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2011-06-23

Recibí el catálogo impreso de Taschen, otoño/invierno 2010, pero al leer el siguiente título en la página treinta y ocho, Sonambulismo en una curiosa realidad alterada, y contemplar a continuación las reproducciones de las pinturas de Neo Rauch, me dejé llevar por las huellas de La ciudad, hasta el punto del fuego apacible que ardía en la estación de servicio.
El protagonista de la novela de Mario Levrero había salido en busca de un almacén y lo sorprendió la noche. Se hallaba desorientado cuando un camión de basura lo recogió en medio de una copiosa lluvia. En la cabina del camión, también viajaba una joven, respecto de la cual le costaba mantenerse indiferente a causa de sus provocaciones. No obstante, optó por dormir. A media mañana, el parabrisas exhibía una ruta y el cielo ya limpio. De repente el conductor los obliga a bajar; al rato, el protagonista se entera de que la noche anterior la joven había también salido a efectuar una compra y se había perdido. Él dijo que ésa era su historia, pero la joven prosiguió con sus manejos y conseguiría hacerse llevar a babucha hasta poco antes del cruce con un camino de tierra, el cual conduciría a la estación de servicio.

[Neo Rauch / Chair]
Ubicado en una de las paredes de la sala principal había un hogar, donde ardía un buen fuego.


En el catálogo, una pintura muestra un paisaje desde un peñasco. Está compuesta de distintos elementos; como ser, en primer plano: una heladera con la puerta abierta de la que sale expulsado un cardumen, un hombre que sostiene una especie de instrumento musical construido con ladrillos, la marquesina de un cartel que exhibiría una paleta de colores, dos marcianos, una chimenea que tiene su duplicado en el segundo plano, en el cual se destacan: dos bloques de tres plantas de departamentos, algunos vagones de ferrocarril atascados en una grieta y grandes espacios desiertos. Otra pintura exhibe una cocina con una mesada donde está apoyada la cabeza de un buey. El cocinero manipula la cabeza, pero sostiene un cuchillo con un mano cuasi postiza. La «prótesis» abarca también el antebrazo y se encuentra enguantada con un caucho negro. Al fondo de la cocina hay una abertura que deja ver a dos mozos. Afuera se distinguen unos comensales al aire libre. Los azulejos componen una serie de esmaltes blancos con motivos azules donde se puede ver: un hombre que amenaza con un arma en la nuca a otro puesto de rodillas; en el marco de una ventana, otro hombre —o tal vez sea el mismo— que apunta hacia afuera con un revólver y tiene a una mujer como rehén; un hombre con una pantera negra, un hombre que lleva a cuestas una osamenta en forma de cuerno, pero que por el tamaño se trataría de un colmillo de elefante. En el sitio web de Taschen es posible observar algunas miniaturas del libro dedicado a Rauch. Una lleva el título Secta y otra La llama. La primera simula un ataque violento, pero el espacio, a causa de sus brillantes colores y del mostrador curvo, se asemeja a un negocio de comidas rápidas o a una estación de servicio —no lugares, en la acepción de Marc Augé—. La llama muestra: un caminante con las piernas atadas a tablas, las cuales se extienden por encima de la altura de la cabeza para formar una X, y una fabulosa llama pálida por encima de la línea del horizonte, como la de las los polos petroquímicos.

Neo Rauch 1/5 [total: 43 minutos y 12 segundos]

Gracias Rosana Karl por la información para Taschen on demand.

2008-06-11

El mes pasado conocí el CD Immemory y me enteré que Chris Marker había creado un sitio en Second Life.
Recordé las fantasías que tuve en 1997 —el torino es modelo 1975, de color blanco, y en el tiempo transcurrido desde las Dos notas antiguas recorrió algunos kilómetros, partiendo siempre de Buenos Aires y hasta lugares tan distantes como Salta o Península de Valdés— y me lancé a hacer mi propia experiencia. Quise conocer con qué cosas Chris Marker había hecho pie en la terra nova.

Di algunas vueltas.
Tuve que descargar el programa y bautizar al avatar. Esto último me llevó tiempo. El nombre es arbitrario pero el apellido debe ser elegido de una lista.
Me pregunté por qué. Había Zapatero. Había Ansar, que supuse sería el apodo Aznar, como el apodo que en Argentina recibían Alfonsín: Alfonso o Menem: Méndez… Pero, quién ha publicado la lista de apellidos. Acaso, tiene precio, pregunto.
Luego di con un Google Maps, pero me pareció aventurado aterrizar desde ahí, así que opté por ingresar calmosamente a través de un Portal en español.
Calmosamente es una forma de decir. Emergí a Second life de la misma manera en que lo hacían los doctores Tony y Douglas en la serie The Time Tunnel (1966).
Aparecí en una construcción circular y vidriada, pero con pantallas que explicaban cómo cambiar mi aspecto físico y otras indicaciones. Opté por desconectar la voz y usar textos para comunicarme. Había avatares caminando, me acuerdo particularmente de uno con barba y con tetas. Hice la prueba de volar. Di varias veces mi cabeza contra el vidrio del lucernario hasta que lo rompí o encontré una abertura; no sé exactamente cómo, pero salí.
No se vuela al estilo de Superman, es decir enarbolando el puño, sino con los brazos colgantes a los costados, como se desplazan los pulpos o los calamares en el agua, por describirlo de algún modo. Es posible quedar suspendido. Vi a alguien sobre una plaza. Le pregunté si estaba aprendiendo a volar. Me respondió que estaba observando el orden.
Seguí vuelo y llegué al mar. Anoté las siguientes cosas.

«Estoy en una playita. Jajaja. Llegué volando, quiero decir que me escapé del lugar de bienvenida volando. Volé al lado de unas gaviotas. Ahora pienso meterme en el mar. Pero no sé como desvestirme.»

Me quedé en calzones y musculosa.
No supe nadar; caminé, me sumergí hasta quedar cubierto por el agua. Salí caminando.

«Recién me metí, pero está hondo. Acá estoy bien. La orilla repleta de aguavivas. Se oye el mar. Hay un fuego allá a la izquierda, pero me parece que no hay nadie. En la esquina inferior izquierda hay una pelota azul abandonada. No sé patear todavía. Dije hola a una chica que se llamaba Duna, hola me contestó y se fue corriendo.»

Me gustaría añadir menciones a dos novelas de Mario Levrero. Novelas tan libres como para jugar un rato a ser los protagonistas, quiero decir.

El lugar
Compro cada tanto un ejemplar de las pilas de Péndulos que asoman en la avenida Corrientes. Y no es la primera vez que lo hago. Una decena de veces, por lo menos, compré la extraordinaria novela en librerías de saldos para prestarla.
Nadie la devuelve.
Me refiero al número seis de Péndulo (enero 1982). De cualquier manera, el ejemplar de la revista-libro donde fue publicada la novela de Levrero, parece inagotable. Por alguna propiedad espacial intrínseca se sigue multiplicando.
Refiero acá los encuentros del protagonista con otras personas que hablan un idioma desconocido.

La ciudad
No empieza en la oscuridad de El lugar.
El protagonista se perderá en la lluvia, en una ruta. Más adelante encontrará el pueblo, con una estación de servicio que posee una estufa encendida a leña.
Los tres primeros capítulos se pueden leer haciendo click en el enlace de abajo:
Abanico: revista de letras de la Biblioteca Nacional


2007-10-09

Placeres a partir de Playa quemada.
El cuento de las jaulas con los pájaros secos es el mejor cuento argentino de terror desde La gallina degollada. Macabro.
«Tus pájaros te salvan de ser iguales a ellos», le dice un compañero de la Morgue al protagonista del cuento, que había dormido una siestita a un costado del piletón donde se enjuagaban los bobis. Me encanta el niño electrizado de Rompecabezas. El niño reúne las piezas con la potencia de un loco, sin mirar, ubicándolas de memoria en los lugares exactos. La mariposa de cartón en el final. La versión de Nielsen de La intrusa me sigue pareciendo genial después de los años transcurridos desde la publicación en El porteño. Excitante la escena de la prima con uno de los hermanos, bajándole la malla y chupando, ella «pulpo calamar ventosa agua fondo sueño adiós mundo real». Y también son geniales: el codex, las etiquetas, las franjas en que fue dividida la arena en tributo a Borges.

Tengo El país de las últimas cosas, de Auster, que me prestó un vecino. Me la trajo después de ver La invención de la soledad en mi escritorio.
Nada alcanza para romper la monotonía de este Auster. Un solo instante de la lectura en que me pasó algo. La que habla es Anna.
«Cada vez que tomábamos uno de aquellos breves paseos, yo sentía que me enamoraba de él otra vez, en medio de aquella oscuridad, tomados de la mano, recordando cómo había sido todo al principio, en los días del invierno terrible, cuando vivíamos en la biblioteca y mirábamos cada noche a través de la enorme ventana».
No obstante, el libro tiene un aire de apariencia urgente. Pretenciosamente urgente.

Agarré los libros de cuentos de Levrero.
A tientas, como el personaje de El lugar, pasé las páginas de los dos libros buscando el único cuento que recuerdo, y no podía encontrarlo, perdido en la indefinición de los textos, desorientado por una arquitectura demasiado plástica, gomosa quiero decir, y por ello distinta a la de la novela. Distinta a la de la magnífica novela El lugar.
Finalmente lo ubiqué, se llama Los muertos. Es ocurrente, como son ocurrentes todos los demás relatos. Sin embargo, yo recordaba que el comienzo era muy montevideano. Los libros no son descartables, tienen su parte erótica, pero a mí me decepcionó que tuviera solamente eso y los cuentos fueran tan arbitrarios. Caprichosos.
Algunos comienzan a lo Nielsen, sin embargo ningún texto de estos dos libros se le aproxima siquiera. Se llaman Espacios libres y Aguas salobres

Me tocan los siguientes objetos del testamento de Juan José Castelli.
En La revolución es un sueño eterno el testamento de puño y letra de Castelli incluye, entre otras cosas, y habiendo él previamente aclarado que no era dueño de moneda alguna ni de objetos de valor:

Un ejemplar del Quijote, regalo de mi padre
...
Un ídolo asiático, con un pito desmesuradamente largo, regalo de un patriota que conocí en el Alto Perú.
...
Dos pistolas, que pertenecieron a Moreno, de corto alcance, que me regaló su viuda.
...
Diario del año de la peste, de un tal Daniel Defoe, traducido del inglés por Agrelo.
...
Dos cuadernos
Cuatro plumas
Un tintero.