2007-12-07

Juan José Saer aclara dos cosas:

«A la opinión, vulgarizada en la actualidad, de que la novela es lenguaje, el narrador ha de oponer, me parece, una búsqueda de lo concreto».

«Cuando el narrador oiga decir a su alrededor que la narración es un juego, ha de exigir la precisión necesaria para que, libremente, su interlocutor describa de qué juego se trata y se describa a sí mismo describiéndolo».

Arriesgo a que Borges invita a un juego: la búsqueda individual y casi improvisada.

«Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos».

Borges propone esta clase de rompecabezas.
Explica que el resultado contradictorio de la búsqueda puede provenir de la esperanza y la avidez.
Tal vez la noción misma de búsqueda sea inadecuada. Los tesoros se hallan por casualidad.
Y el juego al que darían lugar esas investigaciones produciría narraciones. La construcción de narraciones. El ejemplo material que Borges da es el hrönir.
Propongo pensar el hrönir como una forma de escritura improvisada. De esta manera Borges explica el juego:

«Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto […] los hrönir de segundo y tercer grado —los hrönir derivados de otro hrön, los hrönir derivados del hrön de un hrön— exageran las aberraciones del inicial; los de quinto son casi uniformes; los de noveno se confunden con los de segundo; en los de undécimo hay una pureza de líneas que los originales no tienen».

En el capítulo veintiuno de la segunda parte de Lolita, traducción de Enrique Pezzoni, está la pregunta: ¿Quién podrá saber las angustias producidas en un perro por nuestros juegos discontinuos?

Me gustaría citar todo el capítulo veintiuno pero, como antes de finalizar con los juegos quiero copiar un pasaje del inicio, va ahora únicamente este cachito:

«¡Lo, Lola, Lolita! Me oigo llamar desde una puerta hacia el sol, en la acústica del tiempo, tiempo abovedado, enriqueciendo mi llamado de reveladora ronquera con tal ansiedad, pasión y dolor, que habrían logrado abrir el cierre relámpago de su mortaja de nylon, de haber estado muerta. ¡Lolita! Al fin la encontré sobre el cuidado césped de una terraza. Había salido antes de que yo estuviera listo. ¡Oh, Lolita! Jugaba con un maldito perro que no era yo».

El amague es casi la esencia del juego.

[...] Una mañana, salíamos de cierta oficina con sus papeles casi en orden, cuando Valeria, que iba zarandeándose a mi lado, empezó a sacudir vigorosamente su cabeza lanuda sin decir una sola palabra. Callé durante un instante y al fin le pregunté si le pasaba algo. Me respondió (traduzco de su francés, que a su vez sería, según imagino, la traducción de una trivialidad eslava): "Hay otro hombre en mi vida".
En verdad, ésas son palabras feas para los oídos de un marido. Confieso que me ofuscaron. Golpearla allí mismo, en la calle, como habría hecho un hombre honrado del común, no era cosa factible. Años de oculto sufrimiento me habían enseñado un autocontrol sobrehumano. La hice subir, pues, a un taxi que se había deslizado de manera invitadora a lo largo de la acera durante algún tiempo, y en esa relativa intimidad sugerí que aclarara su tremenda revelación. Una furia creciente me sofocaba, no porque sintiera un afecto especial hacia esa figura ridícula, madame Humbert, sino porque los problemas de uniones legales e ilegales, sólo podían resolverse por sí mismos, y ahí estaba ella, Valeria, una esposa de comedia, preparándose a disponer de mi comodidad y mi destino. Le pregunté el nombre de su amante. Repetí mi pregunta; pero ella se empeñó en un grotesco balbuceo, discurriendo sobre su infelicidad conmigo y anunciando planes para un divorcio inmediato: «Mais, qui est-ce», grité al fin, golpeándole la rodilla con el puño. Ella, sin pestañear, fijó en mí sus ojos como si la respuesta hubiera sido demasiado simple para las palabras, después se encogió ligeramente de hombros y señaló la espesa nuca del conductor del taxi, que se detuvo en un pequeño café y se presentó. [...]

Una delicia de ejemplo, me parece.


5 comentarios:

Paulino dijo...

A partir de la impresión que me causó la inclusión de la colección de Victor Nubla intuí que es matemáticamente imposible que existan dos objetos idénticos.
Las reglas que preceden a los juegos los trascienden, alguna vez leí que ni Dios puede hacer que un ancho bravo le gane a un as de espadas.
La improvisación no existe, sostiene Jerry Coker en su libro Improvisando en jazz sino como una convención. El payador corona su ingenio en la sorpresa, la esperanza y la avidez son comunes a todos los juegos incluída la busqueda de tesoros.

gaab de aquí para allá dijo...

Pensaba en el numero de visitas que recibe este blog y el bajo numero de comentaristas. Nos quedamos como mudos?.
En un bar, con una cerveza/café/te mediante, estoy segura que hablaríamos de todo esto y de lo de mas allá también, incluso tratando de hablar un poquito mas alto para que se nos escuche mejor. Pero aquí sólo hay unos pocos que son fijos.
A veces uno no tiene nada que decir, obvio!. Pero no puedo creerme que de las cientos de personas que pasan por este "lugar de olvido", haya únicamente 7 u 8 que tengan algo que aportar.
Animo, gentes! que siempre es más divertido bajar al ruedo que mirar desde la barrera.
Que aquí nadie come a nadie, que se aprende, que nadie se equivoca, que con un poco de suerte algo se nos pega, y puede que incluso hasta tengamos tema para lucirnos en las fiestas.
y con esto y un bizcocho, felices fiestas.

silv dijo...

Razon no te falta Gaab, este blog es como una habitacion a la cual visito asiduamente, a veces sin dejar huella y otras para dejar marquita. Disculpas a todos y especialmente al master Gus... Prometo mas marquitas, indicios y sospechas, trazos y se#ales; incluso letras disonantes.
besos

Paulino dijo...

Multitudes caminan por las calles, muy pocos miran a los ojos, menos ven la belleza de la ciudad en un día cualquiera y aún menos ven un carancho sobrevolando Retiro una tarde de primavera en la que con amplios giros busca su presa. El ojo que tu ves no es ojo por que lo ves sino por que te ve. Siempre me asomba el silencio de palabras en las multitudes, hay momentos en que si uno presta atención parece que de verdad no tuviéramos nada que decirnos.

gaab de aquí para allá dijo...

borges tambien juega mas juegos

AJEDREZ

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo, tiempo, sueño y agonías?


(...)