Placeres a partir de Playa quemada.
El cuento de las jaulas con los pájaros secos es el mejor cuento argentino de terror desde La gallina degollada. Macabro. «Tus pájaros te salvan de ser iguales a ellos», le dice un compañero de la Morgue al protagonista del cuento, que había dormido una siestita a un costado del piletón donde se enjuagaban los bobis. Me encanta el niño electrizado de Rompecabezas. El niño reúne las piezas con la potencia de un loco, sin mirar, ubicándolas de memoria en los lugares exactos. La mariposa de cartón en el final. La versión de Nielsen de La intrusa me sigue pareciendo genial después de los años transcurridos desde la publicación en El porteño. Excitante la escena de la prima con uno de los hermanos, bajándole la malla y chupando, ella «pulpo calamar ventosa agua fondo sueño adiós mundo real». Y también son geniales: el codex, las etiquetas, las franjas en que fue dividida la arena en tributo a Borges.
Tengo El país de las últimas cosas, de Auster, que me prestó un vecino. Me la trajo después de ver La invención de la soledad en mi escritorio.
Nada alcanza para romper la monotonía de este Auster. Un solo instante de la lectura en que me pasó algo. La que habla es Anna.
«Cada vez que tomábamos uno de aquellos breves paseos, yo sentía que me enamoraba de él otra vez, en medio de aquella oscuridad, tomados de la mano, recordando cómo había sido todo al principio, en los días del invierno terrible, cuando vivíamos en la biblioteca y mirábamos cada noche a través de la enorme ventana».
No obstante, el libro tiene un aire de apariencia urgente. Pretenciosamente urgente.
Agarré los libros de cuentos de Levrero.
A tientas, como el personaje de El lugar, pasé las páginas de los dos libros buscando el único cuento que recuerdo, y no podía encontrarlo, perdido en la indefinición de los textos, desorientado por una arquitectura demasiado plástica, gomosa quiero decir, y por ello distinta a la de la novela. Distinta a la de la magnífica novela El lugar.
Finalmente lo ubiqué, se llama Los muertos. Es ocurrente, como son ocurrentes todos los demás relatos. Sin embargo, yo recordaba que el comienzo era muy montevideano. Los libros no son descartables, tienen su parte erótica, pero a mí me decepcionó que tuviera solamente eso y los cuentos fueran tan arbitrarios. Caprichosos.
Algunos comienzan a lo Nielsen, sin embargo ningún texto de estos dos libros se le aproxima siquiera. Se llaman Espacios libres y Aguas salobres
Me tocan los siguientes objetos del testamento de Juan José Castelli.
En La revolución es un sueño eterno el testamento de puño y letra de Castelli incluye, entre otras cosas, y habiendo él previamente aclarado que no era dueño de moneda alguna ni de objetos de valor:
Un ejemplar del Quijote, regalo de mi padre
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Un ídolo asiático, con un pito desmesuradamente largo, regalo de un patriota que conocí en el Alto Perú.
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Dos pistolas, que pertenecieron a Moreno, de corto alcance, que me regaló su viuda.
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Diario del año de la peste, de un tal Daniel Defoe, traducido del inglés por Agrelo.
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Dos cuadernos
Cuatro plumas
Un tintero.