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2015-08-31

Condenadas al olvido

No le temo al olvido, me preocupa llegar a ese lugar y que esté muy concurrido. @ciruelle

Eneas dejó atrás a su mujer en la confusión de la huida.

Me llevó a una colección de partes de diferentes rompecabezas.

Luis von Ahn quiso graficar la idea que tenía del bien.

Pero la película de Fernando Spiner tiene poco del penitente héroe.

Acabo de leer el título de la novela de Ricardo Piglia.

Fue pintado entre agosto y noviembre de 1933 por Siqueiros.

Aunque siempre la vi como arbusto.

Regresé a México para el primer aniversario.

Borges dice que José Hernández no «silencia la realidad».

J. L. Borges: Sur número 32, mayo 1937

Recuesto la cabeza en las diez entradas más leídas —Onetti dice en la cama— haciendo resbalar mis labios agradecidos. Hay dos o tres que están entre mis preferidas. Ya habrá oportunidad de compartir el top ten de esas auténticas condenadas.

2009-01-21

RETRATO DEL NOVELISTA DESCONOCIDO
La improvisación repetida. Rita traiciona otra vez.
Primera Plana (Buenos Aires),
N° 226 (25 de abril de 1967), 66-67


[…] Una nota de Mary McCarthy en Encounter […] lo envió [a Manuel Puig] a las páginas de Ivy Compton-Burnett. «Para mi gran sorpresa… descubrí que mis diálogos de incógnito ya habían sido hechos hace 20 años: y pensar que creía haber inventado algo nuevo», informó [Manuel Puig a Emir Rodríguez Monegal, 11 de abril de 1967] con esquinado humor.
Referencia a lo expresado al tope de la tercera columna, p. 66

[…] Se eligió Diario de Esther: 1947 para la revista porque, como Borrini [corresponsal de Primera Plana en Nueva York] le explicó a Manuel, era el único capítulo «que tu padre podría leer sin ningún problema». […] Como le escribió Manuel a Emir, «supongo que una nota en Primera Plana te pone en órbita enseguida». Pero los extractos del Diario de Esther podían ser entendidos como «demasiado cercanos a lo real», advertía Emir […] Sin el comienzo sentimental ( Domingo 7 Tendría que estar contenta y no lo estoy, una pena que no es honda pero es pena quiere anidar en mi pecho. ¿Será la luz mortecina de este crepúsculo de domingo?) donde como Manuel lo expresó: «al faltar el principio del capítulo (donde yo cargo más las tintas para hacer entrar al lector en el juego) parece que el cursi es el autor y no el personaje». Tal como apareció en Primera Plana el extracto invitaba a lecturas altaneras y erróneas y rechazos hoscos, como [el ácido comentario de Juan Carlos Onetti:] «Sé cómo hablan los personajes de Puig; lo que no sé es cómo escribe».
Referencia a «una aventura del lenguaje (ver páginas 72/73)» en la segunda columna, ocho líneas debajo del subtítulo, p. 66

Manuel Puig y la mujer araña, de Suzanne Jill-Levine.
Seix Barral Los Tres Mundos Biografía


2008-04-19

Libros violentos.
Las palabras engañan, puesto que la palabra violencia comporta a la vez nociones de dolor, incomodidad, cambio y, también, por qué no, fascinación.
No creo que los escritores sean visionarios. Por lo menos no creo que el escritor de Moby Dick lo fuera, y tampoco el del Quijote, y mucho menos el de La vida breve. Libros que amo porque en ellos hay cicatrices de la composición o de la hechura. Y la composición revela que habrían sido imaginados en contra de algo. Incluso en contra de otros libros.
Algunas hojas llevan incrustadas búsquedas de los escritores, aunque, difícilmente, esas hojas, hayan sido imaginadas exactamente como salieron escritas. Pienso en hojas que pueden ponerme en una situación molesta o que me enojan. Son hojas violentas sólo porque los escritores dejaron marcas de las vacilaciones o dificultades que afrontaron al escribirlas.
La noción misma de violencia puede ser inadecuada. Estos libros, a decir verdad, parecen deshechos. Tienen fallas. Pero, en eso, creo, reside el arte de estos libros.
Parecer no terminados.

2008-03-04

La incursión de la realidad en la ficción, Macleod en la historia de Díaz Grey y Elena, queda desconectada. Seguramente por eso me decepcionó.
Retorno ahora al capítulo once. Pienso que ahí existe un movimiento inverso, aunque semejante, entre Ernesto, Arce, Brausen. Ernesto se viste, de alguna manera, con las ropas de Arce. Es decir, la realidad se adelanta a la ficción que teje Brausen con la intención de aniquilar a la Queca.
En cuanto a Petrus, me acuerdo que Larsen lo entrevista en El astillero (1961).
Arrollador.
En cambio, Macleod y Glaeson me parecen extravagancias.
El último capítulo se llama «El señor Albano». Cuadro marchito en el Dick's. Leí la línea que sigue y pensé que era mejor detener la lectura. Apareció un tal Horacio, Guillermo, quién me corre, dije.
Es anómalamente colosal.

Ramificaciones de La vida Breve (1950) en Juntacadáveres (1964), que nacieron en mi lectura hoy antes de tomar el subte E hacia el parque, pero no las entendía.
Cuando dejé atrás Boedo, en el rincón del vagón que se desplazaba hacia el parque, leía el capítulo dieciséis, esto es, el anteúltimo capítulo de La vida Breve, que es el anteúltimo de Juntacadáveres.
Ya por los senderos del parque, como resultado de no poder explicar totalmente lo que había leído en el último trayecto desde Boedo, experimenté una locura arrebatada.

—Qué maravilla.
—Querés que te la presente —arriesgó Peke— Fuimos compañeras de colegio.
Onetti, que caminaba junto a su tercera esposa, Peke, había quedado impresionado por la gracia que desplegaba una muchacha, cargando por la calle su violín de estudio.
La adolescencia de Dolly parecía demorada en el límite preciso de una dicha a la medida de Onetti, que encontró así, en la calle, a la mujer que habría de acompañarlo el resto de su vida.

Esta última parte se halla en la página 124 de Construcción de la noche y en Dorothea Mur, personaje de Onetti.


2008-03-01

Ayer en el subte D terminé el capítulo doce.
Capítulo que demora los hechos que involucran a Ernesto (Arce) y a Brausen. Lo mejor, lo rescatable, es la chica de guantes verdes, cuando dice a Stein y a Brausen: No me aburro [...] los escucho, algo entiendo y pienso en mis cosas.


2008-01-01

Empezar haciendo aquello que me gustaría continuar por el resto de los días de este año.
Escribir.
Palabras más o menos parecidas a las de Borges hace un cuarto de siglo. Borges dijo que empezaría 1983 leyendo. A mí me quedó grabado.

Horacio se apellida Lagos.
Pero la frase donde aparece dicha mención es rara y pertenece a Brausen: está al pie de la pág. 210: Estuve imaginando un jubiloso Díaz Grey [...] un jovial y decidido Horacio Lagos [...] un ex fugitivo desesperado [...]

Brausen habita un departamento en Independencia 858 con una cama empotrada que se baja.
En un muerto mundo personal está la Queca.
Del otro lado de la pared.

En Construcción de la noche leo que Onetti, a finales de la década del cuarenta, vivía en Independencia y Tacuarí. Borges iba al barrio a ver a una mujer. Creo que, indica Onetti, incluso alguna vez lo vi con ella en la calle, tomando café en un bar de esa esquina.

Soñé que estaba en un bar que tenía unos asientos reservados.
Yo leía el Quijote, el capítulo III.
No me acuerdo la lectura en sí, solamente la felicidad contagiosa del libro y el número tres.

Alcancé ayer por la noche el capítulo diez de la Segunda parte de la novela de Onetti. Los personajes se hunden más y más en su propia brevedad ignominiosa.

Necesito ahora otra lectura.
La encuentro en mi casilla de correo electrónico. Pertenece a la obra hermosa de Carlos Drummond de Andrade.


Pasaje del año

El último día del año
no es el último día del tiempo.
Otros días vendrán
y nuevos muslos
y vientres te comunicarán el calor de la vida.
Besarás bocas, rasgarás papeles,
harás viajes y tantas celebraciones de aniversario,
graduación, promoción, gloria, dulce muerte con sinfonía y coral,
que el tiempo quedará repleto
y no oirás el clamor,
los irreparables aullidos
del lobo, en la soledad.

El último día del tiempo
no es el último día de todo.
Queda siempre una franja de vida
donde se sientan dos hombres.
Un hombre y su contrario,
una mujer y su pie,
un cuerpo y su memoria,
un ojo y su brillo,
una voz y su eco,
y quien sabe si hasta Dios...

Recibe con simplicidad este presente del acaso.
Mereciste vivir un año más.
Desearías vivir siempre y agotar la borra de los siglos.
Tu padre murió, tu abuelo también.
En ti mismo mucha cosa ya expiró,
otras acechan la muerte, pero estás vivo.
Una vez más estás vivo,
y con la copa en la mano
esperas amanecer.

El recurso de embriagarse.
El recurso de la danza y del grito,
el recurso de la pelota de colores,
el recurso de Kant y de la poesía,
todos ellos... y ninguno resuelve nada.

Surge la mañana de un nuevo año.

Las cosas están limpias, ordenadas.
El cuerpo gastado se renueva en espuma.
Todos los sentidos alerta funcionan.
La boca está comiendo vida.
La boca está atascada de vida.
La vida escurre de la boca,
mancha las manos, la calzada.
La vida es gorda, oleosa, mortal, subrepticia.

Traducción de Rodolfo Alonso

Gracias, Patricia Martínez.


2007-12-22

En la primera parte de la novela Brausen se desdobla.
Entre el departamento de al lado y el argumento para cine: Brausen será Arce en el departamento de la Queca y será Díaz Grey en Santa María.
Dejemos hablar.

Usted puede ir a Santa María cuando quiera. Y sin que nada le cueste, sin viajar siquiera. Escuche: [...] Brausen. Se estiró como para dormir la siesta y estuvo inventando Santa María y todas las historias. Está claro. Pero yo estuve allí. También usted. Está escrito, nada más. Pruebas no hay. Así que le repito: haga lo mismo. Tírese en la cama, invente usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas [...] Dejemos hablar al viento. Capítulo XXIII

Onetti inventa personajes: Stein, la Mami, la Gorda, ellos y Ernesto, Macleaud, Onetti.

El hombre que me había alquilado la oficina se llamaba Onetti, no sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que sólo podía ser simpático a mujeres fantasiosas o a amigos íntimos [...]

Luego de este Onetti que le alquila una media oficina a Brausen, sigue Tres días de otoño, capítulo en el cual, violentamente, Brausen relata que Díaz Grey viaja en auto hacia el Bajo.
La narración es imprecisa. Hay una mujer. Díaz Grey está imposibilitado de besarla.

Díaz Grey y Elena Sala buscan a un joven.
Es un desesperado profundo.
Brausen irrumpe violentamente.
Dice: Y esto sucedía siempre, con pequeñas variantes que no cuentan; una y otra vez, fingiendo trabajar en mi mitad de oficina, vigilando las espaldas a Onetti.

[…]

Yo besaré los pies de aquel que comprenda que la eternidad es ahora [...] Beso sus pies, aplaudo el coraje de aquel que aceptó todas y cada una de las leyes de un juego que no fue inventado por él, que no le preguntaron si quería jugar.

[…]

Él es así, dice Elena en la calle después de un rato, un hombre que quiere ser él mismo y acepta las reglas. Se refiere a ese yo que besará los pies de aquel otro que comprenda que la eternidad es ahora.

[…]

Termina la búsqueda del desesperado profundo.
Elena se dirige a Díaz Grey.
Yo lo traigo a dormir. Tal vez Ud. quiera otra cosa. Siempre me porté mal con Ud. ¿Qué le gustaría?
Díaz Grey piensa volver al consultorio. Pero.
Me gustaría estrujarla.
Bueno vamos.


2007-12-19

Capítulos doce y trece.
En el doce, Brausen se encuentra cara a cara con la vecina.
Queca se llama la vecina.
Brausen conoce el nombre porque lo ha oído a través de la pared.
El trece lleva por título El señor Lagos. Quiero sólo apuntar que Díaz Grey es conducido de las narices por un personaje largamente pergeñado y que hace ahora un colosal ingreso en la novela.
Tal vez haya algún lector que se trastorne tanto como yo al llegar a estos dos capítulos.

Abajo un fuori di pista de Lolita.

—Estaremos en Briceland a la hora de comer –dije– y mañana visitaremos Lepingville. ¿Qué tal esa excursión? ¿Lo pasaste bien en el campamento?
—Hummmm.
—¿Te apena marcharte?
—Hummmm.
—No gruñas, Lo. Dime algo.
—¿Qué papá? (emitió la palabra con irónica deliberación).
—Lo que se te ocurra.
—¿Te parece bien que te llame así? (sus ojos escrutaron el camino).
—Muy bien.
—Es un ensayo... ¿Cuándo te enamoraste de mamá?
—Algún día, Lo, comprenderás muchas emociones y situaciones; por ejemplo, la armonía, la belleza de la relación espiritual.
—¡Bah! –dijo la cínica nínfula.
Hubo un silencio de poca holgura en el diálogo, colmado por el paisaje.
—Mira, Lo, todas esas vacas en la colina.
—Creo que vomitaré si vuelvo a ver una vaca.
—¿Sabes, Lo? Te eché terriblemente de menos.
—Yo no. Para que sepas, he sido asquerosamente traidora contigo. Pero no importa un comino, porque de todos modos tú dejaste de preocuparte por mí. Eh, señor, usted conduce mucho más ligero que mamita.
Aminoré la ciega velocidad hasta una marcha miope.
—¿Por qué supones que he dejado de preocuparme por ti, Lo?
—Bueno... ¿acaso me has besado hasta ahora?
Muriendo, gimiendo interiormente, vi al frente una curva razonablemente amplia, y me metí y anduve a los tumbos entre la maleza. Recuerda que es sólo una niña, recuerda que es sólo...

Invito también a seguir leyendo Lolita.
Lolita, o Dolores, como cada cual prefiera, desnuda en la imaginación de Humbert.
Me freno aquí.
Mi sangre irisada entra y sale de mi corazón, como entra y sale del corazón de papá Humbert.


2007-12-17

Voy por el capítulo cinco de La vida breve.
El primer capítulo se titula Santa Rosa por la tormenta. Brausen se baña en la ducha; está por empezar un guión para un publicista que se llama Stein. Esto se hace más claro, aunque no fácil, en los capítulos que siguen.
Díaz Grey es creado por Brausen; es un personaje de ese guión. Creo que Brausen parte de un recuerdo para inventar al médico. Díaz Grey observa por la ventana de su consultorio la plaza de Santa María. Brausen estuvo en Santa María, la ciudad junto al río. Aunque sólo una vez.
Un día apenas, en verano.
Por lo tanto, Díaz Grey empieza su vida literaria como personaje de un guión para una película: un viejo médico que vende morfina. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco. Así el personaje en distintivas palabras del autor.
La creación tiene lugar cuando Brausen cuida de Gertrudis en el hospital. A Gertrudis le sacaron un pecho.
Un argumento le pidió Stein a Brausen, algo que se pueda usar, que interese a los idiotas y a los inteligentes, pero no a los demasiado inteligentes.

2007-10-19

La glorieta iv
Desde el día del escándalo Larsen visitó a la mujer oscura, hermosa y arisca. Fue diciendo su historia sin propósito; contó para ganar tiempo. En algún lugar de Angélica Inés, se estaba perfeccionando un porvenir que le daría a Larsen el privilegio de protegerla y pervertirla. Con la boca entreabierta, embellecida por el resplandor de la saliva, ella, en respuesta a los recuerdos de Larsen, sólo podía dar un sonido ronco.
Era nadie.
El 22 de agosto Angélica Inés soñó con caballos.
Entonces, Larsen contó su amor por un caballo; hubo un circo, una multitud, un frenesí de tres minutos. Siempre es difícil hablar del amor y es imposible explicarlo. A las ocho, Larsen terminó de hablar y rehizo el camino al astillero; se dejó guiar por el resplandor amarillento de la casilla.

La casilla vi
Póngase algo en la cabeza por el rocío, vamos al restaurante y comemos ahí, invitaba Larsen. Y por si viene Gálvez, podemos dejarle dos líneas.
Había un miedo.
Júreme que no me deja sola esta noche de luna, y le digo lo que quiera saber. Sí, respondía Larsen. Pero cuando yo le diga que se vaya, se va, afirmó ella. Y si se encuentra con Gálvez no le dice que estuvo conmigo. Miró hacia la noche blanca. La mujer de sobretodo, los ojales tirantes, el alfiler de gancho que cerraba el cuello, había encontrado vacío el porrón de melaza que usaba para esconder algún dinero con Gálvez. Y el título ya no estaba en la casilla, y ni siquiera lo tendría Gálvez.
Tal vez haya ido al Chamamé, y si se llevó el dinero es posible que lo encuentre borracho. Voy y lo converso, decía Larsen.
Estuvieron helándose infinitamente separados.
Ahora puede irse, respondió ella mirando a la ventana. Larsen esperaba que se levantara. Miró los ojos que ya lo habían juzgado. Entonces la besó.
Ella se dejó y abrió la boca. Después le golpeó la mejilla.
La bofetada lo hizo más feliz que el beso.

Siempre es difícil hablar del amor y es imposible explicarlo; y más si se trata de un amor que nunca conoció el que escucha o lee, y mucho más si sólo queda, en el narrador, la memoria de los simples hechos que lo formaron.


2007-09-11

Tiempo de abrazar y los cuentos de 1933 a 1950
Arca. Montevideo 1974.

En 1941 Onetti realizó un segundo viaje a Buenos Aires. Colaboraría en los suplementos literarios de La Nación, la revista Vea y lea, y otros medios. El diario La Nación publicó Un sueño realizado, sobre el que Onetti dijo: «Un sueño realizado nació de un sueño: vi a la mujer en la vereda, esperando el paso de un coche, supe que también ella estaba soñando». Ese mismo año fue finalista con Tiempo de abrazar del premio Farrar & Rinehart. La novela logró una importante aceptación. Tanto que un jurado declaró: «Creo que Tiempo de abrazar será un gran éxito el día que se publique y dará lugar a juicios apasionados». Lamentablemente, Marcha sólo publicaría fragmentos de la novela, antes de la pérdida y posterior recuperación casi veinte años después, cuando Arca la publicó junto con una recopilación de fenomenales cuentos.

―La novia robada y otros cuentos, en el '68 ―viene pasando lista de libros el entrevistador español―. Aparece luego una extraña novela perdida, que al parecer estaba en posesión de una hermana suya.
―Habían quedado algunos capítulos. Es ésta ―el escritor uruguayo toma el título de Arca―. Tiempo de abrazar.
―Es ésa, exactamente.
―Esto lo han publicado como una novela. Pero es mentira. Son fragmentos de una novela. Son capítulos que se pudieron recuperar. Yo después me fui a Buenos Aires, y perdí todo.
Entrevista a JUAN CARLOS ONETTI por JOAQUÍN SOLER SERRANO,
1977

—Estaba pensando... Aunque te parezca que soy tonta. ¿Sabés lo que sentía antes...? Me daba vergüenza; como si ser virgen fuera algo anormal. Tenía vergüenza de sentirme, pensando en las otras... En las mujeres que ya eran mujeres.

Una chica Onetti.
Pienso en los brazos, senos y pies que arrebatan. En las especulaciones de Onetti sobre el sello de la virginidad.
Tapa de la primera edición: curvas de una mujer que parece la diosa de un templo hindú. La sueño en bajorrelieve y sexualmente entrelazada a otra armónica figura, que, como se llama, hace de apoyo.
Prosa admirable.

—Virginia.
Se miraron, sonriendo. Luego él vio morir el guión de la cortina y, con los ojos fijos en el ángulo en que había estado, murmuró:
—Tenía un miedo... después de la carta. Pensaba que todo había terminado. No por celos; pero tenía miedo de que esto, tal vez lo más grande que haya, lo conocieras con otro. Con alguno demasiado bruto; demasiado macho para tu ternura...
Ella saltó levemente, acariciándole un brazo con los perezosos dedos.
—No, Julio... No podía ser. Yo presentía lo lindo de esto, vida. No me hubiera animado a estropearlo. Tenía que ser contigo... contigo, vida querida. Y yo estaba tan segura de que iba a ser...; y lindo, lindo, lindo...

Tiempo de abrazar me hechizó desde la mitad hacia adelante. El erotismo es implosivo y moroso. […] Mierda, damas y caballeros. No era el pensamiento humano quien trazaba cauces para el instinto. Eran las mismas almas puras, los hombres rectos, los perfectos caballeros, las damas con neuralgia en lo ovarios […] Jason en la muchedumbre, último parágrafo, una bestia pulcra.

En mayo de 1976 la revista Crisis rescató un capítulo perdido. Fue publicado con el título La total liberación.
[…] Algo nuevo había aquella noche en Isabel. Un elemento extraño se agregaba a ella, evidenciándose en los ojos ausentes y la boca entristecida. Al besarla [Jason] sintió tan claramente la existencia de aquel algo indefinido y molesto, que la tomó por los hombros y la interrogó con sencillez, buscándole los ojos […]

La edición que tengo en mi biblioteca posee tapa celeste y dura. Título ocho de la serie Club Bruguera.

Tiempo de abrazar
Bruguera. Barcelona 1980.


2007-08-23

Carlos María Domínguez relata en Ésta es la noche, capítulo XII de La vida de Juan Carlos Onetti, que amigos y relaciones promovían en distintos países el envío de telegramas reclamando la libertad de Onetti, mientras el escritor, en el Cilindro, un estadio de básquetbol utilizado como lugar de detención, languidecía negándose a comer. «Jorge Luis Borges se cercioró de que no era comunista y firmó uno de aquellos pedidos».
[…]
»Una amiga consiguió una entrevista con el ministro del Interior, Linares Brum, para pedirle que lo trasladaran a un hospital. Tal como había combinado con [otro amigo personal, el escritor y abogado] Martínez Moreno, se encargó de explicitar el bochorno internacional que podría significar para el gobierno el hecho de que Onetti se les muriera en la cárcel. El jerarca respondió que la única alternativa de sacarlo del Cilindro era llevarlo al hospital militar, pero buscando una alternativa menos fatal ella insistió en la posibilidad de trasladarlo a un sanatorio privado.
[…]
»La internación en el Etchepare significó el inicio de un período de recuperación alentado por la visita de numerosos amigos.
[…]
»Pocos días después llegó Mercedes Rein [jurado del concurso de Marcha], cuyos parientes, enterados de los beneficios otorgados a Onetti, consiguieron realizar un trámite con similar éxito.
[…]
»Un día Mercedes vio a Onetti entrar en su cuarto arrastrando las chancletas, agachadito, tan flaco, con aquel mal aspecto y una cara terrible. "¿Qué pasa?, le digo. Realmente estaba asustada. De pronto se irguió, echó la cabeza hacia atrás, esgrimió una sonrisa mordiéndose el labio superior y comenzó a dar unos pasitos de baile. Me miró con esos ojos tremendos, saltones, y me dijo: "Aquí estamos todos muy mal de la cabeza".
Con el paso de los días Onetti se mostraba más animado y activo, propenso a la broma y la sonrisa, atendido alternativamente por Dolly y por una amiga que lo visitaba con frecuencia. Comenzó a pasear con Mercedes por el jardín y a mostrarse más expansivo. Por entonces estaba obsesionado con El Quijote y especialmente con el capítulo veinte y el episodio de los batanes. Por rara coincidencia, un día Mercedes entró a su habitación y hojeando la edición de El Quijote abrió el libro en aquel capítulo, lo que despertó la admiración de Onetti y la necesidad de conversar sobre el episodio en que el caballero de la Mancha y su escudero Sancho, andando sedientos en mitad de la noche, escuchan ruidos de agua y enseguida unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote. Los miedos de Sancho consiguieron detener a su compañero hasta la madrugada, con toda clase de artimañas. Don Quijote desvivía por lanzarse a una nueva aventura. Cuando llegaron al lugar descubrieron que los terrores de la noche provenían de unas máquinas hidráulicas de madera, utilizadas para golpear y enfurtir paños, llamadas batanes, lo que provocó la hilaridad de Sancho y el enojo de Don Quijote. Onetti hablaba con obsesión de aquel capítulo en el que Cervantes ironiza sobre los enormes fantasmas que levantan hasta las cosas más nimias, las diferentes actitudes frente al peligro y la propiedad o mezquindad de vivir apartado de sus caminos. El capítulo veinte es el capítulo que vivimos en Uruguay, le dijo a Mercedes. Años después ―recuerda [Mercedes] Rein― me mandó un libro que hacía referencia al capítulo veinte. Nunca me explicó qué encontraba allí. Cuando en la clínica yo le preguntaba se limitaba a contestar: "porque es así". A él no le gusta racionalizar. Él no habla de literatura. Si me hablaba de Sancho no lo hacía en términos literarios. Cuando le pregunté por qué le interesaba tanto El Quijote me dijo: porque me da lástima Sancho, pobre…»

Suelto Onetti, el agregado cultural de la embajada española en Montevideo le gestionó una invitación para participar en un simposio del Instituto de Cultura Hispánica sobre El barroco en la arquitectura y luego una beca que le permitió permanecer en Madrid mientras Félix Grande, director de los Cuadernos Hispanoamericanos, y Luis Rosales le buscaban el Premio Cervantes que recibiría en 1980.
Desde Madrid, el 25 de abril de 1979 escribió al director de Marcha.

Querido Quijano

Muchos quilómetros me separan de esa guarida de pornógrafos, pero lo cierto es que cuando me llegó el primer rumor, inexacto, de que MARCHA iba a reaparecer, un estremecimiento se me impuso de nuca a talones.

Me vi en alguna mañana de viernes del 39-40, cuadrado en posición de firmes, viéndote y escuchando tus críticas inevitables. Cada semana, página por página ―aunque hubiéramos hecho un número de TIMES con automatización y el resto― los reproches se reproducían mientras señalabas treinta y una páginas del recién nacido.

Nunca supe por qué te salteabas la del editorial con sus cifras. Recuerdo haberme tropezado un viernes fatal con Alfredo Mario Ferreiro que llevaba MARCHA horizontal sobre las palmas de las manos, como una bandeja. Y respondía a las inevitables preguntas:

―Es que tengo miedo que se me caigan los numeritos de Quijano.

Luego se aposentaron los decires y supe que yo no iba a tener culpa ninguna. Lo que se proyectaba publicar era los CUADERNOS, ámbito con el que nunca tuve nada que ver a causa de sus especializaciones y lo breve de mi radio cultural.

Esperemos, espero, que alguna vez CUADERNOS descienda lo bastante en su temática ―no demasiado― para que considere oportuno incluir alguna página mía.

Entretanto, mi admiración y asombro por el hecho inesperado de que luego de cuatro años Rocinante vuelva al camino jineteado por el mismo Quijano de las broncas y las anticipaciones.

Un abrazo

Periquito el Aguador


¿Pero quién mierda es este Onetti que todo el mundo pide por él?

Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti.
M. E. Gilio - C. M. Dominguez

Su desgracia tuvo origen en un premio: integraba el jurado del semanario Marcha que en 1974 premió El guardaespaldas, de Nelson Marra. En ese cuento un militar se acostaba con otro hombre. Eso le costó la cárcel a Marra y a los miembros del jurado.

Julio Cortázar escribió:

«Según las últimas noticias de Montevideo, los directores del semanario Marcha y los escritores Juan Carlos Onetti, Mercedes Rein y Nelson Marra siguen presos por pornógrafos. Más exactamente, el pornógrafo sería Marra, autor de un relato titulado El guardaespaldas, que además se considera agraviante para el cuerpo de policía; sus cómplices, claro está, son los miembros del jurado que le dieron el premio patrocinado por Marcha. Otro integrante del jurado, Jorge Ruffinelli, tuvo la buena suerte de no estar en el Uruguay el día en que los militares que pretenden gobernar ese país metieron en la cárcel a algunas de las más destacadas figuras de la literatura latinoamericana, así como al fundador y director de la revista, Carlos Quijano, y al secretario de redacción Hugo Alfaro.

»La última noticia, más bien divertida, es que el gobierno del Uruguay ha emplazado al New York Times, que había calificado de arbitrario el encarcelamiento de Onetti y sus colegas, a que publique el cuento inculpado, "para que el público norteamericano juzgue las razones que justifican la medida tomada por el Uruguay". Desde luego, sería una excelente cosa que el New York Times recogiera el desafío y publicara el cuento; los lectores norteamericanos, que han pasado por la escuela de Henry Miller y de Norman Mailer, no van a sonrojarse por la eventual 'pornografía' de un relato que, por lo visto, presenta a un guardaespaldas homosexual que termina siendo ejecutado por los tupamaros; como si en Francia los lectores de Jean Genet o de Tony Duvert fueran a sobresaltarse por un tema que incluso comienza a fatigarlos por repetitivo.

»Desde el 11 de febrero, fecha de esta escandalosa serie de detenciones, que, por lo demás, no fue más que un cómodo pretexto para liquidar a la única publicación uruguaya que, contra viento y marea, seguía defendiendo la democracia en el Uruguay, las reacciones internacionales han sido múltiples y elocuentes; elocuentes sobre todo por su total ineficacia frente a la sordera de los jerarcas castrenses uruguayos, para quienes las cartas y los cables firmados por intelectuales de todo el mundo, las asambleas de protesta y las severas apreciaciones de muchos órganos de prensa resbalan como el agua en el plumaje de un pato. Para peor, esa ineficacia es doble, pues no sólo se traduce en indiferencia por parte de quienes violan cínicamente derechos humanos elementales, sino que también se manifiesta del lado de aquellos que deberían multiplicar sus voces para denunciar el atropello. Lo sabemos: un azar insidioso se las arregla casi siempre para que una nueva guerra, un nuevo secuestro o un nuevo atentado sustituyan rápidamente las noticias de actualidad en la primera página de la memoria y de los diarios; sólo los directamente interesados (en irrisoria minoría) se esfuerzan por contrarrestar ese olvido en el que la frivolidad no está del todo ausente. En Europa, por ejemplo, la expulsión de Solzhenitsyn ya ha borrado prácticamente toda huella de lo sucedido hace menos de un mes en Montevideo; desde luego, un escritor como Juan Carlos Onetti es menos famoso aquí que su colega ruso, y pertenece a un pequeño país sin crédito político internacional. Mientras las firmas más célebres del planeta se ocupan del gran escándalo, prácticamente ninguna toma en cuenta el pequeño; sin embargo, no hay grande ni pequeño en este reiterado desprecio del poder ensoberbecido hacia los hombres libres, de las máquinas burocráticas hacia los individuos que se obstinan en pensar por su cuenta. Ya que cablegrafiar a los militares uruguayos es tan inoperante como pegarle a Carlos Monzón, sería tiempo de que encontráramos otras maneras de resistir a una barbarie que en Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay forma un frente común harto más eficaz que nuestros intelectualísimos mensajes.

»Me molesta tener que referirme aquí en particular a Juan Carlos Onetti, uno de los más grandes novelistas latinoamericanos de nuestro tiempo; me molesta por la misma razón que, al colaborar en un dossier noir sobre las atrocidades de la junta militar de Chile, me molestó citar nombres ilustres cuando todo un pueblo está sufriendo un destino parecido. Pero tal es la ley del juego, y si ignoramos los nombres de millares de obreros, de campesinos y pequeños empleados sometidos al terror de las dictaduras latinoamericanas, por lo menos nos cabe nombrarlos simbólicamente al citar a aquellos que se han destacado en algún campo de la creación o del conocimiento. Cuando digo que Juan Carlos Onetti es un motivo de orgullo para nuestro continente y para el Uruguay en particular, estoy diciendo eso y mucho más; estoy acusando a un régimen de violar instituciones y derechos nacidos de largas guerras de independencia y de incontables conflictos internos, lo estoy acusando de humillar a un pueblo generoso y democrático con una estúpida demostración de fuerza bruta y de desprecio. Y si antes afirmé que no sólo éramos ineficaces en nuestras protestas contra la dictadura, sino en nuestra incapacidad de acrecentar la unión de nuestras filas, no lo dije con despecho, sino con humildad y con vergüenza. Pero si hay una vergüenza pasiva e inútil, también hay otra capaz de movilizar incontables fuerzas y recursos para oponerse a la ignominia; la historia está llena de esas explosiones colectivas de la vergüenza. Ojalá todos los que solitariamente se lamentan hoy por lo que sucede en el Uruguay acepten mi certidumbre de que ese sentimiento debe cambiar de signo para convertirse en algo positivo, acepten que tanta vergüenza privada puede llegar a ser, si lo queremos verdaderamente, la mejor arma contra la soberbia y la prepotencia de los que ignoran que su geopolítica está condenada al fracaso en lo que bien podemos llamar el corazón planetario de la humanidad».

Su desgracia durante la dictadura militar tuvo un origen literario. Nunca había tenido suerte con los concursos: por lo general, como participante, salía segundo.


2007-08-09

Jason subía la escalera y miró en lo alto un pedazo de pared...
«Recordó la pared reluciente de los lavatorios. Más humana, menos pared. Leyendas y dibujos obscenos se sucedían en sus mosaicos, renovándose diariamente. Cuartetas torpes, gritos rabiosos de sexualidad. El primer día que entró allí había visto aquello con disgusto. Pero luego, en un rincón oscuro descubrió dos palabras con rasgos grandes y armoniosos. Abajo una firma: Louise. Una confesión simple y animal. Louise quería. ¿Y qué? Él quería, todos querían.
»Imaginaba a la muchacha en cuclillas, haciendo pasar y repasar el lápiz por las baldosas resbaladizas. Con los ojos brillantes de miedo y vergüenza; la punta de la lengua entre los dientes; semidescubiertas las piernas blancas y las diminutas ropas, más blancas aún. Louise quería, todos querían. Mejor aquella pared con su confesión cínica y exasperada, con sus dibujos grotescos e ingenuos, que esta otra, blanca, impersonal, simple plano divisorio».