2010-04-22

soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles
CERVANTES: PRIMER QUIJOTE, IX



Estas son nuevas fichas, desde la siete a la nueve: Iriart y Sarmiento Campana [12 marzo] Defensa y Chile [12 agosto / 29 diciembre]

Los cronopios del año pasado

2010-04-12

Cecilia escribió que el viernes salía para Villa Gesell y que planeaba llevar Las Nubes. El correo terminaba con la panorámica de una fuerte tormenta sobre Buenos Aires. La vista desde aquí es asombrosa, manifestaba. La avenida Nueve de Julio había ennegrecido de repente y hacía reflexionar a Cecilia sobre el poder de deslumbramiento que aún tiene la naturaleza sobre los habitantes de las ciudades.
Después, perdí una llamada de Cecilia. Sucedió durante el mediodía del viernes, mientras me hallaba guarecido en la entrada de un edificio de la calle Montevideo, casi esquina con Lavalle, sin poder cruzar la correntada de agua que descendía hacia el sur —tres palabras de Víctor daban cuenta de la omnipresencia de los aguaceros; desde la ciudad de México, él abrevió: «rejas de agua»—.
En los días siguientes, Cecilia comunicó un hallazgo en la casa del fundador de la Villa, el cual estaba relacionado con Las tres acacias, el lugar adonde en mil ochocientos dos, de acuerdo con el argumento de la novela de Juan José Saer, el doctor Weiss inauguró una Casa de Salud. Debido a que el pronóstico del tiempo no auguraba días de playa, ella planeaba retornar a la casa del viejo Gesell.
Las nubes registra el miedo de un convoy que se dirige a Las tres acacias, a través de la pampa, o, lo que es igual a decir: el pánico hacia la expulsión del universo. Tal vez por eso, y en aquellos días, me vino a la imaginación la acotación siguiente: Vale la pena hacer notar que los enfermos mentales, cuando poseen cierta educación, tienen casi siempre la tendencia irresistible a expresarse por escrito, intentando disciplinar sus divagaciones en el molde de un tratado filosófico o de una composición literaria. Sería erróneo tomarlos a la ligera, porque esos escritos pueden ser una fuente inapreciable de datos significativos para el hombre de ciencia, que en la palabra escrita tiene a su disposición, al abrigo de la fugacidad del delirio oral y de las acciones fugitivas, una serie de pensamientos disecados, semejantes a los insectos inmovilizados por un alfiler o a la flora seca de un herbario en los que concentra su atención el naturalista.

2010-03-30


2010-03-21

Espero que antes de venir a Mar del Sur, leas (y mires) estas notas. Seré breve, no me acostumbro al teclado prestado. No estoy en mi ibook, me parece que no me deja escribir por celos; peor aún, porque sabe del estrecho contacto de mi dedo con la pantallita del ipod.
Lo sabe, estoy seguro.
El caso es que que ella tipea motu proprio una raya tras otra. Se me ocurrió que se trataba de un virus, pero verifiqué que no había ninguno, y, por tanto, pensé que se trataba de un problema del teclado. Como es una laptop, dudo que tenga arreglo. De cualquier forma voy a hacer la prueba y así demostrarle todo lo que la quiero —en un verano pasado, yo iba todas las mañanas a escribir a la uca; Cecilia fue testigo de mi amor: yo llevaba mi nueva ibook a la biblioteca, donde Cecilia estaba haciendo una pasantía, y le pedí a Cecilia que viniera a conocer a mi nuevo amor (lo cuento porque sé que ella lee todo, sé que el problema del teclado no es algo físico, ¡satanás!, no, no, tampoco... celos rabiosos, y ahora ella expulsa mis dedos de sus botones negros).
Pero el tema es Mar del Sur.
Un sitio que amo porque lo conozco desde la infancia. Voy a intercalar algunas imágenes (quedarán para otra ocasión las del mar perlado, por ejemplo, la de los nadadores del muelle en peligro de derrumbe, el carro negro... que salieron todas lindas, se me ocurre que debería tomarle unas fotos a ella, más fotos, como antes, fotos de la época dorada en que escribíamos juntos, qué tristeza).



Mar del Sur está a solo quince minutos de Miramar y vale la pena venir, siempre y cuando sea un día calmo, porque Mar del Sur suele ser ventoso y salvaje.
Respecto a Piedras Negras, ya comenté que no es un sitio especial, quiero decir, no resulta un lugar nunca visto o conocido, lo que pasa es que acá no hay demasiado para hacer y los veraneantes suelen caminar hasta las piedras cuando la marea les permite llegar. Una vez en las piedras, andan curioseando las peceras naturales.
No existe ir en bici, no hay calles.
Sólo por la costa, animándote cuando el mar te ciegue el paso... conviene esperar a que primero pasen otros veraneantes. No son acantilados altos como los de Miramar, pero tampoco son para tomarlos en broma. Hay que alejarse de la playita céntrica unos tres kilómetros hacia el sur, que si la marea te lo permite es hermoso (solamente existen un par de escollos, cabitos o puntas de acantilados). El mar brama mientras caminás a su lado y está como en una especie de hoya... la orilla, viento y cielo. Si mirás para el pueblo, o el campo, observarás la irregular construcción de casas de veraneo, apuntaladas sobre los petisos acantilados.
Hay una frecuencia bastante amplia de colectivos desde Miramar, que parten de la Mitre. El jueves o viernes, a las cuatro de la tarde, vine con Vanna. Teníamos la idea de volver a las nueve, pero no pudimos. Las ráfagas de viento no eran nada hospitalarias, a menos que nos quedáramos en la playita céntrica, a escasos pasos de las ruinas del Hotel: Lo poco en cuenta que la naturaleza tiene nuestros planes