2015-12-03

Los juegos satánicos


Era una biografía para Editorial Norma. Los periodistas querían dos cosas: incluir la propia palabra del biografiado y persuadirlo de que les permitiera grabar las entrevistas. Para conseguirlo fomentaron su vanidad.
En mayo de 2000, durante uno de los reportajes en una confitería de Lafinur y Libertador, le preguntaron qué les diría a sus compañeros de lucha armada de los años setenta. Él miró el grabador. De repente, empezó a acomodar las palabras, como si se tratara de la redacción de un memorándum de operaciones, y cerró con un protocolar: «Firmado, Rodolfo Galimberti».
«Después aseguró que la alianza con Estados Unidos era el único futuro para la Argentina, y empezó a defender el capitalismo desenfrenado, la teoría económica del derrame, la dolarización. [...] Sacó un arma [...] Poneme el fierro en la cabeza ahora. No estoy borracho, dijo Galimberti. [...]»
El acting siguió con insultos a ex guerilleros que formaban parte de la izquierda argentina: No les crean. No están dispuestos a morirse por lo que dicen. Son unos payasos. Lo juro por los muertos que tenemos. En una revolución verdadera se muere o se triunfa [...] Amartillame un fierro en la cabeza y te voy a decir lo mismo [...] Les muestro las balas de la recámara para que vean...
En una confitería enfrente de los bosques de Palermo, el grabador hizo que Galimberti actúe como un engendro bicéfalo que juega a dudar si hay o no balas en el arma. La biografía habla de la metamorfosis de Galimberti y deja librado a la imaginación del lector quién será capaz de disparar ese gatillo que el propio engendro ha puesto en su cienes bicéfalas.
Días atrás releí Estrella distante, de Roberto Bolaño. La anotación emerge porque la novela, dibujada sobre la premisa de rastrear a Carlos Wieder, un Alfredo Astiz de la fuerza aérea chilena, desemboca en una pieza de teatro con hermanos siameses; es decir, dos hermanos que comparten el mismo cuerpo. Dicha obra termina desplegando un mundo donde el martirio debe «tocar fondo». Wieder podría ser el autor.
La obra se desarrolla en «ciclos» que no escamotean «ninguna variante de la crueldad»: un hermano martiriza al otro, hasta que el martirizado se convierte en martirizador y viceversa. La acción transcurre en la casa de los siameses y en el estacionamiento de un supermercado «en donde se cruzan con otros siameses que exhiben una gama variopinta de cicatrices y costurones.»
Carlos Wieder se hacía llamar Alberto Ruiz-Tagle. Se lo vincula con revistas literarias de escaso tiraje, fotografías de atrocidades y pornografía. Usa distintos seudónimos: Masanobu, Juan Sauer. Es también el autor de un wargame estratégico de 1977 que recrea la Guerra del Pacífico, la contienda que enfrentó a Chile con los aliados Perú y Bolivia entre 1879 y 1883.
De las reglas del wargame de Wieder afloraban un menú de posibilidades mágicas. Por ejemplo, la reencarnación de Jesucristo en Arturo Prat. El juego incluye fotos de Prat, el comandante muerto en el batalla naval de Iquique, que «guardan gran parecido con algunas representaciones de Jesucristo».
Los aficionados al juego no tardaron en comprender las transfiguraciones que el juego permitía, o hacía posible, en la personalidad y el carácter de lo mandos de la guerra, y se preguntaban si «Prat-Jesucristo era una casualidad, un símbolo o una profecía
El apellido, Wieder, en alemán significa «otra vez, de nuevo, por segunda vez, de vuelta». La justificación del héroe de Estrella distante es intentarlo todo. Tocar fondo. Si tiene que ser será, como proponía Galimberti con la ruleta rusa. Por eso la biografía lleva por subtítulo: De Perón a Susana. De montoneros a la CIA.
Ante tal panorama, los pasos de comedia de la confitería podrían continuar años más tarde, horas más tarde, en la narración nocturna de Rosa Ostreech: «Camina a mi lado como un escudero corpulento, o un ogro gigante. [...] Cruzamos la avenida, hacia los bosques de Palermo».
El nombre, Rosa Ostreech, suena a «avestruz rosa» y parece extraído de Los versos satánicos. En la novela de Salman Rushdie, uno de los personajes, Rosa, se topa con un avestruz (ostrich, en inglés) mientras cabalga por su estancia argentina. Perseguido por un grupo de hombres a caballo, el avestruz cae tras ser alcanzado por una boleadora. Un hombre desmonta y, sin dejar de mirar a Rosa, degüella al avestruz.
La heroína de Las teorías salvajes seduce al ogro gigante con introducir la obra, sus escritos, en la facultad de Filosofía. Apunta a la vanidad del «left-handed writer» para tenderle una emboscada «usando todas las mañas y fintas» del ostrich. Rosa dice: «Esos vaivenes son esenciales al plan. Debo provocarlo para que la furia y la fascinación lo dejen absolutamente ciego, y no pueda pensar. Entonces mis pensamientos se derramarán por los huecos sintácticos de lo que se supone que es su voluntad, y no habrá salvación. No podrá escapar.»
El plan retrocede, se detiene, avanza de a ciclos en los bosques de Palermo. Rosa se retira por República de la India con la autoestima baja y el ogro termina esa noche con «algunas marcas rojas, magullones».

Los chicos juegan a la caza del avestruz. Usan bolas de madera liviana en lugar de las de plomo.
William hace de avestruz, corre tan rápido como puede y detrás se le encima una polvareda llena de gritos. Esquiva las boleadoras hasta que una se le enreda en las piernas y lo hace caer. Los otros lo rodean, sacan los cuchillos, le cortan la cabeza. Después se reparten la pechuga y los alones.
Entonces llega el momento de abrirle el buche para obtener una gran moneda de plata, un patacón, y en seguida se arma una pelea por la moneda imaginaria.
La caza recomienza: Wiliam Hudson se levanta, se une a los cazadores, y el chico que lo había boleado pasa a ser el avestruz.

Rosa hace de su propio cuerpo un laboratorio para enlazar al ogro: «El golpe no puede ser vano. Debo trocar su apetito venéreo por un excedente sangriento, lo que está en juego. No basta con obtener su desesperación, su rendición ante mis partes deliciosas. Tengo que lograr que junte la mayor fuerza y bestialidad y me enseñe la forma pura del monstruo del dominio y la destrucción [...]»
El drama acaece en El tigre en medio de los sueños del veterano con la guerra revolucionaria, total y prolongada. El bote flota en medio de un invisible cerco de fuego. Rosa es al Tigre lo que el grabador era a la confitería de Lafinur y Libertador. Sentada, ella lo espía relatar sabotajes, secuestros, encerronas, amenazas. «La conciencia individual se reduce a la vanidad». El left-wing peronist habla de explosivos y de una calibre 45. Sus «ojos cafés dinamita» clavados en Rosa. El ogro «está a punto» y la embestida se produce.

¿Dónde está la fuerza?
¿Se puede justificar a un compañero que canta en la tortura? ¿Y al que no canta, es por un coraje individual? No, no se puede justificar a un compañero que canta. No ha tenido la combatividad suficiente para dar esa batalla con la fuerza que tiene su condición militante, frente a un puñado de miserables que hasta en la misma necesidad de torturar muestran que están perdidos históricamente. Pero tampoco un compañero aguanta por sus virtudes personales, al no cantar está acercando el momento de nuestra victoria.

[Evita montonera. Agosto 1975]

El experimento avanza en el medio de un riacho: Rosa pide con voz muy débil: «¿Y, vas a cantar o no?». Así, como en el juego de Hudson, ella se levanta y el ogro pasa a ser el avestruz. Luego, el veterano, tragicómico e inestable, entona una treintena de consignas y cantitos de los setenta, por este estilo:

A la lata, al latero, las casas peronistas son fortines montoneros.
San José era carpintero y María era modista, y tuvieron un hijito guerrillero y peronista.
¡No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Evita y montoneros!
¿Dónde están, donde están, los faroles, donde están? Están en la sinagoga, leyendo a Carlos Marx.
Rucci, Traviata, moriste como rata.


La derecha peronista respondía: Putos en calzoncillo, los vamos a pasar a degüello y a cuchillo. ¡A la lata, al latero, queremos las cabezas de los jefes montoneros! ¡Rucci, leal, te vamos a vengar!
Próxima a cumplir ochenta y nueve años, Rosa señala un satánico avestruz que huye zigzagueante por las orillas.

Si Monopoly era el juego inspirador de aquel wargame de Estrella distante, los juegos con un toque new age que promueven un sentido ordenado del bien y del mal, conocidos como Moral Games o juegos cristianos, son el punto de partida en Las teorías salvajes para que dos jóvenes nerds, de familias progres o de izquierda, plasmen el videogame Dirty War 1975.
Se trata de una «aventura visual» con misiones u objetivos específicos, tales como: destruir las fuerzas enemigas, capturar armamentos, efectuar operativos exitosos, con el fin de ganar adeptos: «un número junto a una cabecita» en la esquina de la pantalla.
Enseguida, los creadores del juego empezaron a recopilar información de los jugadores. Los datos indicaban que muchos de los usuarios cambiaban alternativamente de bando y que la mayoría de los jugadores que preferían a Susana [huesuda, ágil, ojos negros penetrantes, mujer de prestigio, peronista] y a Mónica [brava, tetona, teñida de rubia, oficial de Policía] eran hombres.
Si bien las fluctuaciones de los jugadores al momento de intercambiar roles no les permitió «arribar a términos concluyentes», supusieron que ciertas características del juego influían en las «afinidades electivas» de cada jugador. Entre otras, la «voz urgente y melodiosa» del padre Carlos Mugica cuando un guerrillero era abatido; o, lo que es igual a decir, que el audio en sí mismo podía inducir muchas «jugadas kamikazes» que afectaban el equilibrio del juego y la fidelidad de las estadísticas.
Los creadores sabían que el videogame era perfectible. Borraron partes por tener «escaso quórum» entre ellos mismos, y, como jugadores que también eran, aprendieron que «a veces valía la pena dejar de participar, dejarse embestir y callar».
En el «clímax final» de Dirty War 1975, dos ideas asaltan la mente de los nerds:
a. La certeza de que a «igual carga moral involucrada —nula— [es] difícil adjudicar perfiles de preferencias».
b. Extraño juego [...] La única jugada ganadora es no jugar.

9 comentarios:

La ninfa dijo...

Hola Gus, Pola dijo en una entrevista para la revista de Pettinato que "Galimberti es mucho más interesante que Voltaire”.

Gustavo López dijo...

Et voilà! Pero no tuve presente la frase al hacer la entrada.
Leo ahora la reseña. F. García, el entrevistador de Pola Oloixarac, dice: «Cuando entro en el bar y tengo que esperarla diez minutos siento que es una trampa y que el que viene a sentarse a la mesa conmigo no es otro que Collazo, el sádico ayudante de cátedra que yo digo que viene a ser Galimberti.»

La ninfa dijo...

¿Vos pensás que es Galimberti?

Gustavo López dijo...

No. La entrevista es de 2009 y seguro que García había leído la biografía de Galimberti.
Te cuento que llegué al libro de Larraquy y Caballero por la serie de documentales Efecto realidad, de Canal Encuentro.

el ruso dijo...

Siento la necesidad de hablar de la violencia, decir violencia, y me pregunto qué tendrá que ver la vanidad con matar o morir. Hay un cuento de Pablo Palacio, ecuatoriano, con unas siamesas unidas por el cráneo que se martirizan la una a la otra por medio de los celos. La sociedad hipócrita muestra falsa compasión por la dualidad corporal.
Me impacta la idea de tocar fondo, porque creo que no hay otra cosa como idea filosófica. Quiero decir que, por ejemplo, con Marx ese extremo toma la forma de la lucha del proletariado, pero se trata de una invención.
Yo me pregunto: ¿qué nos ata a la vida? o hago la pregunta de otra manera: ¿qué diferencia hay entre el pibe chorro y los extremistas islámicos? El pibe chorro no se inmola, pero casi. No lleva explosivos, pero tiene fe que va a zafar. Sueña que va a salir corriendo y entonces zafa. El pibito arrojado ahí, la zapatilla en el lugar de Alá.
Cuando leí el juego de bolear las avestruces y escuché la moneda imaginaria, pensé en el zahír. A lo mejor, detrás del aterrador fulgor del zahír esté Alá. El zahír sería la moneda con la cual se paga el ingreso al paraíso, que sería como decir a la vida, porque que otra opción tiene el pibito que la ruleta rusa.

Gustavo López dijo...

La inmortalidad no es un imaginario pequeño.
Siempre pensé que los suicidas tienen un imaginario muy grande. Tan grande que pierden la mediación simbólica con lo real. Solamente los ata a la vida ese imaginario. Luego, se tiran al vacío.
Qué hay con un imaginario, pregunto, que interrumpe el juego que ata a otros a la vida. Acaso, el sistema económico que produce miseria, hambre, delincuencia, marginación, muerte, debe ser enfrentado por imaginarios suicidas. Una respuesta afirmativa resulta ser no tan sólo una simplificación del problema, sino un agravante. La experiencia argentina es ejemplar: los enfrentamientos entre la guerrilla armada y las fuerzas parapoliciales allanaron el camino al terrorismo de estado.
¿A qué juegan los que tocan fondo?
En El fatalista, una de las historias de la novela de Mijaíl Lérmontov, Un héroe de nuestro tiempo (1840), aparece la llamada ruleta rusa.
En un campamento cosaco, el oficial del ejército ruso Gregori Pechorin, debate con sus compañeros de armas sobre la gran aceptación que tiene entre ellos, los cristianos, «la creencia musulmana según la cual el destino del hombre está escrito en los cielos», y apuesta doscientos ducados con un soldado serbio, llamado Vulich, a que no existe la predestinación.
Para demostrar lo contrario, Vulich se apoya en la sien una pistola circasiana (que se nos dice que fallan más de lo habitual) y aprieta el gatillo sin producir disparo alguno. Hace un segundo tiro, ahora contra la pared, y éste sí sale.
Patéticamente, media hora más tarde tropieza en la calle con un cosaco borracho que lo mata de un sablazo.
No creo que la moneda mágica sea una entrada a la vida. Borges teme al Zahir y hace lo posible por librarse de él. ¿A qué juega el chico que se hace matar por una zapatilla? ¿Es la zapatilla el resplandor de un imaginario con mayúsculas?
En la caminata nocturna por donde en el pasado estaba la casona de Rosas, Ostreech y Collazo son arrebatados por dos pibitos chorros. La aparición compromete el experimento de Ostreech, entonces ella prueba persuadir a Loki y a Cacha de no lastimar al ogro. Les dice que el ogro en su juventud ha luchado para sacar del infierno a otros chicos como ellos, el infierno en el cual estaban sumergidos. Loki abre grande los ojos y mira al ogro: ¿Sos político vos? [...] Chorro hijo de puta. Los dos miran a Ostreech y pasan a darle más duro al ex militante.
«Fue filofascista a comienzos de la década [de los setenta] —escribió Jorge Camarasa en una reseña de la biografía de Galimberti—, luego dirigente juvenil como delegado de Perón, más tarde guerrillero, suerte de bon vivant en el exilio y, al final [en los noventa], sin arrepentirse, una mezcla rara de yuppie, empresario y agente de inteligencia con más de un patrón.» Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA (2000) relata la metamorfosis del montonero que terminó asociado a su víctima y acusado de estafar a la fundación de un cura mediático, el cual fue condenado por abuso sexual de menores.
El destino no está escrito. El fanatismo nos quita libertad. Y el juego tiene que ver con la vida.
El juego nos ata a la vida: el que juega disfruta de algo en cierta forma incierto, se atiene a reglas pero sabe que se trata sólo de un juego y «se conoce bien a sí mismo para nunca ir demasiado lejos».

el ruso dijo...

Benjamin piensa el juego como experiencia instantánea, el goce está ahí, y lo equipara con la reproductibilidad técnica. Especialmente identifica el cine con el universo del juego más amplio del interjuego.
En "Cuento para tahúres" tenemos el instante de los dados. Ese instante del balazo de Walsh, cuando tras el lanzamiento de los dados se apaga la luz y se produce el disparo.
No tenemos nada pensado para la muerte. Vamos detrás de la zapatilla como único destino y para sustentar la falta de la muerte hacemos política. Porque no sabemos morir, diría Foucault.

Waldeinsamkeit dijo...

@lugardeolvido @poliamida Y @mhouellebecq

Pastora dijo...

Hola, copio esta frase de Las Teorías.

(…) el cerebro humano está preparado para entablar relaciones sólo con grupos pequeños. Se busca replicar la sensación de estar “entre nosotros”. Todo intento de socialización replica patrones exitosos de empatía -¡ajá porque el único instinto real de los hombres es salir huyendo al fondo del bosque. ¿Por qué si no tanto énfasis en educarnos para amar lo social, en machacar el estilo amoroso-gregario de la Patria total? El entrenamiento social es un sistema operativo de costumbres para minimizar el pánico de estar totalmente rodeado.

Me hizo gracia, porque pienso parecido.