaire du Limonero real, en me disant : «Je n’écris pas pour exhiber mon argentinité.» Nous ne connaissions que peu de chose sur cet Argentin «habité». Il était arrivé en France six ans auparavant et y avait élu domicile. Les Grands Paradis — titre français de El Limonero real — était son septième livre. Le choc fut immédiat et Juan José Saer fit partie, aux côtés de Cesar Vallejo, Alfredo Bryce Echenique et Eduardo Mendoza, des quatre premiers auteurs que je publiai dans la collection "Barroco" aux éditions Flammarion. […]
Par Gérard de Cortanze

Les Grands paradis (El limonero real, 1974), roman traduit de l'espagnol par Laure Guille-Bataillon. [Paris], Éditions Flammarion « Barroco », 1980, 240 p.
Nadie nada nunca (Nadie nada nunca, 1979), roman traduit de l'espagnol par Laure Guille-Bataillon. [Paris], Éditions Flammarion, « Barroco », 1982, 262 p.

2008-08-29

Se han, un poco más tarde, puesto de pie y avanzando, con dificultad, en la oscuridad, entre las viejas baterías y las cubiertas podridas, se han ido aproximando al bayo amarillo viendo, con mayor nitidez a medida que se aproximaban, el resplandor apagado que emitía el pelo amarillento del caballo. Elisa lo ha palmeado en el cuello con suavidad, mientras el Gato, manteniéndose a distancia, observaba en voz alta que la inmovilidad total del caballo, semejante a la de un hombre pegado contra la pared de un túnel mientras pasa a su lado una locomotora a toda velo­cidad, era un signo de miedo y desconfianza. No había parecido moverse, en efecto, ni un solo músculo del caballo, mientras se habían ido aproximando ni durante los minu­tos en que estuvieron a su lado. Pero cuando se pusieron a caminar de vuelta hacia la casa, entre los yuyos resecos que chasqueaban en la oscuridad, habían comenzado a oír, otra vez, los sacudimientos metálicos de la cola y el ruido de los vasos chocando contra la tierra, como si todo el cuerpo amarillento se hubiese distendido cuando los extraños se alejaban. […]


Paul Collomb. Taylor Foundation 1998.

Justo en el momento en que entra al dormitorio para buscar el libro que Pichón le ha mandado de Francia, Elisa, que ha estirado con prolijidad la sábana y acomodado la al­mohada en la cabecera, está sacándose, por la cabeza, el ves­tido blanco. Sus tetas de bronce se sacuden pesadas, al rit­mo de sus movimientos. Elisa acomoda con cuidado el vestido, lo dobla en dos y lo cuelga del respaldar de la cama. Las tiras de las sandalias que mantienen tensas las argollas de bronce apoyadas en el empeine se anudan en las pantorrillas después de entrecruzarse varias veces y la bombacha negra, exigua y transparente, deja ver un triángulo de ne­grura más intenso y protuberante entre las piernas. Cuan­do Elisa se da vuelta para colgar el vestido en el respaldar de la cama, el Gato observa que las nalgas blanquecinas escapan por debajo del elástico de la bombacha, que no alcan­za a contenerlas del todo: dos franjas de carne espesa que forman un pliegue contra la parte superior de los muslos. Y cuando se inclina un poco, desplegando el vestido en el respaldar, el Gato ve que la tela transparente de la bomba­cha se estira, tensa, sobre la franja vertical que separa las nal­gas: por un efecto extraño, la tela, que a causa de la tensión pierde negrura y se vuelve todavía más transparente, pare­ce contener una especie de niebla difusa, color pizarra, que estuviese subiendo del desfiladero negro. Apoyando su vien­tre contra las nalgas ligeramente salientes por la inclinación de Elisa, y recogiendo en las palmas de las manos ahueca­das las tetas colgantes, el Gato murmura dos o tres palabras en el oído de Elisa que sacude la cabeza, riendo. Después el Gato se dirige a la mesa de luz, diciendo: "Como la de un caballo, sí" […]

IX Nadie nada nunca


2008-08-15

«Se en­cabritaban fácil; buscaban de morder a sus jinetes, y rara vez se dejaban montar por extraños. Y la gente parecía no dar­se cuenta de que la causa de todo eso eran los crímenes y que los caballos olían en el aire que algo se tramaba en la oscuridad contra ellos. Por eso cuando al cabo de un mes de que no pasara nada la vigilancia aflojó, los únicos que se­guían estando a la expectativa y no muy convencidos de que el peligro había pasado, eran los caballos. Cualquiera que se hubiese puesto a observar aunque más no sea un poco a los caballos se hubiese dado cuenta de que los animales sabían que algo se venía preparando. Desde fines de mayo, que era cuando el azulejo del doctor Croce había sido descubierto en la maleza de la isla, comido por los chimangos y las hor­migas, los caballos parecían saber en toda la costa un poco más que los hombres. A los percherones de Lázaro los ha­bían matado a mediados de julio. En los dos meses que si­guieron, en medio de heladas y temporales, no pasó nada: y la verdad es que no era fácil quedarse al sereno toda la no­che vigilando los potreros mientras caían las heladas de ju­lio y agosto, que llenaban el campo de escarcha, o cuando esos temporales de lluvia fina que duraban una semana y durante los cuales el campo y los ríos estaban desiertos y la gente se acurrucaba alrededor de los braseros adentro de los ranchos. Fue a mediados de septiembre, el dieciséis, para ser más exactos, la noche del quince al dieciséis, cuando ya ca­si no se hablaba más de la cuestión en la costa, que otro caballo, un doradillo, apareció muerto en un campo de Rin­cón, con un tiro en la cabeza y el cuerpo lleno de tajos.»

VIII Nadie nada nunca


2008-06-25

Hacer apuntes de cosas que pasaron al avatar en Second Life es material que empieza a funcionar como literatura cuando uno es escritor.
Responder si algo es mentira o ficción, creo que es problemático. Porque ni siquiera es fácil calificar a Domingo Faustino Sarmiento. La forma que encuentra Sarmiento de empujar al lector hacia un territorio desnudo, con algunas colonias alemanas y escocesas, que se exhiben en contraste con la villas nacionales; y a vislumbrar ríos que no son navegados; y a escuchar las confesiones: Yo soy muy propenso a llorar... junto con las ideas que sorpresivamente emergen de esas mismas páginas acerca de la poesía, o, las visiones exageradas del cerebro, o la memoria, del gaucho, por citar algunos ejemplos, es notable.
Por último, Las Nubes, me parece, dialoga con el Facundo. Con la locura del Facundo. Una novela con muchísimo humor. Y leer a Saer es una experiencia estética magnífica.


2008-06-22

En el Facundo, Sarmiento habla de los accidentes naturales y declara que la poesía «necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y lo vulgar empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal».
El miércoles pasado recibí por correo electrónico el cuento de Ray Bradbury: The veldt. El correo decía: «Estoy segura que lo conocés […] Second Life tiene un poco de esto.» Yo respondí: «Sí, es genial el cuarto de los niños.»
En inglés sudafricano, el título quiere decir: open grassland; unenclosed country.
El mensaje no llegó como el de Paulino, por debajo de la puerta de mi departamento. Pero es también una definición: el Segundo Mundo tiene algo de ese cuento. Sin embargo, el cuento habla de cuatro paredes de cristal que serían un canal de ideas destructivas.
La sabana africana y sus leones.
El Facundo habla del hombre-mapa que examina el suelo y el horizonte, «y se echa a galopar con la rectitud de un flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo él sabe, y, galopando día y noche, llega al lugar designado.» El «topógrafo» sirve a los ejércitos, dado que conoce «el rumbo por donde se acerca [el enemigo], por medio del movimiento de los avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección.» El libro de Sarmiento describe la práctica de los que atraviesan La Pampa para salvarse de los incendios de pasto. Asegura que hay mil estancias en la mente del gaucho malo. Una mente que puede recordar las señas, las marcas y el color de todos los caballos de La Pampa. Etcéteras que hacen acordar a Las nubes, de Juan José Saer. Para Sarmiento, las mentiras de la imaginación y el mundo ideal, o, lo incomprensible y lo bello, no se contraponen.
Por lo tanto, la tercera definición proviene de la poética sarmientina: el Segundo Mundo es donde empiezan las mentiras de la imaginación.


2008-04-12

Una civilización en los óvalos, rayas y anotaciones hechas en las páginas. Flechas y subrayados en diferentes colores: verde, rojo, azul, violeta, como rutas miradas desde el aire.
Pesquisas.
Son marcas que un lector envenenado hace en las páginas de un best-seller, un libro multiplicado hasta la náusea. Pero los signos se expanden como metástasis y la lectura se torna pedante, obcecada y apodíctica. Vehemente y moralizante a los ojos de Carlos Tomatis.

2008-03-07

Encontré una.
Chacabuco y Avenida San Juan

Más abajo los enlaces que llevan a: «…una gran caja con un puzzle dentro. La abres y sí, hay un puzzle, pero formado por piezas que proceden de otros muchos. Es un puzzle de puzzles. Para mí es un universo. Mientras está cerrada, pienso que todas las piezas se han transformado y encajan entre sí. Cuando la vuelvo a abrir, vuelven a presentar su aspecto original, ninguna encaja con ninguna».

2007-11-30
Hice un find con el título de mi novela

2007-12-07
Juan José Saer aclara dos cosas