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2024-04-16

Diario de la próstata

Las historias clínicas comienzan con Bioy Casares a la edad de sesenta y tres años, cuando refiere a Borges sus pesadillas con la sonda urinaria tras la operación en el CEMIC.
Al año siguiente, Borges debe operarse, pero pierde la confianza en el urólogo. Le dice a Bioy que el especialista «vive en el mundo de la propaganda», como Mujica Lainez.
Bioy se atreve a recomendarle al Dr. Luis Montenegro, quien lo operó.
Borges visita a Montenegro y a sus ochenta años decide operarse con él. También quiere cambiar de clínico y acepta al médico de cabecera de Bioy, el Dr. Alejo Florín, que subirá en 2005 al escenario en una obra de teatro documental dirigida por Vivi Tellas, formando dúo con Edgardo Cozarinsky, su amigo y paciente.

Alejo Estaba pensando en darte una droga relativamente reciente para el cáncer de próstata, además de las inyecciones que te doy cada tres meses. Se da por boca, y puede tener como efecto secundario que te crece el pelo.
Edgardo Pero yo no quiero tener pelo. Hace 40 años que soy pelado ¿Qué va a pensar la gente, que me hice un injerto, si un día aparezco con pelo? Es ridículo.
[…]
Edgardo Les quiero pedir a todos los que están aquí esta noche que por favor no comenten, que no escriban —en el caso que alguno de ustedes sea periodista— el hecho que tengo cáncer. Mi madre no lo sabe. Mi madre tiene noventa y cinco años y no quiero que lo sepa ...
[…]
Edgardo Te pregunto, ¿a qué edad te recibiste de médico?
Alejo A los 22.
Edgardo El hecho de que tu padre y tu madre fueran médicos ¿influyó de alguna manera en tu elección?
Alejo No, creo que no. Pero ya que me preguntás lo de la edad, justamente coincidiendo que me había recibido, un día me fui a comer a lo de Bioy, y Silvina por primera vez había cambiado la disposición de los invitados en la mesa. Porque siempre era estático y siempre era la misma. Entonces yo lo veía comer a Adolfito de perfil por primera vez. Y veía que cada vez que tragaba le subía un bulto acá, en la garganta, y le pregunté: ¿Qué tenés ahí? Y me dice: Un nódulo, nada más. Bueno, a la semana estaba operado. Le sacaron la tiroides y ya tenía metástasis en la cadera. A pesar de lo cual, con todos los tratamientos que le hicimos, vivió como treinta años más, lo más bien.
[…]
Edgardo Ustedes se preguntarán qué clase de médico es Alejo Florín. Esto es una fotocopia de una entrevista con él, publicada en el diario La Nación en el año 1996, hecha por Odile Barón Supervielle, con el título “Un médico argentino”. Hay […] preguntas cuyas respuestas me parecen interesantes. Le preguntó si es muy duro estar permanentemente en contacto con el dolor y la muerte o si uno se acostumbra a ello. “Sí, es muy duro y uno nunca se acostumbra”. “¿Qué hacés para desconectarte?” “Creo que jamás uno se desconecta. A veces hasta sueño con los enfermos. […]”

Una entrada de cuatro semanas antes de la del sufrimiento de Bioy con la sonda registra la pregunta de Borges sobre si Bioy conoce a alguien que pueda administrar su dinero, y la primera de 1979 estas palabras dichas por Borges: «Me parece que están multiplicándose las nanas que me llevarán a la disolución.»

Miércoles, 15 agosto Come en casa Borges. Está flaco, tembloroso, con desvanecimientos. Tiene azúcar. Lo operan la semana próxima de próstata.

Borges cancela la operación con el Mujica Lainez de las próstatas. Acepta tratarse con los médicos de Bioy.

Martes, 28 agosto Converso con Montenegro y con Florín. Aparentemente encuentran bien a Borges, salvo el problema de la próstata. Están contentos de atenderlo y no van a cobrarle nada. Quieren que se opere en el CEMIC. […]

Después de los exámenes prequirúrgicos, los médicos convienen operar a Borges el lunes 3 septiembre. Bioy Casares toma ahora nota del azúcar en sangre de Borges: glucemia 70. Mejor imposible.
El diario La Nación, 20 julio 2003, publicará el recuerdo de Montenegro: «La intervención transcurrió sin la menor zozobra. Conté para ello con un paciente dócil que no emitió una sola queja. La anestesia peridural […] nos permitió de algún modo dialogar durante la operación. […] Recuerdo también vívidamente la sorpresa de oírle recitar el Padre Nuestro en diferentes lenguas sin olvidar por cierto hacerlo en anglosajón.» Al día siguiente de la cirugía, Bioy trascribe este sueño de Borges: « […] yo era Inglaterra e interpreté unos tirones en la barriga como el dolor de parir a Australia. Al despertar me alarmé un poco por haber tenido un sueño de mujer. Tal vez la operación de próstata hiera nuestro amor propio y nos perturbe...»
Las escrupulosas entradas del diario indican que el 3 septiembre Borges es llevado al quirófano a las 11.20 horas y que retorna después de una hora y veinticinco minutos a la habitación. El año anterior, Bioy había estado anestesiado hasta las 17:00 hs.
Al día siguiente, Bioy escribe que durante la visita que reliza a su amigo, éste comenta:«No me dijeron que el presidente [Videla] preguntó por mí para no alterarme. Nada puede dejarme más indiferente».
Según Montenegro, a Borges lo ilusionaba, tras la operación de próstata, poder conocer Japón ese mismo año con María Kodama. En el diario de Bioy figura que el viernes 2 noviembre Borges volaría con Kodama. Bioy cierra el diario de la próstata con la entrada del día de Navidad: «Visito a Borges. Está de regreso del Japón, que le gustó mucho.»


2023-05-11

El espejo irreal

Poco después del final de la guerra civil española, Jorge Luis Borges escribió en El Hogar que había visitado el Prado antes de 1921 —esto es, en el primero de sus dos viajes a Europa hasta la publicación; el tercero tendría lugar en 1963.
Las estadías de Borges en Madrid son la bisagra de una cronología que merece ser contada, porque el artículo en la revista argentina hará referencia al espejo, pero la sala de 1899 había sido desmantelada para hacer espacio a las ampliaciones del Museo y Las meninas llevaba ya al menos una década en la gran Sala Basilical, donde no había espejo.

1910
Las meninas es exhibida en la Sala Basilical (sala 12), junto a otras obras de Velázquez, a la derecha de la entrada de su anterior sala, que se encuentra clausurada y cubierta por una cortina sobre la que es expuesta Mercurio y Argos en compañía de Enano con perro.

1914
Apenas llegada a Europa, la familia de Borges es sorprendida por la Primera Guerra Mundial y queda encajonada en Ginebra. Norah emprenderá estudios en Bellas Artes y Jorge Luis el bachillerato. Los adolescentes se empaparán de intensidad en el expresionismo alemán.

1915
Derribo de la antigua sala de Las meninas.

1918-21
Durante este período, El Museo del Prado realiza obras de ampliación en el contrafrente: una hilera paralela a la galería central, de forma que implicará dos volúmenes de salas nuevas, seguidas o puestas a continuación en dirección N-S, a los lados de la Sala Basilical.
Entretanto, los Borges se mudan en 1918 a Lugano. Finalizada la guerra viajarán a Barcelona.
En 1919, se instalan en Mallorca. Al llegar el otoño parten hacia Andalucía y a finales de año se establecen en Sevilla, donde los hermanos se unen con entusiasmo a la vanguardia ultraísta. Con sus obras estarán presentes en la revista Grecia, donde el 31 diciembre es publicado el primer poema de Jorge Luis, dedicado al jefe de redacción y amigo, Adriano del Valle. Las cualidades de Norah son exaltadas por el director de la revista en el siguiente número. Tres números más tarde, Norah devendrá musa de la vanguardia a partir de la reproducción de una xilografía.
El próximo destino es Madrid.
Desde fines del invierno de 1920, Jorge Luis concurre a diferentes tertulias madrileñas. Con veinte años de edad, inicia una estrecha amistad con el escritor Rafael Cansinos Assens, que tiene treinta y siete. Cansinos había orientado el manifiesto de 1918 que acuñó el término ultraísmo y donde se anunciaba la aparición de una revista llamada Ultra.
En una carta a del Valle, Borges comenta que el poeta Pedro Garfias lo ha llevado al círculo literario que Cansinos presidía los sábados a medianoche en el Café Colonial. Entonces, visiona el Café: «[…] lleno de luces y de espejos que lo ensanchan, que lo hacen infinito, que multiplican las panojas de luces de oro, que fructifican los racimos de rostros, que le dan algo de laberinto, algo de estar en el centro del universo, a partir de las neblinas de la prehistoria y marchar a venideras auroras.» Alejandro Vaccaro señala que Borges, en estas líneas desde Madrid al amigo sevillano, nombra tópicos que serán constitutivos de su literatura. Habla de espejos, infinito, laberinto, centro del universo. Distintos nombres para una ficción en cuyo centro sólo vive otra ficción. En la carta fechada el 4 mayo 1920, dirigida desde Zaragoza a Maurice Abramowicz, amigo que había conocido en la Biblioteca Pública de Ginebra, Borges expresa: «¡Querido hermano! Ayer he dejado Madrid […]» Luego, Barcelona será paso obligado para una visita médica del padre en Ginebra. A mediados de junio, la familia vuelve a Mallorca.
El 27 enero 1921 aparece en Madrid la anunciada revista Ultra: Norah colabora con ilustraciones y Jorge Luis con una reseña y un poema. El 23 febrero, los Borges se trasladan de Mallorca a Barcelona para embarcarse de regreso a Argentina. El 24 marzo llegan a Buenos Aires después de siete años en Europa.

Durante el corto tiempo de la primera estadía de Borges en Madrid, algo más de dos meses (A. Vaccaro), de marzo al 3 mayo 1920 — a lo sumo, desde febrero (M. F. Galesio y P. Melgarejo)—, el cuadro Las meninas se expuso en la Sala Basilical, adonde había sido trasladado en 1910, y permanecería inmutable en el mismo sitio hasta el otoño europeo de 1928.

1923-4
La familia Borges viaja por segunda vez a Europa en julio 1923. Jorge Luis lleva ejemplares de Fervor de Buenos Aires, impresos unos días antes de la partida con un grabado de Norah en la tapa. El concejal socialista Roberto Giusti presentó el poemario de Borges al Premio Municipal de Buenos Aires. Giusti había sido uno de los fundadores en 1907 de la revista literaria Nosotros, que había incluido en diciembre 1921 una antología ultraísta, firmada por Borges. Al cierre de la recepción de las obras, 31 octubre, los Borges ya habían visitado Londres y París, y se encontraban en Ginebra.
En la víspera de Navidad viajaron a Barcelona, donde pasaron las fiestas; luego iniciaron un periplo invernal por Andalucía y, como en el primer viaje, la familia se instaló en Madrid al final del invierno. El 10 abril 1924, se da a conocer el fallo del Premio Municipal. Borges recibe en Madrid, o de camino a Lisboa, la noticia de que su primer libro había obtenido una mención en el concurso, con Giusti miembro del jurado (C. García).
La revista Alfar, de La Coruña, publicó el artículo Examen de metáforas en dos partes; la primera en mayo y la continuación en el número de junio-julio. En ambas, al final del texto, aparecía que había sido escrito por Jorge Luis Borges en «Lisboa, 1924.» El número de mayo reproducía, apenas dos páginas después del Examen, una serie de cinco obras de Salvador Dalí pintada el año anterior a la edad de diecinueve años, entre ellas Retrato de mi hermana.
Tras una búsqueda infructuosa de los antepasados paternos, los Borges llegaron a Buenos Aires en un vapor procedente de Lisboa el 19 julio 1924. Casi medio siglo después, en conversación con María Esther Vázquez en la Biblioteca Nacional de la calle México, Borges bromearía diciendo que «había tantos Borges [en la guía telefónica portuguesa] que era como si no hubiera ninguno.» Sostendría que también había descubierto «con tristeza que un enemigo de Camoens se llamaba Borges y tuvieron un duelo.»
—Esperemos que no haya sido pariente suyo...
—Haré lo posible para que no lo sea, ya que es tan fácil modificar el pasado.

Antes [de 1921], en el Museo del Prado, vi el conocido cuadro velazqueño de Las meninas: en el fondo aparece el propio Velázquez, ejecutando los retratos unidos de Felipe IV y de su mujer, que están fuera del lienzo pero a quienes repite un espejo. Ilustra el pecho del pintor la cruz de Santiago; es fama que el rey la pintó, para hacerlo caballero de esa orden... Recuerdo que las autoridades del Prado habían instalado enfrente un espejo, para continuar esas magias.
El Hogar, 2 jun 1939, Cuando la ficción vive en la ficción. En Textos cautivos (1986).


Cinco segundos de EL CUADRO (Andrés Sanz, 2019)

La vía de acceso a Las meninas está mediada en el escrito de Borges publicado en El Hogar por dos escenas iniciales: una de infancia y otra de «[c]atorce o quince años después, hacia 1921». Estas escenas representan una lata de bizcochos e Inglaterra —o la geografía de Inglaterra—, respectivamente. Ambas portan una referencia especular consigo mismas y se atomizan, según un itinerario visual de caída infinita. La contemplación de la lata tiene lugar en Buenos Aires, a los siete u ocho años de Borges. La lectura de la cita de Josiah Royce, sobre el mapa de Inglaterra, en Introducción a la filosofía matemática, de Bertrand Russell, podría haber tenido lugar en España, donde estaba la familia antes del 24 marzo 1921, o también en Buenos Aires, después de su regreso.
A continuación hay una tenue intermisión de tres puntos, y dice: «Antes, en el Museo del Prado, vi el conocido cuadro […]» Qué más añadir; Borges cuenta lo que vio en el Museo en su primer viaje. Sin embargo, pronto vuelve a utilizar los tres puntos, y dice: «Recuerdo que las autoridades del Prado habían instalado enfrente un espejo […]» En esta escena del cuadro, Borges hace ver el modo en que los espacios imaginarios y reales que se espejan entre sí actúan modificando la realidad, que cede en el lienzo —la cruz de Santiago; es fama que el rey la pintó—, y sobre la faz del Museo —las autoridades del Prado habían instalado enfrente un espejo—. El poder que tiene la magia de Las meninas de intervenir en la realidad es el de «la noche DCII, mágica entre las noches.» Las mil y una noches, resume Borges en el párrafo siguiente, viene a contar que «Shahrazad refiere muchas historias; una de esas historias casi es la historia de Las mil y una noches.» Borges invoca al lector para preguntarle si percibe la vasta posibilidad de esa interpolación: «[…] las mil y una noches, ahora infinita y circular... » En otro párrafo más adelante, Borges observa que la inserción de un escenario dentro de otro escenario tiene el poder de «[…] hacer que la realidad nos parezca irreal.»
Es irrelevante para la literatura que el escritor ni siquiera estuviera en Europa en 1910, cuando el cuadro fue retirado de la íntima sala del espejo. Con pasajes del artículo compondrá el ensayo Magias parciales del Quijote (Otras inquisiciones, 1952), pero la escena del cuadro no aparece; Velázquez en las Obras completas (1974) es nombrado una vez:

Cuarenta naipes quieren desplazar la vida. En las manos cruje el mazo nuevo o se traba el viejo: morondangas de cartón que se animarán, un as de espadas que será omnipotente como don Juan Manuel, caballitos panzones de donde copió los suyos Velázquez. El tallador baraja esas pinturitas. La cosa es fácil de decir y aun de hacer, pero lo mágico y desaforado del juego —del hecho de jugar— despunta en la acción.
Evaristo Carriego, 1930, El truco

Borges habría sido consciente de que en un momento anterior a su visita al Museo el cuadro había sido expuesto con un espejo. Así, tras la vacilación de los puntos, la frase del espejo puede leerse como: «… [Es fama] que las autoridades del Prado habían instalado enfrente un espejo […]» Es decir, en correspondencia con la expresión usada para la cruz de Santiago. No vio el espejo, pero tampoco pretendió restituir el pasado en las líneas para la revista; a tal punto que en Magias parciales del Quijote suprimiría cualquier elemento autobiográfico.
El coleccionista Vaccaro constata una visita al Museo:

1924
Agotados los paseos por la Castellana, revisados palmo a palmo los rincones del Prado, visitados los espacios comunes con los amigos, los Borges decidieron emprender el regreso [a la Argentina].
Georgie (1899-1930), Segundo viaje a Europa p. 237; A. Vaccaro

Tal vez los Borges aún no habían salido de Madrid rumbo a Lisboa, para embarcar después hacia Buenos Aires, cuando en una Asamblea del Museo, un miembro del Consejo solicitó que Las meninas se colocara en un lugar adecuado. En respuesta, el presidente propuso exponer el cuadro tal y como estaba antes. Se necesitarían al menos cuatro años más para adaptar los nuevos volúmenes destinados a salas en el contrafrente del Museo. Para entonces, el Consejo acordaría que la nueva sala de Las meninas alojara sólo ese cuadro (J. Portús).
En la búsqueda de la habitación de Las meninas que visité cuando tenía seis años, el nombre del escritor argentino se escribió de forma inesperada. Las reformas del Museo del Prado hablarán de nuevas salas con la pintura y el espejo.

2020-10-11

Coraje

En mayo 2019, cuando J. M. Coetzee publicó La muerte de Jesús, valoré que el autor sudafricano aspirara a lo «faltante», a algo que su escritura ganaba con la publicación en castellano, a pesar de que no se dejó tomar por la experiencia de traducirla él mismo a este idioma. Ahora doy por terminada la versión en inglés de La ballena y el obelisco. En un inglés rioplatense, término que tomo del diario sobre Borges de Adolfo Bioy Casares: «Susana Bombal —dama argentina, que en la segunda mitad de su vida resuelve acercarse a la literatura y traduce literalmente, a un inglés de sintaxis porteña, poemas de escritores más o menos amigos— [...]. Qué coraje, comenta Borges.» p. 84




2020-09-15

Martes, 15 de septiembre

Empecé a revisar La ballena y el obelisco en inglés rioplatense. Cotejo cada corrección de Vi al pez liso. Vale que haga el último intento. Copio este alusivo pasaje del affaire J. L. Borges - Norman Thomas di Giovanni, que pertenece a una entrada de 1971 del diario de A. Bioy Casares.

«Estoy pensando que no tiene sentido que yo trabaje todos los días en traducir al inglés, con Norman, mis cuentos. Me parece malsano estar volviendo todo el tiempo sobre mi pasado. Y ¿qué me importan las traducciones? Yo soy argentino y escribo para ser leído aquí. Tengo setenta y dos años: el éxito no me importa. El éxito en los Estados Unidos o en Europa ¿qué realidad tiene para mí? En verdad, el éxito no me importa nada. Me parece absurdo seguir para siempre ese trabajo. Creo que faltan diez volúmenes. Si voy a seguir traduciendo todo, mejor que no escriba más, porque todo lo que escriba aumenta lo que falta por traducir. [...] Si Norman quiere, le guardo secreto, les digo que traducimos juntos. A mí no me importa cómo salga lo que él hace. Lo que yo no quiero es trabajar más en eso. [...]» ps. 1375-6

2020-04-28

Ventana


2015-08-31

Condenadas al olvido

No le temo al olvido, me preocupa llegar a ese lugar y que esté muy concurrido. @ciruelle

Eneas dejó atrás a su mujer en la confusión de la huida.

Me llevó a una colección de partes de diferentes rompecabezas.

Luis von Ahn quiso graficar la idea que tenía del bien.

Pero la película de Fernando Spiner tiene poco del penitente héroe.

Acabo de leer el título de la novela de Ricardo Piglia.

Fue pintado entre agosto y noviembre de 1933 por Siqueiros.

Aunque siempre la vi como arbusto.

Regresé a México para el primer aniversario.

Borges dice que José Hernández no «silencia la realidad».

J. L. Borges: Sur número 32, mayo 1937

Recuesto la cabeza en las diez entradas más leídas —Onetti dice en la cama— haciendo resbalar mis labios agradecidos. Hay dos o tres que están entre mis preferidas. Ya habrá oportunidad de compartir el top ten de esas auténticas condenadas.

2014-04-21

Treintaiuna

Las piecitas equiparadas a los piensos cortos o grafías pensiformes plastiútiles de Xul Solar:

noto filigranas de oro por doquier flotando, movimiento vivo con caras de hombre fluidas, casi humanas. Estas filigranas que son grafías volando, se enfilan en textos buscando nuevos sentidos y variantes. Quiero entenderlas y no sé: son como letras distintas muy enlazadas casi como las nuestras, más complicadas, más no lo puedo leer ni oler.

Como se desprende del panjuego: cada rompecabezas, un mundo; cada piecita, una oportunidad para reescribir el universo. Si el ajedrez clásico tiene 10 123 posiciones, el panjuego engloba a todas ellas y las multiplica por un número inimaginable. Vocales, consonantes, colores, planetas y constelaciones, todo unido en una urdimbre cuya imposibilidad asusta. ¿Reglas? Las que convengan en el momento.
Jorge Luis Borges decía de su amigo: «Había inventado también el panjuego, una suerte de complejo ajedrez duodecimal que se desenvolvía en un tablero de ciento cuarenta y cuatro casillas. Cada vez que me lo explicaba, sentía que era demasiado elemental y lo enriquecía de nuevas ramificaciones, de suerte que nunca lo aprendí.»


Fichas del año pasado, desde la veintiséis a la treintaiuna: Balcarce 677 [1 marzo] México y Defensa [1 abril] Bolívar 715 [13 mayo] Avenida Patricios 495 [27 mayo] Perú 666 [20 junio] México 519 [7 octubre]

Las veinticinco anteriores

2013-10-08

2013-08-24

No se conocen muchos detalles



No se conocen muchos detalles del hombre que se negó a abrir sus ojos. Su nombre era Thomas Bede y fue arrestado por la policía bajo el cargo de «sobornar testigos». La Corte de Sidney lo declaró culpable el once de diciembre de mil novecientos veintiocho y le aplicó una multa de ocho dólares australianos.
Comparo esta imagen con la que Eduardo Comesaña tomó con su Leica M3 de Jorge Luis Borges en el programa Odol Pregunta del veintitrés de abril de mil novecientos sesenta y nueve. La fotografía captó a Borges que bajaba los párpados y elevaba un poco la cabeza, como si urdiera un laberinto invisible.
Sin embargo, la fotografía corresponde a una emisión del programa de preguntas y respuestas por un millón de pesos, a la que Borges había sido invitado y en la que concursaba Gregorio Santos Montes, de diecisiete años, cuyo sueño era tener un caballo.

2013-07-08

La mujer judía y Respiración artificial


Künstliche Atmung, edición alemana (2012) de Respiración artificial

Acabo de leer el título de la novela de Ricardo Piglia en el texto de Die jüdische Frau (La mujer judía), publicada por primera vez en la revista literaria Das Wort (La palabra), en 1939.
La mujer judía forma parte de Terror y miseria del Tercer Reich, serie de veinticuatro obras cortas, o episodios, escrita por Bertolt Brecht entre 1935 y 1938 en Dinamarca. La revista Das Wort se imprimía mensualmente en Moscú y formó parte de la llamada prensa de lengua alemana en el exilio, que fue promovida por emigrantes alemanes y austríacos durante el nazismo.
En 1978, la revista de cultura Punto de vista había dado a conocer en Buenos Aires un anticipo de la novela de Piglia bajo el título de La prolijidad de lo real. Se trataba, con la salvedad de algunos cambios, del comienzo de la novela futura, y en él se podía leer, puesto entre paréntesis, el título definitivo, Respiración artificial, aunque como título de una novela de Emilio Renzi, personaje de la ficción. Dos años más tarde, en 1980 se publicó por primera vez Respiración artificial.
En la contratapa de la primera edición podía leerse una semblanza de la dictadura que gobernaba a la Argentina desde 1976:

Tiempos sombríos en los que los hombres parecen necesitar un aire artificial para poder sobrevivir.

Respiración artificial es una novela de interpretación, donde el pasado, el presente y la ficción se cruzan y modifican de manera recíproca. Dice José Di Marco: «No hay [en la novela de Piglia] un intento reconstructivo [de la historia argentina] sino, más bien, una allegoresis: se dice una cosa para hablar de otra. […] Aunque dé a entender, desde un comienzo, que su tema no es otro que la dictadura militar, Respiración artificial jamás habla explícitamente de ésta.» Los lazos alegóricos resultan claros, como dice Silvia Lorente-Murphy: «Respiración artificial, el tí­tulo, es una frase que remite a un cuerpo carente de vitali­dad propia, un cuerpo incapaz de autodeterminarse o auto­sustentarse, tal como Argentina, genialmente simbolizada por el ex-Senador Ossorio.»

Al verlo uno tenía tendencia a ser metafórico y él mismo reflexionaba metafóricamente. Estoy paralítico, igual que este país, decía. Yo soy la Argentina, carajo, decía el viejo cuando deliraba con la morfina que le daban para aliviarle el dolor.

La novela también propone leer a Kafka desde Hitler, e inventa escenarios que los reúnen. El final: Kafka, agonizante y sin poder hablar, porque la tuberculosis le ha producido lesiones en la laringe, toma notas acerca del grito de los animales; Hitler, en un castillo de la Selva Negra, dicta un pasaje de Mein Kampf (Mi lucha) que refiere al Lebensraum (espacio vital) ocupado por los rusos, a quienes habrá que sumir en un envilecimiento progresivo: impedir su procreación, castigarlos si hablan hasta lograr que pierdan el uso de la palabra. La obra fragmentaria e inconclusa de Kafka es equiparada a la Divina comedia. Según Brecht, citado a través de Tardewski, personaje de la ficción, Kafka es el autor que más se acercó a tener con su época la relación que con la suya tuvieron Dante, Homero y Shakespeare.

La mujer judía es una obra de teatro testimonial y de resistencia al nazismo. En el texto de la obra, el sintagma Respiración artificial produce un efecto extraño, que sin duda llamó la atención de Piglia al leerlo.
La breve pieza de teatro transcurre en 1935. Primero, Judith efectúa una serie de llamadas telefónicas que hacen referencia a su partida de Frankfurt. Llama a la casa de un matrimonio con el que ella y su marido juegan al bridge, después a la casa de otros amigos, luego a su hermana y por último a una amiga de confianza. A continuación, ensaya maneras de comunicar a Fritz, su marido, la decisión de irse a Amsterdam. Esta serie de pruebas, o estrategias de comunicación, que Judith prepara para Fritz consiste en una progresión de representaciones frente a una silla vacía. Los elementos discursivos de cada serie se encuentran separados por acotaciones de Brecht que se repiten, cada una, tres veces:

Cuelga y marca otro número.

Vuelve a interrumpirse. Comienza otra vez desde el principio.

En la última representación, Judith hace preguntas desde el sufrimiento moral: ¿Qué hay de malo en la forma de mi nariz o en el color de mi pelo?, y dirige a la silla, en la cual se supone que el marido debe estar sentado, la demanda: Dame esa ropa de ahí. Es una ropa interior muy seductora. La necesitaré. A esta parte de la obra de Brecht tocan las palabras del título de la novela argentina:

¡Qué clase de hombres son ustedes; sí, vos también! Inventan la teoría cuántica y la operación de várices y se dejan mandar por semisalvajes que les ofrecen conquistar el mundo pero no les dejan tener la mujer que quieren tener. ¡Respiración artificial y el mejor ruso es el ruso muerto!

La que habla es siempre Judith, que ensaya maneras de comunicar a su marido, Fritz, la decisión de irse a Amsterdam. La exclamación, en alemán:

Künstliche Atmung und jeder Schuss ein Russ!

Sobre el final del ensayo discursivo, se oye una puerta y entra en escena el marido. Ahora, Judith y Fritz entablan un diálogo. Judith se atempera, pero sigue firme en cuanto a su determinación de abandonar Frankfurt. El marido, entonces, dice:

Te va a hacer bien respirar aire puro. Aquí uno se ahoga. Voy a ir a buscarte. No bien cruce la frontera me sentiré mejor.

La interdiscursividad entre las obras, los autores, las formas de publicación y los contextos histórico-políticos da sustento a la afirmación: Piglia tomó de Brecht el título para su novela. Pero percibo que esas palabras de Brecht son herméticas y que es en su hermetismo donde reside todo el potencial para transformarse en el título de otra obra. Se tratan de palabras a las que es difícil encontrar por dónde entrarles.
He cotejado el texto en alemán con diversas traducciones, tanto en inglés como en español, y la exclamación de Judith se mantiene en cuanto al sintagma Respiración artificial. Los cambios se dan en el resto. Por ejemplo, otra versión en español dice:

¡Respiración artificial y gases letales!

O, en esta otra, en inglés:

Artificial respiration and every shot a hit!

El resto es plausible de adaptación. Imagino ahora la obra en Argentina, con su personaje principal en tiempos del terrorismo de estado, la plata dulce y el mundial de fútbol. Podría tratarse de una militante que se sabe marcada en una lista y que ha tomado la resolución de exiliarse. El grito de la joven a la silla vacía, en la cual se supone que debe estar su compañero, que no es un militante como ella, puede tomar esta forma:

¡Respiración artificial y desaparecidos!

El resto que falte. Estoy seguro de que Piglia leyó el potencial narrativo de esas palabras. Su ostranenie (extrañamiento). Era posible leer en la versión preliminar de 1978:

Todavía se encuentran algunos ejemplares de la novela en las mesas de saldos de las librerías de Corrientes y hoy lo único que me gusta de ese libro es el título (Respiración artificial) y el efecto que produjo en el hombre al que, sin querer, le estaba dedicado.
Extraño efecto, hay que decirlo.
[…]

En 2012, Respiración artificial fue editada en Alemania y el título resultó ser copia de las palabras de Brecht: Künstliche Atmung. La tapa no representa a los desaparecidos. Por el contrario, una postal de Caminito y estado del tiempo: cielo despejado y sin amenaza de nubes.

Antes de terminar, algunas precisiones al respecto de La prolijidad de lo real y Respiración artificial.
Por un lado, en la edición definitiva (1980), el título de la versión preliminar (1978) migró a título del libro de Renzi en la ficcción:

Todavía se encuentran algunos ejemplares de la novela en las mesas de saldos de las librerías de Corrientes y hoy lo único que me gusta de ese libro es el título (La prolijidad de lo real) y el efecto que produjo en el hombre al que, sin querer, le estaba dedicado.
Extraño efecto, hay que decirlo.
[…]

Por otro lado, leo que Piglia realizó con Borges, la misma operación que con Brecht. Esto significa que Piglia tomó de un poema de Borges el sintagma La prolijidad de lo real. Abajo el audio de la última estrofa de La noche que en el sur lo velaron, que forma parte de Cuaderno San Martín, de 1929.



Notas sobre PUNTO DE VISTA
La novela que vendrá
Marcar la diferencia

2013-01-09

Fin de la escuela primaria, en un salón de maquinitas me topé con un compañero y me invitó a ir a su departamento al día siguiente.
El departamento estaba en uno de los edificios de la entrada, en los primeros que se encuentran después del Arco. Los ventanales de su cuarto daban a los monumentos frente al mar, a la escultura de Guillermo Gaggini. Mi compañero compartía el cuarto con su hermano Osvaldo, que era dos o tres años mayor y estaba ya en la secundaria.
Llegué a eso de las ocho. Luego, cuando había oscurecido, vino Osvaldo de la playa con unos amigos. La madre preparó pizzas y las comimos en el cuarto. Más tarde escuché a Osvaldo relatar un cuento que dijo que pertenecía a Borges. En Buenos Aires, en la biblioteca de mi casa, tenía las Obras Completas, pero hasta esa fecha no había podido yo pasar de La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga.
Mis padres habían alquilado una casa aquel verano en la otra punta de Miramar, a metros del vivero. A la medianoche, volví en bicicleta por la rambla, con mi ovejera corriendo a mi lado, y el viento soplando en la dirección menos apropiada, del suroeste y hacia la ciudad. En la oscuridad del mar se reunían chispas de embarcaciones lejanas y en mi cabeza las siguientes palabras del cuento: «Que esto no sea cierto».
Otra verano, en otro departamento, ahora en Buenos Aires. Era el primer año en democracia y había empezado yo el curso de nivelación para ingresar a la facultad. Para entonces, había avanzado con Borges, pero no había podido dar con aquella historia. También había buscado en entrevistas, por ejemplo en el libro de María Esther Vásquez, donde Borges habla de la magia y de las relaciones de los hombres con el más allá.
En el curso, experimenté interés por los dibujos en lápiz que hacía un compañero en los márgenes de sus apuntes. Se llamaba Carlos y era diez, o quizás doce o trece, años mayor que yo. La vez que dibujó un mono le conté la trama, que yo sospechaba no era de Borges. Le dije que se trataba de un cuento sobre la espera, pero no tuve claro si me refería al cuento propiamente dicho o a la búsqueda del autor, o a qué. Me propuso que después de la clase fuéramos a su departamento, porque creía haber leído el cuento en una vieja antología.
Al entrar encendió una bombita de cien. Eché un vistazo al departamento, en el que la biblioteca con ménsulas metálicas era el único horizonte, además de la cama, una mesita y una silla. Se puso a revisar los estantes; entre tanto, me dijo que había cobrado una indemnización por despido del Banco Francés y que se había mudado hacía dos semanas. Sonó el teléfono.
La comunicación duró sólo unos segundos al cabo de los cuales Carlos tanteó la mesita y tomó un lápiz por los extremos con las dos manos. Se puso rojo y temblaba. Lo miré con preocupación, no comprendía. De repente, las manos se abrieron, el lápiz rebotó y cayó al suelo. Me dijo que Marian, su novia, vendría en menos de cinco minutos y él debía esperarla en la puerta de calle.
Doblé en la esquina de Córdoba. Visto de lejos, el rostro, y en realidad no sólo el rostro, toda la figura, me resultó conocida, pero me perdí en dirección a Callao, a través de la noche que envolvía los árboles.
Luego de dos días de pensar en ella, hice, al menos mentalmente, que me llamara.
Me acuerdo que atendí en el acto y me dijo: Soy yo, Marian. Me preguntó si podíamos vernos. Aunque era tarde, le di mi dirección de San Telmo por si se animaba a venir. Respondió que tomaría un taxi y me traería el libro que yo buscaba.
Nos acordamos, o mejor, yo hice que nos acordáramos, de la vincha elástica que ella usaba para sujetarse el pelo cuando era una alumna de la primaria. No había cambiado; ahora que podía ver sus ojos de cerca, me daba cuenta de que, no obstante parecer más chicos, eran los mismos ojos que tenía en séptimo grado. Ella me dijo que los ojos y la boca son las únicas partes del cuerpo que conservan su tamaño desde que nacemos hasta que morimos. Luego se refirió a mi cara; me dijo que a pesar de la barba que la cubría, tampoco mis ojos habían cambiado. Hizo un silencio y luego agregó que me hacía parecer mayor y que en verdad no me hubiera reconocido si Carlos no le hubiera dicho mi nombre. Cuántos años doy, le pregunté. Unos treinta, aseguró. Fue entonces que le conté el motivo por el que yo estaba en el departamento de Carlos. Apenas si lo conozco, agregué. Me contó que había roto con Carlos. Se habían conocido en el Banco Francés cuando ambos eran empleados y ahora ella seguía trabajando allí. Se produjo otro silencio; entonces yo quise explayarme acerca de esa historia de Miramar y me interrumpió para decir que en el trayecto hasta el bar La Paz, Carlos sólo le había hablado de mí y de aquel cuento de la pata de mono. Fue en ese momento que me dio el libro.
Yo esperaba la antología. No lo era, aunque por primera vez, y como por una puerta falsa, pude acceder a quién era el autor.
Su nombre era Ana María y no Marian. Tampoco supe, no quise preguntarle, la excusa que usó para conseguir mi teléfono. Luego de dejar La Paz, ella había encontrado el libro de las mejores historietas de Alberto Breccia, curioseando en las mesas de viejo de la calle Corrientes. En sus negras páginas todavía puedo leer, a partir del guión de Carlos Trillo, La pata de mono, de W. W. Jacobs.
Todos estos desvaríos hacen al caso, porque acabo de dar con la referencia a Borges que se me escabullía desde el fin de la escuela primaria. En su primera reseña para la revista El Hogar, Borges enumera los cuentos más memorables que, a sus treinta y cinco años de edad, había leído. Sobran los dedos de las manos y la lista incluye La pata de mono.
Cinco años más tarde, el cuento es publicado en Antología de literatura fantástica, por J. L. Borges, S. Ocampo y A. Bioy Casares —la Antología será ampliada en otra edición de 1965—. Acerca de La pata de mono, Bioy escribe en la Antología: Hace más de diez siglos empezó a escribirse este cuento; colaboraron en él escritores ilustres de épocas y de tierras distantes, un oscuro escritor contemporáneo [William Wymark Jacobs] ha sabido acabarlo con felicidad.


2012-11-05

Senquiu, okei beibi, senquiu.

«[…] entre los pobres, el hombre alegra al hombre, como el hijo mayor de Martín Fierro entendió en la prisión.»

Evaristo Carriego, por Jorge Luis Borges.
Cita de Leonardo Favio en Pasen y vean, libro de entrevistas con el cineasta, por Adriana Schettini.

2012-08-19

Le investigazioni in massa producono oggetti contraddittori



El gráfico presenta tres niveles de lectura de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.


El mapa sinóptico (en redondo) define la geografía de los mundos.

La línea de tiempo (vertical izquierda) narra la secuencia de eventos como propone Borges.

La proyección lineal (horizontal derecha) resalta las claves conceptuales de la transición de un mundo a otro.



2011-11-13

La historia contrafáctica es la que no ocurrió, o aquella que habría ocurrido si un hecho, o una circunstancia, hubiera sido diferente.
En El hacedor, Borges figura Un problema, que empieza así:

Imaginemos que en Toledo se descubre un papel con un texto arábigo y que los paleógrafos lo declaran de puño y letra de aquel Cide Hamete Benengeli de quien Cervantes derivó el Don Quijote. En el texto leemos que el héroe (que, como es fama, recorría los caminos de España, armado de espada y de lanza, y desafiaba por cualquier motivo a cualquiera) descubre, al cabo de uno de sus muchos combates, que ha dado muerte a un hombre. En este punto cesa el fragmento; el problema es adivinar, o conjeturar, cómo reacciona don Quijote.

Esta clase de enigma es ejercitado por distintos autores y existen ejemplos en la conferencia dictada en dos mil tres por Pedro Barcia, la cual llevó como título: Ficciones cervantinas contrafácticas.
Las obras reseñadas en dicha conferencia tienen por objeto a Miguel de Cervantes, así como también a personajes del Quijote, como ser el propio héroe, Sancho Panza, Rocinante, el rucio, la pastora Marcela, Álvaro Tarfe, y también a la existencia real del libro. Casi olvido a Pierre Menard.
Otra historia que no ocurrió fue la autobiografía de Cervantes, pero que la escribió Federico Jeanmaire y la llamó Miguel. La autobiografía ficticia tiene una destinataria: la hija natural de Cervantes, analfabeta como la gran mayoría de las mujeres de fines del siglo XVI. Si las biografías de Cervantes exhiben algunos nudos, esta novela tiene ánimo de deshacerlos, primero, por medio de personajes como un tal Jorge de Borges y el pintor Dalí Mamí, y, segundo, por la inserción de pliegos sueltos, que incluyen: la novela del abuelo Juan, dos recetas de cocina, conversaciones con El Greco sobre «La lujuria», pensamientos sobre la iglesia, saberes impertinentes y parecimientos sobre la verdad y la falsedad.
Hay otro asunto.
Una afirmación del profesor Barcia en su conferencia, acerca de la cual quisiera creer que se trata de una ficción contrafáctica zurcida, o pegadiza, pero de este asunto se hablará en la entrada que seguirá a ésta.

Para leer la segunda parte

2010-05-27

Aquella tarde de septiembre repasaba una anotación de casi mil palabras y también algunos resaltados que había hecho con luminosos verdes, amarillos y rojos. Había muchos temas de los que esperaba hablar. De repente, y un poco perplejo por la vivacidad de la llamada, hice tap para responder. La primera frase que escuché fue: «no te veo». Por el contrario, yo sostuve: «sí te veo».
—Pues, yo no.
—Yo sí.
Mis dedos iniciaron una travesía de vértigo por los menús hasta que vi mi propia imagen en la pantallita y dije que el problema estaba solucionado.
—No te veo, eh.
—Pero, yo me veo.
Víctor mantenía la más serena impasibilidad en las expresiones de su rostro sin yo encontrar la opción que me tornara visible. Un poco abrumado y, con la intención de ganar tiempo, dije que aún era de día y que entraba el último sol por mi ventana.
Aunque los ajustes indicaban que la comunicación era perfecta, yo no podía mostrarle a Víctor la biblioteca que dirigió Borges, ni tampoco que el sol, aunque cada vez más débil, seguía ardiendo detrás de los vitrales de ese edificio. En los vaivenes de la pantallita, mis ojos vieron de repente la nota y aquel delirio que había yo emprendido a través de los colores.
—¿Quieres que cortemos y yo te marco?
—Bueno, dale.



Carlos Tomatis repite una expresión en Lo imborrable: que me cuelguen si tengo ganas de leer las anotaciones… Pero que me cuelguen más alto o me la corten en rebanadas si me gustaría ahora hacer un análisis literario… Eso pensé, más o menos, pero repentinamente convencido de que la minucia de las anotaciones y el método de los diferentes colores constituían ahora una descabellada apuesta para conversar. Mejor sería… Apareció una figurita sin cabeza y con un signo de interrogación. Es decir, yo era ahora el que no veía, mientras él exclamaba:
—Ah sí, te veo. Es cierto, se ve la luz —sin duda, que la imperfección que reinaba dispuso el terreno para cosas claras y fáciles de comprender. Por lo tanto, así fue dándose la charla del año pasado:
—Bueno, me fascinó cuando la joven de Unos meses habla de ir a hacer del dos. En esa expresión parece estar dibujado un sorete o el perfil simplificado de las nalgas junto con las piernas en el acto de cagar. En una antigua entrada de tu blog había una referencia al estómago o, más exacto, al calor del estómago.
—Hay cositas que yo no sé, supongo que son como los modismos, diferentes entre Argentina y México. Por ejemplo, acá no se usa para nada la cuestión de placard. Después supe que es una especie de closet, un armario empotrado en la pared.
—Está bien. El problema soy yo, porque usé placard como sinónimo de ropero.
—O sea, un ropero común.
—Sí, debería reemplazar placard por ropero porque no me refiero a algo empotrado, ni nada por el estilo. En realidad, es todo lo contrario, porque el mueble se tendría que poder mover, de acuerdo con la manía de mi abuelo. A mí me pasó con las bisagras de la puerta del baño en Unos meses. Permitime que busque…
—El quicio, si mal no recuerdo.
—Para mí es la bisagra.
—Pero no es exactamente lo mismo, eh. Quicio es como el marco o el umbral. Y la bisagra es esta cosa que hace que se abra y se cierra.
—¿Vos te referís a una ranura o abertura?
—Exactamente, a una minúscula abertura en este umbral.
—Es la primera vez que la veo escrita. Conozco las expresiones sacar de quicio, desquiciado y resquicio. Justamente, había entendido que la puerta entreabierta del baño dejaba un resquicio o rendija vertical, y que el protagonista de la historia la aprovechaba para espiar a la joven. De todas maneras, tengo que volver a leer esa parte, pero ya que estamos ahí, te comento que me perdí con la palabra estancia. Para nosotros es el living o la sala de estar.
—Acá le decimos estancia.
—Para nosotros una estancia es el sitio donde se crían vacas.
—No me imaginaba. Es muy curioso.
—Me causaron gracia las ayugas de El ausente. El héroe de este cuento dice que necesita descargarlas. Hay una atmósfera graciosa que rodea todo el andar del personaje… —se oyó un prolongado bramido del otro lado— Pasó un avión.
—Sí, ya sabes que aquí los aviones siempre se llevan frases de conversaciones.
—Me pareció que hay algunas palabras que faltan o quizás son modismos
—Mira, eso es bueno que lo marques, porque luego ya hay cosas que hoy día no veo, eh. De tanto que uno los está releyendo, corrigiendo y etcétera, hay cosas que ya no veo.
—Te comés algunas palabras.
—Ahá, ¿cómo cuál, tienes alguna en la mano?
—Una podría ser …
—Ay, espérame un segundo porque acaba de empezar a llover y tengo que cerrar la ventana.
—Andá.
Víctor tardará menos de un minuto, sin embargo se disculpará:
—Perdón, pero es que si no se me iba a mojar todo el departamento.
—¿Es una tormenta?
—No, pero el agua se estaba metiendo por la ventana.
—Ayer hubo mucho viento acá. Tuve que guardar algunas plantas porque parecían a punto de caer a la calle. Te decía que falta una palabra en: «Aparecía cada que alguien entraba y encendía la luz para aliviarse del sobrepeso de las entrañas.» Falta el «vez». La oración sería: «Aparecía cada vez que alguien […]». También, a continuación, donde dice: «Un día por fin tuve una oportunidad inmejorable para deslizar la mirada por el agujero. Sus padres llegarían hasta la noche […]» yo entiendo que quiere decir: «Sus padres no llegarían hasta la noche […]»
—Es la cuestión de los modismos. Eso se aplica mucho acá, en el habla normal de aquí. Por ejemplo, dices algo así: «Cada que hago eso, pasa esto.» No es necesario poner el «Cada vez que hago eso, pasa esto.»
—Mirá vos…
—Sí, aquí se dice con quien quieras, eh. Se dice sin necesidad de utilizar el vez. Pero es curioso…
—Mucho. ¿Y en el caso de los padres?
—También. Es como con las maneras de hablar. Hace poquito estaba platicando con una amiga que es de España, de Andalucía. Ella vive aquí, ahorita, en México. Y me decía también que ese hasta de «Sus padres llegarían hasta la noche […]» lo siente un poco complicado, porque no significa exactamente lo mismo en España y en México. Entonces, no sé ahí cómo podría hacerle. Yo trato de mantener una cierta habla de aquí, pero raras veces utilizo palabras como demasiado locales. Raras veces. Pero hacerlo de una manera que ni siquiera yo hablo de esa forma, también me resulta más complicado. ¿Me entiendes?
—Si se trata del habla de tu lugar, tenés que conservarlo.
—Hay una parecida que yo encontré en tu novela. Es en el si no. Fíjate, aquí se usa de esta manera: «Si no es esto, pasa cualquier cosa». Ahí, va separado. En cambio, cuando dices: «No es esto, sino esto», ahí va junto. Sin embargo, en tu texto tienes un sino que según yo tendría que ir separado. En: «Estuve tentado a transcribir esas cartas que conservo. En realidad las copié yo mismo. Y mientras lo hice me pareció encontrar, sino una historia, al menos un esbozo de verdad. »
—Se trata de un error. Yo tuve que revisar a lo largo del texto el uso del sino y el si no porque me los confundía. Me acuerdo que el no es tónico en el segundo caso. También tuve que repasar toda la novela para uniformar el uso de quizá o quizás, aunque en Vida interior, de Federico Jeanmaire, se explica que el uso de una u otra forma depende de la siguiente palabra, quiero decir de si la palabra que sigue empieza con una consonante o con una vocal.
—Exacto, ambas variaciones se utilizan.
—Pero yo opté por no alternar.
—Yo estuve buscando en el R.A.E. y resulta que son válidas ambas y no implican una diferencia como sucede con aún y aun, que cambian totalmente el sentido.
—Claro. Y antes de que me olvide, el uso de reverberar, que es ahora aceptado tanto para la luz como para el sonido. En verdad, se trata de una propiedad o fenómeno de la luz. Vos lo usás tanto en relación a unos gritos, como en relación a la luz que emana de un fuego.
—¿Y las sinestesias? En ese sentido yo soy un amante de las sinestesias. De decir que un sonido huele a algo. O que una mirada puede tener cierto sabor. Son modos de hablar, definitivamente. Te digo… hay palabras, ahorita ya no recuerdo alguna otra… Cuando te refieres al final a estos carniceros, creo que en la vista de los cuadros, ¿cómo es la palabra? Una palabra que aquí no se usa, pero para nada. A ver déjame chequear tu texto rápidamente.
—¿Los matarifes?
—No, matarife se llegó a usar en algún momento.
—Se me trabó la cámara aquí. A ver… Bueno no importa, sígueme diciendo cosas mientras yo encuentro esa parte que te digo.
—En el final, cuando me puse a describir la escena del cuadro, me di cuenta de que dicha escena tendría algunos paralelismos con El matadero, de Esteban Echeverría. Sucedió que volví a leer el cuento y crucé los textos. Incorporé palabras del cuento de Echeverría. ¿Transmite eso el final?
—Los cuadros quedan como una especie de alucinación, quizás. Yo de hecho pensaba como que era algo que sólo veía el niño y que en algún momento iba a interactuar en la anécdota del niño. Así como este monstruo que a veces aparece en el armario, o cosas así.
—¿Qué monstruo?
—Bueno, también está como en la imaginería. Depende de la sociedad, pero por ejemplo acá se teme mucho al monstruo del armario.
—Como leyenda.
—Exacto.
—Como leyenda un tanto urbana. De suburbio… Ah, mira, los encontré; son los achuradores. Esa palabra nunca la había escuchado en mi vida.
—La achura es el aprovechamiento de las entrañas de los animales. El achurador es el tipo que destripa a la vaca.
—Sí, después ya lo investigué. Porque esa palabra, tan rara, de dónde salió.
—Che, ¿vos me estás viendo?
—Yo te veo bastante oscuro. Al que no veo es a mí mismo. Ahora no sé qué hacer. Está como trabada mi cámara.
—Seguís sin cabeza. Yo puedo prender la luz si es necesario.
— Huy, la tuya se quedó fija. Sí, ya no te mueves para nada.
—Pero pudimos hablar cosas interesantes.
—Acabamos de ver que tenemos ciertas formas de narrar que tienen que ver con nuestras zonas. Me emocionó bastante la cuestión del intercambio.
—Y nos reímos mucho. Yo puse a hervir unas papas.
—También tengo que cocinar, porque esta vida no da para más, eh. Y al rato volver a salir.
—Entonces, te mando las anotaciones que realicé con tanta minucia.
—OK. Y a ver que sale para la próxima. Pues, cuídate mucho, Gustavo.
—Igualmente, un abrazo.

2010-05-10

En Discusión, Borges dice que José Hernández, con su Martín Fierro, no «silencia la realidad» del gaucho, sino que «se refiere a ella en función del carácter» de su héroe, y, en consecuencia, Hernández no «especifica día y noche, el pelo de los caballos: afectación que en nuestra literatura de ganaderos tiene correlación con la británica de especificar los aparejos, los derroteros y las maniobras, en su literatura del mar, pampa de los ingleses.» Sin embargo, y en el sentido pleno de correspondencia con el «mar de tierra firme» de Las nubes, Borges volverá sobre la idea de la pampa como el mar [de los ingleses]. Por ejemplo, parafraseará a Hudson cuando éste, en Un naturalista en el Plata, cita a Darwin:

At sea, a person’s eye being six feet above the surface of the water, his horizon is two miles and four-fifths distant. In like manner, the more level the plain, the more nearly does the horizon approach within these narrow limits; and this, in my opinion, entirely destroys that grandeur which one would have imagined that a vast level plain would have possessed.

En prosa de Borges, El informe de Brodie:

[...] la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura.

2010-03-09


Ayer recorrí la ciudad hacia el vivero cuando fui a jugar al tenis, la dieciséis (ida) y la veintidós (vuelta) . Se largó un diluvio al volver. En el departamento entraba agua por las ventanas cerradas. Jeans por la noche (descenso brusco de temperatura) y jazz en «lo de Breccia»: no volvieron a inquirirme por los dibujos.

Desde el piso doce se divisan claramente los muchos árboles que tiene la ciudad. Distingo unas manzanas (en la veintidós) con tilos. Por la noche se ve el parpadeo de la pequeña Mar del Sur. En el negror, también los focos de algunos autos que asemejan la luz periódica de los faros.
Hoy el plan era Mar del Sur por la tarde. Pero demasiado viento. El cielo sin nubes, así que: lectura de Middlesex en el vivero, donde se estaba bárbaro (acto repetitivo: bomberos nuevamente previniendo sobre la zona «insegura»). La idea para mañana es alquilar bici: ir a Seis Brujas y a conocer el bosque «energético».
Seguramente vuelva al barcito de la semana pasada, así publico esta entrada. Ahora, mucha hambre de pizza a la piedra con roquefort en la veintidós y Mitre. Estoy escuchando a Estrella Morente: Errante en la sombra, te busca y te nombra. Vivir...

Me acuerdo de mis lecturas del Quijote en Gesell.
El Quijote es un libro de largo aliento, también para el lector, el cual no debería cejar en la lectura cuando el libro recién empieza... Cervantes escucha a los lectores de su libro y se da cuenta de los imposibles que presenta el camino que emprendió su héroe; y de tal forma se da cuenta que lo hará volver a su aldea, y lo munirá de un escudero para tener alguien con quién dialogar (ya no dialogará solamente con los libros que lo han enloquecido), e inventará más de un narrador de las historias. Cervantes batalla mucho para hacer gozosa su invención a los lectores. Para que los lectores no interrumpan la lectura.
Es un libro para las noches. En Gesell leía uno o dos capítulos antes de dormir. También leí partes bajo los árboles de la casa del viejo Gesell. Me acuerdo de esa casa y de los billetes del abuelo, o tal vez eran del padre de Gesell, dinero que se depreciaría con el tiempo para que hubiera que gastarlo (respondían a una delirante teoría anticapitalista); también me acuerdo de las paredes «huecas» para contrarrestar los cambios climáticos; las puertas en cada una de las caras de la casa, por si acaso el médano obturaba la salida, el cochecito de bebé de la antigua casa Gesell; las fotos aéreas de los médanos de la futura villa... Volviendo a la novela de Cervantes; es un placer leerla despacio, acostumbrar el oído a esos encantamientos y a esos humores, a todos los monólogos «dialogados». Y el Quijote descubrirá los mares, poco antes del final.

Me vino a la mente una noche gloriosa del año pasado, en Reta. El clima allá es muy áspero, pero esa noche me puse a escribir en un balcón con este mismo ipod. Estaba yo feliz por el sosiego nocturno, la bonanza del clima después de una tormenta y una copa de vino apoyada en la barandilla.
Las calles de Reta son de tierra (o arena). Las playas recuerdan a las de Gesell del pasado. También a las de acá, siempre me refiero a las que están ubicadas antes del Arco o a las de Mar del Sur. Todas estas playas eran en el pasado tan dilatadas como las de Reta en el presente. En verdad, ahora encuentro a las playas de Reta parecidas a las de Cabo Polonio. Si bien no cuentan con un faro, ni con lobos marinos... las playas de Reta presentan una formación natural de médanos como las de Polonio. Los fuertes vientos acumulan arena constantemente y producen desplazamientos de los médanos.
Están animados, casi vivos.
El pueblo más cercano está a treinta kilómetros, un lugar donde yo imaginaba historias aquella noche como las de Manuel Puig. Se accede a las playas de Reta desde ese pueblo por un zigzagueante camino de tosca.
En lo alto de los médanos de Reta, se pueden ver a adolescentes que desafian los vientos y la arena con sus celulares apuntando hacia el pueblo. Seguramente intentando pescar un mensajito. Me acuerdo de mi propia adolescencia, cuando transportaba la fantasía de alguna novia en mis salidas en bici. Me acuerdo cuando hacía aparecer mentalmente a mi amada en las librerías, o en una curva del arroyito, o al caminar de noche por las orilla del mar o simplemente en un almacén. Mi corazón las evoca como el del caballero de la Triste Figura a la bella Dulcinea: solamente un tap en la palma de la mano para hacer surgir todo el amor y toda la locura.


No es que Kublai Khan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado [...] pero es cierto que el emperador de los tártaros lo sigue escuchando...


La pequeña bahía de Seis Brujas se parece a como eran en mi niñez las playas de la zona del Arco. Mar abierto, sin escolleras (veo una muy pequeña en la punta norte, para acumular arena en el balneario siguiente, Copacabana). A diferencia de aquellas playas del Arco, hoy inexistentes, Seis Brujas tiene acantilados. Y en los extremos tiene rocas, donde se forman esas peceras naturales, unos micromundos marinos con cangrejos rosados, mejillones negros, algas de colores rojizas y verdes, sensibles anémonas.
Recién, cuando salía del mar —hoy escribo con marcas de sal en la piel— me topé con un pingüino que ingresaba. La poca gente que había en la orilla lo seguía. Lo vi entrar de forma muy pingüinera: se frenó, dio unas pisaditas como reconociendo el estado del mar, avanzó dando dos o tres pisadas y se echó de panza. Se introdujo ayudado por las aletas, hundió la cabeza y no lo vi más. Cuando emergió, ya estaba lejos.
Esta aparición, que parece fabulosa, me trajo a la memoria que a las playas del Arco solían llegar pingüinos. Posiblemente exista una ruta marina y estos que se ven todavía hoy en la playa se hallen seguramente perdidos. Queda la esperanza de que el pingüino de hoy sobreviva, porque, y esto es lo nuevo para mí, lo encontré retornando al mar abierto.
Ahora, un petit descanso en el petit departamento antes de visitar el tan mentado bosque «energético». Hoy es un día increíble.

Las rocas de Piedras Negras, en Mar del Sur, se asemejan a las de la pequeña bahía. Las de Mar del Sur son aludidas en Sobre Héroes y Tumbas.

[...] el campo de las viejas daba al océano, un poco al sur de Miramar [...] / Recostada sobre un lado vi cómo [Marcos] se alejaba. Luego me levanté y corrí hacia el agua. Nadé durante mucho tiempo, sintiendo cómo el agua salada envolvía mi cuerpo desnudo. Cada partícula de mi carne parecía vibrar con el espíritu del mundo. / Durante varios días Marcos desapareció de Piedras Negras.

El concurrido bosque «energético» es un extremo del vivero, como suponía. He andado millones de veces por ahí en épocas en las cuales buscaba playas para bañarme en traje de Adán.
Al fondo del bosquecito hay una encrucijada o un sendero que se bifurca. El de la izquierda es el de todos los laberintos... por eso tiene una estaca amarilla con la cifra 58; muy borgiano el color amarillo, claro. Si se continúa ese sendero: 58, 57, 56... en un rato se llega a la parte «segura» del vivero: museíto a la izquierda, en la hondonada... afuera el carro negro, a la derecha la nueva gruta, fogones, etc. Si se toma el otro sendero, el de la derecha, en diez minutos se llega a aquellas playas del Paraíso Perdido... tras una loma la invasión de cuatro por cuatros y cuatriciclos, donde en mi adolescencia se alcanzaba a divisar sólo el mar. Ya no existen aquellas playas para nadar desnudos... O sí, pero no son éstas.
Al volver (bellas fotos del crepúsculo: mar perlado) una sorpresa: desde la parte prohibida o en peligro de derrumbe, pero atiborrada de pescadores, había cinco nadadores que se arrojaron al mar y nadaron hasta la rambla.
Ya era noche.

Cena: grueso bife de chorizo a la plancha, acompañado con rodajas de zapallitos y berenjenas. Soy feliz acá. Muy feliz de haber vuelto a Miramar (acto repetitivo). Repetición final: un auto rojo que entraba al vivero y sacaba gente, volvía a entrar a los pocos minutos, salía repleto y manejando muy rápido el día de lluvia de la semana pasada: ¡era un remisero!

Paisaje nocturno de la medianoche: gigante frente de tormenta eléctrica en el sur. Muy lejana: no se oyen todavía los truenos.