2010-04-12

Cecilia escribió que el viernes salía para Villa Gesell y que planeaba llevar Las Nubes. El correo terminaba con la panorámica de una fuerte tormenta sobre Buenos Aires. La vista desde aquí es asombrosa, manifestaba. La avenida Nueve de Julio había ennegrecido de repente y hacía reflexionar a Cecilia sobre el poder de deslumbramiento que aún tiene la naturaleza sobre los habitantes de las ciudades.
Después, perdí una llamada de Cecilia. Sucedió durante el mediodía del viernes, mientras me hallaba guarecido en la entrada de un edificio de la calle Montevideo, casi esquina con Lavalle, sin poder cruzar la correntada de agua que descendía hacia el sur —tres palabras de Víctor daban cuenta de la omnipresencia de los aguaceros; desde la ciudad de México, él abrevió: «rejas de agua»—.
En los días siguientes, Cecilia comunicó un hallazgo en la casa del fundador de la Villa, el cual estaba relacionado con Las tres acacias, el lugar adonde en mil ochocientos dos, de acuerdo con el argumento de la novela de Juan José Saer, el doctor Weiss inauguró una Casa de Salud. Debido a que el pronóstico del tiempo no auguraba días de playa, ella planeaba retornar a la casa del viejo Gesell.
Las nubes registra el miedo de un convoy que se dirige a Las tres acacias, a través de la pampa, o, lo que es igual a decir: el pánico hacia la expulsión del universo. Tal vez por eso, y en aquellos días, me vino a la imaginación la acotación siguiente: Vale la pena hacer notar que los enfermos mentales, cuando poseen cierta educación, tienen casi siempre la tendencia irresistible a expresarse por escrito, intentando disciplinar sus divagaciones en el molde de un tratado filosófico o de una composición literaria. Sería erróneo tomarlos a la ligera, porque esos escritos pueden ser una fuente inapreciable de datos significativos para el hombre de ciencia, que en la palabra escrita tiene a su disposición, al abrigo de la fugacidad del delirio oral y de las acciones fugitivas, una serie de pensamientos disecados, semejantes a los insectos inmovilizados por un alfiler o a la flora seca de un herbario en los que concentra su atención el naturalista.

1 comentario:

Rey Mono dijo...

Hoy quiere llover otra vez: ha sido una primavera inusual en esta ciudad por lo general tan seca a estas alturas del año. Pero hay algo en el ambiente, una especie de tenue y frenético paso de los días, como el que mana de tu post...
A propósito: por allí hay un gran muestrario de esos insectos y flora que citas en "Memorias de un enfermo de nervios", de Schreber. Manjar bastante dificultoso para engullir a la ligera.