2008-07-03

Un homúnculo más próximo al personaje de El hombre sin atributos, de Robert Musil, que al héroe de la pesadilla de Chesterton: El hombre que fue Jueves. Si bien, en su anárquico andar podría no estar ausente la idea de rebelión, y, creo que, estaría permitido el encuentro con otros impostores.
De esta suerte, el homúnculo sería, como caracterizó Zygmunt Bauman al personaje de Musil, un personaje que carece de atributos propios «en un mundo colmado de señales confusas, con tendencia a cambiar rápidamente y de maneras imprevisibles.»
Cruces. Paradojas.
La paradoja, en su acepción matemática, es un efecto del lenguaje clausurado. De repente, la paradoja surge en el orden matemático y se exhibe como una nueva realidad que imposibilita distinguir entre lo verdadero y lo falso.
Casi una enfermedad del lenguaje.
Los relatos de crímenes hacen uso de la paradoja. El clásico del género es: la víctima en una habitación sin ventanas y cerrada con llave desde adentro. Murders in the Rue Morgue; Le mystère de la chambre jaune; El enigma de la calle Arcos; plantean igual problema con distinta solución.
El punto de partida siempre es el mismo: la irrupción de lo real —la víctima— en el mundo generado por la paradoja —el cuarto cerrado—. Me refiero al cruce, o al problema, tal como es exhibido al lector; es decir, el enigma que luego el detective deberá resolver.
Recientemente, la irrupción de lo real desde Hamamatsu cobró esa forma, o, si se prefiere, hubo un cruce.
Pero no es algo nuevo. Las antiguas fuentes cabalísticas enseñan que la creación de un homúnculo encierra «como toda creación magna» sus enigmas. El albur puede ser el agua o las llamas; sin embargo, eso inquietaría antes al creador que al soñado.

5 comentarios:

la ninfa dijo...

Estoy fascinada con los rostros de mujer, Keller y Karma. Disfruto muchísimo del touch de todas las imágenes que ilustran la escritura. Hace tiempo que quería comentarlo. Y para ser honesta: no me atrapan los policiales. Chuick.

euridice dijo...

En la bandeja de autopsia o en el revoltijo de sábanas de la habitación encriptada, un cuerpo sin vida -hasta hace poco fue como el mío- pretende desquiciar la costumbre a fuerza de sangre derramada.
Un neurótico obsesivo, (léase un detective) quiere restituir el orden en el revoltijo creado por el criminal, en el gran desorden que es la muerte.
Me pregunto por las víctimas de las novelas policiales. Acalladas. No resultan funcionales a la intriga.
Me gusta el homúnculo sin atributos. Los tejes y manejes de la narración a partir de su “anárquico” andar.

Rey Mono dijo...

Decía Gombrowicz que la narración policial es el intento de ordenar un caos... sin embargo, él mismo trastocó la manera tradicional de entender dicha narración: en "Crimen premeditado" (ese cuento perfecto), el juez busca insensatamente al autor de un crimen que nunca se cometió, y en la deliciosa "Cosmos", los crímenes son sólo metáforas absurdas dentro de un orden absurdo...

Gustavo López dijo...

Olvidé el rostro de Karma, Ninfa, sin embargo la chica de mi escritorio se parece a Hellen en versión Joel-Peter Witkin. El desorden de la muerte. Un flash de La pesquisa, Eurídice, esa novela policial de Saer. Los indicios absurdos: un pajarito ahorcado de una rama; manchas en el cielo raso; un gato, creo que también ahorcado; la tormenta final. Cosmos expone que el orden no tiene sentido, o, que el sentido es solamente la flecha que traza narraciones. ¿Acaso, Rey, no jugamos a leer constantemente signos?

silv dijo...

Volví a visitar las fotos de Joel Meter Witkin. Belleza convulsa; intensa luz teatral, casi material. El desorden de la muerte? O un nuevo orden que subvierte nuestras expectativas y pone la muerte en un lugar muy distinto, La muerte como banquete, el cuerpo humano como sustancia, la sexualidad exasperada. Me perturban, me atraen…