2019-09-03
2017-04-22
Cincuenta
Seguí con la naturaleza del juego, no recuerdo exactamente cuántas estupideces dije, entre ellas que la necesidad de jugar no es otra cosa que una suerte de canto y que los jugadores son cantantes interpretando una gama infinita de composiciones, composiciones-sueños, composiciones-pozos, composiciones-deseos, sobre una geografía en permanente cambio: como comida que se descompone, así eran los mapas y las unidades que vivían dentro de ellos, las reglas, las tiradas de dados, la victoria o derrota final. Platos podridos.
Fichas del año pasado, desde la cuarenta y cinco a la cincuenta: Estados Unidos 693 [30 marzo] Uruguay 943 [27 julio] Defensa 453 [26 agosto] Humberto Primo 667 [15 septiembre] Defensa y Moreno [20 septiembre] Bolívar 765 [21 diciembre]
Las cuarenta y cuatro anteriores
2015-12-03
Los juegos satánicos

Era una biografía para Editorial Norma. Los periodistas querían dos cosas: incluir la propia palabra del biografiado y persuadirlo de que les permitiera grabar las entrevistas. Para conseguirlo fomentaron su vanidad.
En mayo de 2000, durante uno de los reportajes en una confitería de Lafinur y Libertador, le preguntaron qué les diría a sus compañeros de lucha armada de los años setenta. Él miró el grabador. De repente, empezó a acomodar las palabras, como si se tratara de la redacción de un memorándum de operaciones, y cerró con un protocolar: «Firmado, Rodolfo Galimberti».
«Después aseguró que la alianza con Estados Unidos era el único futuro para la Argentina, y empezó a defender el capitalismo desenfrenado, la teoría económica del derrame, la dolarización. [...] Sacó un arma [...] Poneme el fierro en la cabeza ahora. No estoy borracho, dijo Galimberti. [...]»
El acting siguió con insultos a ex guerilleros que formaban parte de la izquierda argentina: No les crean. No están dispuestos a morirse por lo que dicen. Son unos payasos. Lo juro por los muertos que tenemos. En una revolución verdadera se muere o se triunfa [...] Amartillame un fierro en la cabeza y te voy a decir lo mismo [...] Les muestro las balas de la recámara para que vean...
En una confitería enfrente de los bosques de Palermo, el grabador hizo que Galimberti actúe como un engendro bicéfalo que juega a dudar si hay o no balas en el arma. La biografía habla de la metamorfosis de Galimberti y deja librado a la imaginación del lector quién será capaz de disparar ese gatillo que el propio engendro ha puesto en su cienes bicéfalas.
Días atrás releí Estrella distante, de Roberto Bolaño. La anotación emerge porque la novela, dibujada sobre la premisa de rastrear a Carlos Wieder, un Alfredo Astiz de la fuerza aérea chilena, desemboca en una pieza de teatro con hermanos siameses; es decir, dos hermanos que comparten el mismo cuerpo. Dicha obra termina desplegando un mundo donde el martirio debe «tocar fondo». Wieder podría ser el autor.
La obra se desarrolla en «ciclos» que no escamotean «ninguna variante de la crueldad»: un hermano martiriza al otro, hasta que el martirizado se convierte en martirizador y viceversa. La acción transcurre en la casa de los siameses y en el estacionamiento de un supermercado «en donde se cruzan con otros siameses que exhiben una gama variopinta de cicatrices y costurones.»
Carlos Wieder se hacía llamar Alberto Ruiz-Tagle. Se lo vincula con revistas literarias de escaso tiraje, fotografías de atrocidades y pornografía. Usa distintos seudónimos: Masanobu, Juan Sauer. Es también el autor de un wargame estratégico de 1977 que recrea la Guerra del Pacífico, la contienda que enfrentó a Chile con los aliados Perú y Bolivia entre 1879 y 1883.
De las reglas del wargame de Wieder afloraban un menú de posibilidades mágicas. Por ejemplo, la reencarnación de Jesucristo en Arturo Prat. El juego incluye fotos de Prat, el comandante muerto en el batalla naval de Iquique, que «guardan gran parecido con algunas representaciones de Jesucristo».
Los aficionados al juego no tardaron en comprender las transfiguraciones que el juego permitía, o hacía posible, en la personalidad y el carácter de lo mandos de la guerra, y se preguntaban si «Prat-Jesucristo era una casualidad, un símbolo o una profecía.»
El apellido, Wieder, en alemán significa «otra vez, de nuevo, por segunda vez, de vuelta». La justificación del héroe de Estrella distante es intentarlo todo. Tocar fondo. Si tiene que ser será, como proponía Galimberti con la ruleta rusa. Por eso la biografía lleva por subtítulo: De Perón a Susana. De montoneros a la CIA.
Ante tal panorama, los pasos de comedia de la confitería podrían continuar años más tarde, horas más tarde, en la narración nocturna de Rosa Ostreech: «Camina a mi lado como un escudero corpulento, o un ogro gigante. [...] Cruzamos la avenida, hacia los bosques de Palermo».
El nombre, Rosa Ostreech, suena a «avestruz rosa» y parece extraído de Los versos satánicos. En la novela de Salman Rushdie, uno de los personajes, Rosa, se topa con un avestruz (ostrich, en inglés) mientras cabalga por su estancia argentina. Perseguido por un grupo de hombres a caballo, el avestruz cae tras ser alcanzado por una boleadora. Un hombre desmonta y, sin dejar de mirar a Rosa, degüella al avestruz.
La heroína de Las teorías salvajes seduce al ogro gigante con introducir la obra, sus escritos, en la facultad de Filosofía. Apunta a la vanidad del «left-handed writer» para tenderle una emboscada «usando todas las mañas y fintas» del ostrich. Rosa dice: «Esos vaivenes son esenciales al plan. Debo provocarlo para que la furia y la fascinación lo dejen absolutamente ciego, y no pueda pensar. Entonces mis pensamientos se derramarán por los huecos sintácticos de lo que se supone que es su voluntad, y no habrá salvación. No podrá escapar.»
El plan retrocede, se detiene, avanza de a ciclos en los bosques de Palermo. Rosa se retira por República de la India con la autoestima baja y el ogro termina esa noche con «algunas marcas rojas, magullones».
Los chicos juegan a la caza del avestruz. Usan bolas de madera liviana en lugar de las de plomo.
William hace de avestruz, corre tan rápido como puede y detrás se le encima una polvareda llena de gritos. Esquiva las boleadoras hasta que una se le enreda en las piernas y lo hace caer. Los otros lo rodean, sacan los cuchillos, le cortan la cabeza. Después se reparten la pechuga y los alones.
Entonces llega el momento de abrirle el buche para obtener una gran moneda de plata, un patacón, y en seguida se arma una pelea por la moneda imaginaria.
La caza recomienza: Wiliam Hudson se levanta, se une a los cazadores, y el chico que lo había boleado pasa a ser el avestruz.
Rosa hace de su propio cuerpo un laboratorio para enlazar al ogro: «El golpe no puede ser vano. Debo trocar su apetito venéreo por un excedente sangriento, lo que está en juego. No basta con obtener su desesperación, su rendición ante mis partes deliciosas. Tengo que lograr que junte la mayor fuerza y bestialidad y me enseñe la forma pura del monstruo del dominio y la destrucción [...]»
El drama acaece en El tigre en medio de los sueños del veterano con la guerra revolucionaria, total y prolongada. El bote flota en medio de un invisible cerco de fuego. Rosa es al Tigre lo que el grabador era a la confitería de Lafinur y Libertador. Sentada, ella lo espía relatar sabotajes, secuestros, encerronas, amenazas. «La conciencia individual se reduce a la vanidad». El left-wing peronist habla de explosivos y de una calibre 45. Sus «ojos cafés dinamita» clavados en Rosa. El ogro «está a punto» y la embestida se produce.
¿Dónde está la fuerza?
¿Se puede justificar a un compañero que canta en la tortura? ¿Y al que no canta, es por un coraje individual? No, no se puede justificar a un compañero que canta. No ha tenido la combatividad suficiente para dar esa batalla con la fuerza que tiene su condición militante, frente a un puñado de miserables que hasta en la misma necesidad de torturar muestran que están perdidos históricamente. Pero tampoco un compañero aguanta por sus virtudes personales, al no cantar está acercando el momento de nuestra victoria.
[Evita montonera. Agosto 1975]
El experimento avanza en el medio de un riacho: Rosa pide con voz muy débil: «¿Y, vas a cantar o no?». Así, como en el juego de Hudson, ella se levanta y el ogro pasa a ser el avestruz. Luego, el veterano, tragicómico e inestable, entona una treintena de consignas y cantitos de los setenta, por este estilo:
A la lata, al latero, las casas peronistas son fortines montoneros.
San José era carpintero y María era modista, y tuvieron un hijito guerrillero y peronista.
¡No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Evita y montoneros!
¿Dónde están, donde están, los faroles, donde están? Están en la sinagoga, leyendo a Carlos Marx.
Rucci, Traviata, moriste como rata.
La derecha peronista respondía: Putos en calzoncillo, los vamos a pasar a degüello y a cuchillo. ¡A la lata, al latero, queremos las cabezas de los jefes montoneros! ¡Rucci, leal, te vamos a vengar!
Próxima a cumplir ochenta y nueve años, Rosa señala un satánico avestruz que huye zigzagueante por las orillas.
Si Monopoly era el juego inspirador de aquel wargame de Estrella distante, los juegos con un toque new age que promueven un sentido ordenado del bien y del mal, conocidos como Moral Games o juegos cristianos, son el punto de partida en Las teorías salvajes para que dos jóvenes nerds, de familias progres o de izquierda, plasmen el videogame Dirty War 1975.
Se trata de una «aventura visual» con misiones específicas, tales como destruir las fuerzas enemigas, capturar armamentos y efectuar operativos exitosos con el fin de ganar adeptos o puntos, «un número junto a una cabecita» en la esquina de la pantalla.
Enseguida, los creadores del juego empezaron a recopilar información de los jugadores. Los datos indicaban que muchos de los usuarios cambiaban alternativamente de bando y que la mayoría de los jugadores que preferían a Susana [huesuda, ágil, ojos negros penetrantes, mujer de prestigio, peronista] y a Mónica [brava, tetona, teñida de rubia, oficial de Policía] eran hombres.
Si bien las fluctuaciones de los jugadores al momento de intercambiar roles no les permitió «arribar a términos concluyentes», supusieron que ciertas características del juego influían en las «afinidades electivas» de cada jugador. Entre otras, la «voz urgente y melodiosa» del padre Carlos Mugica cuando un guerrillero era abatido; o, lo que es igual a decir, que el audio en sí mismo podía inducir muchas «jugadas kamikazes» que afectaban el equilibrio del juego y la fidelidad de las estadísticas.
Los creadores sabían que el videogame era perfectible. Borraron partes por tener «escaso quórum» entre ellos mismos, y, como jugadores que también eran, aprendieron que «a veces valía la pena dejar de participar, dejarse embestir y callar».
En el «clímax final» de Dirty War 1975, dos ideas asaltan la mente de los nerds:
a. La certeza de que a «igual carga moral involucrada —nula— [es] difícil adjudicar perfiles de preferencias».
b. Extraño juego [...] La única jugada ganadora es no jugar.
2010-09-12
Leí Testamento de un malabarista, de Silvia López, y me dieron ganas de meterme en 2666, de Bolaño. Lo mismo suscitó Patricia a través de los comentarios por e-mail, los cuales hicieron que yo recomenzara Los detectives salvajes en el punto de aburrimiento total en el que me había frenado.
Me pareció muy bueno el concepto de «digresión» que Silvia tomó de El cazador oculto, así como también que haya señalado la deriva hacia la aventura de los personajes. En mi anterior entrada sobre Los detectives, nombro a esa deriva o peregrinación como el programa héroes, que se diferencia del programa poetas (en la primera parte de 2666, según entendí, también habría dos programas: la historia circunscripta a las actividades académicas del congreso y la deriva de esa historia hacia la aventura).
Pero, y por sobre todo, me atrajo el libro de geometría en la soga de ropa, que tiene una reminiscencia a Cosmos, de Gombrowicz. Me refiero a la serie de signos indiciarios compuesta de un gorrión ahorcado, flechas trazadas en los cielos rasos, un gato, de manera que lo desopilante se mezcla con lo patético o con el horror, como dice la reseña. Signos en un segundo plano que pasan a un primero.
Por último, algo muy evidente pero que yo no alcancé a expresar después de mi lectura de Los detectives: la interrupción de la historia en el punto en el cual los personajes quedan abandonados a su destino.
2010-08-30
Me acuerdo de distintas partes desconectadas del libro de Bolaño, pero me gustaron realmente aquellas como la de Ulises en Israel y la continuación de esta historia en boca de Heimito. También el duelo de Arturo con el crítico Iñaki Echavarne, la repentina aparición de Arturo en el episodio del pozo y su relator con las pesadas frases en latín, la reunión provocada por Octavio Paz con Ulises en el Parque Hundido y el punto de vista de la secretaria de Paz, Arturo en la inmensa África —de repente, me viene un grupo que recorre la campiña francesa haciendo trabajos, recuerdo a un alemán con una camioneta y al encargado del camping...—. La road-movie entre el camaro y el impala me fascinó y también la reunión final de los personajes.
Pero la había abandonado antes de la mitad, cuando vos empezaste a escribirme acerca del libro. Así que en parte la lectura te la debo, no sé, pero creo que yo no la hubiera seguido. Ahora que la terminé, y me alegra haberlo hecho, pienso que la novela contiene dos programas, por decirlo de alguna manera: el del dúo como poetas y el de los poetas como héroes. Ahora bien, el libro tiene a su vez dos partes: el diario de García Madero y el diario coral o construido a partir de fragmentos.
Bolaño insertó en la mitad, lo que se esperaría que fuera al final, y me parece excelente, aun con la molestia que conlleva transitarlo.
Vos leíste dos veces la novela, la primera con intención de revolearla al mar y desconfiando si era muy buena o una porquería. Pero en la segunda te atrapó el armado de la trama, las voces distintas que van delineando a los personajes, y entonces planteaste la pregunta: ¿quién es Arturo Belano? ¿El poeta fracasado e impotente, el héroe que rescata al chico del pozo, el que mata a los mafiosos? Y así, el tratamiento que la novela da a cada uno de los personajes.
El insert tiene su encanto, por supuesto, a causa de las versiones diferentes y las miradas parciales, sin embargo, me costó mucho remontar algunas de esas miradas y me parece que el descalabro narrativo responde a la idea de exhibir un futuro hecho pedazos, quizás en relación con otra cosa que dijiste que te había encantado: el sobrevuelo de la década del setenta a través de los ojos sin patria y con los ideales vencidos de exiliados peruanos, chilenos, argentinos. Cuando pienso en algo hecho pedazos, me refiero a algo narrativamente diferente al diario de García Madero, e insertado ahí, quebrándolo todo con sus brillos pero también con sus sombras, como no pudiendo engarzar ese presente.
La cronología del insert transcurre a continuación del diario de García Madero. Pero, en definitiva cuenta de forma oscilante la misma deriva de aquellos poetas que se convertirán en héroes, aunque en un lapso más grande que en el de las coordenadas de García Madero: veinte años más, hasta 1996.
Sin territorio fijo y con muchos puntos de vista, que conviven o están en lucha, el insert tiene la forma de un espejo astillado o roto, donde cada pedazo refleja una parte de la totalidad, pero nunca la totalidad. Y este modelo resuena sobre el diario «clásico» de García Madero, fracturándolo.
Te dije el miércoles que cuando terminé Los detectives me puse a leer tus e-mails. Ahora, que lo hago nuevamente y de corrido, tu voz parece constituirse en otra más del libro. Mi imaginación me hizo pensar en un encabezado:
Patricia Martínez Bin, una tarde de lluvia frente al Mediterráneo, en una mesa del bar La fusta, Barcelona, septiembre de 2009.
No sé exactamente si estuviste por esa fecha en Barcelona.
¿Te gusta? Más adelante yo podría inventar mi propia entrada.




