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2011-12-23




Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Un gorrión ahorcado. Era algo que proclamaba a gritos su excentricidad y señalaba acusadoramente una mano humana que había penetrado en la maleza… ¿la mano de quién? ¿Quién había sido el ahorcador? ¿Y para qué? ¿Cuál podía ser la causa?



2008-12-07

Paradojas

Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo.
El 31 de diciembre de 1936. Antonio Machado

No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario.
Aproximadamente dos meses antes de su muerte. Miguel de Unamuno

Durante el acto de apertura del curso académico en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, varios oradores soltaron tópicos acerca de la anti-España. Un indignado Unamuno, que había estado tomando apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y dijo: Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. [...] Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...
En ese punto, el general José Millán-Astray que, tras haber fundado el Tercio de Extranjeros bajo los lemas ¡viva la muerte! y ¡a mí la Legión!, había perdido un ojo y un brazo en la guerra de Marruecos, empezó a gritar: ¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?. Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: ¡Viva la muerte!
A continuación Millán inició su arenga: ¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!. Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de ¡viva España!



Se produjo un silencio y Unamuno agregó: Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de «¡viva la muerte!». Esto me suena lo mismo que, «¡muera la vida!». Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán-Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. [...] El general Millán-Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...
Millán-Astray gritó: ¡Muera la inteligencia! Sin embargo, José María Pemán, apologeta católico y creador de himnos, exclamó: ¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!
Unamuno no se amilanó y concluyó: ¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.

Wikipedia

2008-11-21

Vida y trabajos de Gerónimo de Pasamonte
Edición de Florencio Sevilla


Capítulo 48

Por haber sido largo en el capítulo pasado, no he contado otro caso espantable, pero lo quiero contar en éste. Y fue que una noche, después de cena, la buena mujer (Dios la perdone) bajó abajo a lavar con la muchacha, y el buen estremeño y yo nos quedamos solos a la mesa hablando, y él siempre me sosacaba, sacándome al camino contra su mujer por si yo entendía algo de sus maldades; y séame Dios testigo que nunca le descubrí nada, pero bien la conocía él. Estando, como digo, a la mesa, en la cocinilla comenzó a sonar un ruido tan terrible que parecía que caían piedras de molino de lo alto y que hundían la cocina a bara. Y era que tenía la traidora unos clavos hincados en el fuego (encanto del demonio y nueva manera de matar), y ya yo le había sentido batillos otras veces. Como sentimos tal ruido, yo me alcé para pasar corriendo si los podía haber a las manos, y el estremeño con la candela en la mano se me atravesó delante de la puerta y dijo:
—Aquí no hay nada.
Y dije yo:
—Y ese ruido tan terrible, ¿qué fue?
Respondió él:
—Algún diablo había sido por espantarnos.
Yo, desimulado, me tomé a asentar y él también. Y luego tornó el ruido tan fuerte como primero. Yo quise tomar la candela y ir delante, y él me ganó por la mano y entró primero y dijo:
—Veis aquí que no hay nada.
Y no me dejaba entrar a mí a la cocinilla, y si trujéramos dagas, que no se podían traer, yo creo le ganara por mano. Yo, enojado, le dije:
—Mirad qué hay en aquel fuego.
Y él, también enojado, pisó con el pie en la ceniza y dijo:
—¿Qué ha de haber?, que no hay nada.
Y así nos tornamos a asentar, y él se puso a leer en un libro de corónicas. Subió la señora de abajo con la muchacha y dijo qué ruido era el que había sonado. Dijo su marido:
—No lo sé.
Llegose la muchacha a mí y me dijo qué tenía, que estaba tan flaco y malo. Yo le respondí:
—Dios lo sabe lo que tengo, pero bienaventurada tú si no hubieras nacido.
Y esto dije yo, porque su ama le había mostrado sus malas artes. Respondió el ama:
—¿Por qué?
Yo dije:
—Por lo que Dios sabe.
Respondió el marido:
—Que tú le debes haber enseñado a que se condene.
Ella replicó:
—Ay, amarga de mí, algún diablo debe haber en esta casa.
El marido alza el libro a dos manos y dale con él en la cabeza. Ella se entró en la cocinilla, y yo aquieté el marido lo mejor que pude, y me bajé a dormir. Mirad si hay maldades como estas; y todo procede de no quitalles las armas a los frenéticos con que se matan, digo la prohibición de los malos espíritus. Estando en el hospital, vino un hombre honrado a mí y me dijo:
—Señor Pasamonte, vuestra merced a mí me ha hecho placer; véngase en mi casa, que mi mujer y yo le serviremos y tendrá harto mejor cama y servicio por los quince reales.
Yo me fui en casa deste hombre de bien, y cierto tenía mejor servicio. Pero tenía una dificultad, que un español honrado que tenía allí tres hijas y andaban a tú por tú cuál se casaría comigo, y yo estaba aborrido que no sabía qué hacerme. Fuimos pagados; y la patrona de la casa se llamaba la Osorio, mujer muy libre y conocida; dándole yo el pagamento a razón de quince reales, y díjome:
—¿Y no quiere pagar más?
Yo le respondí:
—Señora, sólo yo en Gaeta doy quince reales y no puedo dar más.
Ella, como mujer libre, me dijo:
—Pues otro poco a otro cabo—, que creo fue ángel para mí.
Yo me enojé y fui al capitán a suplicalle me diese licencia para irme al reino; y no queriéndomela dar, tantos medios tuve que me hizo la merced, y ansí salí libre de más que de demonios. Gracias al Señor.

2008-10-20

Quizás sea interesante no fiarnos del narrador enamorado. Pienso que enamorar y enamorarse despiertan siempre alguna clase de temor. Cierta clase de locura.
Viene ahora a mi cabeza un escrito breve de Borges. Empieza con una reseña del juicio final. El momento fatal en el cual los artistas serían mandados a animar a sus criaturas o creaciones. Los artistas no conseguirían dotar de vida a sus obras y en consecuencia habrían de ser implacablemente condenados al infierno.
En la infancia había un espejo. A Borges le daba espanto la posibilidad de que su reflejo en el espejo cobrase autonomía de su propia persona. Imprevistamente, Borges afirma: veo en el mundo presente resurgir ese temor.
A continuación, comienza a relatar las salidas con una joven. Caminatas que habían ocurrido un tiempo atrás, tres o cuatro años antes. Era una chica sombría, en cuyas venas corría la sangre de abuelos y bisabuelos federales, así como en sus propias venas corría sangre unitaria. Paseó Borges con ella desde Once hasta el parque Centenario. Pero era, se dice así, una chica con la cual no pasaba nada. Borges espléndidamente dice: «Entre nosotros no hubo amor ni ficción de amor: yo adivinaba en ella una intensidad que era del todo extraña a la erótica, y la temía.»
Sin embargo, hubo temas de conversación. En las primeras salidas se acostumbra relatar algún episodio verdadero o prestado del pasado. Pueril, anota Borges. Al punto, relata: «yo debí contarle una vez el de los espejos y dicté así, en 1928, una alucinación que iba a florecer en 1931. Ahora acabo de saber que se ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve mi reflejo, usurpando el suyo, y tiembla y calla y dice que yo la persigo mágicamente.»
Pero.
Quizás el narrador mienta. No deliberadamente, pero mienta. De suerte que Borges sería un sombrío perseguidor de Julia, la nieta y bisnieta de federales. Unitario y enloquecido. Cebado durante aquellos tres o cuatro años por una ficción de amor, sólo visible en la superficie velada de su relato. Como sucede con la locura paranoica del protagonista de El inquilino, de Polanski. Ficción velada por el yo.
Son perturbadoras las expresiones finales del relato:
«Aciaga servidumbre la de mi cara, la de una de mis caras antiguas. Ese odioso destino de mis facciones tiene que hacerme odioso también, pero ya no me importa.»

2008-10-08

No todos los seres humanos son comestibles.
Los cuadernos de cocina de La cuisine cannibale traen recetas sorprendentes y algunas totalmente tabúes, como afirma Domingo Pujante González al citar un plato de cada clase: Myope au gratin y Bébé à la brissac.
No hay duda de que Roland Topor con La cuisine cannibale termina haciendo apología del cigarrillo: Un sujet fumeur est souvent plus sain, et son goût plus fin, qu'un sujet non fumeur.
La cuisine incluye placas de crónicas policiales.
El buen locador nunca debe fiarse del locatario. El inquilino puede perseguir a toda costa el asentimiento del locador. Pero puede engañarse; el punto de vista de quien narra una historia siempre es limitado. Más todavía si enloquece como una cabra, según parece ocurrir en Le locataire chimérique —novela de Topor dirigida y protagonizada en cine por Roman Polanski: The tenant (1976) —.