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2011-12-01


El libro de Avellaneda lleva a don Quijote a Zaragoza porque Cervantes, en el final de la primera parte, anuncia otra salida a «unas famosas justas» en esa ciudad. De esta forma, el Apócrifo resulta ser «una obra coherente con el hilo argumental de la primera entrega» y «un buen ejercicio de continuación», como explica José Millán en Prólogo al lector [del Quijote apócrifo].
Sin embargo, en la conferencia comentada en la entrada anterior, en el último parágrafo de la reseña del libro de Avellaneda, Pedro Barcia observa que don Álvaro Tarfe «se hospedará en casa de don Quijote y descubrirá que don Martín Quijada es don Quijote, cuyas aventuras ha leído en la novela cervantina.»
Se podría pensar esta afirmación como otro enunciado contrafáctico de la conferencia. Sin embargo, se trata de una afirmación falsa.
El libro apócrifo relata que durante la sobremesa, don Álvaro Tarfe caerá en la cuenta de que Martín Quijada está loco, luego de que éste le dijera que ha desencantado princesas y matado gigantes. El Ápócrifo no dice que don Álvaro ha leído el Quijote. Y ninguno de los personajes del libro de Avellaneda lo hizo. Ni don Álvaro, ni nadie.
En verdad, el Quijote irrumpirá dentro del Quijote de la mano de Cervantes. No de la de Avellaneda.
Hay muchos similitudes entre la segunda parte de la novela de Cervantes (publicada en 1615) y la novela de Avellaneda (publicada en 1614), porque como observa Martín de Riquer en Aproximación al Quijote:

[...] Entre ambas segundas partes hay ciertos paralelismos difíciles de interpretar, pues parece que una de ellas conoce el texto de la otra [...]

Pero el suceso de que Cervantes haya sido capaz de hacer de la primera parte de su propio libro (publicado en 1605) un elemento novelesco de la segunda, no exhibe solamente la distancia que media entre el Quijote verdadero y el Quijote falso. Tal vez, suene exagerado conjeturar un efecto tan devastador como el del relato Así pensó el niño, cuyo argumento resumió Pedro Barcia al término de su conferencia. No obstante, la idea de imaginar una ficción cervantina contrafáctica, pide lectores que lean a Cervantes.
El libro de 1615 reanuda la narración con el cura y el barbero en casa de don Quijote, un mes después del final del libro de 1605. Don Quijote da muestras de estar cuerdo, hasta que la mención por parte del cura de que el Turco podría invadir España va a hacer despeñar al hidalgo, que propondrá juntar al menos una docena de caballeros andantes para destruir a la armada turquesa. Enseguida aparece Sancho, a quien don Quijote pregunta a solas qué es lo que se anda diciendo de él y en particular acerca de su idea de volver a los caballeros andantes al mundo. Sancho informa a su amo, entre otras cosas, que afuera lo tienen por un grandísimo loco, pero cuenta también la noticia de que las salidas que han realizado hasta hace sólo un mes han sido impresas en un libro.
El cura y el barbero, habiéndose cerciorado de que el hidalgo seguía tan loco como antes, se fueron de la casa hacía ya un rato. Ahora este comienzo, con don Quijote y Sancho conversando sobre el mismo libro del que son protagonistas, torna muy diferente a la segunda parte respecto de la primera. Porque si el libro de 1605 dialogaba con los libros de caballerías, el de 1615 dialogará, por usar la expresión de Federico Jeanmaire en Una lectura del Quijote, «con el pasado del mismo don Quijote y sus circunstancias».
Al respecto, escribe Riquer:

[...] En varios momentos de esta segunda parte, la primera, el libro impreso diez años antes, será aludido, criticado y comentado por los mismos seres de la ficción [...]

En esta segunda parte, casi todos los personajes habrán leído la primera, pero no don Quijote y Sancho. Como dice Jeanmaire, a propósito de aquel lugar en que se produce la irrupción del libro en la ficción:

[...] Se trata de lecturas de lecturas. Porque don Quijote y Sancho no han leído el libro sino que lo comentarán a partir de la lectura que ha hecho de él Sansón Carrasco y a partir de las lecturas de otros que ha recolectado el bachiller. [...]


Una lectura del Quijote, p. 131


El sorprendente camino del Quijote, nos conduce a una nota de El último lector:

[...] la breve y maravillosa escena en la que [don Quijote] hojea el falso Quijote de Avellaneda donde se cuentan las aventuras que él nunca ha vivido [...]

2011-11-13

La historia contrafáctica es la que no ocurrió, o aquella que habría ocurrido si un hecho, o una circunstancia, hubiera sido diferente.
En El hacedor, Borges figura Un problema, que empieza así:

Imaginemos que en Toledo se descubre un papel con un texto arábigo y que los paleógrafos lo declaran de puño y letra de aquel Cide Hamete Benengeli de quien Cervantes derivó el Don Quijote. En el texto leemos que el héroe (que, como es fama, recorría los caminos de España, armado de espada y de lanza, y desafiaba por cualquier motivo a cualquiera) descubre, al cabo de uno de sus muchos combates, que ha dado muerte a un hombre. En este punto cesa el fragmento; el problema es adivinar, o conjeturar, cómo reacciona don Quijote.

Esta clase de enigma es ejercitado por distintos autores y existen ejemplos en la conferencia dictada en dos mil tres por Pedro Barcia, la cual llevó como título: Ficciones cervantinas contrafácticas.
Las obras reseñadas en dicha conferencia tienen por objeto a Miguel de Cervantes, así como también a personajes del Quijote, como ser el propio héroe, Sancho Panza, Rocinante, el rucio, la pastora Marcela, Álvaro Tarfe, y también a la existencia real del libro. Casi olvido a Pierre Menard.
Otra historia que no ocurrió fue la autobiografía de Cervantes, pero que la escribió Federico Jeanmaire y la llamó Miguel. La autobiografía ficticia tiene una destinataria: la hija natural de Cervantes, analfabeta como la gran mayoría de las mujeres de fines del siglo XVI. Si las biografías de Cervantes exhiben algunos nudos, esta novela tiene ánimo de deshacerlos, primero, por medio de personajes como un tal Jorge de Borges y el pintor Dalí Mamí, y, segundo, por la inserción de pliegos sueltos, que incluyen: la novela del abuelo Juan, dos recetas de cocina, conversaciones con El Greco sobre «La lujuria», pensamientos sobre la iglesia, saberes impertinentes y parecimientos sobre la verdad y la falsedad.
Hay otro asunto.
Una afirmación del profesor Barcia en su conferencia, acerca de la cual quisiera creer que se trata de una ficción contrafáctica zurcida, o pegadiza, pero de este asunto se hablará en la entrada que seguirá a ésta.

Para leer la segunda parte

2010-12-15

En la segunda parte de Avellaneda, Álvaro Tarfe juega el papel que en la de Cervantes desempeñan los duques. Así queda de claro en el capítulo X. El Quijote se repone de las palizas del melonero y de los carceleros de Zaragoza en casa de Don Álvaro. Cuando éste lo despierta, venida la mañana, le dice:

¿Cómo le va a vuesa merced, mi señor Don Quijote, flor de la caballería manchega, en esta tierra? ¿Hay alguna aventura de nuevo en que los amigos podamos ayudar a vuesa merced?

A pesar de que el Quijote llegó tarde para las justas de Zaragoza, las cuales ya han sucedido, Don Álvaro le anuncia que para después de mañana, que es domingo, tiene concertada una sortija entre los caballeros de la ciudad, y han «de ser jueces dellas los mismos que fueron de las justas».
Durante el capítulo X, me reí con las desnudeces del Quijote y también con las caballerescas poses que ensaya en la soledad del cuarto cuando se retira Don Álvaro.
Dicho capítulo termina con los preparativos de Don Álvaro y los demás caballeros que lo secundan. Van a dar parte a «mucha gente principal y de humor del extraordinario que gastaba Don Quijote y de lo que con él pensaban holgarse y dar que reír a toda la plaza el día de la sortija.»

2010-02-28


Primer y segundo día caminatas por el vivero. El aroma que predomina en el vivero es el que proviene de los pinares, fresco olor que todo lo impregna. El segundo día, caminata hasta el Museo (debo volver para fotografiar un carro negro y con unas ruedas traseras de más de tres metros de diámetro). No sigo los caminos, voy a bosque traviesa y recordando atajos perdidos o irreconocibles que hacía yo a diario en compañía de mi perra ovejera. En la sombra de los pinos, el suelo está verde, porque entre el acolchado de acículas muertas han brotado pastos tiernos, señal de que ha llovido más de lo normal. El segundo día, mientras descansaba aparecieron los primeros humanos: bomberos que me advirtieron acerca de la inseguridad de la zona, porque estaba apartada de los fogones, la nueva gruta, etcétera. Vuelta por la playa.
El día de llegada nadé en las playas céntricas. A partir del segundo y por las mañanas, mar y playa en un balneario de la entrada: Flipper. Está muy lindo para nadar y hay una escuela de surf. En mi niñez no existían las escolleras de piedras. Esas playas (a la altura del Arco) eran anchas como las de Gesell. El balneario consistía en un parador donde hacían unos panqueques deliciosos (aún en invierno) y alquilaban sombrillas. Había también una cancha de voley.
El miércoles llovió y recorrí la ciudad por sus extremos: mate en el laguito. Reconozco muchas casas de mi infancia, a las cuales encuentro prácticamente iguales. La esquina de Parquemar donde me caí de una moto y recibí auxilios que acabaron en demostraciones amorosas.
Hoy, sol en la escollera y salpicaduras del mar. Luego, zambullida y natación de espalda, pecho y croll.

Jueves por la tarde, lectura sobre sillita playera en la rambla: tres capítulos de Middlesex, «La cuchara de plata», «La casamentera» y «Una proposición indecorosa». Disfruté con horror este último, que narra el incendio de Esmirna, la ciudad griega, por parte de los invasores turcos (siglo XX). El fuego se cernía sobre la multitud a la espera de ser evacuados en el puerto. Yo estaba en las proximidades del muelle.
Hay una foto mía en la base laberíntica del corredor del muelle cuando yo tenía veinticinco años. En la actualidad, la base no es como la de la foto. Ha sido reemplazado el esqueleto oxidado, y la parte que se conserva (como la de aquella foto) se encuentra ahora en peligro de derrumbe (la punta del muelle: los pescadores pasan).

Observo actos repetitivos todos los días: en el edificio de enfrente (octavo piso) una chica plancha a esta hora (20:49); en Flipper a las nueve de la mañana, otra chica ingresa al mar con su perro labrador; en la rambla a las cinco y media de la tarde, un hombre arroja un palo a su perro ovejero, el cual baja las escaleras, se zambulle donde hay rocas, y nada hasta recoger el palo (a veces lo pierde de vista, pero se orienta con el dedo del hombre-amo que le señala el palo desde arriba. Luego de repetir el lanzamiento unas seis o siete veces, el hombre debe bajar a la playa a buscar al ovejero, porque éste no quiere más juego); colores marinos al atardecer: distintos verdes, desde un tono lavado y transparente en la orilla, hasta el verde profundo, más allá de la rompiente.

Ayer viernes, nublado desde temprano y luego lluvia. Escritura hasta el mediodía (en el ipod) y por la tarde cuatro horas de bici: ida por la veintiséis hasta la casa alquilada hace unos años (Villa Golf) / Copacabana / mate en la playa (Seis Brujas) y truenos / Golf / vuelta / diagonal hasta la veintiséis / búsqueda de protección por la persistente lluvia en el vivero (entrada por «atrás»): descubro que las zonas habilitadas son solamente las de los fogones y alrededor, mientras que los lugares por los cuales anduve a pie tienen los senderos cortados o intransitables, razón por la cual no había un alma / vuelta por la costa del vivero bajo la lluvia (fuerte pero sin viento). Me entero por un volante (agenda cultural) de un encuentro (lectura abierta) a las 20:00., organizada por la sociedad de escritores de General Alvarado (quiero ir). También hay una muestra de originales de Breccia hijo (historietista de segunda generación / recuerdo su versión de «El matadero», en Fierro / Enrique es hijo de Alberto Breccia, el «maestro» Breccia).
Voy al encuentro literario y leo el capítulo de la escritura sobre (la espalda) de mi padre (ipod / había unas cincuenta personas y habremos leído unos diez, todos poesía excepto mi relato). Páginas a color y también en blanco y negro. Una mina me persigue para venderme alguna. Después me persigue un tipo; están desesperados... Lo interesante es que me entero de que Breccia vive en Mar del Sur y tiene un hijo que también es historietista-dibujante (Fermín, creo).

Hermoso, muy hermoso comienzo de «La ruta de seda». Leo en ipod «Vida y trabajos de Pasamonte» (chiflado que batalló en Lepanto como Cervantes). En el edificio hay un SUM (salón de usos múltiples) donde luego de almorzar suelo hojear el diario que compran. El salón está desierto (hay un plasma gigante y una wii para los chicos en un anexo apartado). Me entero que murió T. E. Martínez. Rescato mucho su labor periodística («La pasión según Trelew», editor de Primera Plana y del suplemento cultural de Página/12, Primer Plano, colección que atesoro).

2009-06-09

Las noticias también dicen que no es una parodia [The sequel is not a parody...] como dando a entender que si lo fuera JD Salinger no habría planteado la demanda. Quiero acotar que me parece interesante este detalle. Porque, tomando el caso Cervantes-Avellaneda, es aceptado que la II parte cervantina sería parodia de la primera, mientras que la II parte avellanediana sería emulación.
Por otro lado, pero al mismo tiempo, existe una vasta corriente de investigación que sostiene que Cervantes imitó páginas del autor oculto bajo el falso nombre de Avellaneda, y que habría conocido la identidad; por esta razón, hasta pudo haberlo parodiado, o satirizado, al incluirlo como personaje. Aunque éste no habría sido el origen de la disputa, parte de la misma pudo haber provenido de esa ofensa de Cervantes.

2009-06-07

Viejos pleitos se actualizan con la demanda presentada por JD Salinger en la ciudad de Manhattan, el lunes pasado, contra la novela 60 years later: coming trough the rye.
Firmada bajo el seudónimo de JD California, 60 years later es promocionada como la continuación de The catcher in the rye. Según reza en las noticias de la semana, el protagonista es un hombre de setenta y seis años, llamado Mr. C, que vagabundea por Nueva York después de haber dejado un geriátrico. Esta salida revive la del joven héroe de JD Salinger, Holden Caulfield, tras dejar Pencey, el colegio de clase alta del que era alumno.
La demanda afirma que el derecho a una continuación de El guardián entre el centeno (también traducida: El cazador oculto), así como el uso del personaje Holden Caulfield es patrimonio exclusivo de JD Salinger, quien ha elegido voluntariamente no ejercerlo. La demanda califica sin titubeos de rip-off a la segunda parte de El guardián: «[...] It is a rip-off pure and simple [...]»
Tal vez, esta declaración no forme parte de la demanda formal, y sólo se trate de una expresión ante los medios de prensa, vertida por los representantes o abogados de JD Salinger. El término rip-off se usa coloquialmente para expresar distintas cosas:

rip-off a. & n. (colloq.)
a. (designating or pertaining to) a fraud, swindle, or instance of esp. financial exploitation;
b. (designating or pertaining to) an imitation or plagiarism, esp. one intended to exploit a current public interest.
Oxford Talking Dictionary. Copyright 1998

Pero ¿es la continuación no autorizada de El guardián en el centeno «[…] lisa y llanamente un plagio […]»? ¿Ha habido, acaso, plagio? El miércoles tres, The Independent publicó: «No todos están convencidos de que Salinger pise terreno legal firme.»
Posiblemente el pleito se pierda de vista en el bosque judicial, pero sirva para apuntar algunas cosas.
El derecho de autor aparece en Inglaterra en el siglo XVII y «no para proteger autores sino para reducir la competencia entre editores. El objetivo era reservar para los editores, perpetuamente, el derecho exclusivo de imprimir ciertos libros. La justificación, por supuesto, era que el lenguaje en literatura llevaba la marca que el autor le había impuesto y que por lo tanto era propiedad privada. Con esta mitología florecieron los derechos de autor durante el capitalismo, y establecieron el derecho legal de privatizar cualquier producto cultural, ya sean palabras, imágenes o sonidos.» [J. Ludmer; Radar 7 mayo 2007]
Por otra parte, en el plagio, Borges supo ver la referencia especular de un discurso con otro. También encontró esa misma relación doble, o especular, en el apócrifo, la traducción, la cita y la paráfrasis. Relaciones que producen efectos ficcionales que suelen desatar la ambivalencia alrededor de ciertas zonas que son objeto de la crítica académica, así como también del mercado editorial, especialmente la que tiene que ver con la propiedad de los textos y el nombre de autor.
Como acertadamente apunta Carlos M. A. Gil en su artículo de la revista Cervantes de la C.S.A., «[…] la creencia en la infalibilidad de lo escrito, […] sólo puede ser tratada eficazmente con la aparición de otro libro que destruye dicha creencia.» El autor se refiere a Don Quijote, y no a Miguel de Cervantes. Como dice Foucault respecto de la Primera parte, Don Quijote se habría empeñado en corroborar los libros de caballería. Sin embargo, en la Segunda parte, el personaje postula la falsedad de lo escrito en el libro de Avellaneda, porque no se corresponde a lo real, que es él mismo.
Cuán ilegal resulta la empresa de la publicación de El guardián apócrifo es algo que por el momento no se sabrá. Sin embargo, suena atractiva en el presente la idea de JD Salinger «polemizando sobre si debe relanzar la historia de Caulfield o no.» Aunque más no sea como personaje de otro libro, quiero decir.
Y no en la corte.


3 junio 2009 The sequel

7 mayo 2007 Sobre el plagio

Primavera 1996 El libro de Avellaneda como purgante

2008-11-12

¿Qué hay en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener aquel paradero.

Antes de la partida hacia Barcelona, Sancho Panza y don Quijote creyeron que Altisidora había muerto por el desamor del hidalgo caballero. Otra vez en el palacio, Altisidora resucita. Luego, Sancho aprovechará y preguntará a la resucitada: qué vio en el otro mundo, qué hay en el infierno.

—La verdad que os diga [...] yo no debí de morir del todo, pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no pudiera salir de él, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, […] y lo que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra […] A uno de ellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: «Mirad qué libro es ése». Y el diablo le respondió: «Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas». «Quitádmele de ahí —respondió el otro diablo— y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos.» «¿Tan malo es?, respondió el otro.» «Tan malo —replicó el primero—, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara.» Prosiguieron su juego, peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don Quijote, a quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta visión.

2007-08-17

Tuve un descuido.
Desde Sancho y sus rebuznos, me pasó desapercibido el salto del narrador hasta las aguas del Ebro, cercanas a Zaragoza.
La noche que leí la irresistible aventura del barco encantado y a continuación el encuentro del Quijote con la bella cazadora no percibí aquel salto. Tampoco cuando fui a mirar un mapa para trazar el de mi propia lectura.
Zaragoza estaba ahí. Sin embargo, parecía lejana gracias a la bufa que hace Sancho del cómputo de Ptolomeo y la confusión de coluros, líneas, paralelos, zodíacos, clíticas, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la esfera celeste y terrestre, que explica el caballero.
El encantamiento del viaje inmóvil.
Una enorme distancia. Entre las varias historias en el castillo, que iban a comenzar después del encuentro con la bella cazadora, y el destino fallido del libro: las justas de Zaragoza. Señal de que el libro se planteaba para Cervantes mucho más largo.
La publicación del libro apócrifo es la razón del vértigo de las páginas finales.
Fantásticas.

2007-08-14

Mi novela tuvo un lector desde el principio.
El viernes 10 conversé con él sobre los pequeños arreglos que hacen falta. Revisar los dos primeros capítulos, porque fue recién a partir del tercer capítulo que encontré la forma de la novela. También estaría bueno incluir alguna pequeña cosa en relación a mis padres y a mis tíos en los últimos capítulos.
Simplemente eso.

Pero charlamos mucho.
Tomamos mate, café y quedamos en hacer un asado en los próximos días. Entremedio de un montón de libros y autores, aparecieron Avellaneda y el Segundo Quijote.
Parece que el Quijote apócrifo no es tan malo. Se publicó en 1614 cuando Cervantes iba por el final de los episodios del castillo, los duques, el gobierno de Sancho.
En consecuencia, Avellaneda le habría hecho un "favor" a Cervantes, dado que lo habría obligado a terminar. Cervantes, a la edad de 68 años y con un pie en el estribo, de lo contrario habría dejado a su Segundo Quijote inconcluso.
Yo estoy en el capítulo de la despedida.
En los mapas que dibujé en Gesell todavía queda lejos Zaragoza. Sin embargo, en los pocos capítulos que restan del Segundo Quijote, Cervantes precipita todo. No sólo reaparecerá Sansón Carrasco sino también Tosilos, el lacayo del duelo que no se consumó (cap. LVI). Habrá una especie de acta notarial, o de escritura firmada por testigos, para dejar fehacientemente asentada la autenticidad del Segundo Quijote en relación con la aparición del Quijote de Avellaneda. También un viaje a Barcelona, una salida en barco, el regreso definitivo a La mancha y el fin de nuestro don Quijote.