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2008-07-20

Hace un mes, cuando contaba los primeros pasos del avatar en la isla estrellada, me vino Peter Sellers a los dedos. Hice una pausa en el minuto cincuenta y cuatro de la primera conversación, es decir antes de que el avatar se dirigiera a Sakurako, instante en el cual, empapado de agua de mar, el avatar se precipitó a pronunciar palabras con visos de aquel berdi nam nam de la película.
No sé si la pausa fue corta o larga, pero fue de sabana africana y leones; ficciones y mentiras pampeanas; el barco y la perla; la visita incomprensible; las coordenadas de un crimen; los rodeos de una novela familiar; la violenta fotografía de una ventana.
Aunque siempre de Peter Sellers.
Porque, mientras el avatar en la ínsula virtual quedó pausado, mis dedos robaron la famosa novela de Jerzy Kosinski de los estantes de la biblioteca de mi padre.
Being There o Desde el jardín.
Y, en relación a hacer una incursión en otro mundo, o realidad, tomé nota de una parte del comienzo del apacible y absorbente libro de Kosinsky, referida al asunto de adoptar un nombre.
El libro cuenta la salida de Chance, y «todo lo que veía fuera de los límites de la casa se asemejaba a lo que había contemplado en la televisión; la única diferencia era que los objetos y las personas eran de un tamaño mayor, aunque los acontecimientos parecían desarrollarse a un ritmo más lento, más simple, pero menos ágil. Tenía la sensación de haberlo visto todo.»
A mitad de la calle y al pasar entremedio de dos autos estacionados, Chance sufrirá un accidente. Una señora esbelta saldrá inmediatamente de uno de los autos.
Chance se lamentaba del dolor en su pierna cuando «levantó los ojos hacia ella. Había visto muchas mujeres parecidas en la televisión.»
Transcribiré un pasaje de diálogo entre la señora y Chance hasta el punto de la adopción del nombre:

—¿No tiene inconveniente, pues, en consultar a nuestro médico?
—Ninguno, por supuesto.
—Vamos, entonces —decidió la mujer—. Si el médico lo considera necesario, lo llevaremos directamente al hospital.
Chance se apoyó en el brazo que le ofreció la mujer. En el coche, ella se sentó muy próxima a él. El chófer colocó la maleta de Chance en la caja y el vehículo se unió al tránsito matutino.
La mujer se presentó.
—Soy la señora de Benjamin Rand. Mis amigos me llaman EE, las iniciales de mis nombres de pila, Elizabeth Eve.
—EE —repitió Chance con seriedad.
Chance recordó que en situaciones similares los hombres de la televisión acostumbraban presentarse.
—Yo soy Chance —tartamudeó y, por no parecerle esto suficiente, añadió—: el jardinero.
—Chauncey Gardiner —repitió la señora.
Chance se dio cuenta de que había cambiado el nombre. Dio por sentado que, al igual que en la televisión, en adelante debía usar su nuevo nombre.

La novela es de mil novecientos setenta y uno; la televisión era la realidad virtual. Tenía olvidado el libro y no sabía siquiera el nombre del autor. En el verano, en relación a la decepcionante lectura de una novela de Luis Gusmán, mencioné la perfección de personajes como Wakefield, Bartleby, Jonathan o Don José. La condición de best-seller no resta perfección, me parece, a Chance.
O a Chauncey Gardiner.

Bienvenido Mr. Chance, fue el título dado a la versión cinematográfica (1979) en países de habla hispana, si bien en Argentina fue llamada: Desde el jardín.


2008-02-06

El peletero tiene problemas, dos al menos.
Cuando los pensamientos de Landa, el peletero, son llevados a la acción la novela pierde interés. Los diálogos con Hueso persiguen la verosimilitud sin alcanzarla, precisamente porque son fabricados como reflejo de un diálogo real. Pero el diálogo real es poco funcional.
Todos hablamos solos.
Será por eso que a mí me atraen personajes a lo Wakefield (Hawthorne), Bartleby (Melville), Jonathan (Süskind) o Don José (Saramago).
La historia de Rosa Comte y el pai Romero, referida por Hueso, consigue solamente sobre el final, si se quiere y por decirlo de algún modo, un poco de tensión realista.
Luego, acción y diálogos, restan mérito a la novela de Luis Gusmán.

Dos veces junio es perfecta hasta el reencuentro con Mesiano, después de la derrota de la selección argentina en Núñez. A partir de ahí la narración combina datos históricos y futbolísticos de la época de la dictadura.
El final.
La novela decae al hacer de su desenlace una historia de apropiación de menores. Es decir, a partir de que el relato subordina la ficción a la historia documentada.
Cosa que no ocurre en absoluto con La flor azteca, de Gustavo Nielsen, donde el protagonista es un colimba, igual que el protagonista de Dos veces junio.
La novela de Martín Kohan construye un personaje jodido para una narración políticamente correcta. Por el contrario, Nielsen arma una narración políticamente incorrecta para mutar a un perverso en un bicho entrañable.
En ambas novelas los discursos oficiales son rotundos. El principal de la novela de Kohan es el encarnado por el doctor Mesiano. Sin embargo, el nombre Mesiano es un apelativo redundante. Una sobra de Kohan.