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2024-04-16

Diario de la próstata

Las historias clínicas comienzan con Bioy Casares a la edad de sesenta y tres años, cuando refiere a Borges sus pesadillas con la sonda urinaria tras la operación en el CEMIC.
Al año siguiente, Borges debe operarse, pero pierde la confianza en el urólogo. Le dice a Bioy que el especialista «vive en el mundo de la propaganda», como Mujica Lainez.
Bioy se atreve a recomendarle al Dr. Luis Montenegro, quien lo operó.
Borges visita a Montenegro y a sus ochenta años decide operarse con él. También quiere cambiar de clínico y acepta al médico de cabecera de Bioy, el Dr. Alejo Florín, que subirá en 2005 al escenario en una obra de teatro documental dirigida por Vivi Tellas, formando dúo con Edgardo Cozarinsky, su amigo y paciente.

Alejo Estaba pensando en darte una droga relativamente reciente para el cáncer de próstata, además de las inyecciones que te doy cada tres meses. Se da por boca, y puede tener como efecto secundario que te crece el pelo.
Edgardo Pero yo no quiero tener pelo. Hace 40 años que soy pelado ¿Qué va a pensar la gente, que me hice un injerto, si un día aparezco con pelo? Es ridículo.
[…]
Edgardo Les quiero pedir a todos los que están aquí esta noche que por favor no comenten, que no escriban —en el caso que alguno de ustedes sea periodista— el hecho que tengo cáncer. Mi madre no lo sabe. Mi madre tiene noventa y cinco años y no quiero que lo sepa ...
[…]
Edgardo Te pregunto, ¿a qué edad te recibiste de médico?
Alejo A los 22.
Edgardo El hecho de que tu padre y tu madre fueran médicos ¿influyó de alguna manera en tu elección?
Alejo No, creo que no. Pero ya que me preguntás lo de la edad, justamente coincidiendo que me había recibido, un día me fui a comer a lo de Bioy, y Silvina por primera vez había cambiado la disposición de los invitados en la mesa. Porque siempre era estático y siempre era la misma. Entonces yo lo veía comer a Adolfito de perfil por primera vez. Y veía que cada vez que tragaba le subía un bulto acá, en la garganta, y le pregunté: ¿Qué tenés ahí? Y me dice: Un nódulo, nada más. Bueno, a la semana estaba operado. Le sacaron la tiroides y ya tenía metástasis en la cadera. A pesar de lo cual, con todos los tratamientos que le hicimos, vivió como treinta años más, lo más bien.
[…]
Edgardo Ustedes se preguntarán qué clase de médico es Alejo Florín. Esto es una fotocopia de una entrevista con él, publicada en el diario La Nación en el año 1996, hecha por Odile Barón Supervielle, con el título “Un médico argentino”. Hay […] preguntas cuyas respuestas me parecen interesantes. Le preguntó si es muy duro estar permanentemente en contacto con el dolor y la muerte o si uno se acostumbra a ello. “Sí, es muy duro y uno nunca se acostumbra”. “¿Qué hacés para desconectarte?” “Creo que jamás uno se desconecta. A veces hasta sueño con los enfermos. […]”

Una entrada de cuatro semanas antes de la del sufrimiento de Bioy con la sonda registra la pregunta de Borges sobre si Bioy conoce a alguien que pueda administrar su dinero, y la primera de 1979 estas palabras dichas por Borges: «Me parece que están multiplicándose las nanas que me llevarán a la disolución.»

Miércoles, 15 agosto Come en casa Borges. Está flaco, tembloroso, con desvanecimientos. Tiene azúcar. Lo operan la semana próxima de próstata.

Borges cancela la operación con el Mujica Lainez de las próstatas. Acepta tratarse con los médicos de Bioy.

Martes, 28 agosto Converso con Montenegro y con Florín. Aparentemente encuentran bien a Borges, salvo el problema de la próstata. Están contentos de atenderlo y no van a cobrarle nada. Quieren que se opere en el CEMIC. […]

Después de los exámenes prequirúrgicos, los médicos convienen operar a Borges el lunes 3 septiembre. Bioy Casares toma ahora nota del azúcar en sangre de Borges: glucemia 70. Mejor imposible.
El diario La Nación, 20 julio 2003, publicará el recuerdo de Montenegro: «La intervención transcurrió sin la menor zozobra. Conté para ello con un paciente dócil que no emitió una sola queja. La anestesia peridural […] nos permitió de algún modo dialogar durante la operación. […] Recuerdo también vívidamente la sorpresa de oírle recitar el Padre Nuestro en diferentes lenguas sin olvidar por cierto hacerlo en anglosajón.» Al día siguiente de la cirugía, Bioy trascribe este sueño de Borges: « […] yo era Inglaterra e interpreté unos tirones en la barriga como el dolor de parir a Australia. Al despertar me alarmé un poco por haber tenido un sueño de mujer. Tal vez la operación de próstata hiera nuestro amor propio y nos perturbe...»
Las escrupulosas entradas del diario indican que el 3 septiembre Borges es llevado al quirófano a las 11.20 horas y que retorna después de una hora y veinticinco minutos a la habitación. El año anterior, Bioy había estado anestesiado hasta las 17:00 hs.
Al día siguiente, Bioy escribe que durante la visita que reliza a su amigo, éste comenta:«No me dijeron que el presidente [Videla] preguntó por mí para no alterarme. Nada puede dejarme más indiferente».
Según Montenegro, a Borges lo ilusionaba, tras la operación de próstata, poder conocer Japón ese mismo año con María Kodama. En el diario de Bioy figura que el viernes 2 noviembre Borges volaría con Kodama. Bioy cierra el diario de la próstata con la entrada del día de Navidad: «Visito a Borges. Está de regreso del Japón, que le gustó mucho.»


2020-10-11

Coraje

En mayo 2019, cuando J. M. Coetzee publicó La muerte de Jesús, valoré que el autor sudafricano aspirara a lo «faltante», a algo que su escritura ganaba con la publicación en castellano, a pesar de que no se dejó tomar por la experiencia de traducirla él mismo a este idioma. Ahora doy por terminada la versión en inglés de La ballena y el obelisco. En un inglés rioplatense, término que tomo del diario sobre Borges de Adolfo Bioy Casares: «Susana Bombal —dama argentina, que en la segunda mitad de su vida resuelve acercarse a la literatura y traduce literalmente, a un inglés de sintaxis porteña, poemas de escritores más o menos amigos— [...]. Qué coraje, comenta Borges.» p. 84




2020-09-15

Martes, 15 de septiembre

Empecé a revisar La ballena y el obelisco en inglés rioplatense. Cotejo cada corrección de Vi al pez liso. Vale que haga el último intento. Copio este alusivo pasaje del affaire J. L. Borges - Norman Thomas di Giovanni, que pertenece a una entrada de 1971 del diario de A. Bioy Casares.

«Estoy pensando que no tiene sentido que yo trabaje todos los días en traducir al inglés, con Norman, mis cuentos. Me parece malsano estar volviendo todo el tiempo sobre mi pasado. Y ¿qué me importan las traducciones? Yo soy argentino y escribo para ser leído aquí. Tengo setenta y dos años: el éxito no me importa. El éxito en los Estados Unidos o en Europa ¿qué realidad tiene para mí? En verdad, el éxito no me importa nada. Me parece absurdo seguir para siempre ese trabajo. Creo que faltan diez volúmenes. Si voy a seguir traduciendo todo, mejor que no escriba más, porque todo lo que escriba aumenta lo que falta por traducir. [...] Si Norman quiere, le guardo secreto, les digo que traducimos juntos. A mí no me importa cómo salga lo que él hace. Lo que yo no quiero es trabajar más en eso. [...]» ps. 1375-6

2013-01-09

Fin de la escuela primaria, en un salón de maquinitas me topé con un compañero y me invitó a ir a su departamento al día siguiente.
El departamento estaba en uno de los edificios de la entrada, en los primeros que se encuentran después del Arco. Los ventanales de su cuarto daban a los monumentos frente al mar, a la escultura de Guillermo Gaggini. Mi compañero compartía el cuarto con su hermano Osvaldo, que era dos o tres años mayor y estaba ya en la secundaria.
Llegué a eso de las ocho. Luego, cuando había oscurecido, vino Osvaldo de la playa con unos amigos. La madre preparó pizzas y las comimos en el cuarto. Más tarde escuché a Osvaldo relatar un cuento que dijo que pertenecía a Borges. En Buenos Aires, en la biblioteca de mi casa, tenía las Obras Completas, pero hasta esa fecha no había podido yo pasar de La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga.
Mis padres habían alquilado una casa aquel verano en la otra punta de Miramar, a metros del vivero. A la medianoche, volví en bicicleta por la rambla, con mi ovejera corriendo a mi lado, y el viento soplando en la dirección menos apropiada, del suroeste y hacia la ciudad. En la oscuridad del mar se reunían chispas de embarcaciones lejanas y en mi cabeza las siguientes palabras del cuento: «Que esto no sea cierto».
Otra verano, en otro departamento, ahora en Buenos Aires. Era el primer año en democracia y había empezado yo el curso de nivelación para ingresar a la facultad. Para entonces, había avanzado con Borges, pero no había podido dar con aquella historia. También había buscado en entrevistas, por ejemplo en el libro de María Esther Vásquez, donde Borges habla de la magia y de las relaciones de los hombres con el más allá.
En el curso, experimenté interés por los dibujos en lápiz que hacía un compañero en los márgenes de sus apuntes. Se llamaba Carlos y era diez, o quizás doce o trece, años mayor que yo. La vez que dibujó un mono le conté la trama, que yo sospechaba no era de Borges. Le dije que se trataba de un cuento sobre la espera, pero no tuve claro si me refería al cuento propiamente dicho o a la búsqueda del autor, o a qué. Me propuso que después de la clase fuéramos a su departamento, porque creía haber leído el cuento en una vieja antología.
Al entrar encendió una bombita de cien. Eché un vistazo al departamento, en el que la biblioteca con ménsulas metálicas era el único horizonte, además de la cama, una mesita y una silla. Se puso a revisar los estantes; entre tanto, me dijo que había cobrado una indemnización por despido del Banco Francés y que se había mudado hacía dos semanas. Sonó el teléfono.
La comunicación duró sólo unos segundos al cabo de los cuales Carlos tanteó la mesita y tomó un lápiz por los extremos con las dos manos. Se puso rojo y temblaba. Lo miré con preocupación, no comprendía. De repente, las manos se abrieron, el lápiz rebotó y cayó al suelo. Me dijo que Marian, su novia, vendría en menos de cinco minutos y él debía esperarla en la puerta de calle.
Doblé en la esquina de Córdoba. Visto de lejos, el rostro, y en realidad no sólo el rostro, toda la figura, me resultó conocida, pero me perdí en dirección a Callao, a través de la noche que envolvía los árboles.
Luego de dos días de pensar en ella, hice, al menos mentalmente, que me llamara.
Me acuerdo que atendí en el acto y me dijo: Soy yo, Marian. Me preguntó si podíamos vernos. Aunque era tarde, le di mi dirección de San Telmo por si se animaba a venir. Respondió que tomaría un taxi y me traería el libro que yo buscaba.
Nos acordamos, o mejor, yo hice que nos acordáramos, de la vincha elástica que ella usaba para sujetarse el pelo cuando era una alumna de la primaria. No había cambiado; ahora que podía ver sus ojos de cerca, me daba cuenta de que, no obstante parecer más chicos, eran los mismos ojos que tenía en séptimo grado. Ella me dijo que los ojos y la boca son las únicas partes del cuerpo que conservan su tamaño desde que nacemos hasta que morimos. Luego se refirió a mi cara; me dijo que a pesar de la barba que la cubría, tampoco mis ojos habían cambiado. Hizo un silencio y luego agregó que me hacía parecer mayor y que en verdad no me hubiera reconocido si Carlos no le hubiera dicho mi nombre. Cuántos años doy, le pregunté. Unos treinta, aseguró. Fue entonces que le conté el motivo por el que yo estaba en el departamento de Carlos. Apenas si lo conozco, agregué. Me contó que había roto con Carlos. Se habían conocido en el Banco Francés cuando ambos eran empleados y ahora ella seguía trabajando allí. Se produjo otro silencio; entonces yo quise explayarme acerca de esa historia de Miramar y me interrumpió para decir que en el trayecto hasta el bar La Paz, Carlos sólo le había hablado de mí y de aquel cuento de la pata de mono. Fue en ese momento que me dio el libro.
Yo esperaba la antología. No lo era, aunque por primera vez, y como por una puerta falsa, pude acceder a quién era el autor.
Su nombre era Ana María y no Marian. Tampoco supe, no quise preguntarle, la excusa que usó para conseguir mi teléfono. Luego de dejar La Paz, ella había encontrado el libro de las mejores historietas de Alberto Breccia, curioseando en las mesas de viejo de la calle Corrientes. En sus negras páginas todavía puedo leer, a partir del guión de Carlos Trillo, La pata de mono, de W. W. Jacobs.
Todos estos desvaríos hacen al caso, porque acabo de dar con la referencia a Borges que se me escabullía desde el fin de la escuela primaria. En su primera reseña para la revista El Hogar, Borges enumera los cuentos más memorables que, a sus treinta y cinco años de edad, había leído. Sobran los dedos de las manos y la lista incluye La pata de mono.
Cinco años más tarde, el cuento es publicado en Antología de literatura fantástica, por J. L. Borges, S. Ocampo y A. Bioy Casares —la Antología será ampliada en otra edición de 1965—. Acerca de La pata de mono, Bioy escribe en la Antología: Hace más de diez siglos empezó a escribirse este cuento; colaboraron en él escritores ilustres de épocas y de tierras distantes, un oscuro escritor contemporáneo [William Wymark Jacobs] ha sabido acabarlo con felicidad.


2009-12-26

Le parecía todo significativo y todo le parecía extraordinario, como si estuviera loco.
RICARDO PIGLIA: Un pez en el hielo. La invasión (Barcelona, Anagrama 2006)

Mientras leía el cuento que reconstruye los últimos días de Pavese me acordé de la maravillosa imagen de la pecera en la ventana, pero un tiempo más tarde, en oportunidad de leer el ensayo de Ana Gallego Cuiñas, se instaló en mi cabeza la idea de que podría haber imaginado dicha escena de la película Black Angel bajo el efecto de la ficción paranoica. Dicho de otra manera, las palabras que Ana Gallego Cuiñas vertió en la nota número seis de su ensayo me hicieron dudar:

[6] El título del cuento, como en la mayoría de los que conforman La invasión, aparece en el interior del texto. Piglia rescata esta expresión (imagen), «un pez en el hielo», que ciertamente Pavese escribió y narra (le da un sentido) lo que la suscitó: el italiano veía en sus postreros días una película en la que Connie tenía un pez que estaba solo y que se hiela porque ella deja de existir: como le ocurrió a él mismo. No he tenido acceso al film, por lo que no puedo verificar la veracidad de esta escena. Aunque si no estuviera incluida en la película comercializada, estaría, sin duda, fijada en los cuatro minutos de más que contiene la copia de Pavese.

Connie era Constance Goldwing y «the last love. Por ella se mató» Pavese, quien podría haber dedicado a la actriz norteamericana La luna y las fogatas, su última novela:

For C.
Ripeness is all


Roy William Neill había dirigido Black Angel basándose en la novela de Cornell Woolrich. A continuación un pasaje del ensayo que resume el admirable cuento.

[Un pez en el hielo] empieza in medias res y está segmentado en tres partes: la primera presenta a un Emilio Renzi de 26 años que viaja a Turín con una beca para estudiar la obra (el diario) de Pavese y olvidar a una mujer, Inés. Allí se va encontrando con una serie de dobles a la vez que se recrea el «itinerario final» de la vida de Pavese, intercalando fragmentos, en cursiva, de su diario y de las cartas que escribió en sus últimos días. En la segunda parte, Renzi se dirige en tren al pueblo natal del italiano, S. Stefano Belbo, lo que da paso —en un típico movimiento pigliano— a una reflexión sobre la escritura del diario (Kafka y Pavese) y el trinomio literatura, mujer y muerte: la alquimia de narración y crítica que tantos frutos le ha dado a Piglia. En la tercera y última sección, Renzi visita la «Esposicione Cesare Pavese» que es regentada por un «coleccionista», «polaco» —los datos nos remiten a Tardewski— que habla un «italiano extraño» y va de museo en museo ofreciendo sus hallazgos: objetos únicos, pequeñas diferencias en la serie. En esta ocasión había descubierto que existía una copia de Black Angel (1946), película en la que tenía un «papel breve pero extraordinario» Constance Dowling, el último gran amor del italiano. La copia, que había pertenecido a Connie y después a Pavese, consta de 85 minutos: 4 minutos más que la que se comercializó. Según el coleccionista, Pavese se dedicaba a ver a su amada inmortalizada en imágenes (a la manera de La invención de Morel) que reproducen una escena en la que la actriz saca a la ventana «una pecera con un pez oscuro que nada, solo [5], en el agua transparente», el cual termina helándose a causa de la nieve y del asesinato de la chica. Como «un pez en el hielo» [6]: así se sentía Pavese, así se lo escribió a su hermana en una carta que transcribe Piglia, y así se intitula la narración.

[5] La cursiva es de Gallego Cuiñas. La ficción paranoica de Ricardo Piglia en «Un pez en el hielo»: encrucijada narrativa

2008-10-15

La meta era ouvroir y no aquel sim japonés. Es decir: la suerte para la que yo había creado el homúnculo era conocer con qué o para qué había incursionado Chris Marker en Second Life. Por lo tanto, abrí el simulador y tipeé el nuevo destino, lieu de travail.
La silueta de un gato anaranjado y con rayas negras daba vueltas encima de una caja. Y eso era todo, o parecía serlo todo. Troncos tirados, un búho con cara de pocos amigos, cajas apiladas, un camión y una avioneta semienterrados en el médano. En el fondo, cielo y mar.
Anduve a pie.
Podía oír el mar que rompía abajo, en la base del médano o montaña de arena. Era una isla deshabitada. De repente, experimenté ansiedad: había evitado los cursos de entrenamiento en el portal español, y tal vez no fuera el momento para vivir la experiencia Marker. Sin embargo, ahí estaba.
Desde un acantilado veía una ballena. Y en el cielo una estructura blanca, negra y roja, que se perfilaba o construía en tres dimensiones, de acuerdo con mi ubicación en el borde. Me acordé de los habitantes de la colina de La invención de Morel. Podría haberme dejado caer al mar, o saltar y volar hacia ese espejismo edilicio, pero seguí rondando la isla a pie.
En eso, di con una rampa ascendente con forma de caracol. Me aproximé y vi unas latas en la rampa. Estaban estampadas con la cabeza del gato rayado. Miré alrededor y reparé en que me hallaba nuevamente cerca del gato rayado.
El gato era un dibujo troquelado con punto de apoyo en una de sus patas traseras. Extendí mi mano hacia la figura que giraba como un trompo y se me contagió la danza, o, para decirlo de otro modo, el homúnculo que yo era se puso a bailar.
Sin parar.
El baile era un script: un programa o libreto que mi avatar debía interpretar. Cuando las manos del avatar rozaron el gato, se sobreimprimieron funciones en la pantalla, una de las cuales puse en funcionamiento a la manera en que el náufrago de La invención ponía en marcha las bombas de sacar agua: sin entender.
Tenía incorporado un programa de baile pero había «silencio, el ruido solitario del mar […] Temí una invasión de fantasmas, una invasión de policías, menos verosímil.» Supuse que, si me alejaba del gato rayado, el efecto Fred Astaire cesaría. En vano lo intenté; me desplazaba dando pasos de baile. Y no podía volar.
Subí la rampa.
Me empezó a causar gracia mi ascenso danzarín. Por momentos iba muy rápido y la rampa en caracol parecía truncarse. Sin embargo, cuando imaginaba una caída, se alzaba la continuación de la rampa. Yo era un ciempiés en una rama. De pronto, me encontré nuevamente caminando. Velozmente giré, descendí, giré, subí. Me desplazaba a una velocidad mayor que la normal, pero ahora con los brazos al ras del cuerpo. Tropecé con una lata y estuve a punto de caer: apareció un menú. Había un montón de remeras que tenían estampado el gato rayado, no ignoro que para contrarrestar la sorpresa elegí una remera de mangas cortas y de color blanco, haciendo juego con mis calzones. Más tarde supe que el gato era Guillaume-en-Egypte, la mascota de Marker.
Al término de la rampa, mi sensación fue «la admiración placentera y larga: las paredes, el techo, el piso […]»

2007-10-12

El Diario del año de la peste es citado en Estado de sitio. La propia peste forma parte del elenco en esta obra dramática de Albert Camus: un funcionario burócrata y sus acólitos.
La peste se transmite a través de la traición, que es también traición romántica.

El vecino que me trajo El país de Auster se llevó copia de tres textos míos. Me llamaron la atención los nombres que usó para referirse a los tres: el gutre, la salina, y la polio, como yo los llamo de entre casa. Con respecto al gutre, vino a Internet buscar el significado, pero mi vecino no hizo referencia alguna al cuento de Borges: El evangelio según Marcos. Parece que la mirada de Víctor Hugo Sommi se las trae, aunque sosegada e inquietante. Le hizo evocar algunos deslizamientos por escondrijos de Sobre héroes y tumbas. Estableció un paralelo entre el peregrinaje de Sommi y el del envenenador. Los dos cementerios. Asoció las mariposas con las pulgas, en la clave racional del envenenador de la salina. El encuentro del envenenador en Londres con la mujer desfalleciente le hizo evocar el pasaje de Las piadosas en el cual se inspecciona el cuerpo de una sifilítica. Leyó la crónica periodística de la polio, como si se tratara de un cuento. Le pareció maravilloso «el sueño con leones» del Ruso.
Lo perturbaron las fotos que le mostré del Hogar Respiratorio.
Es curioso que haya asociado mis relatos con dos autores que no me interesan. Pero leer es traer al presente libros.
Y viceversa: todos los libros están en un libro.
En el mejor de los casos, el libro más amado.

Leo cuentos de Di Benedetto.
Son propios de los diarios de Kafka. Porque Enroscado, el primero de los Cuentos claros, es la historia de un Gregorio Samsa contada con la prosa de Mario Denevi, el escritor de Rosaura a las diez.
Son relatos alucinantes. Falta de vocación y As se parecen mucho a la cautivante Dormir al sol, de Bioy Casares.
El relato titulado: Caballo en el salitral es único. Sólo una sombra: el comienzo. Pero es único. Pertenece al libro de cuentos El cariño de los tontos.
De Mundo animal, releí Las mariposas de Koch y Reducido, dos relatos breves, de página y media, que había encontrado de casualidad en 2002, publicados en una revista. Cito el primer parágrafo de Las mariposas con el propósito de que, si mi vecino todavía no lo leyó, comprenda la obligación de hacerlo:

Dicen que escupo sangre, y que pronto moriré. ¡No! ¡No! Son mariposas, mariposas rojas. Veréis.


2007-09-21

«Soy amigo de Pinocho, que en la infancia me llevó de la mano por los caminos de la imaginación. Cuando me encuentro con otros devotos de Pinocho descubro que nuestros recuerdos no coinciden. Freud, quiero decir algún "complejo" del snobismo herido, me induce a olvidar lo que sé: ellos, siguiendo una buena tradición, leyeron el volumen de Collodi; yo, con infinidad de ignorantes, los fascículos publicados en la colección "Cuentos de Calleja" en colores.»
»Hoy leo la "Nota preliminar" de Esther Benítez a su traducción del libro de Collodi: "Es muy cierto que la fama y difusión del Pinocho de Bartolozzi en el ámbito lingüístico hispano eclipsaron por completo el Pinocho de Collodi, hasta el punto de que aún hoy es frecuente encontrarse con quien [¡con ABC debiera decir!] recuerda nítidamente el Pinocho de Calleja y sólo tiene una borrosa memoria del de Collodi". Baste aclarar que Bartolozzi ―Salvador Bartolozzi Rubio― ilustró con sus dibujos la traducción de Calleja del libro y escribió el texto de las nuevas aventuras publicadas en los fascículos que tanto me atraían: Pinocho en la India, Pinocho en la China, Pinocho en el Polo, Pinocho en la Luna, Pinocho en el país de los hombres gordos, Pinocho en el país de los hombres flacos, Pinocho en Jauja, Pinocho en Babia, Pinocho detective y de la serie Chapete reta a Pinocho, que me gustó menos.»

Este es un escrito de Adolfo Bioy Casares en Descanso de caminantes, 1982.
Tiene mínimas revisiones mías a partir de que poseo el Pinocho de Alianza, 1980, con Prólogo y Nota preliminar notables. Entre otras cosas, corregí el nombre del dibujante y escritor del Pinocho español, que en el diario de Bioy Casares aparece como «Bertolozzi».
Pero lo que importa es el encuentro con amigos. El miércoles fui a tomar un café con Paulino a La giralda y mezclado con temas automovilísticos, la largada de Spa-Francochamps y otros, nos perdimos hablando de Lucignolo, Paul Auster, Bioy Casares.
Las charlas con amigos suponen un montón de desviaciones. De todas ellas me pareció atractiva la huella que dejó Bioy, vista ahora desde el ángulo de la traductora del libro de Collodi, M. Esther Benítez, que en la Nota hace la siguiente pregunta:
«¿Cómo es el Pinocho de Bartolozzi?»
Sumar ahora una nueva cita de la Nota tiene por fin denotar que, como explica la contratapa de Alianza, la llamada literatura para niños desborda las fronteras del género.
»¿Por qué el Pinocho español se mueve en un mundo de fábula? ¿Por qué en todas sus aventuras no existe una progresión psicológica de los personajes, como ocurre en el Pinocchio italiano? Si la constante obsesión de Pinocchio es convertirse en un niño de carne y hueso, nuestro Pinocho [España, 1917/1920], satisfechísimo de su condición, sueña en seguir siendo muñeco; en cierto sentido es como Peter Pan, el niño que no quiso crecer. Y lo mismo ocurre con el realismo de la obra, que sólo aparece en detalles esporádicos y nunca en la caracterización y actuación de los personajes. ¿Por qué este enfoque? ¿Presiones del medio ambiente? ¿Imposición del editor? Habría que estudiar el problema a fondo y por extenso y no en los reducidos límites de estas notas».


2007-08-02

Tengo La invención de la soledad apoyado sobre el escritorio, entre la ibook y mi pecho. Y de mi lado izquierdo las notas que apunté durante los días que estuve en Gesell.
Van mis apuntes.

El malentendido y Calígula, de Albert Camus. Los huesos y los perros de la villa. La sombra del cuis gigante en dirección al muelle, la buscadora de oro con su estrafalario bastón, la parejita de la sombrilla, el blues, los rebuznos de Cervantes, los originales de mi propia novela, el fuego, el asado frío, las paletas y el juego de manos con la pelotita de tenis, el perro lanudo que me hizo entrar al helado mar cuando me robó la pelotita, la esquinita verde y con sol, el bosquecito, el refugio al lado de la casa del viejo patriarca de la villa.

Trazo el derrotero de Miguel, el autor del Quijote: Nápoles Roma Mesina Navarino Túnez Cerdeña Argel Barcelona Esquivias Lisboa Orán Toledo Valladolid El Escorial. Un camino que Miguel empieza con su padre: de Alcalá de Henares a Valladolid, de Valladolid otra vez a Alcalá y de allí a Córdoba Sevilla Madrid.
Dibujo una mula patas para arriba (significa muerta) mirando con un solo ojo hacia el río Tajo. Una mano izquierda en Lepanto. La galeta El Sol, en medio de una tormenta, frente a las costas de Cadaqués.
Ubicación del Toboso.
En la misma hoja el itinerario de las tres salidas del Quijote y Sancho.

Hay pájaros con sus crías en el balcón que rasquetea Ramón. La vecina jubilada les tira migas de pan. Los pichones hacen prácticas de vuelo entre los alguaciles. Chillan. Son pájaros del antifaz.

Leí el barco encantado y el encuentro con la bella cazadora. El Quijote contesta las ofensivas del grave clérigo.

Advierto que los jugadores de paleta de la última hora del martes están en la playa. 10:30 hs. ¿Habrán permanecido jugando toda la noche?

Ramón dice que hoy miércoles termina con los postigos. Me pregunta si estoy aburrido. Le digo que estoy terminando una novela. Me pregunta si soy escritor. Le respondo que sí. Él se siente en falta porque no lo sabía.
Acá se sabe todo, dice. Cómo no me enteré.

Un tipo anda con un detector de metales por la orilla.

Mientras miro los alguaciles aparece la vecina jubilada y también me pregunta si estoy aburrido.
Le comento que los alguaciles deben venir con los riegos de Elsa, porque posteriormente no llueve. Sucede igual en toda la villa, en los jardines desiertos pero con regadores automáticos.

Un travesti trota por la orilla del mar.
Lleva puestos un corpiño turquesa y unos jeans, desteñidos o manchados de fábrica, apretadísimos.

Es jueves. Otro persona más con un detector de metales.

Ayer no sonó la alarma.
Me figuro a mí mismo como al personaje de Soy leyenda, oculto de los vampiros durante la noche. No sé, pero todos los días a las 18:00 horas suena una alarma en Gesell.

Me río con el «cómputo de Ptolomeo» en el viaje corto pero fantástico en el barco encantado.

Le agrego pimienta al guiso de arroz.

Lloro.

Lito Nebbia en la 94.7 FM del Mar.

Un sapo pasa el día entero en el rincón izquierdo del postigo de la entrada del departamento. Duerme acurrucado. Lo descubrí al irme a la playa. Está bien protegido ahí. Tiene insectos de los que se alimenta. Lo bautizo Lito.

El travesti salticonando en la orilla. Con los mismos jeans. Qué sucia, dice Elsa mientras abre el riego y aparecen los alguaciles.
No llueve.

Un perro mira todo el tiempo los pies del dueño, mientras ambos pasean por la costa.

Es de noche y Lito anda bien despabilado por el parque.

Cortázar en la 94.7
Hermoso relato llamado «Correos y telecomunicaciones» Las encomiendas son embadurnadas con alquitrán para asegurarlas. Y adornadas con plumas (imagen de Disney y de Los tres chiflados). Las estampillas se expenden con un globo de obsequio.

Corto malvones y geranios para traer a Buenos Aires.

Dormí la siesta en el diván negro de la izquierda. Me tapé con una frazada. Estaba medio nublado.

Como palitos de la selva.

Después del mar una ducha caliente (creo que hace tres días que no me ducho, la vez anterior fue luego de un chapuzón en el mar con perro blanco y lanudo).

Jugadores de paleta en el mismo punto de la playa. Los observo desde el diván de la derecha. 18:30 horas.

Putos fósforos que se apagan solos. Puta marca Cancún.

Momentos de danza con sones de blues para distraerme de los vampiros,

Dancing cheek to cheek
Come on, and dance with me

...

bellísima voz y ritmo lento:

blow blow soft winds
my heart is empty

Hoy viernes pasó una citroneta, con un quincho de paja en lugar de acoplado.

Problemas de una parejita. Más diestra hoy con la sombrilla para protegerse del viento. Sin embargo todo se les complica porque hay vientos fuertes desde la villa. Duermen por la mañana y aparecen por las tardes en la playa. El sol se pone en la villa. ¿Cómo se protegen del viento y toman sol al mismo tiempo? Gente delicada y sin solución. El sol de invierno les es esquivo.

Por la cantidad de veces que lo nombra, parece que Cervantes en el Segundo Quijote hubiera descubierto el átomo.

Capítulo I del Segundo Quijote. De lo que el cura y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de su enfermedad
El discreto don Quijote, cuando los examinadores le mencionan que el Turco bajaba con su poderosa armada sobre España, propone armar toda la nación de caballeros andantes. El cura dice que todo en aquello que cree el Quijote no es otra cosa que fábula y mentira. Cuando el señor rapador (así lo llama don Quijote al barbero con ánimo de maltratarlo) le pregunta a don Quijote, socarronamente, sobre el tamaño del gigante Morgante, Cervantes usa por primera vez en su novela la palabra átomo:
En esto de gigantes, respondió don Quijote, hay diferentes opiniones, si los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo…

Transité a pie el bosque entre la tres y el boulevard, a la altura del muelle. Lo había observado en aquella foto aérea exhibida en la casa del patriarca. En la época de la foto la zona era solamente de médanos. Ahora es un paseo bonito, con cuestas y muchos árboles.

Sabina y Milanés. La más puta entre las señoras. La más señora entre las putas.

Emilio Gauna murió en Palermo. Canta Jaime Ross y se basó en el «Sueño de los héroes» de Bioy.

Joaquín Díaz. Paco Ibañez. Leda Valladares.

Leo las cartas del cap. LI, entre el Quijote y Sancho. No quiero que la historia termine, ni tampoco que muera el Quijote. Necesito compartir la ternura del libro.

Leo a Paul Auster, ahora el capítulo dos del libro de la memoria.
La reseña de Las mil y una noches, en el vol. 11, texto en espejo con la primera parte de la novela: La invención de la soledad. El padre le narra un cuento a su hijo.
A menudo le narra un cuento de hadas, o de aventuras; pero a veces no es más que un simple salto imaginario. Había una vez, un niño pequeño llamado Daniel, le dice A. a su hijo Daniel. Estas historias, en las que Daniel es el protagonista, son las que más le gustan a Daniel. A. advierte que, en forma similar, cuando se encierra en su habitación a escribir el Libro de la memoria, cuenta su propia historia, si bien escribe A. donde en realidad correspondería escribir «yo». Real e imaginario, cada uno existe gracias al otro: dos espejos enfrentados.
Libro con dos comienzos. La historia empieza al final, escribe Auster antes de nombrar a Scherezade.