2009-12-04

El asesino construye una ficción al detective para no ser descubierto. Borges toma esta idea e identifica a la ficción como una operación que funciona duplicando, creando relaciones especulares y simetrías. Pero se trata de una operación que también depende del receptor.
Nadie cree en un discurso porque sea verdadero. Esta es una regla que el periodismo respeta a ultranza. En particular, en Procesos sensacionales (Editorial Simiente, 1946), Manuel Montserrat describe las predilecciones del seguidor de las noticias policiales.

Muy a menudo el mundo se siente conmovido por un hecho delictivo que, dadas sus proyecciones, rebalsa las fronteras, en las rápidas alas del telégrafo o de la radio. Los crímenes particularmente horripilantes u odiosos; los secuestros de menores hijos de personajes famosos; los grandes asaltos; los robos de joyas o valores cuantiosos; las estafas de millones y los grandes negociados turbios, son motivo de crónicas periodísticas siempre numerosas y extensas, que el gran público lee con creciente avidez, hasta que el desenlace —detención de los inculpados y castigo de los verdaderos autores— se produce. Llegado el proceso a este punto, el interés colectivo decae. Hay excepciones, como en el asunto Landrú y otros, en que la emoción crecía a medida que se substanciaba el proceso —interesante, más que por lo macabro de los descubrimientos por la figura del acusado: un gigante del crimen—.
En todo delito de mayor cuantía hay siempre para el público tres factores decisivos de interés y emoción. Ellos son: la magnitud del hecho en sí; en el homicidio: el número de víctimas, lo monstruoso de la ejecución, la alevosía y ensañamiento del asesino; en los asaltos: la guapeza y audacia de los asaltantes y, secundariamente, el monto de lo robado; en los robos: la habilidad desplegada en los mismos, la falta de rastros y el valor de lo desaparecido; en los secuestros: la edad de la víctima, su jerarquía social y su popularidad; en las estafas y negociados interesan, esencialmente, las grandes cifras y los muchos damnificados.
El segundo factor de interés público lo constituye el misterio que rodea al delito. Cuanto mayor es la desorientación de los pesquisantes, mayor es la emoción del lector de crónicas policiales.
El tercer motivo es la personalidad del acusado.

2 comentarios:

Pequeña capitalista dijo...

A nadie lo mata un vaso de veneno pero seguro un arsénico con olor a almendras dulces sí... la verosimilitud, así es esto del oficio

Gustavo López dijo...

Seguramente el interés malsano.
Ayer se cerró el «caso Pomar»: un matrimonio y sus dos hijas que viajaban en auto por la ruta a Pergamino y se esfumaron en la llanura. Existían fotografías del auto y los ocupantes que habían sido tomadas en dos peajes de la ruta y la hipótesis más que probable de un accidente en el tramo final, de sólo cuarenta kilómetros.
A escasos quince metros de la banquina, en una arboleda, fueron encontradas las víctimas y el auto, ruedas arriba. Sin embargo, durante veinticuatro largos días se tejieron las más morbosas especulaciones, y quedó probado que, como recién decía Roberto Petinato en la tele, el límite entre el espectáculo, el chisme como virus que domina el mundo, y el periodismo resulta muy delgado.
No sé si cabe la comparación del caso con La carta robada; más bien creo que no, porque en lo que respecta a la policía científica, bueno, mejor las palabras de Ricardo Ragendorfer en el mismo programa: si enviaban a los rastreadores a Bolivia a comprar coca, los muchachos traían pepsi.