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2017-06-07

Yo había muerto

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A mi vuelta de los infiernos, mientras de modo paulatino iba reintegrándome a la vida y a mi trabajo, a medios que pagan mi trabajo y me permiten seguir escribiendo y leyendo, volvía a encontrarme con mis amigos. Tuve entonces la alegría de comprobar qué cosa es poder mirar a la gente en los ojos. Cuando estaba enfermo, no podía hacerlo. Y cuando lo lograba, era sólo por esfuerzo: sostenía la mirada, que de por sí, tendía a bajar. ¿No se han fijado ustedes que la gente que adquiere una enfermedad mental adquiere al mismo tiempo una manera huidiza de mirar? A veces, cuando miro a ciertos ojos, me parece saber de qué se trata. Pero ya no es mi caso. Y dentro de poco mi caso no será más que un cuento al que cualquiera tendrá derecho a poner en duda.
Me reencontraba con mis amigos: Correas, Sebreli, Lafforgue, Rozitchner, David Viñas, Ismael, Verón, Marín, León Sigal. Durante mi estadía en el infierno los había visto poco. Algunos, supe, me evitaban, tenían razón. Otros no pudieron acercarse a mí, aunque tal vez lo deseaban. Es que tenían miedo, no de mí, sino de la imagen de ellos mismos que tal vez podrían descubrir, como en espejo, en mí. También tenían razón. Otros respondían con la conducta inversa: se acercaban y con una mezcla de piedad y lucidez me decían lo que era cierto: que no había diferencia entre la enfermedad mía y la salud de ellos. También tenían razón. Cuando yo me puse tratable, pienso, todos respiramos, y fue bueno para todos volverse a tratar.
Reaparecían entonces para mí las cuestiones fundamentales que ciñen la vida del intelectual contemporáneo: la política y el Saber. No hablaré de ellas aquí. Con respecto a la primera, diré que el problema de la militancia, al menos en la Argentina, aparece intocado. La cuestión fundamental está en pie. ¿Debe o no un intelectual marxista afiliarse al Partido Comunista? Yo no me he afiliado: primero, porque los cuadros culturales del partido no resistirían mis objetivos intelectuales, mis intereses teóricos. El psicoanálisis, por ejemplo. Y en segundo lugar porque hasta la fecha disiento con los análisis y las posiciones concretas del PC. Por estas razones no me he afiliado, y no sé si lo haré algún día. Pero respeto a quienes lo hacen o lo han hecho. Pero además, ¿dónde militar? ¿Con qué grupos trabajar? ¿Qué hacer?
En lo que se refiere al Saber: en estos años he «descubierto» a Lévi- Strauss, a la lingüística estructural, a Jacques Lacan. Pienso que hay en estos autores una veta para plantear, en sus términos profundos, el problema de la filosofía marxista. Lo que significa que ya no estoy tan seguro sobre la utilidad de las posiciones filosóficas, teóricas, sartreanas, como lo estaba ocho años atrás
[…]



Una charla acerca de arte y vanguardias me llevó a hojear el libro de Oscar Masotta, Sexo y traición en Roberto Arlt, de Centro Editor de América Latina, 1982. Para mi sorpresa, me doy cuenta de que no había leído la presentación publicada a modo de apéndice. Lleva por título Roberto Arlt, yo mismo.
Al ejemplar le falta la página que transcribo arriba. El texto imperdible puede leerse completo a partir de la página 152 del libro publicado este año por el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM, con motivo de la muestra en homenaje a Masotta.

MUAC · Museo Universitario Arte Contemporáneo, UNAM - Hasta el 13 agosto. Descargar Oscar Masotta. La teoría como acción. (Ciudad de México, MUAC-UNAM, 2017)

El atado de libros de Paulino

2011-03-21

[…] empecé a pensar cuáles eran las madres que estaban en la literatura argentina y que uno podía recordar […]

[…] Recordaba entonces, por ejemplo, la madre de Silvio Astier en El juguete rabioso, que es una figura fortísima porque siempre que quiere escribir, la madre le dice que hay que trabajar, cada vez que Silvio Astier está leyendo, le dice «no sigas leyendo tenés que buscar un trabajo», y entonces la novela es la fuga de la madre, cómo se escapa de esa especie de orden materna de que hay que salir a ganarse la vida. Después está la madre que aparece en La traición de Rita Hayworth, la novela de Manuel Puig. Toto, el chico que anda por ahí en el colegio y está siempre escapando porque todos le quieren pegar, lo maltratan, tiene a su madre que lo lleva al cine. La madre lo lleva al cine y entonces es la madre la que instala esa mitología que va a acompañar a Puig durante toda su obra, y está muy bien contada esa intimidad con la madre, esas tardes en que van al cine del pueblo a ver películas de Hollywood.
Después está la madre de Tomatis, el personaje de Juan José Saer, que es una especie de madre negativa porque está siempre mirando televisión (que en el mundo de Saer es lo peor que puede pasar). La madre está siempre mirando televisión y lo único que le pasa a la madre es que Tomatis —que es el poeta que anda por ahí— le tapa la pantalla, la única relación que tienen es que Tomatis le tapa a la madre el televisor, y entonces la madre le pide que pase rápido.

A raíz de la presentación de Soy un bravo piloto de la nueva China.

2008-09-18

Tengo conmigo unos libros que fueron de Paulino. Los traje hace una semana y los conservé dos o tres días como estaban, es decir, atados. No es simple ahora encontrarles un lugar en la biblioteca. Están por el momento apilados en un escritorio.
Entre los libros hay uno que le había regalado a mediados de los ochenta, tal vez haya sido el primero y creo que se lo regalé para un cumpleaños: Sexo y traición en Roberto Arlt (1982), de Oscar Masotta. Extrañamente no hay dedicatoria, sin embargo el año pasado charlamos sobre ese libro. Fue el día que fuimos a El rufián melancólico en busca del número 226 de la revista Primera Plana, aquel ejemplar que incluía una entrevista a Manuel Puig. Le pregunté si guardaba el libro de Masotta, porque en las idas y venidas, de un lugar a otro, podía haberlo perdido, como le había pasado con otras cosas. Por ejemplo, con algunas fotografías. Paulino me dijo que no lo había perdido.
Por esos días de enero, él había comprado Los zumitas (1999), de Federico Jeanmaire. Se había puesto a pensar, me acuerdo, acerca de la magia, arte por excelencia de la civilización zumita: Una ilusión, apenas, que ni siquiera puede robarse.
También tengo el último libro que le regalé: Prólogo Anotado (1993), del autor de Los zumitas. Éste sí con dedicatoria que dice: Para Paulino, mi amigo más generoso. 2005-12-…
Horas antes de la segunda operación, planificada para un viernes, pero que se pospuso para el lunes siguiente, le di una ficha de rompecabezas que decía: Suerte, mi mejor amigo. 2008-04-10

Para mí agrado encuentro un libro que Paulino mencionó en "No podía resistirme a conocer quiénes eran...":

Hacía tiempo que no entraba al blog y me sorprendo ya que casualmente estoy leyendo unos cuentos de Melville, El vendedor de pararrayos [...] Melville me genera una especie de ansiedad difícil de explicar, aunque no pase nada siento en ciernes la catástrofe. Que puede ser pequeña pero abrumadora como en Bartleby o descomunal como las adversidades que sufren muchos de sus protagonistas [...]

Publicado el 3 de noviembre de 2007

No sé referir este momento.
Las bibliotecas se incomodan con las donaciones otorgadas con el prerrequisito de ser conservadas separadas del resto. El donante supone que la unión física guarda la memoria del antiguo poseedor. Espectáculo únicamente para los ojos de la persona que lleva y trae los libros. Perteneciente al trasmundo de los mostradores… Me quedo con la parábola de Melville:
[…] Aferré el artefacto [pararrayos], lo partí, lo destruí, lo pisoteé, y, arrastrando fuera de mi casa al caballero del rayo, arrojé detrás de él su retorcido cetro de cobre.
Pero, no obstante el trato que le he dado, no obstante los intentos de disuasión que he practicado entre mis vecinos, el vendedor de pararrayos aún habita esta región; aún viaja en medio de las tormentas para traficar con el terror de los hombres.