Hace más de cuarenta años hubo una polémica al respecto del aborto en las páginas del Corriere della Sera de la que participaron, entre otros, Pier Paolo Pasolini, Giorgio Manganelli y Claudio Magris.
Italo Calvino responderá a Magris con el artículo «¿Qué significa respetar la vida?» El artículo de Calvino fue publicado el 9 febrero 1975. En él pueden leerse expresiones idénticas a las de un escrito de París que dice así:
Estimado Magris:
Con gran disgusto leo tu articulo Los engañados. Me duele mucho no sólo que lo hayas escrito sino sobre todo que pienses de ese modo.
Traer un niño al mundo tiene sentido sólo si ese niño es deseado consciente y libremente por sus padres. Si no, es un acto animalesco y criminal. Un ser humano se convierte en humano no sólo por la convergencia causal de ciertas condiciones biológicas, sino a través de un acto de voluntad y amor de otros. Si no, la humanidad se vuelve —como en gran parte ya es así— una madriguera de conejos. Pero no una madriguera silvestre sino de reproducción en criadero, en condiciones de artificialidad, con luz artificial y forraje químico.
Sólo aquel –hombre o mujer– que está convencido al cien por cien de poseer la capacidad moral y física no sólo de criar a un hijo sino de acogerlo como un ser bienvenido y amado, tiene el derecho de procrear; si no es así, debe en primer lugar hacer todo lo posible para no concebir, pero si concibe (dado que el margen de imprevisibilidad continúa siendo alto) el aborto no es sólo una triste necesidad, sino una decisión altamente moral que debe ser adoptada con plena libertad de conciencia. No comprendo cómo puedes asociar el aborto a una idea de hedonismo o de vida fácil. El aborto es algo espantoso. [...]
En el aborto quien es masacrado, física y moralmente, es la mujer. También para un hombre con conciencia cada aborto es una prueba moral que deja una marca, pero lo cierto es que el destino de la mujer está en una situación tan desproporcionadamente desventajosa respecto al varón, que todo hombre debería morderse la lengua tres veces antes de hablar de estas cosas. Justo en el momento en que intentamos hacer menos bárbara una situación que es verdaderamente espantosa para la mujer, un intelectual «usa» su autoridad para que la mujer permanezca en ese infierno. Déjame que te diga que eres un tremendo inconsciente, por decirlo suavemente. No me reiría yo tanto de las medidas higiénico-profilácticas; aunque, claro, a ti un raspado de útero no te lo harán nunca. Pero querría verte si te forzaran a operarte en condiciones mugrientas sin poder recurrir a un hospital, so pena de terminar preso. Tu vitalismo de la integridad del vivir es como mínimo fatuo. Que estas cosas las diga Pasolini, no me sorprende; de ti creía que sabías lo que cuesta y qué responsabilidad representa hacer vivir otras vidas. [También la primera parte de tu artículo sobre hijos incurables me parece de una grave superficialidad, dando por sentada una sacralidad de la vida en todas sus formas que no significa nada, y que acaba por disminuir el heroísmo de los muchos casos que conozco de vidas sacrificadas al cuidado de hijos mogólicos o paralíticos.]
Lamento que una divergencia tan radical sobre cuestiones morales fundamentales venga a interrumpir nuestra amistad.
Los puntos entre los corchetes [...] indican palabras que resultan imposibles de descifrar. El párrafo [También la primera parte... ] fue suprimido en la publicación.
El manuscrito de cuatro páginas, la última de las cuales está casi toda tachada, debe fecharse entre el 3 y el 8 febrero 1975. Tomado de Calvino, Lettere 1940-1985; Volumen I; de la serie «Cuando realmente hubo laicos».
2018-07-21
Una decisione altamente morale
2010-03-09
Desde el piso doce se divisan claramente los muchos árboles que tiene la ciudad. Distingo unas manzanas (en la veintidós) con tilos. Por la noche se ve el parpadeo de la pequeña Mar del Sur. En el negror, también los focos de algunos autos que asemejan la luz periódica de los faros.
Hoy el plan era Mar del Sur por la tarde. Pero demasiado viento. El cielo sin nubes, así que: lectura de Middlesex en el vivero, donde se estaba bárbaro (acto repetitivo: bomberos nuevamente previniendo sobre la zona «insegura»). La idea para mañana es alquilar bici: ir a Seis Brujas y a conocer el bosque «energético».
Seguramente vuelva al barcito de la semana pasada, así publico esta entrada. Ahora, mucha hambre de pizza a la piedra con roquefort en la veintidós y Mitre. Estoy escuchando a Estrella Morente: Errante en la sombra, te busca y te nombra. Vivir...
Me acuerdo de mis lecturas del Quijote en Gesell.
El Quijote es un libro de largo aliento, también para el lector, el cual no debería cejar en la lectura cuando el libro recién empieza... Cervantes escucha a los lectores de su libro y se da cuenta de los imposibles que presenta el camino que emprendió su héroe; y de tal forma se da cuenta que lo hará volver a su aldea, y lo munirá de un escudero para tener alguien con quién dialogar (ya no dialogará solamente con los libros que lo han enloquecido), e inventará más de un narrador de las historias. Cervantes batalla mucho para hacer gozosa su invención a los lectores. Para que los lectores no interrumpan la lectura.
Es un libro para las noches. En Gesell leía uno o dos capítulos antes de dormir. También leí partes bajo los árboles de la casa del viejo Gesell. Me acuerdo de esa casa y de los billetes del abuelo, o tal vez eran del padre de Gesell, dinero que se depreciaría con el tiempo para que hubiera que gastarlo (respondían a una delirante teoría anticapitalista); también me acuerdo de las paredes «huecas» para contrarrestar los cambios climáticos; las puertas en cada una de las caras de la casa, por si acaso el médano obturaba la salida, el cochecito de bebé de la antigua casa Gesell; las fotos aéreas de los médanos de la futura villa... Volviendo a la novela de Cervantes; es un placer leerla despacio, acostumbrar el oído a esos encantamientos y a esos humores, a todos los monólogos «dialogados». Y el Quijote descubrirá los mares, poco antes del final.
Me vino a la mente una noche gloriosa del año pasado, en Reta. El clima allá es muy áspero, pero esa noche me puse a escribir en un balcón con este mismo ipod. Estaba yo feliz por el sosiego nocturno, la bonanza del clima después de una tormenta y una copa de vino apoyada en la barandilla.
Las calles de Reta son de tierra (o arena). Las playas recuerdan a las de Gesell del pasado. También a las de acá, siempre me refiero a las que están ubicadas antes del Arco o a las de Mar del Sur. Todas estas playas eran en el pasado tan dilatadas como las de Reta en el presente. En verdad, ahora encuentro a las playas de Reta parecidas a las de Cabo Polonio. Si bien no cuentan con un faro, ni con lobos marinos... las playas de Reta presentan una formación natural de médanos como las de Polonio. Los fuertes vientos acumulan arena constantemente y producen desplazamientos de los médanos.
Están animados, casi vivos.
El pueblo más cercano está a treinta kilómetros, un lugar donde yo imaginaba historias aquella noche como las de Manuel Puig. Se accede a las playas de Reta desde ese pueblo por un zigzagueante camino de tosca.
En lo alto de los médanos de Reta, se pueden ver a adolescentes que desafian los vientos y la arena con sus celulares apuntando hacia el pueblo. Seguramente intentando pescar un mensajito. Me acuerdo de mi propia adolescencia, cuando transportaba la fantasía de alguna novia en mis salidas en bici. Me acuerdo cuando hacía aparecer mentalmente a mi amada en las librerías, o en una curva del arroyito, o al caminar de noche por las orilla del mar o simplemente en un almacén. Mi corazón las evoca como el del caballero de la Triste Figura a la bella Dulcinea: solamente un tap en la palma de la mano para hacer surgir todo el amor y toda la locura.

La pequeña bahía de Seis Brujas se parece a como eran en mi niñez las playas de la zona del Arco. Mar abierto, sin escolleras (veo una muy pequeña en la punta norte, para acumular arena en el balneario siguiente, Copacabana). A diferencia de aquellas playas del Arco, hoy inexistentes, Seis Brujas tiene acantilados. Y en los extremos tiene rocas, donde se forman esas peceras naturales, unos micromundos marinos con cangrejos rosados, mejillones negros, algas de colores rojizas y verdes, sensibles anémonas.
Recién, cuando salía del mar —hoy escribo con marcas de sal en la piel— me topé con un pingüino que ingresaba. La poca gente que había en la orilla lo seguía. Lo vi entrar de forma muy pingüinera: se frenó, dio unas pisaditas como reconociendo el estado del mar, avanzó dando dos o tres pisadas y se echó de panza. Se introdujo ayudado por las aletas, hundió la cabeza y no lo vi más. Cuando emergió, ya estaba lejos.
Esta aparición, que parece fabulosa, me trajo a la memoria que a las playas del Arco solían llegar pingüinos. Posiblemente exista una ruta marina y estos que se ven todavía hoy en la playa se hallen seguramente perdidos. Queda la esperanza de que el pingüino de hoy sobreviva, porque, y esto es lo nuevo para mí, lo encontré retornando al mar abierto.
Ahora, un petit descanso en el petit departamento antes de visitar el tan mentado bosque «energético». Hoy es un día increíble.
Las rocas de Piedras Negras, en Mar del Sur, se asemejan a las de la pequeña bahía. Las de Mar del Sur son aludidas en Sobre Héroes y Tumbas.
[...] el campo de las viejas daba al océano, un poco al sur de Miramar [...] / Recostada sobre un lado vi cómo [Marcos] se alejaba. Luego me levanté y corrí hacia el agua. Nadé durante mucho tiempo, sintiendo cómo el agua salada envolvía mi cuerpo desnudo. Cada partícula de mi carne parecía vibrar con el espíritu del mundo. / Durante varios días Marcos desapareció de Piedras Negras.
El concurrido bosque «energético» es un extremo del vivero, como suponía. He andado millones de veces por ahí en épocas en las cuales buscaba playas para bañarme en traje de Adán.
Al fondo del bosquecito hay una encrucijada o un sendero que se bifurca. El de la izquierda es el de todos los laberintos... por eso tiene una estaca amarilla con la cifra 58; muy borgiano el color amarillo, claro. Si se continúa ese sendero: 58, 57, 56... en un rato se llega a la parte «segura» del vivero: museíto a la izquierda, en la hondonada... afuera el carro negro, a la derecha la nueva gruta, fogones, etc. Si se toma el otro sendero, el de la derecha, en diez minutos se llega a aquellas playas del Paraíso Perdido... tras una loma la invasión de cuatro por cuatros y cuatriciclos, donde en mi adolescencia se alcanzaba a divisar sólo el mar. Ya no existen aquellas playas para nadar desnudos... O sí, pero no son éstas.
Al volver (bellas fotos del crepúsculo: mar perlado) una sorpresa: desde la parte prohibida o en peligro de derrumbe, pero atiborrada de pescadores, había cinco nadadores que se arrojaron al mar y nadaron hasta la rambla.
Ya era noche.
Cena: grueso bife de chorizo a la plancha, acompañado con rodajas de zapallitos y berenjenas. Soy feliz acá. Muy feliz de haber vuelto a Miramar (acto repetitivo). Repetición final: un auto rojo que entraba al vivero y sacaba gente, volvía a entrar a los pocos minutos, salía repleto y manejando muy rápido el día de lluvia de la semana pasada: ¡era un remisero!
Paisaje nocturno de la medianoche: gigante frente de tormenta eléctrica en el sur. Muy lejana: no se oyen todavía los truenos.
2007-10-02
Para Pastora el «último poema de amor a las ciudades».
Pregunta Kublai a Marco:
—Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros nos impulsan los vientos propicios.
—Para llegar a esos puertos no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un aflorar de luces en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en medio del trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos está aflorando desparramada dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.
El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.
Dice:
—Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.
Y Polo:
—El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.


