Mostrando entradas con la etiqueta orwell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta orwell. Mostrar todas las entradas

2020-01-21

Kraft



Leer on Wikipedia ...

2011-07-29

En una charla sobre La virgen peronista, el autor, Federico, decía que algunos críticos no tomaban muy en cuenta sus libros porque a ellos les parecía que él escribía boludeces. Lo cierto es que, en esta semana de escaramuza epistolar, en torno a las faldas de Cristina Fernández, ningún titular de noticias estuvo tan a la altura de las estocadas como el nombre de su nueva novela: Fernández mata a Fernández.

Cruce de cartas con George Orwell y Beatriz Sarlo incluidos

Treinta y cinco páginas de Fernández mata a Fernández, de Federico Jeanmaire

2009-08-14

Dice Raúl Beceyro* que en las películas de Abbas Kiarostami se produce una unión agridulce de materiales documentales con una sofisticada organización narrativa. Y que «nuestro» saber, o lo que creemos saber del momento final, queda suspendido. Es sólo una idea, de la cual me serviré para ilustrar mi lectura de Magic Resort.

De Max me atrajo el humor. Esa zona de la novela tiene momentos que carretean en una dirección 1984 o Naranja Mecánica, pero pura imaginación mía. Todavía no comprendo la inserción de los juegos de suma cero en el «armado» de Max.
Me sentí más a gusto con Lenis porque me llegó la tensión entre la Franja de Gaza y las traducciones, las encuestas, los pufs, las plays, el ping-pong, el psicoanálisis. La pantalla «lejana» resulta sangrienta, dura y hasta sucia. El cuaderno tiene oraciones largas. El primer sitio en el cual experimenté que la novela me tuvo en sus redes fue en la página cincuenta y uno, donde Lenis relata lo del taxi.
Poco más adelante, las referencias que huyen... nuevamente Max. Me gustó el título: Las heridas son fieles. Pero al concluir este segundo Max me quedé pensando en la función «otro». Max se había estructurado en función de Tutor y luego de Dante. Así que Max no puede, tal como declara en la pagina sesenta y tres, arreglárselas solo. El tipo hace planes como también los hace Lenis: se propone rutinas en busca de alcanzar un equilibrio. Empieza a revivir por el lado de Dante, aunque la voz de Dante suene patética, tan patética como la de Marcia durante el paseo por el shopping. Sucedió ya con Lenis y su cuaderno: la narración en Max se refuerza por la vía del diario íntimo. La cita final de Dante, como dije respecto a Lenis y Rush en el instante del taxi, hizo que no consiguiera yo salir de las redes de la novela. Esas palabras de Dante hablan de algo «verdadero y profundo» por detrás de las «fruslerías y lugares comunes». Y yo estaba pensando en las fruslerías y lugares comunes de Marcia; o sea, me encontraba repentinamente con unas palabras que parecían dirigidas a mí. Era la máquina narrativa funcionando a pleno.
Noche y niebla hace honor al contraste entre el cibernauta y la abuela. Pocas páginas más adelante, exactamente en el «vagabundeando» y tras los puntos suspensivos de las palabras de la abuela dirigidas a Rocío, gocé por aquel contraste y enseguida me reí. Me reí de veras en compañía del texto, porque en el renglón siguiente a los puntos suspensivos, me encontré con las «risas» que parecían compartidas y escuchadas por la novela. Es decir, lo mismo que ocurrió cuando lo de Dante: el lector vive cosas que la novela escucha.

El documental propiamente dicho viene dado por Rush, pero no exclusivamente por él. Creo que en Magic Resort los escritos de distinta índole funcionan de manera documental. Inclusive los sueños de Rush. Así como las imágenes de las portadillas y los versos de Eliot.
Me quiero detener un poco en los escritos en cuadernos o diarios. En Noche y niebla no hay otra señal aparte de la bastardilla para indicar que Rocío escribe. Este esquema renueva una fuerza que, más adelante, recuperará su intensidad en La desolación es sutil. Existe esa misma fuerza en los e-mails. Sin embargo, la narración podría haber dado pautas que inscribieran a los textos como correos electrónicos, sin recurrir a los encabezados. Rescato que al final, Rocío exprese que los correos de Max están en función carta.
La crónica de Rush hace bien a la novela. Fue un logro haber insertado ese mensaje de zozobra apocalíptica. Lenis se desdibuja un poco en la historia. Por último, puesto el foco en la bipolaridad de Max, tal vez algo emane de él que hable de Magic Resort como un todo suspendido. Max encuentra algodones en el «hasta que te vea» de Rocío. Un final de desplazamiento, como sucede con los afectos. Un tránsito excéntrico y discontinuo del afecto.


* R. Beceyro hizo en mil novecientos ochenta y ocho una adaptación cinematográfica de Nadie nada nunca.

2008-05-31

«¿Quién puede decir de qué carne estoy hecho?» El narrador de La luna e i falò hace esa pregunta al inicio de la novela.
No creo haya respuesta a tal pregunta. Tampoco creo que dicha pregunta guarde relación directa con la confusión a la que se presta, al menos en castellano, la palabra patria.
La pregunta recorre toda la novela.
Pero no se trata de seguir la pregunta a lo largo del río Pavese. Quiero decir que la novela parece escrita para olvidarla.

Sin embargo, en la página ciento veintidós dice:
«En los meses que Rosana fue mi amiga, comprendí que en verdad era bastarda, que las piernas que extendía sobre el lecho eran su única fuerza, que podía tener a sus padres en el Estado productor de grano o quién sabe dónde, pero para ella sólo una cosa contaba: decidirme a volver con ella a la costa y abrir un local italiano con pérgolas de parra —a fancy place, you know— y allí tener ocasión para que alguien la viese y fotografiase difundiéndola luego en un diario editado en colores —only gimme a break, baby— […]
»Era rubia, alta, siempre dispuesta a alisarse las arrugas y arreglarse los cabellos. Quien no la hubiese conocido, viéndola salir con aquel paso de la puerta de la escuela, la habría confundido con una simpática estudiante. Qué enseñaba no lo sé; sus alumnos la saludaban echando al aire la gorra y silbando. En los primeros tiempos, hablándole, yo escondía mis manos y bajaba la voz. Me preguntó enseguida por qué no me hacía americano. Porque no lo soy, balbucí —because I'm a wop—, y ella reía y repetía que eran los dólares y la cabeza lo que hacían a un americano. Which of them do you lack? ¿Cuál de los dos te falta?»

A wop.
En la página ciento veintitrés hay una inversión, por decirlo de algún modo, de la pregunta del inicio de la novela. Una inversión material a partir de «carne», de la palabra carne, y que escapa a la entidad abstracta de la otra, la palabra patria.

«He pensado muchas veces qué tipo de hijos habrían podido nacer de nosotros: de aquellas caderas lisas y duras, y de mí, de mi sangre densa. Los dos procedíamos de no se sabe dónde, y el único modo de conocernos, de saber qué teníamos en la sangre, era someternos a esta experiencia. Habría sido interesante, pensaba, si mi hijo se pareciese a mi padre, a mi abuelo, y así descubriese realmente su identidad. Rosana me habría dado seguramente un hijo, siempre que hubiese aceptado acompañarla hasta la costa. Pero yo rehusé, no quise —con aquella madre y conmigo habría sido otro bastardo— un muchachote americano. Ya entonces sabía que me esperaba el regreso.»

El regreso es el futuro. ¿Y las otras revoluciones?
Pienso que hoy la patria es apenas un estandarte para hacer la guerra. Pero a partir de Nineteen Eigthy-Four sabemos que la guerra no está destinada a ser ganada sino a ser continua. Y no sé más al respecto.