Un homúnculo más próximo al personaje de El hombre sin atributos, de Robert Musil, que al héroe de la pesadilla de Chesterton: El hombre que fue Jueves. Si bien, en su anárquico andar podría no estar ausente la idea de rebelión, y, creo que, estaría permitido el encuentro con otros impostores.
De esta suerte, el homúnculo sería, como caracterizó Zygmunt Bauman al personaje de Musil, un personaje que carece de atributos propios «en un mundo colmado de señales confusas, con tendencia a cambiar rápidamente y de maneras imprevisibles.»
Cruces. Paradojas.
La paradoja, en su acepción matemática, es un efecto del lenguaje clausurado. De repente, la paradoja surge en el orden matemático y se exhibe como una nueva realidad que imposibilita distinguir entre lo verdadero y lo falso.
Casi una enfermedad del lenguaje.
Los relatos de crímenes hacen uso de la paradoja. El clásico del género es: la víctima en una habitación sin ventanas y cerrada con llave desde adentro. Murders in the Rue Morgue; Le mystère de la chambre jaune; El enigma de la calle Arcos; plantean igual problema con distinta solución.
El punto de partida siempre es el mismo: la irrupción de lo real —la víctima— en el mundo generado por la paradoja —el cuarto cerrado—. Me refiero al cruce, o al problema, tal como es exhibido al lector; es decir, el enigma que luego el detective deberá resolver.
Recientemente, la irrupción de lo real desde Hamamatsu cobró esa forma, o, si se prefiere, hubo un cruce.
Pero no es algo nuevo. Las antiguas fuentes cabalísticas enseñan que la creación de un homúnculo encierra «como toda creación magna» sus enigmas. El albur puede ser el agua o las llamas; sin embargo, eso inquietaría antes al creador que al soñado.
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2008-07-03
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