2009-05-05

No esperaba la noticia. Tampoco la voz que narra. Ni nadie. Como dice Berti en la página ochenta: «El mar es grande.»
Bueno, nadie es una manera de decir. En verdad, el relato está armado en torno al secreto de Clelia, al misterio que rodea a la pareja. La voz ficcional de Pavese se contruye a partir de las circunstancias de los demás; del tándem Clelia-Doro, principalmente, pero también del resto de amigos. Pero resulta interesante que la respuesta sea del orden del cuerpo, o de la carne. Que Doro, o la propia Clelia, no supiesen tampoco lo que sucedía. Doro busca la juventud durante un día, Clelia nada sola, Doro pinta pero no va pintar más, Clelia admite en un momento estar desesperada (capítulo III), hay bromas acerca de una guerra que no es tal, Guido pone en duda la virilidad de Doro, Clelia dice no tener algo propio (capítulo VI), etcétera.
Quiero decir: la novela asemeja primordialmente instalarse en el chisme, donde la voz que relata trae y lleva cosas de unos y otros. Sin embargo, lee mal. Con la noticia, no hay final de vacaciones, final de temporada, chismes que se diluyen con el verano que termina, último día, despedida; no: queda otro relato.
En las últimas páginas, ese relato inventará un doble, y ese doble será Berti, de la misma manera que antes había hecho de Ginetta un doble de Clelia; es decir, Berti enamorado de Clelia no medirá el ridículo, dirá que necesita ir a Génova a saludar a Clelia, sin embargo, poco antes, se había expresado el dolor del otro, el que relata, porque Doro no le dijo que los acompañe: «Qué crees [...] ¿que se acuerda de ti?» le dirá a Berti, pero es él quien quedó fuera de esa historia, olvidado. Por último lo irritará aquel olivo, que es «quizá [capítulo III] la cosa que mejor recuerdo de todo el verano».
Hay una serie de pasajes espléndidos; esta imagen en el capítulo II: «Bajo la luna nos volvimos todos como el peón de albañil [Ginio], al que las salpicaduras de cal vestían de máscara». También Clelia al sol (p. 34) y Ginetta brillante como un pez (p. 44).
Esta frase: «[...] todos los años son estúpidos. Es una vez pasados cuando se vuelven interesantes». Y esta: «[...] en la playa no se espera a nadie» (p. 39) o esta otra: «[...] a la playa se [viene] para estar en el agua, y no para visitar santuarios». A la luz del final: «[...] costaba creer que todo fuera agua [...] el mar [la playa] me daba la sensación de estar viviendo en una campana de cristal» (p. 39)
Por otra parte, me parece encomiable el equilibrio del relato. Al término de varios capítulos, me quedé pensando, y al cabo de un rato, cuando proseguía la lectura, encontraba mis pensamientos en boca del narrador —con el Quijote me ha pasado igual—.
El capítulo segundo existe en función de ese equilibrio. Porque instala el misterio. Clelia empezará a hablar por Doro, Clelia contestará la correspondencia en lugar de Doro y eso lo hará experimentar cierto malestar. Doro inesperadamente cambiará cuando va a verlo y salen juntos a recorrer la comarca. Se sumará el albañil, cantarán y asustarán a los perros. También Biagio formará parte de esa noche de juerga. De repente, el narrador (p. 17) se descuelga de la juerga nocturna para decir que hizo reír a Clelia cuando le describió las cabriolas que hacía Ginio hablando de Orsolina. A partir de entonces, el relato no podrá prescindir de Clelia, que para la ocasión añade: «Qué chiquillo es Doro. No cambiará nunca.» La novela hubiera sido diferente si explorara solamente el escenario de la playa.

2 comentarios:

el ruso dijo...

El que narra es un solitario irredimible. Aparece fusionado con el matrimonio Doro y Clelia, pero no sabe qué hacer. Funciona con los demás. La historia resulta un trípode de amigos, pero él está en banda. No está de vacaciones, va de acá para allá en función de los otros.
Es interesante la distensión de la playa en contraposición con el trabajo mental del que narra la historia. Clelia es la que se separa del mundo cuando toma sol en las rocas. Guido dice algo socialmente muy aceptado. Dice que los que usan mucho la cabeza y no saben distraerse son enfermos. En general se refiere a los artistas, a los cuales denomina "locos". Hay que comprender la vida... Toda la novela se arma a partir de la contraposición con esta idea. Una idea que conlleva rasgos de virilidad.
La alegría de la noticia de Clelia no es cierta, al solitario le rompió soberanamente las pelotas. Esta noticia es el final de vacación; más que el hecho de la noticia, la sustancia de la novela está en el medio.
La novela me hace acordar a Los adioses, de Onetti, donde se relatan bagatelas. En La playa es el narrador el que efectúa los recortes. Sin embargo, no estoy en contra de esto, es decir, es interesante pensar un relato construido de chismes e insignificancias, en vez de suponer que la literatura es el ámbito de los grandes relatos.

Rey Mono dijo...

Encontrar los propios pensamientos en boca del narrador... idea luminosa, y que en verdad sucede raras veces. Habría que hacer una antología de los narradores/escritores que logran semejantes vínculos con el lector.
De botepronto sólo recuerdo cuatro: el primero, en el cual coincidimos, es el narrador del Quijote; el segundo es el que relata las extrañas aventuras de Gargantúa y Pantagruel; el tercero es el que describe los intrigantes sucesos del "Diccionario Jázaro"; y el cuarto, es sin duda Gombrowicz, a quien nunca he logrado separar de sus narradores, los cuales por cierto siempre me provocan grotescas risotadas...